lunes 28 de noviembre de 2011

Una entrevista con José Luis Cienfuegos

El sábado, unas horas antes de que diera comienzo la gala de clausura de la 49ª edición del Festival Internacional de Cine de Gijón, entrevisté a su director, José Luis Cienfuegos. La entrevista ha aparecido publicada hoy, parcialmente, en el diario La Voz de Asturias (clic aquí). Aquí va la versión completa.

Faltan unas horas para que se celebre la gala de clausura y la cara de José Luis Cienfuegos (Avilés, 1964) muestra una sonrisa de satisfacción. El director del certamen siente que ha consolidado definitivamente a su criatura en una 49ª edición que, además de contentar por igual a crítica y público, ha servido para refrendarles a él y al propio evento de cara a un porvenir que, por decirlo finamente, se prevé poco halagüeño.

Tengo que empezar dándole la enhorabuena. Usted siempre dijo que antes de hablar del medio siglo había que hacer la 49ª edición, y ha superado la prueba con buena nota.

La verdad es que estoy francamente emocionado por el apoyo tanto del jurado como de los medios durante la lectura del palmarés [las líneas en las que el jurado abogaba por la continuidad del certamen fueron unánimemente aplaudidas por los periodistas presentes]. Se ha hablado claro, con firmeza, y como profesional no puedo más que sentir agradecimiento, sobre todo por el cariño que estos días se ha notado en las salas y en la calle hacia el festival.

La respuesta ciudadana no ha disminuido…

Estamos en un buen nivel en cuanto a asistencia a los proyecciones. Tenemos un nivel de festival potente. Me parece un poco pronto para hacer un balance serio, pero una de las claves del crecimiento de estos últimos años ha sido la autoexigencia tanto hacia los contenidos como hacia la manera de hacer llegar el festival a todo el mundo. Aún así, se puede y se debe mejorar. Eso está claro.

La programación de este año estuvo especialmente cuidada. La Sección Oficial casi parecía un ‘all stars’…

Sí. La Sección Oficial nunca es la sección soñada, pero sí que está claro que ha reflejado más que nunca ese cine vivo, ese cine que dice cosas y que, además, consigue la implicación de los espectadores. Aunque evidentemente haya habido propuestas complejas o más exigentes con el espectador, creo que se entiende muy bien cuál es el modelo. La gente sabe que en el festival se han podido ver muchos cines diferentes con muchos discursos y muy interesantes. Los directores estaban francamente sorprendidos, tanto por el propio festival en sí (aunque, afortunadamente, casi todos venían ya con referencias del certamen y estaban aquí porque era Gijón) como por la propia ciudad. Este año les hemos sacado mucho partido a los invitados, y eso es muy bonito. Quiero remarcar la colaboración con la Universidad para ampliar las fronteras del festival. Creo que es labor de todos el sacar partido a eventos como éste. Por el festival han pasado, y creo que nadie puede negar esto, algunos de los más importantes cineastas contemporáneos, y eso es muy importante para Asturias. Insisto en el tema de abrir puertas: en el Centro de Cultura Antiguo Instituto, durante la proyección del ciclo No nos cuentes películas…, en el que unen fuerzas Telecable, el Conseyu de la Mocedá del Principado y Valnalón, viví uno de los momentos más emocionantes de estos 16 años. Uno de los mejores guionistas de España, Diego San José, vino aquí para trabajar codo con codo con chavales de los centros técnicos de Oviedo, Gijón y Avilés, a los que se sumaron luego la Escuela de Arte Dramático de Gijón y los directores Pablo Vara y Jim-Box. Esa colaboración es muy bonita, y marca un camino. En la proyección de la que te hablo, uno de los alumnos dio las gracias a sus profesores por haberle permitido hacer eso. Creo que entre todos se pueden hacer muchas y buenas cosas en Asturias. No nos podemos permitir el lujo de darnos la espalda unos a otros.

Que el festival está más que consolidado lo demuestran el hecho de que Filmax haya estrenado aquí Copito de nieve o la presencia de García Sánchez o el largometraje Arrugas

Hay un cierto arropamiento, y yo lo he visto este año. Algunas de las películas que estaban en nuestra competición o en las secciones paralelas podían haber estado en otros festivales, obteniendo seguramente un buen dinero en concepto de pago de alquileres, pero quisieron estar aquí. Ha habido un apoyo que yo agradezco enormemente.

Usted no es nada personalista, pero supongo que es consciente de que decir Festival Internacional de Cine de Gijón es decir José Luis Cienfuegos…

Soy consciente de que hay un equipo que ha trabajado muy duro para sacar adelante el trabajo. Creo que una de las claves de que las piezas encajen es la responsabilidad compartida. Cuando algo sale mal, nadie echa las culpas a nadie. Todos nos centramos en tapar ese hueco y conseguir que las cosas salgan. Eso no es muy habitual, y crea un espíritu de equipo que hace que todo salga adelante. Y creo que se nota.

Lo mencionaba usted mismo antes: en un gesto insólito, el jurado internacional ha querido apoyar explícitamente al certamen.

Sí. Los festivales somos ahora más frágiles que nunca, y ellos reivindicaban tanto el festival como la necesidad de mantener estos certámenes.

