lunes 29 de agosto de 2011

La ratificación de un cancionero de altura

Nacho Vegas
Festival Cantautores Eléctricos
Universidad Laboral
27 de agosto. 00 horas

La mejor medida de la altura del cancionero de Nacho Vegas la dan sus conciertos: da igual qué repertorio interprete; al final, el respetable siempre acaba echando en falta alguna pieza que no llega a sonar. Así ocurrió en el recital con el que cerró el minifestival Cantautores Eléctricos y con el que revalidó el sobresaliente que últimamente suele ganarse en sus directos.

La velada siguió los parámetros que han venido marcando el devenir de esta gira: un material extraído fundamentalmente de su último disco, algún que otro emblema de su trayectoria y un público tan entregado que hasta llegó a bailar al son de unos acordes más pensados para el recogimiento que para el contoneo. Todo con poca improvisación y mucho oficio. La compenetración de Vegas con su banda (Abraham Boba, Xel Pereda, Luis Rodríguez y Manuel Molina) consigue que la parroquia celebre entregada un tema tan lánguido como Taberneros o jalee cada estrofa de Canción de palacio #7, una de las joyas recuperadas. Pero además da aires distintos a piezas ya de por sí novedosas (Reloj sin manecillas, Perplejidad) o aporta frescura a otras archisabidas (Que te vaya bien, miss Carrusel, El hombre que casi conoció a Michi Panero). El crescendo se desarrolló sin prisa pero sin pausa para culminar con unas electrificadísimas La gran broma final y El mercado de Sonora, con las que Vegas se despidió hasta más ver. En otoño habrá nuevo EP. Será una buena oportunidad para comprobar si continúa en esa línea ascendente que evidencian sus discos y que no deja de constatar en sus apariciones en vivo.

La Voz de Asturias, 29 de agosto de 2011
Foto: Armando Álvarez

domingo 28 de agosto de 2011

Línea de Fondo 01: Sporting, 1-Real Sociedad, 2


Orestes y el Sporting

-Ha llegado un hombre que se parece a Orestes.
-A Orestes sólo se parece Orestes.
-Luego ha llegado Orestes.
Esquilo, Orestiada

"A Orestes sólo se parece Orestes”, se decía en la Orestiada a propósito del único vástago de Agamenón. No conocían los antiguos griegos el fútbol ni andaban sus épicas para rectángulos de césped, pero quienes habitamos este tiempo y este espacio podemos asegurar, sin apenas margen de error, que al Sporting sólo se parece el Sporting. Difícil encontrar otro equipo dispuesto a suicidarse por unos principios que muchas veces se le vuelven esquivos ni dar con otra escuadra tan proclive a caer, año tras año, en los mismos errores y a sufrir idénticas crisis identitarias. Poco importó que enfrente estuviera una Real Sociedad paupérrima y que los de Preciado supiesen adueñarse del partido y desarrollar una estrategia que a ratos fue hasta estéticamente irreprochable. Nos acaban condenando las maldiciones de siempre: la escasísima pegada, las dificultades para conectar el mediocampo con la delantera y ese aquél de involuntario pesimismo que el Sporting lleva inscrito en los genes. Acaba de empezar la Liga y ya nos lamentamos por lo poco que hemos visto en el terreno de juego mientras empezamos a temer por todo lo que vendrá después. Es nuestro sino, y está tan asumido que no sabríamos vivir de otra manera. Al Sporting sólo se parece el Sporting. Y no nos queda otra que celebrar su gloria o llorar con sus miserias. Luego sigamos al Sporting.

La Voz de Asturias, 28 de agosto de 2011
Foto: Armando Álvarez

Boni Pérez: el ritmo de la ciudad


La principal característica de Boni Pérez (Gijón, 1962) es que él siempre aparece en segundo plano, pero siempre está ahí. Desde finales de los setenta –cuando empezó a aparecer por los conciertos de grupos tan del momento como Madson o Asturcón – hasta ahora mismo, ha vivido pendiente de un panorama musical del que él también ha formado parte en ocasiones puntuales, pero en el que se metió de lleno cuando, a mediados de los ochenta, se convirtió en el letrista de un grupo que acabaría marcando uno de los grandes hitos del pop-rock en Asturias.

