viernes 30 de diciembre de 2011

365 días después

Foto: Armando Álvarez

Hubo algunos que se fueron (y bien que se les recuerda). Hubo otros que llegaron (y benditos sean). Hay unos cuantos que siguen aquí, pese a todo.

Y mientras tanto, Europa se prepara para asistir a su propia demolición, España está a un tris de convertirse en un lugar irrespirable y la Asturias que habito anda emponzoñada por la estulticia de unos pocos y navega entre la parálisis y la desolación.

Pese a todo, tendremos que hacer como que no sabemos nada de todo eso, brindar y desearnos que lo que venga no sea peor que lo que ya hemos pasado.

Que tengan (que tengamos) un feliz 2012.

jueves 22 de diciembre de 2011

Picu Urriellu

Podría intentar ir más alto y coronar Torrecerredo,
deshacer nieves eternas con las yemas de mis dedos;
pero, aunque hoy el día acompañe el tesón de mis esfuerzos,
alcanzarte es más difícil que ascender la cara oeste del Picu Urriellu.

Podría intentar deshacerme del color de tus recuerdos,
bajar en aguas del Duje desde Sotres a Poncebos;
y es que, aunque hoy el día acompañe la valentía de mi empeño,
alcanzarte es más difícil que ascender la cara oeste del Picu Urriellu.

Es la letra de una de las canciones de Montañas. Pueden escucharla, vía YouTube, aquí. O, si lo prefieren, también pueden descargarse el disco completo aquí. Yo les recomiendo que hagan esto último.

lunes 19 de diciembre de 2011

Galerna

Muro de San Lorenzo (Gijón)

Línea de Fondo 12: Sporting, 1-Espanyol, 2


Temporal cantábrico

Fue marcar el segundo el Espanyol y estallar la grada (o, al menos, mi sector) en un clamor unánime que solicitaba el despido de Preciado, la decapitación de dos o tres futbolistas cuyos nombres no voy a mencionar y la irrevocable pena de muerte para el árbitro. He de confesar que yo estuve de acuerdo con este último punto -todos sabemos que Ayza Gámez es un trencilla patético, pero es que ayer rozó el más espantoso de los ridículos-, pero no me vi capaz de avalar el resto de peticiones. Siempre me ha costado entender esa bipolaridad de los aficionados futboleros que les lleva a ver hoy miseria donde ayer sólo contemplaban gloria y esplendor. Convendría recordar que la situación del Sporting no ha variado tanto desde la victoria ante el Rayo y que, aunque nos duela, pasar la Navidad en puestos de descenso no significa absolutamente nada. También que los que perdieron en El Molinón son esencialmente los mismos que ganaron en Vallecas. Ojalá todo esto (los vaivenes del equipo, pero también las iras de sus seguidores) sea sólo una desorientación producida por este temporal cantábrico que, sin aviso, nos ha azotado en la cara y nos obliga a comenzar las vacaciones con las cadenas puestas. Ya nos preocuparemos en 2012, si es menester. De momento, aquí seguimos.


La Voz de Asturias, 18 de diciembre de 2011
Foto: Armando Álvarez

viernes 16 de diciembre de 2011

El Cuaderno#10



Álvaro Cunqueiro nació en Mondoñedo el 22 de diciembre de 1911 y murió en Vigo el 28 de febrero de 1981, lo que quiere decir que este año se cumplen un siglo de su nacimiento y tres décadas de su despedida del mundo. La efeméride supone una buena ocasión (aunque todas lo sean) para releerlo, pero también para indagar en las razones de que su nombre y su legado no figuren con letras de oro en el panteón de los más grandes escritores españoles de la pasada centuria. Autor de una obra tan monumental como dispersa, Cunqueiro siempre escribió mucho y bien, en gallego y en castellano, y tanto su poliédrica personalidad como las infinitas ramificaciones de sus intereses literarios hacen que abordar un análisis global de su importancia en las letras peninsulares acarree, en ocasiones, el riesgo de incurrir en la simplificación o la frivolidad. Narrador, poeta, articulista, gastrónomo y, sobre todo, soñador, hay quien considera que la talla artística e intelectual de Álvaro Cunqueiro convierte su estudio en algo, en cierto modo, inabarcable, pero también quien piensa que el eterno papel secundario que ocupa en el canon de las letras hispánicas se debe a su condición de escritor incómodo o incierto (por usar un adjetivo que seguramente a él le habría resultado más querido), precisamente por la dificultad de encasillarlo en un apartado concreto o de sintetizar en un par de párrafos toda su bibliografía. Aproximarse a la figura de Cunqueiro (y reivindicarla) requiere emplear múltiples perspectivas para hablar de él del mismo modo que él hablaba de las cosas del mundo: con alegría, sin prejuicios, asumiendo los rumbos que marca la imaginación sin descuidar el terreno que se pisa. Eso es lo que hemos pretendido en El Cuaderno para rendirle homenaje en su centésimo aniversario. Feliz cumpleaños, don Álvaro.