Más que de festivales, habría que hablar de ciertos festivales…

Eso es. Festivales en los que hay una labor seria de programación, que tienen detrás un trabajo. Los festivales dinamizan la economía. Que no se piense que los festivales son cuatro actores o directores comiendo durante tres días en una ciudad. Toda la actividad que se desarrolla aquí genera dinero y repercute en diferentes industrias. Alrededor de los festivales hay mucha industria: empresas audiovisuales y de subtitulación, imprentas, serigrafías… A veces se habla con cierta ligereza y no debemos sentirnos culpables de lo que hacemos. Más bien al contrario, porque a través del Festival surgen proyectos que implican y dan trabajo a mucha gente.

De todos modos, no parece que ahora se reflexione mucho acerca del modelo cultural, cuando la historia de FICXixón ilustra muy gráficamente que no vale cualquier cosa…

Creo que el análisis que se hizo en El Cuaderno de la historia del Festival es muy ilustrativo, y remito a cualquiera a esas páginas para que repase los distintos vaivenes que ha tenido y donde las culpas de que no funcionase debían repartirse y quedaban claras en ese reportaje. Por eso Fernando Lara [miembro del jurado y ex director de la Seminci], del que me considero discípulo, remarcaba los criterios que yo trato de seguir. Lo primero es que las películas cumplan unos ciertos requisitos. Luego ya están la validez de los criterios de cada uno y los códigos morales o intelectuales.

Vuelvo a lo de antes a tenor de las palabras de Lara: reivindicar el certamen gijonés implica necesariamente reivindicarle a usted…

Yo… Es que no quiero hablar de mí.

Pues tengo que preguntárselo: ¿se ve dirigiendo la 50ª edición?

[Sonríe y se queda en silencio]

Voy por otro flanco: ¿es verdad que la Consejería de Cultura le ha garantizado que no aplicará recortes al certamen y que, además, el consejero quiere que usted siga al frente el año que viene?

Hubo una rueda de prensa en la que el consejero manifestó su apoyo, y yo no tengo nada más que añadir.

¿Cómo fue la relación con el actual Gobierno municipal?

Cordial. Hemos trabajado con total normalidad y no ha habido ningún tipo de debate sobre los contenidos. En el Festival siempre hemos trabajado con plena libertad, y este año la cosa no ha cambiado.

Cuando se hizo cargo del festival, en la 33ª edición, el certamen era casi un cadáver. Ahora está a un paso del medio siglo. ¿Le da vértigo mirar atrás? ¿Cree que fue un inconsciente al ponerse al mando?

Evidentemente, no era consciente de nada [risas]. Ahora es muy gracioso analizar ciertas cosas de los primeros años, pero también es muy gratificante recordar las ganas que echamos para sacar adelante un proyecto en el que todos creíamos. Lo importante es que se fueron planteando objetivos y mejoras a corto plazo, y siempre fueron objetivos y mejoras para el festival, nunca pensadas en el plano personal. Ahí siempre hemos sido bastante estrictos. Hemos intentado construir un festival con un sello propio y que fuese lo menos personalista posible.

Pero cualquier festival termina teniendo el sello que le imprime su director…

Bueno… Unos más que otros.

¿Alguna vez tuvo la tentación de decir ‘se acabó, aquí lo dejo’?

No. No suelo permitir que las circunstancias me superen. Cuando surgen problemas, y vuelvo al espíritu de equipo, el objetivo es sacar todo adelante como sea, arrimando el hombro todo lo que haga falta.

Lo que decíamos al principio: el festival cumple medio siglo el año que viene. Supongo que tendrá alguna idea…

Ésa es una pregunta profesional…¿Me estás preguntando por ideas o por proyectos?

Imagino que aún es pronto para hablar de proyectos concretos. Me refiero a su idea de lo que debería ser la próxima edición del festival.

Bueno, mi idea es mi idea, y se puede llevar a cabo o no…

¿Y cuál es esa idea?

Eso cuesta un dinero [risas].


Foto: Armando Álvarez

domingo 27 de noviembre de 2011

Jerónimo Granda: un rebelde con causa

Cuando se avecindó en Gijón, Jerónimo Granda (Oviedo, 1945) apenas había cumplido el cuarto de siglo y ya tenía claro que lo suyo era cantar. Poco antes había abandonado su trabajo en la Tabacalera con la idea de profesionalizar una afición que llevaba años trabajándose y que había recibido el espaldarazo en la villa de Jovellanos. Jerónimo solía frecuentar, con su cuadrilla, las noches cimadevillenses, sobre todo las del ya desaparecido Mesón del Gallo. Allí, era costumbre que los clientes se arrancasen con sus propias interpretaciones una vez que finalizaban las actuaciones incluidas en el programa. Y así fue como, una velada en la que él agarró a la guitarra y empezó a darle a lo suyo, el dueño se le acercó para hacerle una propuesta que no tardó en aceptar: “Chaval, ¿por qué no vienes a cantar aquí?” Dicho y hecho. Abandonó su Oviedo natal, alquiló un piso en El Natahoyo y se fue a amenizar las nocturnidades del barrio alto hasta que, a eso de las cuatro o cinco de la madrugada, daba por concluida la jornada y regresaba a su casa, no sin antes echar la partida con los trabajadores que esperaban para entrar en la Fábrica de Moreda.