No es ningún secreto, pero no todo el mundo sabe que los textos de temas como Nubes de tormenta, Estás en New York o Guarda esta noche para mí llevan la firma de Boni. Su camino se cruzó por primera vez con el de Los Locos en una fiesta del Pueblo de Asturias organizada por un partido de extrema izquierda que quería presentar por todo lo alto a su candidato electoral. “Tocaban varios grupos y ya me fijé en ellos; luego tuve ocasión de conocerlos y me dijeron que su problema era que no tenían letras y que tampoco se les daba muy bien escribirlas, así que me postulé”. Visitó el local de la Feria de Muestras que Paco Martínez y Carlos Redondo compartían con Ilegales y quedó “fascinado” con las canciones que tenían compuestas. Ahí comenzó una colaboración que se prolongó hasta la disolución del grupo, que llegó en 1994. Y pese a que nunca tuvieron el éxito que hubiesen merecido, Boni cree hoy que Los Locos “no fue una piedra lanzada al vacío; es cierto que apenas sonaron fuera de Asturias, pero aquí la gente los recuerda, a ellos y a sus canciones, y han sido un referente para muchos; no creo que la música sea cosa de todo o nada”.

La repercusión del grupo Una de las cuestiones que siempre se plantean a la hora de referirse a Los Locos es, precisamente, el porqué de su escasa repercusión, sobre todo teniendo en cuenta que sus canciones no han perdido ni un ápice de vigencia tanto tiempo después de su desaparición. “Posiblemente la clave fuese ésa”, aventura Boni, “el hecho de que no hiciesen una música del momento, y también hay que tener en cuenta que en aquellos años ser un grupo de la periferia era bastante complicado; de todos modos, esas cosas pasan”.

La disolución de Los Locos fue el preludio del nacimiento del Xixón Sound, un fenómeno que comenzó viviendo “con distanciamiento” pero en el que se fue involucrando poco a poco. “Al principio iba a los conciertos y no me gustaban demasiado; me parecía que tocaban mal y que trataban de hacer algo que no sabían o no podían hacer, pero fui siguiéndolos y terminaron ganándome para la causa”. ¿Jugaron Los Locos algún papel referencial en aquellos grupos que empezaron a florecer siguiendo la estela del movimiento grunge? “Musicalmente, la mayoría no tenían nada que ver; en realidad, los grupos bisagra fueron Los Sangrientos y Los Amateurs ”. No obstante, reconoce que “hay un eslabón: Carlos Redondo dio clases de bajo a muchos de ellos y les grabó sus primeras maquetas, y Paco Loco los produjo a todos en su estudio”. Boni defiende lo que tantas veces se ha dicho: que el Xixón Sound no fue estrictamente un movimiento, sino “una escena”, y también considera que “seguramente sea más interesante lo que están haciendo ahora los que participaron en aquello que lo que hacían entonces: algunos, como Nacho Vegas, Fran Nixon o Pedro Vigil, se han hecho muy sólidos”. Y ya de paso, aprovecha para desmentir ese tópico que asevera que, musicalmente hablando, los 80 fueron de Oviedo y los 90 de Gijón: “Aquí siempre hubo mejores grupos que en la capital”, dictamina.

¿Y después? Boni valora que “tras la oleada del Xixón Sound surgieron una serie de formaciones que no llegaron a tener tanta repercusión, y creo que ahora estamos en un momento bastante confuso”. Recuerda que Fran Nixon le dijo una vez que el Xixón Sound había dejado un rastro de tierra quemada, pero él piensa que “a lo mejor aquello nos acostumbró a verlo todo desde una perspectiva global y ahora estamos volviendo a la realidad”. Sigue a formaciones como Kozmics o FMM , está expectante ante el regreso de Medication y se mantiene al tanto de lo que se cuece en los territorios del hip-hop. “Está todo muy atomizado”, dice, “y tampoco veo mucha movida de grupos”. Cree que “hay formaciones muy empeñadas en el revival y sin ganas o fuerza para sorprender”, pero aún así es “optimista”. “Lo de lanzarse a esto siempre será cosa de una minoría de jóvenes, porque la mayoría no está por la labor, pero de esa minoría siempre saldrán cosas que valgan la pena”. Al menos, las suficientes para que él pueda seguir entregándose a uno de sus mayores placeres: “Entrar en un bar, pedir una cervecina y ver en el escenario a un grupo de chavales haciendo ruido con algo de intención”.