lunes 12 de diciembre de 2011

Después de algunos años

Hacía bastante tiempo que no iba por este lugar. Es la casa de los Panero, en Astorga, y hoy tiene poco de ver con el edificio que yo conocí cuando, una mañana de finales de abril de 2005, me vi por primera vez ante sus puertas. Ya he contado alguna vez (bastantes, me temo) cómo desemboqué allí después de una conversación con Nacho Vegas a propósito de El desencanto, una película que a ambos nos gustaba mucho, y de qué manera aquel encuentro fue el principio de una especie de obsesión que se terminó materializando en un documental (La estancia vacía, 2007) y una novela (Los últimos días de Michi Panero, 2008) que tuvieron una fortuna desigual y ocuparon una buena parte de mi vida, hasta el punto de que me dediqué casi en exclusiva a las dos hasta que, tras ganar el Juan Pablo Forner con aquel libro que tanto me costó dar por terminado, decidí dar carpetazo al asunto y pasar a otra cosa.

En Astorga hice amigos y he tenido un sitio donde dormir siempre que lo he necesitado. También conozco allí algún que otro lugar en el que buscar refugio cuando acecha el temporal. Por eso pensé que mi alejamiento había sido un tanto injusto, que el hartazgo paneriano que me había embargado después de tantos esfuerzos (algunos ciertamente inútiles) no tenía por qué extenderse a una ciudad en la que tan bien me habían tratado siempre, pero no sé si porque me resultaba imposible disociar a los Panero de su hábitat primigenio o porque no me apetecía demasiado revivir determinados momentos que no extraño demasiado, había preferido marcar una distancia prudencial. Pero resulta que hace unos meses murió Angelines Baltasar -la protagonista del documental, una mujer encantadora con la que daba gusto charlar- y las circunstancias me impidieron ir a su entierro y me quedé con un poco de mal cuerpo, y cuando este fin de semana me surgió la posibilidad de arrimarme a Astorga, apenas lo dudé. De repente me di cuenta de que me apetecía volver a pasear por esas calles que en invierno se quedan casi desiertas y que yo llegué a conocer como si me hubiese criado en ellas, y de que tenía ganas de llevarme a la boca un buen cocido maragato, y de que (en fin) sentía curiosidad por ver cómo había quedado la casa de los Panero tras la restauración que yo vi empezar y que, según me contó en su día algún amigo que conservo por allí, había dejado el edificio como nuevo.

Así que volví. Y, aunque sólo fueron unas horas, tuve tiempo de saludar a Kanky, revisitar algunos bares, entregarme al cocido, pasear otra vez por la muralla, hacer el ineludible recorrido por las naves de la catedral, asomarme a las vistas a las que se abren los jardines del palacio episcopal y hasta de dar una vuelta por Castrillo de los Polvazares. Por descontado, también encontré un hueco -en realidad fue lo primero que hice, nada más aparcar el coche- para acercarme a la casa de los Panero y constatar que sí, que el edificio ya no es ni mucho menos la achacosa ruina que yo recordaba y que al fin se han concluido unos trabajos que llegaron a parecer quiméricos de tanto como se prolongaron en el tiempo. Ocurre que, extrañamente, tuve una sensación contradictoria cuando me vi de nuevo ante la portilla que da acceso a su jardín. Por un lado, me alegró comprobar que no se había venido abajo todo, como había temido la primera vez que estuve delante de aquel caserón que llevaba abandonado varias décadas; por otro, tuve la incómoda sensación de que el lugar había perdido un misterio del que, por alguna razón, ahora se ha quedado desprovisto. Puede que, de haber conocido ya la casa tal cual está en estos momentos y no como la conocí en aquella primavera cada vez más lejana, no se me habría ocurrido ni dirigir una película ni escribir una novela a propósito de aquella mansión en decadencia. Claro que igual eso habría sido lo mejor. Al fin y al cabo, cada vez tengo más dudas de que ni la una ni la otra sirviesen para algo.

viernes 9 de diciembre de 2011

La tierra más hermosa


Caminantes dende siempre,
llegáis pela raya'l Cuera
carretando ferramientes
y esperances d'otra tierra.
Llabradores del calizu,
semadores de la fiedra,
necios pal que vos esplota,
artesanos pal qu'aceña.