Fue el principio de una carrera que hoy no necesita muchas presentaciones y que ha cristalizado hasta la fecha en un puñado de discos –el más reciente, 15x4=60 (Roncón)– y en un sinfín de conciertos que le han convertido en uno de los rostros más conocidos y respetados de los escenarios asturianos, por no hablar de los que aún recuerdan sus incursiones televisivas en aquel programa de la radio piquiñina o su fugaz escapada catódica a Madrid de la mano de Pepe Carroll. “A mí siempre me gustó tocar, nunca quise hacer otra cosa”, cuenta mientras apura una cerveza en un bar de La Arena y comenta los cambios que se han venido operando en una ciudad “que creció muchísimo desde que yo llegué” y que ha variado bastante en el fondo y en las formas. “Antes conocíamonos todos porque esto era pequeño, pero ahora somos casi trescientos mil y en muchos aspectos la cosa está mucho más fría”. En el tiempo que lleva aquí, se ha convertido en parte del paisaje (“gústame que digas eso, parez que tas hablando con un árbol”) y no es difícil verlo paseando junto a San Lorenzo, de ahí que muchos se extrañen al saber que sus raíces están localizadas en la capital. “Soy de Gijón a efectos prácticos, y si algo descubrí viviendo aquí fue que me gusta tanto el mar que no iba a poder estar sin él, pero sí que tengo relación con Oviedo: voy allí cada semana porque tengo familia, amigos, eses coses”.

Fue en Oviedo donde pegó su último petardazo: un pregón de San Mateo en el que no dejó títere con cabeza y que él no cree que fuese para tanto: “Yo nun molesto a nadie, bobu; ye igual que si meten un león enjauláu dentro de la catedral en medio de la misa de doce; les paisanes dirán que ay qué miedo, pero la misa danla igual porque el león nun molesta dentro de la jaula”. Lo que sí quedó claro aquel día es que no le gusta el mundo en que vivimos. El día de la entrevista está indignado porque, poco tiempo atrás, se enteró de que “hay bares que cobren a los chavales que quieren tocar en ellos”, y no duda en expresar su “simpatía” por el 15-M: “Ye gente que igual nun sabe bien qué quier o qué pueden hacer, pero sí saben que están hasta los cojones y actúen en consecuencia”. Rebelde con causa, asegura que “dan igual unos políticos que otros, porque al final ni siquiera manden ellos”. Un parroquiano se acerca para poner la apostilla perfecta: “Jerónimo, si te presentases, yo votábate”.

La Voz de Asturias, 27 de noviembre de 2011
Foto: Armando Álvarez

jueves 17 de noviembre de 2011

Una conversación con Nacho Vegas

El pasado 26 de octubre mantuve una conversación con Nacho Vegas en el Muddy's Radio Bar de Gijón en la que hablamos de su último disco, Cómo hacer crac (Marxophone), que estará en las tiendas el próximo lunes y que puede descargarse desde ayer en la web de Radio 3. Aquella noche estuvimos hablando durante una hora y pinchamos todas las canciones de su nuevo trabajo. Si alguien quiere saber lo que dio de sí la cosa, ahora puede escucharlo (y descargarlo) aquí. Espero que les guste.

Foto: Armando Álvarez

martes 15 de noviembre de 2011

Miguel Arrieta Gallastegui (1955-2011)

Cabranes, abril de 2010

Es curioso. Eras uno de los miembros de más provecta edad de la pandilla y yo siempre te llamé Miguelito, mientras que tú, siendo yo el benjamín, siempre me trataste de ilustre. Es curioso. Nuestra amistad se desarrolló casi siempre en interiores (tu piso de la calle Torcuato Fernández Miranda, los restaurantes en los que comíamos o cenábamos, los bares que nos ofrecían su vermut o alguna copa intempestiva), pero lo primero que recuerdo ahora mismo es aquel viaje que hicimos juntos a Galicia hará pronto un par de años, y de hecho me acordé de ti hace unas semanas, cuando volví a detenerme en Mondoñedo y me hice una foto en el mismo banco donde nos retrataron a los cuatro desaprensivos que acometimos aquel periplo. Es curioso. Nos vimos varias veces a lo largo de este último mes y nunca tuve la sensación de que cualquiera de ellas pudiese ser la última, por más que supiera ya que andabas tocado, porque jamás te vi perder la sonrisa, ni ese buen humor que te caracterizaba, ni dejabas de emitir comentarios ácidos acerca de cualquier cosa que se terciase. Es curioso. Hace unos pocos días me pidieron que te hiciese una entrevista y yo supuse que iba a ser el encargo más difícil de mi vida, y cuando esta mañana me llegó la brutal noticia de que te habías ido por un momento pensé -mira tú qué gilipolleces se me ocurren, uno es capaz de cualquier cosa con tal de ahuyentar ese dolor que llega sin avisar y perfora las entrañas- que habías querido evitarme el mal trago. Es curioso. Mira que llevábamos varios años tratándonos y ahora tengo la impresión de que jamás me aburrí contigo, y me vienen a la memoria algunos momentos gloriosos (aquel Villarreal-Sporting que empalmamos en Los Cisnes con un Madrid-Barça; el día que, en Cabranes, nos iniciaste en los secretos del consumo de compuestas; tu última recomendación culinaria en aquel bar de la avenida de Castilla donde casi nos obligaste a probar los callos; aquella enfervorizada discusión filosófica que mantuvimos una noche en El Corsario; los ajustes que tuvimos que hacer en la cam de tu ordenador para poder reírnos un poco la primera vez que nos citamos en tu casa...) de los que va a ser difícil que me olvide. Es curioso. Me he puesto hoy jodidamente triste por tu culpa, pese a que estoy seguro de que tú desearías lo contrario: que nos juntáramos todos para beber y comer y reírnos y cantar a tu salud. Pero qué quieres que te diga, Miguelito. Ésta que has armado ahora es muy gorda, y, si te tengo que ser sincero, la verdad es que no tenemos el cuerpo para fiestas.

