miércoles 1 de febrero de 2012

Gracias, Preciado

Los clásicos sabían que, cuando uno traiciona el sagrado principio de la lealtad, no puede pretender que el destino se ponga de su parte. Manuel Preciado confió en nosotros cuando ese nosotros definía más una quimera que una realidad y supo convertir en maná el agua del Piles en un tiempo en el que, si nadie estaba dispuesto ya a pedir hazañas, mucho menos podían requerírsele milagros. Nosotros, ahora, le devolvemos esa confianza dedicándole un entrañable y lacrimoso corte de mangas y largándole al exilio por la puerta de atrás de El Molinón porque alguna lumbrera ha concluido que es un fracaso tener al equipo a tres puntos de la salvación y prefiere sacrificar la cabeza del justo en vez de pedir cuentas a los pecadores. Es lo que tienen estas cosas. Puedes rescatar a un club de la miseria y devolverle su identidad y su prestigio, pero en última instancia no servirá de nada. En cambio, si apareces retratado ante una cámara oculta mientras vendes de mala manera ese mismo club a cambio de favores tan inconfesables como rastreros, podrás seguir acomodado en tu poltrona, ufano y sonrosadete, durante unos cuantos años más. Nada nuevo, en realidad. Pero jode que nuestra época sea tan zafia como para que los malos ni siquiera se vean obligados a disimular.

Preciado llegó al Sporting en el verano de 2006, cuando aquí llevábamos unos cuantos años viéndolas venir e incorporando al imaginario colectivo perlas de tanta enjundia como aquel véndovos Mareo, y permitió que sólo un par de primaveras más tarde nos codeásemos con las estrellas. Imprimió alegría al juego de un equipo que solía mostrarse tristón, alicaído, desnortado, y volvió a llenar de gente unas gradas que se habían deprimido hasta ponerse a juego con el ruinoso estadio que las envolvía. Supo mimetizarse con el entorno, o supo hacer que el entorno se mimetizara con él, y Gijón volvió a teñirse de rojiblanco domingo sí y domingo también para atravesar el kilómetro escaso que separa la playa de San Lorenzo de la cancha más antigua de España, por mucho que Barral no fuese Quini y el respetable rechazara cualquier ilusión al margen de la mera supervivencia en una categoría donde todos parecían más altos, más ricos y más guapos que nosotros. No jugábamos como el Barça de Guardiola (ni siquiera como el Madrid de Capello), pero le echábamos coraje. No nos dedicaban mucho tiempo en las tertulias, pero todos sabían quiénes éramos. Recibíamos unas palizas espantosas y, aún así, manteníamos la fe en algo cuya naturaleza ni siquiera podíamos definir, pero que nos pertenecía, y gracias a eso siempre salíamos adelante. Y todo eso pasaba porque teníamos a Manolo. Que tampoco es que fuese el mejor del mundo, pero sí era el mejor entrenador que jamás pudo tener el Sporting.

Todas las tristezas duelen, pero más las que vienen motivadas por la injusticia. Y la de hoy no tiene tanto que ver con la destitución de Preciado, que también, sino con la sospecha de que no hemos sabido estar a la altura de lo que se merecía. Y utilizo el plural porque los dirigentes del club, aunque lo olviden cuando les apetece, no se representan a sí mismos, sino a todos los aficionados que nos llevamos las manos a la cabeza cada vez que nos obsequian con sus incongruencias y que somos los que de verdad nos dejamos el alma (y el dinero) para hacer de este equipo lo que es. Los mismos que más pronto que tarde comenzaremos a añorar aquellas ligas en las que teníamos a Preciado. Un buen tipo que pudo equivocarse, como todos, pero que siempre dio la cara por el Sporting. Algo que, para su vergüenza, no pueden decir los que ahora le han dado esta puñalada por la espalda.

La Voz de Asturias, 1 de febrero de 2012
Foto: Armando Álvarez