Canteros de Cuadonga,
los que baxáis a La Riera,
si queréis beber bon vinu,
cortexa-y la tabernera.

Igor Medio /Popular asturiana

Covadonga (Asturias)

lunes 5 de diciembre de 2011

En busca de Frassinelli

Tumba de Roberto Frassinelli en el interior de Santa Eulalia de Abamia
Foto: Armando Álvarez

Como ya anuncié aquí, ayer publiqué en La Voz de Asturias una doble página sobre Roberto Frassinelli que se componía de un reportaje titulado En busca de Frassinelli (y subtitulado Un recorrido por los escenarios del 'alemán de Corao' doscientos años después) y de un perfil del personaje que presenté bajo el epígrafe Un alemán en el corazón de Asturias. El primer texto -el más extenso, el que se refiere al viaje del que les hablaba el otro día- pueden leerlo aquí. Para acceder al perfil, no tienen más que pinchar aquí.

Al final del perfil, hago una referencia a una canción que descubrió Armando Álvarez (que, como ya he contado, es el coautor del reportaje en tanto que responsable de retratar los lugares de los que yo escribo) y que, dadas las circunstancias, no me resisto a dejar aquí por si alguno siente curiosidad. Pueden escucharla (y ver a sus artífices) pinchando en este enlace.

Línea de Fondo 11: Sporting, 0-Real Madrid, 3

Querido don Alfredo

Dos puntos. Sé que al madridismo se le hace el culo agua cada vez que usted abre la boca, pero la verdad es que resulta muy cansino ese afán suyo por erigirse en oráculo de un club que admite poca defensa. Dijo usted que en El Molinón iba a haber violencia y acertó, aunque la que hubo no corrió a cargo del Sporting, sino del equipo al que usted tanto idolatra y que dice adornarse de virtudes de las que, en realidad, carece por completo. Pecaron de arrogancia los de siempre (ese Pepe que, si éste fuera un país serio, debería tener prohibida la entrada a cualquier estadio; ese Mourinho que nos insultó el año pasado; ese CR7 cuya presencia ya ofende por sí misma) y no un Sporting que, si cometió algún error, fue el de no haber jugado con toda la alegría que es capaz de echar. Y también fue muy violento, no lo niego, lo del árbitro, un penoso Iturralde al que supongo que los suyos dejarán de tildar de barcelonista después del buen trato que les dispensó por estos pagos. Le comento todo esto, don Alfredo, con el máximo respeto. El mismo que ni usted ni los suyos nos conceden a los que no somos merengues, y del que ustedes no son ni mucho menos acreedores.

La Voz de Asturias, 4 de diciembre de 2011
Foto: Armando Álvarez

PD.- Me llevé una sorpresa morrocotuda en el partido, cuando, cada vez que marcaba gol el Real Madrid, algunos de mis vecinos de localidad en la Tribunona -personas que se definen, a la menor oportunidad, como "sportinguistas de toda la vida"- se ponían a celebrar como locos los tantos merengues. Mi pregunta es clara y sencilla: ¿a qué va esta gente a El Molinón los domingos? ¿A reírse del Sporting?

viernes 2 de diciembre de 2011

Tras las huellas de Frassinelli

Lo bueno del periodismo (el oficio aún tiene cosas buenas, pese a todo) es que de vez en cuando proporciona una coartada perfecta para ajustar cuentas con uno mismo. La expresión suena algo grandilocuente y quizás lo sea, pero no encuentro una forma mejor de explicar las razones que me llevaron a recorrer, hace unos días, uno de los rincones más paradigmáticos de Asturias siguiendo el rastro de un fantasma del que pocos se acuerdan hoy en día. Difícilmente puedo encontrar una razón objetiva que ilustre los motivos que me empujan a escribir esto aquí y ahora. En primer lugar, porque un buen reportaje (y no sé si el que yo he hecho lo es) no debería necesitar ninguna justificación externa. En segundo lugar, porque el reportaje al que me refiero -que saldrá publicado mañana en el diario La Voz de Asturias- se justifica plenamente por sí mismo. Lo que ocurre es que ese reportaje tiene detrás una historia, que es la mía, que no era pertinente contar en el periódico, y que, como todas las historias, tampoco me pertenece por completo. También que, al iniciar el periplo que dio lugar al extenso texto que saldrá de imprenta en unas horas y que mostraré aquí en su momento, tuve la impresión de estar concluyendo, en realidad, un viaje emprendido hace ya tiempo. Y por eso quiero que, al menos, quede reflejado el trayecto.