Miguel Arrieta, Álvaro Díaz Huici, Pepe Monteserín
y yo, en Mondoñedo (Lugo), en diciembre de 2009

Miguel Arrieta Gallastegui era escritor y gastrónomo. Era, también, una de las personas más inteligentes, cultas, buenas, divertidas, generosas y admirables a las que he tenido el gusto de conocer en esta vida. Le gustaba leer, comer y beber, no siempre por ese orden. Una conversación con él podía ir, en menos de lo que dura un pestañeo, de las virtudes de la prosa de Pynchon al punto exacto de cocción de las lentejas. Escribió muchas cosas muy desperdigadas y escribió muchas menos de las que debería haber escrito, pero es que él prefería vivir. Cocinaba como los ángeles y tenía la lucidez de un diablo burlón. Hizo un recetario de cocina tradicional asturiana que se convirtió en un best seller y que ya quisieran haber escrito muchos de los que se las dan de entendidos. También se le debe un libro que se titula Historias, leyendas y brujas de Asturias y un Breve tratado de la sardina iberoatlántica que es un prodigio de erudición, talento y amenidad. Y acababa de preparar un volumen, Cocina de recursos, que ya no podrá presentar. Llevaba un tiempo enfermo y falleció ayer por la tarde. Y su muerte me ha dejado bastante tocado porque, por encima de todas las cosas que acabo de mencionar, era, sobre todo, mi amigo.

Que la eternidad te sea leve, Miguelito. Y a ver si es verdad que hay algo después, y algún día nos reencontramos, y nos reímos juntos de todo esto.

viernes 11 de noviembre de 2011

5. Otros rincones heterodoxos, sagrados o (semi) ocultos

La celebración republicana de Llueves

Cada primavera, el Ateneo Republicano de Asturias rinde homenaje en la parroquia de Llueves (Cangas de Onís) al oso que mató a Favila. Favila, hijo de Pelayo, fue el segundo rey de la monarquía asturiana y encontró la muerte bajo las zarpas de un plantígrado, según cuenta un relato seguramente ideado para encubrir el complot contra el monarca que urdieron determinados miembros de la corte que no estaban nada contentos con el modo en que éste gestionaba los asuntos de la corona.

La celda de Feijoo

Fray Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), que portó hábitos en el ovetense monasterio de San Vicente, fue, a su modo, uno de los más ilustres heterodoxos de Asturias. Desde su celda monacal se convirtió en un pionero de la Ilustración gracias a una obra, el Teatro Crítico Universal, en la que desmontaba una por una las supersticiones de la época. El monasterio, a espaldas de la catedral, lo ocupa hoy el Museo Arqueológico de Asturias, y aunque la celda de Feijoo dejó de existir como tal hace bastante tiempo, en sus dependencias se ha habilitado una recreación de lo que fue el lugar de trabajo del benedictino.

La colegiata de Teverga

Posiblemente sea el templo más importante del románico asturiano. También uno de los más inquietantes. Construido en el siglo XI, en su claustro (una pieza muy singular que sostienen catorce pilares cuadrados y un forjado de madera) se exhiben dos momias, y en la oscuridad de la iglesia propiamente dicha uno puede llevarse sorpresas a poco que se dedique a observar con detenimiento la iconografía de los capiteles.

La finca de Cesáreo Cardín

En el entorno de Lledías, en Llanes, se encuentra la finca que perteneció a Cesáreo Cardín y a la que vale la pena acercarse por constituir uno de los atractivos más surrealistas de la geografía asturiana. El tal Cardín, que ayudaba al conde de la Vega del Sella en sus indagaciones prehistóricas, era aficionado a la escultura y la pintura, y quiso rodear su casa de un bosque de estatuas de piedra a ratos delirantes, a ratos monstruosas, que confieren al lugar un aspecto casi irreal. Pero aún hay más. El propio Cardín descubrió, en el mismo sótano de su casa, una cueva con pinturas rupestres que casi podría hacerle la competencia a Altamira. La controversia sobre si los animales que allí están reflejados habían sido pintados realmente por nuestros ancestros o procedían, en realidad, de la mano de Cardín estuvo en auge durante unos cuantos años. Hoy, la balanza parece haberse inclinado definitivamente hacia la segunda hipótesis.

