Lo bueno del periodismo (el oficio aún tiene cosas buenas, pese a todo) es que de vez en cuando proporciona una coartada perfecta para ajustar cuentas con uno mismo. La expresión suena algo grandilocuente y quizás lo sea, pero no encuentro una forma mejor de explicar las razones que me llevaron a recorrer, hace unos días, uno de los rincones más paradigmáticos de Asturias siguiendo el rastro de un fantasma del que pocos se acuerdan hoy en día. Difícilmente puedo encontrar una razón objetiva que ilustre los motivos que me empujan a escribir esto aquí y ahora. En primer lugar, porque un buen reportaje (y no sé si el que yo he hecho lo es) no debería necesitar ninguna justificación externa. En segundo lugar, porque el reportaje al que me refiero -que saldrá publicado mañana en el diario La Voz de Asturias- se justifica plenamente por sí mismo. Lo que ocurre es que ese reportaje tiene detrás una historia, que es la mía, que no era pertinente contar en el periódico, y que, como todas las historias, tampoco me pertenece por completo. También que, al iniciar el periplo que dio lugar al extenso texto que saldrá de imprenta en unas horas y que mostraré aquí en su momento, tuve la impresión de estar concluyendo, en realidad, un viaje emprendido hace ya tiempo. Y por eso quiero que, al menos, quede reflejado el trayecto.
Todo comenzó en 1987, aunque yo no lo supe hasta mucho después, y la culpa fue -como en tantas otras ocasiones- de mi señor padre, que un día tuvo a bien llevarme hasta el Pueblu d'Asturies, en Gijón, para visitar una exposición de la que únicamente recuerdo el cartel: un fotomontaje que partía del cuadro El viajero contemplando un mar de niebla, de Caspar David Friedrich para mostrar al protagonista del óleo ante una panorámica de los Picos de Europa. Posiblemente me habría olvidado también del afiche de no ser porque mi padre, un médico ilustrado de los que ya casi no quedan, volvió a casa con un libro que recogía y ampliaba el contenido de la exposición y que desde entonces yo comencé a ojear con frecuencia, primero por una curiosidad casi morbosa (tenía entonces seis o siete años, y aquella edición era algo verdaderamente solemne) y luego por un interés cada vez mayor en el personaje al que se referían sus páginas. Fue así como supe de la existencia de Roberto Frassinelli, al que llamaban El alemán de Corao, y de su paso por la comarca donde se asienta lo que yo llamo a veces el epicentro sentimental de Asturias, ese cauce de leyendas y mitos identitarios que arranca en la cueva de Covadonga y se extiende hasta la ermita de Santa Cruz, en las afueras de Cangas de Onís. Un territorio mágico que inevitablemente llamó la atención del niño que era yo, más interesado por las historias de espadas y brujería que por el fútbol, y que para mi desgracia quedaba muy lejos del Mieres en el que vivía.

Además, como suele pasar a esas edades, el interés iba y volvía, y tan pronto pedía a mis padres que me llevaran un día hasta Abamia -la iglesia que ordenó construir el rey Pelayo tras la victoria en Covadonga y donde reposan los restos de Frassinelli después de que los depositaran allí en una ceremonia que casi podría calificarse de espectral- como me olvidaba del tema, y poco a poco la figura del alemán fue ocupando un plano cada vez más secundario, relegada siempre por otros asuntos nuevos que empezaban a interesarme. De todos modos, volvía con cierta periodicidad a las páginas de aquel libro -a decir verdad, casi siempre que me lo tropezaba en la biblioteca familiar- y una vez casi consigo arrimarme a los escenarios que en él se mostraban a través del objetivo de la fotógrafa Anna Müller. Fue en 1993 ó 1994, en un viaje que hice a Covadonga con mis tíos y en el transcurso del cual, no sé por qué, pasamos cerca de Corao y hasta vimos de lejos la ermita de Santa Cruz. Traté de convencerles para que nos detuviésemos por allí, pero no fui capaz de conseguirlo. Creo que en ese momento, no sé si por despecho, me olvidé por completo de Frassinelli. Y no volví a cruzarme con él hasta unos cuantos años después.