Todo comenzó en 1987, aunque yo no lo supe hasta mucho después, y la culpa fue -como en tantas otras ocasiones- de mi señor padre, que un día tuvo a bien llevarme hasta el Pueblu d'Asturies, en Gijón, para visitar una exposición de la que únicamente recuerdo el cartel: un fotomontaje que partía del cuadro El viajero contemplando un mar de niebla, de Caspar David Friedrich para mostrar al protagonista del óleo ante una panorámica de los Picos de Europa. Posiblemente me habría olvidado también del afiche de no ser porque mi padre, un médico ilustrado de los que ya casi no quedan, volvió a casa con un libro que recogía y ampliaba el contenido de la exposición y que desde entonces yo comencé a ojear con frecuencia, primero por una curiosidad casi morbosa (tenía entonces seis o siete años, y aquella edición era algo verdaderamente solemne) y luego por un interés cada vez mayor en el personaje al que se referían sus páginas. Fue así como supe de la existencia de Roberto Frassinelli, al que llamaban El alemán de Corao, y de su paso por la comarca donde se asienta lo que yo llamo a veces el epicentro sentimental de Asturias, ese cauce de leyendas y mitos identitarios que arranca en la cueva de Covadonga y se extiende hasta la ermita de Santa Cruz, en las afueras de Cangas de Onís. Un territorio mágico que inevitablemente llamó la atención del niño que era yo, más interesado por las historias de espadas y brujería que por el fútbol, y que para mi desgracia quedaba muy lejos del Mieres en el que vivía.

Además, como suele pasar a esas edades, el interés iba y volvía, y tan pronto pedía a mis padres que me llevaran un día hasta Abamia -la iglesia que ordenó construir el rey Pelayo tras la victoria en Covadonga y donde reposan los restos de Frassinelli después de que los depositaran allí en una ceremonia que casi podría calificarse de espectral- como me olvidaba del tema, y poco a poco la figura del alemán fue ocupando un plano cada vez más secundario, relegada siempre por otros asuntos nuevos que empezaban a interesarme. De todos modos, volvía con cierta periodicidad a las páginas de aquel libro -a decir verdad, casi siempre que me lo tropezaba en la biblioteca familiar- y una vez casi consigo arrimarme a los escenarios que en él se mostraban a través del objetivo de la fotógrafa Anna Müller. Fue en 1993 ó 1994, en un viaje que hice a Covadonga con mis tíos y en el transcurso del cual, no sé por qué, pasamos cerca de Corao y hasta vimos de lejos la ermita de Santa Cruz. Traté de convencerles para que nos detuviésemos por allí, pero no fui capaz de conseguirlo. Creo que en ese momento, no sé si por despecho, me olvidé por completo de Frassinelli. Y no volví a cruzarme con él hasta unos cuantos años después.
Cueva del Cuélebre (Corao)

Fue, concretamente, en el verano de 2009. Por aquel entonces el diario El Comercio, en el que yo colaboraba, había puesto en marcha un suplemento cultural, y su coordinadora me había pedido que pensase en algún tema que diese para un buen reportaje a doble página. Y ocurrió que, en un viaje relámpago a Mieres, volví a encontrarme en la biblioteca familiar con aquel libro que no había vuelto a abrir en más de una década. No sin resistencia por parte de mi padre, acabé llevándomelo a casa, y tras una relectura rápida -y después de escribir un largo e-mail a la responsable del suplemento en el que trataba de contagiarle mi fascinación casi infantil por el personaje- escribí un extenso artículo (éste) que apareció publicado el 25 de julio y que, mucho me temo, apenas interesó a nadie.

La salida de aquel texto ni siquiera sirvió para desquitarme, porque no mucho después el nombre de Frassinelli empezó a salir, de manera espontánea y sin que yo lo pretendiera, en varias conversaciones. De él hablé alguna vez con mi amigo Álvaro Díaz Huici, y sobre él charlé durante un rato con Juan Cueto la tarde que le conocí, en su antigua casa de Somió. Poco después, me encontré en la librería Paradiso un extraño libro titulado El tesoro de los lagos de Somiedo en el que El Alemán de Corao aparecía como factor determinante de la acción -y cuya primera edición, según supe después, estuvo prologada por el propio Cueto-, y empecé a ver su nombre asociado, de distinta manera y por motivos bien heterogéneos, a hitos tan variados e inconexos como la ascensión inaugural al Naranjo de Bulnes o los primeros trabajos serios asociados a la conservación del Prerrománico. Tan recurrente se hizo su presencia que, cuando me ficharon en La Voz de Asturias y su subdirector, Julio César Iglesias, me encargó la redacción de una serie de guías sobre Asturias, propuse (y aceptaron) escribir una que, bajo el título La Asturias Heterodoxa, recogiera historias más o menos míticas, o simplemente singulares, y en la que Frassinelli jugara un papel importante.