El Cuaderno#5

Esta semana, en El Cuaderno nos marcamos un monográfico especial sobre la 49ª edición del Festival Internacional de Cine de Gijón. Javier Cuevas entrevista a su director, José Luis Cienfuegos; Hilario J. Rodríguez publica un brillante artículo acerca del certamen y su papel a la hora de equilibrar la balanza centro-periferias, y Juan Carlos Gea y un servidor hacemos a medias (como en los viejos tiempos) un recorrido histórico desde el nacimiento de la cosa hasta la actualidad. Además, desglosamos todas y cada una de las secciones de este cita, una de las más importantes (si no la que más) del calendario cultural asturiano, que este año se desarrollará del 18 al 27 de noviembre.

Ya saben: el domingo, en su kiosco, junto al diario La Voz de Asturias.

4. Los secretos del Monsacro

En la ladera del Monsacro, en el concejo de Morcín, hay dos capillas que no suelen figurar en las guías turísticas pero que, sin embargo, tienen su miga. Las dos datan de la época medieval y nadie termina de saber muy bien qué pintan allí, pero la cuestión es que ahí están, presidiendo un paisaje impresionante que, si uno tiene la suerte de subir en un día de cielo despejado, se extiende hasta las mismas orillas del Cantábrico. Sabemos por Javier Fernández Conde que, hacia el siglo XII, "el monasterio de San Vicente de Oviedo organizó una especie de priorato en la zona del Monsacro [...] en el que monjes pasaban temporadas dedicados a la cría del ganado, viviendo more eremítico". Lo que no sabemos es por qué eligieron aquel escenario, aunque si atendemos a la etimología del topónimo (por lo demás, evidente), no es difícil imaginar que alguna tradición debía de tener ya aquella montaña inmensa y escarpada que hoy marca uno de los límites geográficos de la cuenca minera del Caudal.

Una de las capillas está dedicada a la Magdalena y no tiene otro atractivo que el que le confieren sus propias características arquitectónicas: se trata de un templo construido en el siglo XIII, de planta rectangular y ábside semicircular, al uso del románico rural. La otra está puesta bajo la advocación del apóstol Santiago, y ésta sí tiene más enjundia. En primer lugar, su trazado es de todo menos convencional: reconstruida seguramente en el siglo XIII a partir de una obra anterior, se trata de una construcción de planta octogonal con ábside semicircular y portada resaltada, con un cuerpo trapezoidal adosado, factores que han hecho que desde siempre se haya asociado su existencia a una posible ramificación asturiana de la Orden del Temple. Pero, además, la leyenda asegura que hasta allí llegaron las reliquias que, traídas de Jerusalén, habían permanecido en Toledo durante el esplendor del reino visigodo y que terminaron viajando hasta estos pagos cuando los árabes invadieron la Península y los cristianos se vieron obligados a replegarse. Parece ser que un grupo de fieles logró salvar a tiempo el arca que contenía aquellos restos de santos para trasladarla al otro lado de la Cordillera Cantábrica y ponerla, así, a buen recaudo en la mencionada capilla, primero, y en la Cámara Santa de la catedral de Oviedo, después. En ambos lugares permaneció cerrada hasta que el rey Alfonso VI procedió a su apertura en una ceremonia en la que, según cuentan, estuvo presente el caballero Rodrigo Díaz de Vivar. Entre el arsenal de reliquias (leche de la Virgen, espinas de la corona de Cristo y una sandalia de San Pedro, entre otras), brillaba con luz propia el Santo Sudario, es decir, la tela con la que se amortajó el cadáver de Jesús una vez descendido de la cruz. Las reliquias y la propia arca pueden contemplarse hoy en la Cámara Santa, donde siguen desde entonces. Las capillas del Monsacro también continúan en su sitio, solitarias y únicas conocedoras de un misterio, el de su propia razón de ser, que acaso no llegue a desvelarse nunca.

jueves 10 de noviembre de 2011

3. Somiedo: un tesoro en los lagos

Los lagos de Somiedo son uno de los monumentos naturales más importantes de Asturias y basta presentar sus propias credenciales para recomendar una visita. Situados en el parque natural del mismo nombre, El Valle, Saliencia, Cerveriz, La Cueva y Calabazosa son tan impresionantes que no hay excusa posible para evitar rendirles homenaje si uno anda por el suroccidente asturiano. Así y todo, el lugar tiene un encanto añadido que le debe mucho a un señor llamado Mario Roso de Luna que, allá por los primeros años del siglo pasado, publicó un librito titulado El tesoro de los lagos de Somiedo que, si bien gozó de un cierto éxito en el momento de su publicación y también unas cuantas décadas más tarde, durante la transición a la democracia tras la muerte de Franco, se ha quedado medio olvidado en los limbos de Gutenberg. En esa obra, presuntamente autobiográfica, el mencionado Roso de Luna -que era teósofo y el discípulo español más aventajado de madame Blavatzky- aborda la narración de un viaje que él mismo realizó desde Cudillero a Somiedo siguiendo un plano aparecido entre unos papeles perdidos de Roberto Frassinelli que, según sus interpretaciones, conducía a una puerta de entrada al mundo de los jinas, unos seres superiores que, entre otras virtudes, poseían el secreto de la riqueza imperecedera. No contaremos aquí el argumento completo del libro para no desairar a sus posibles lectores, pero la excursión que propone Roso de Luna -siguiendo ese supuesto itinerario trazado por Frassinelli que, en realidad, responde punto por punto al mapa de Schulz y que Juan Cueto bautizó como "turismo de alta montaña cósmica"- es un periplo que arranca del puerto de Cudillero y discurre por Cornellana, Salas, Corias, Belmonte de Miranda y Pola de Somiedo hasta concluir en los mismísimos lagos. Poco importa que al final aguarde o no un tesoro. Como en todos los buenos viajes, la grandeza está en el camino.