Cueva del Cuélebre (Corao)
Fue, concretamente, en el verano de 2009. Por aquel entonces el diario
El Comercio, en el que yo colaboraba, había puesto en marcha un suplemento cultural, y su coordinadora me había pedido que pensase en algún tema que diese para un buen reportaje a doble página. Y ocurrió que, en un viaje relámpago a Mieres, volví a encontrarme en la biblioteca familiar con aquel libro que no había vuelto a abrir en más de una década. No sin resistencia por parte de mi padre, acabé llevándomelo a casa, y tras una relectura rápida -y después de escribir un largo e-mail a la responsable del suplemento en el que trataba de contagiarle mi fascinación casi infantil por el personaje- escribí un extenso artículo (
éste) que apareció publicado el 25 de julio y que, mucho me temo, apenas interesó a nadie.
La salida de aquel texto ni siquiera sirvió para desquitarme, porque no mucho después el nombre de Frassinelli empezó a salir, de manera espontánea y sin que yo lo pretendiera, en varias conversaciones. De él hablé alguna vez con mi amigo Álvaro Díaz Huici, y sobre él charlé durante un rato con Juan Cueto la tarde que le conocí, en su antigua casa de Somió. Poco después, me encontré en la librería Paradiso un extraño libro titulado El tesoro de los lagos de Somiedo en el que El Alemán de Corao aparecía como factor determinante de la acción -y cuya primera edición, según supe después, estuvo prologada por el propio Cueto-, y empecé a ver su nombre asociado, de distinta manera y por motivos bien heterogéneos, a hitos tan variados e inconexos como la ascensión inaugural al Naranjo de Bulnes o los primeros trabajos serios asociados a la conservación del Prerrománico. Tan recurrente se hizo su presencia que, cuando me ficharon en La Voz de Asturias y su subdirector, Julio César Iglesias, me encargó la redacción de una serie de guías sobre Asturias, propuse (y aceptaron) escribir una que, bajo el título La Asturias Heterodoxa, recogiera historias más o menos míticas, o simplemente singulares, y en la que Frassinelli jugara un papel importante.

Santa Eulalia de Abamia (Corao)
Y un día reparé en que, con todo lo que llevaba escrito sobre Frassinelli, apenas conocía los lugares en los que había transcurrido su vida. Y me di cuenta de que estábamos en 2011 y él había nacido en 1811 -es decir, doscientos años antes- y, no sé por qué, me dio por buscar en Google mi propio artículo, aquel que había aparecido en El Comercio, para releer unas líneas que ya no recordaba haber escrito y que demuestran lo fácil que es a veces ser profeta: "Dentro de un año y medio [recuerden que el artículo se publicó en el verano de 2009] se cumplirá el bicentenario de su nacimiento, y no estaría bien desaprovechar la oportunidad que brinda el calendario. Asturias, que tan mal trata con frecuencia a sus mejores hombres, aún está a tiempo de saldar las cuentas que tiene pendientes con una de sus figuras más encantadoramente heterodoxas. También con uno de sus más entregados hijos adoptivos". Estoy seguro de que no albergaba muchas esperanzas cuando lo escribí, pero en cualquier caso el tiempo me ha dado la razón: el 2011 estaba a punto de agotarse y nadie -y la cosa sigue así, al menos que yo sepa- se había acordado del bueno de Frassinelli. Y empecé a pensar que podía estar bien hacer aquel viaje que me había quedado pendiente: seguir las huellas de Frassinelli y contar, sin más, qué me iba encontrando por el camino. Qué era lo que quedaba, dos siglos después de su nacimiento, del rastro del alemán que un día descubrió Covadonga.

Pozo del Alemán (Vega del Enol, Picos de Europa)
Y ocurre, por último, que apareció un fotógrafo. Alguien (creo que José Luis Alvite) escribió una vez que el fotógrafo es la única pareja con la que un periodista sabe a ciencia cierta que jamás acabará a las puertas de un juzgado. Yo sólo puedo decir que es cierto. En los diez años que llevo trabajando en esto me he tropezado con unos cuantos excelentes, pero en esta ocasión necesitaba contar con un cómplice. Y lo encontré en Armando Álvarez, un artista con el que congenié desde la primera vez que nos encontramos y que dijo que sí en cuanto le conté mi idea, que a él, que no sabía nada del tema, le tuvo que parecer bastante descabellada. Juntos nos pusimos de camino y juntos pasamos una jornada verdaderamente movida: nos metimos por caminos cuyo paradero ignorábamos, dimos mil y una vueltas para que nos dejasen entrar en la casi inexpugnable iglesia de Abamia, recorrimos un rincón bien remoto de los Picos de Europa sin tropezarnos con un solo ser humano, nos metimos en una cueva sin saber qué nos podía esperar dentro... De él son las fotos que ilustran esta entrada, y también otras muchas que no he puesto aquí porque prefiero que sea él quien las dé a conocer cuando proceda. Cuando volvimos a Gijón, ya a última hora de la tarde, le dije que me lo había pasado muy bien. En realidad, tenía que haberle dado las gracias. Porque es posible que, de no haber sido por él, yo no hubiese hecho nunca este viaje. Y la verdad es que habría sido una pena perdérmelo.

Esta foto nos la hicimos en el Pozo del Alemán, justo antes de tomar el camino de vuelta a casa. En aquel momento pensaba que por fin había concluido aquel viaje que se había iniciado en 1987 y al que tanto me había costado poner término. Pero la cosa empezó a complicarse a mi regreso. De pronto, comenzaron a llegarme nuevas referencias y documentos de lo más variopinto que han conseguido que sea incapaz de alejar de mí la sombra de Frassinelli. En aquel libro que mi padre compró en nuestra visita al Pueblu d'Asturies hay unas líneas que siempre me han gustado mucho por lo poderoso de su evocación:
De un castañedo incomprensiblemente maltratado, con árboles centenarios de caprichosas y retorcidas formas, parte la senda que conduce hasta Abamia.
Me parece que, tanto tiempo después, el viaje continúa.