Santa Eulalia de Abamia (Corao)

Y un día reparé en que, con todo lo que llevaba escrito sobre Frassinelli, apenas conocía los lugares en los que había transcurrido su vida. Y me di cuenta de que estábamos en 2011 y él había nacido en 1811 -es decir, doscientos años antes- y, no sé por qué, me dio por buscar en Google mi propio artículo, aquel que había aparecido en El Comercio, para releer unas líneas que ya no recordaba haber escrito y que demuestran lo fácil que es a veces ser profeta: "Dentro de un año y medio [recuerden que el artículo se publicó en el verano de 2009] se cumplirá el bicentenario de su nacimiento, y no estaría bien desaprovechar la oportunidad que brinda el calendario. Asturias, que tan mal trata con frecuencia a sus mejores hombres, aún está a tiempo de saldar las cuentas que tiene pendientes con una de sus figuras más encantadoramente heterodoxas. También con uno de sus más entregados hijos adoptivos". Estoy seguro de que no albergaba muchas esperanzas cuando lo escribí, pero en cualquier caso el tiempo me ha dado la razón: el 2011 estaba a punto de agotarse y nadie -y la cosa sigue así, al menos que yo sepa- se había acordado del bueno de Frassinelli. Y empecé a pensar que podía estar bien hacer aquel viaje que me había quedado pendiente: seguir las huellas de Frassinelli y contar, sin más, qué me iba encontrando por el camino. Qué era lo que quedaba, dos siglos después de su nacimiento, del rastro del alemán que un día descubrió Covadonga.
Pozo del Alemán (Vega del Enol, Picos de Europa)

Y ocurre, por último, que apareció un fotógrafo. Alguien (creo que José Luis Alvite) escribió una vez que el fotógrafo es la única pareja con la que un periodista sabe a ciencia cierta que jamás acabará a las puertas de un juzgado. Yo sólo puedo decir que es cierto. En los diez años que llevo trabajando en esto me he tropezado con unos cuantos excelentes, pero en esta ocasión necesitaba contar con un cómplice. Y lo encontré en Armando Álvarez, un artista con el que congenié desde la primera vez que nos encontramos y que dijo que sí en cuanto le conté mi idea, que a él, que no sabía nada del tema, le tuvo que parecer bastante descabellada. Juntos nos pusimos de camino y juntos pasamos una jornada verdaderamente movida: nos metimos por caminos cuyo paradero ignorábamos, dimos mil y una vueltas para que nos dejasen entrar en la casi inexpugnable iglesia de Abamia, recorrimos un rincón bien remoto de los Picos de Europa sin tropezarnos con un solo ser humano, nos metimos en una cueva sin saber qué nos podía esperar dentro... De él son las fotos que ilustran esta entrada, y también otras muchas que no he puesto aquí porque prefiero que sea él quien las dé a conocer cuando proceda. Cuando volvimos a Gijón, ya a última hora de la tarde, le dije que me lo había pasado muy bien. En realidad, tenía que haberle dado las gracias. Porque es posible que, de no haber sido por él, yo no hubiese hecho nunca este viaje. Y la verdad es que habría sido una pena perdérmelo.
Esta foto nos la hicimos en el Pozo del Alemán, justo antes de tomar el camino de vuelta a casa. En aquel momento pensaba que por fin había concluido aquel viaje que se había iniciado en 1987 y al que tanto me había costado poner término. Pero la cosa empezó a complicarse a mi regreso. De pronto, comenzaron a llegarme nuevas referencias y documentos de lo más variopinto que han conseguido que sea incapaz de alejar de mí la sombra de Frassinelli. En aquel libro que mi padre compró en nuestra visita al Pueblu d'Asturies hay unas líneas que siempre me han gustado mucho por lo poderoso de su evocación:

De un castañedo incomprensiblemente maltratado, con árboles centenarios de caprichosas y retorcidas formas, parte la senda que conduce hasta Abamia.

Me parece que, tanto tiempo después, el viaje continúa.