2. San Antolín de Bedón: el jabalí y los fantasmas

A un lado de la carretera que conduce desde el pueblo de Niembro a la parroquia de Naves, en el concejo de Llanes, se encuentra lo que queda de San Antolín de Bedón. Los historiadores nunca han acertado a explicarse las razones que llevaron a los monjes benedictinos a instaurar una comunidad en aquel lugar tan apartado. Parece ser que el cenobio se fundó entre los siglos X y XI, que entre el XII y el XIII se construyó la iglesia actual y que en 1955 el conjunto fue restaurado por Luis Menéndez Pidal, aunque lo cierto es que, a esas alturas, del complejo original ya sólo quedaba en pie el templo: el resto del monasterio desapareció no se sabe muy bien cuándo y en su lugar se levantaron unos edificios sin gran interés arquitectónico que hoy languidecen también en la miseria. Ya escribió Saro y Rojas, en el siglo XIX, que de la "antigua grandeza" de Bedón sólo quedaba ya la iglesia romanobizantina, y añadía que estaba "en camino de desaparecer también". Por esa misma época, J. M. Quadrado visitaba el lugar y explicaba que "del monasterio no hay que hablar, desapareció después de reducido a priorato, y no quedó en San Antolín de Bedón más que la iglesia y la contigua casa".

Sabemos que el monasterio, no obstante, fue muy importante en la época bajomedieval, y que su influencia decayó cuando los benedictinos que lo habitaban se desplazaron a Celorio, también en el concejo de Llanes. Respecto a sus orígenes, dado que nadie llegó a especificar los porqués de la constitución de un cenobio en un entorno tan pintoresco -a un extremo de la playa de San Antolín-, no tardó en surgir una leyenda que, según los historiadores Maricruz Morales y Emilio Casares, también se atribuye a las fundaciones de San Juan de la Peña o Santa María de Aguilar de Campoo. Dicha leyenda tiene como protagonista a un tal conde de Muñazán que "llegó a aquel sitio en pos de un jabalí que, ocultándose de repente entre la maleza, desapareció, y apareciendo de inmediato una luz misteriosa, que fue interpretada como milagrosa y como signo de que allí había de fundarse una casa de oración y recogimiento". Según algunas fuentes, aquella luz iluminaba una imagen de San Antolín, lo que explicaría la advocación del monasterio, pero lo que más nos importa en este capítulo es que el pueblo acabó apropiándose de esa leyenda hasta transformarla en otra que, aun manteniendo a sus dos protagonistas principales -esto es, el conde y el jabalí-, termina explicando la construcción de Bedón de una manera muy distinta.
En esta versión adaptada y modernizada, el conde de Muñazán perseguía a aquel jabalí cuando sorprendió a una moza de los alrededores, de la que él estaba arrebatadamente enamorado, cortejando con un zagal y, atacado por los celos, dio allí mismo muerte a ambos. Después, continuó persiguiendo al jabalí hasta aquella cueva donde se le apareció una luz y con ella una imagen del santo, que en este caso lo que hace es recomendarle que funde un monasterio en aquel lugar para limpiar la sangre que había vertido unos minutos antes. Como se puede imaginar, fue este relato -mucho más sangriento y sustancioso que el original- el que acabó calando, hasta el punto de que hoy en día son frecuentes las excursiones de parapsicólogos más o menos aficionados a Bedón en busca de psicofonías que registren los lamentos de la huérfana de San Antolín (así llaman a aquella pobre chica) o los alaridos del propio conde de Muñazán, eternamente condenado a vagar por el lugar para purgar del todo su culpa. Conviene acercarse por Bedón porque realmente la iglesia es una de las muestras más hermosas del románico asturiano y el entorno bien merece un paseo, pero más le vale al viajero no hacerse excesivas ilusiones con el asunto de los espectros. Los únicos fantasmas que con toda certeza andan por allí son, sencillamente, los de la ruina y el olvido.

miércoles 9 de noviembre de 2011

1. Covadonga: el mito fundacional

Hay que empezar por el principio. Es decir, por Pelayo. O, lo que es lo mismo, por Covadonga. Hasta que en el pasado siglo comenzaron a proliferar las investigaciones que arrojaron no poca luz sobre la, digamos, Asturias remota (la de la Prehistoria, la de los castros, la de la romanización), los entendidos sólo empezaban a conceder interés a nuestros antecedentes a partir de aquella batalla (o escaramuza, según la fuente) que moros y cristianos libraron al pie del Auseva.

Lo que está claro es que fue en Covadonga donde Pelayo se puso al frente de unas decenas de adeptos para repeler a los invasores musulmanes. Lo primero que no está claro, sin embargo, es la cuantía de éstos. Mientras las crónicas de Alfonso III les atribuyen, con lógica grandilocuencia tratándose de lo que se trata, un número de varios millares, los propios árabes (que bien pudieron tirar por lo bajo para quitar hierro a la derrota) cifran a sus tropas en unos pocos hombres, no muchos más de los efectivos con que contaba el enemigo. Consignada la discrepancia numérica, pues, nos queda adentrarnos en los pormenores de la batalla. Desde siempre se ha pintado a Pelayo -que formó parte de la corte del rey Rodrigo y sufrió junto a éste su caída a manos de los sarracenos- como un adalid de la españolidad que, una vez depuesto su señor, se resistió a aceptar su suerte y se echó al monte (nunca mejor dicho) a la espera de una oportunidad propicia para plantar cara al invasor. Ocurre que las cosas, según se ha venido sabiendo, no fueron del todo así. Es evidente que Pelayo tuvo que resentirse del fracaso de su rey (y del suyo propio), pero sabemos que, pese a todo, aceptó a regañadientes la dominación musulmana y sólo empezó a ponerse bélico cuando descubrió que una de sus hermanas se entendía con un tal Munuza, gobernador árabe de una ciudad llamada Xegio que unos identifican con León y otros con Gijón, y que su intención al dirigirse hacia el norte no era la de reconquistar nada, sino la de evitar que su hermana cayese en las amorosas manos sarracenas de su pretendiente. Avisado Munuza, ordena que den caza al hermano despechado y éste, tras ser advertido por los lugareños que encuentra a su paso (que, no se sabe muy bien cómo, han oído hablar de sus andanzas), consigue remontar el río Piloña y se ve de pronto al pie del Auseva acompañado de unos cuantos mocetones que, ávidos de aventura o de pelea, deciden servirle de custodios. Es allí donde encuentran el abrigo natural de la famosa cueva de Covadonga, a la que llegan los musulmanes seguramente con el ánimo un tanto decaído después de la caminata que tuvieron que pegarse por valles y montañas para acabar allí. Lo demás es historia.
Es sabido que todo mito engendra su leyenda, o viceversa. En el caso de Covadonga, las crónicas cristianas siempre han aseverado que la Virgen se apareció ante Pelayo y sus hombres y que obró el milagro de que las flechas que les disparaban los árabes se girasen en el aire para retornar y clavarse en los pechos de los mismos que las habían lanzado. Eso, como es lógico, no ha podido probarse, pero sí se ha sabido que, al parecer, cuando Pelayo llegó a la cueva de Covadonga allí ya se veneraba a la Virgen, en lo que probablemente fuese un ejemplo de la ya archiconocida superposición de cultos, esa práctica ancestral que confirma que las religiones no se crean ni se destruyen, sino que sólo se transforman. Sea como fuere, desde aquella batalla la figura de la Virgen y el paisaje de Covadonga han quedado indefectiblemente unidos, y el lugar se ha convertido en uno de los santuarios marianos más importantes de España. Eso sí, no hay noticias de ningún milagro de postín que haya que adjudicar a la intercesión de la Santina (como se conoce por aquí popularmente a la susodicha Virgen), que sin embargo es hoy un auténtico icono. Para comprobarlo basta con viajar un poco por Asturias y reparar en esas simpáticas pegatinas que, con su efigie bajo el lema Yo conduzco, ella me guía portan algunos coches en sus lunas o en los envoltorios de unos caramelos mastodónticos que se venden en la propia Covadonga y constituyen uno de los souvenirs más apreciados por quienes se dejan caer por allí.
Así pues, en Covadonga se fundamenta el mito de la idiosincrasia astur. Primero, porque la historia demuestra que aquí nunca se ha aceptado de buen grado a los foráneos que llegan con delirios de grandeza. Segundo, porque la mencionada intercesión de la Virgen viene a confirmar que los dioses siempre han estado con nosotros. El lector podrá pensar que toda esta parrafada desaconseja cualquier visita a Covadonga, pero nada más lejos de la realidad. El lugar merece mucho la pena. La Santa Cueva -donde se exhibe una imagen de la Virgen que ya conoce todo el mundo, pero que no es tan bonita como una anterior de estilo románico que está expuesta a unos metros, en el Museo del Real Sitio- tiene su aquél. Allí están los sepulcros de Pelayo y Alfonso I y unos magníficos miradores que ofrecen vistas espléndidas de un paisaje que ya supone, por sí mismo, un impresionante espectáculo. La basílica, proyectada por Roberto Frassinelli, también merece una incursión, sobre todo su sorprendente cripta. Y, en fin, resulta imperdonable no pasar por Asturias sin acercarse hasta los Lagos, el Enol y el Ercina, que son una de las grandes maravillas de esta tierra.
Covadonga es, pues, una parada que satisface a todos. Los creyentes podrán ratificar allí su fe. Los ateos y agnósticos, en cambio, tendrán ocasión de deleitarse con unos parajes cuya belleza estimula y sobrecoge a partes iguales. El entorno de la cueva donde Pelayo venció a los árabes es mucho más que un simple bastión épico o espiritual. Es, también y sobre todo, un lugar de consenso.

lunes 7 de noviembre de 2011

Línea de Fondo 10: Zaragoza, 2-Sporting, 2

Maldita Romareda

Tenía ya medio pensado un artículo donde, con audaz doble sentido, iba a celebrar el regreso de la Doble B (que en estos últimos tiempos para la mayor parte del sportinguismo sólo simbolizaba ya la abreviatura de Blackberry) cuando el Zaragoza nos aguó la fiesta en el tiempo de descuento y recordé que fue en ese mismo lugar, el campo de La Romareda, donde el año pasado empezó nuestra desdicha. La situación no es la misma, claro. Es un alivio que el Sporting sepa, al fin y tras doce jornadas, a qué juega o a qué debe jugar, pero es una pena que acabemos pagando más de lo que merecemos por los mismos errores, tan tontos como evitables, de (casi) siempre. Y es muy curiosa esta querencia a despertar del sueño de cada liga en el mismo escenario, año tras año, como si las aguas del Ebro poseyeran algún elemento extraño proclive a los desencantamientos. Estoy empezando a pensar que la virgen del Pilar, por no sé qué razón oculta en las entretelas del santoral, ha acabado por cogerle manía a su homóloga de Begoña. Maldita Romareda.

La Voz de Asturias, 7 de noviembre de 2011

sábado 5 de noviembre de 2011

El Cuaderno#4

Mañana, en El Cuaderno, entrevisto a la poeta (y, sin embargo, amiga) Vanessa Gutiérrez, que publica los libros La quema y La cama (ambos en Trea). La revista incluye también una crítica de ambas obras a cargo de Martín López-Vega y una muestra de lo que será el próximo libro de la autora, titulado Lo correcto.

Además, hay artículos sobre Ricardo Menéndez Salmón, Houellebecq, Bob Dylan, Hank Williams... Y muchas cosas más.

viernes 4 de noviembre de 2011

La Asturias Heterodoxa


"En el principio fue el mito", escribió Juan Cueto en el pórtico a su Guía secreta de Asturias, "y después, como ya es tradicional, se urdió a su alrededor la compleja trama de la realidad". Si el mito, por todas sus connotaciones, resulta un elemento fundamental a la hora de relatar cualquier Historia (con mayúscula) y también de engendrar buena parte de las numerosas historias que la componen, no podemos eludir, al hablar de Asturias, las referencias a ciertas narraciones heterodoxas, conspicuas o ambiguas que emanan de ellos en buena medida y han jugado un papel importante a la hora de configurar la idiosincrasia de esta porción de tierra bañada por las olas del Cantábrico. El viajero que quiera conocer Asturias, pues, no debería limitarse a visitar lo que visita todo el mundo, sino que haría bien en buscar tiepo para tomar pequeños desvíos hacia esos rincones del pasado que, si se leen con el código adecuado, explican mejor que cualquier otra cosa los entresijos históricos y sus proyecciones en el presente. Resulta imposible referirlos todos, pero no podemos dejar de hablar de unos cuantos que, por distintos motivos -como se verá-, deberían considerarse elementales.

Cuando, desde el diario La Voz de Asturias, se me encargó la redacción de una serie de doce guías turísticas que se distribuirían gratuitamente con el periódico a lo largo del verano, pedí que uno de los capítulos se refiriera a lo que yo llamé La Asturias Heterodoxa, es decir, a ese conjunto de historias paralelas -y muchas veces escritas en los márgenes- de la Historia oficial que, pese a todo, han terminado influyendo notablemente en ésta. Me dieron vía libre, y así nació un librito de 32 páginas escasas que apareció en los kioscos allá por agosto y que supongo que resultará ya inencontrable. Como quedé bastante contento con los textos que en él se incluyeron (fueron, de hecho, acotaciones al margen de textos más ambiciosos que tengo encerrados en un cajón y que me gustaría ver publicados en libro algún día), he decidido ir rescatándolos en esta bitácora bajo el epígrafe que ven aquí arriba. De esta manera, tanto los que no se hicieron en su día con las mencionadas guías como los que, por vivir fuera de Asturias, no tuvieron acceso a ella y sienten curiosidad, pueden echarles un ojo. Son textos relativamente breves, ya digo, e irán cayendo con cuentagotas, así que espero no cargarles mucho con el tema. Que los disfruten.

Línea de Fondo 09: Sporting, 1-Athletic, 1

Los héroes caídos

De todas las figuras que enriquecen el imaginario colectivo de la humanidad, puede que la del héroe caído sea una de las más sugestivas. El ídolo que, tras triunfar en numerosas batallas, termina arrastrándose por el barro para resurgir (o no) tras su travesía por el desierto resulta atractiva porque todos, en el fondo, acostumbramos a vernos como indignos sufridores de un presente que consideramos inapropiado a la luz de nuestras victorias pretéritas. Lo bueno del fútbol es que en él siempre existe una posibilidad para la redención. Algo parecido debió de sentir Bilic cuando dio alas a la remontada ante el Mallorca, y seguro que un pensamiento similar cruzó por su cabeza ayer, cuando su gol traía un poco de justicia a un encuentro que el Sporting mereció ganar. El Sporting ha encontrado en Bilic a su momentáneo salvador, a esa figura mitológica que por sí sola puede levantar el ánimo de todo un ejército. Nadie se lo esperaba a estas alturas, y eso que deberíamos saber que el fútbol, como la vida, siempre da a los ídolos caídos la posibilidad de levantarse de nuevo.

La Voz de Asturias, 31 de octubre de 2011

El Cuaderno #3