La Voz de Asturias, 28 de agosto de 2011
Foto: Fernando Robles

jueves 18 de agosto de 2011

La idea y la batalla

El dueño del bar donde suelo ver los partidos es del Madrid. Pese a eso, y curiosamente, es muy buen tipo. Y como nos caemos bien y como los dos estamos siempre de acuerdo en nuestra devoción por el Sporting, solemos aprovechar los Madrid-Barça/Barça-Madrid para lanzarnos las pullas que no nos podemos lanzar cuando andan por en medio nuestros colores rojiblancos. El hombre lleva tres años sufriendo bastante. Tanto que, en ocasiones, ni siquiera le restregaba nada para no hundirlo más de lo que ya lo hundían los jugadores de su equipo postizo. Por eso me alegré de poder felicitarlo, al fin, el domingo pasado, cuando el 2-2 del Bernabéu, y de reconocerle que, por primera vez en mucho tiempo, su Madrid había jugado contra mi Barça a algo parecido al fútbol. Como él es inteligente -cosa nada habitual entre los madridistas, deberían declararlo en peligro de extinción-, no llegó a crecerse. Es más, mantuvo una cautela que a mí llegó a resultarme incomprensible. La mañana del miércoles, unas horas antes de la vuelta de la Supercopa, estaba más sonriente: me dijo que el Papa estaba a punto de llegar a Madrid y que eso tenía que ser un buen presagio. Yo le desmentí: le dije que el Papa podría ser muy madridista, pero que, en cualquier caso, por encima de él está Dios. Y éste, si es que existe, seguro que tiene el suficiente buen gusto como para preferir al Barça.

Bromas aparte. No voy a decir que me gustó el Real Madrid porque eso es imposible, pero sí que me llevé una sorpresa agradable al comprobar cómo en el Bernabéu despreciaban la cultura del cerrojazo para venirse arriba con todos sus arsenales. La verdad es que lo hicieron valientemente, y que si no ganaron por goleada fue porque el Barça, hoy por hoy, sigue siendo mucho mejor equipo. Lo demuestran los propios hechos: en uno de los peores partidos que recuerdo haberle visto últimamente, la escuadra azulgrana fue capaz de remontar un tanto adverso (con un inmenso golazo de Villa que los de siempre se apresuraron a calificar de churro) y, además, culminar la cosa con un empate fuera de casa que les dejaba en una situación francamente buena para afrontar la segunda ronda. En la vuelta, más de lo mismo. Los apretones del Madrid en el Camp Nou (con dos igualadas consecutivas muy meritorias, dadas la coyuntura y la tensión) no sirvieron de nada contra la calidad de un equipo que, pese a defender mal, defendió lo necesario para acabar llevándose el título. Y ya no voy a repetir qué bueno es Messi. Sólo diré que espero que, después de ver todo esto, nadie vuelva a intentar vender la moto de que Cristiano Ronaldo le anda a la par.

El Madrid no es, pues, mejor que el Barça, pero eso no quiere decir que no vaya a poder ganarle nunca. Fútbol es fútbol, ya saben, y los chicos de Florentino podrían sentirse bien orgullosos de lo que tienen si no fuera por una serie de individuos que se han venido haciendo fuertes en su seno y que se están convirtiendo, si es que no lo son ya, en la mayor lacra de un club que merecería dar otra imagen muy distinta de la que da cada vez que pierde algo. No hay que investigar mucho para darse cuenta de quién son. Basta ver la mirada vacuna de Sergio Ramos, la cara de desquicie perpetuo de Pepe o las eternamente frustradas facciones de ese Marcelo para decidir que uno no iría con esos tipos ni al estanco de la esquina. Ellos son los que anulan a otros compañeros mucho más honorables (Casillas, Xabi Alonso, Özil) y los que aportan al equipo esa vertiente bélica que ha labrado la gran contraposición de esencias entre los dos equipos más importantes del fútbol español. En nuestros tiempos, el Barça es la idea; el Madrid, la batalla. Tampoco hace falta que hable demasiado del ya demasiado mencionado Mourinho. A sus habituales desprecios a todos los que discrepen con su forma de entender el fútbol y sus periferias, hay que sumar las acusaciones que vertió -sin aportar ninguna prueba, pero eso también se está convirtiendo ya en costumbre- contra el Barça de Guardiola cuando éste le echó de la Champions y, ahora, las ofensas, tan gratuitas como lamentables, a Messi y a Tito Vilanova (a éste por partida doble: en el campo y en la posterior rueda de prensa). Quizás haya que añadir más cosas. No me quiero poner conspiranoico porque no lo soy, pero eso de que, desde su llegada a estas tierras, al Madrid le dé por montar una gresca en el Camp Nou cada vez que pierde, empieza a resultarme sospechoso. Mourinho, tras perder la Supercopa, se ha retratado no sé si como un demente o un sinvergüenza. Posiblemente sea una mezcla de ambas cosas. Alguien indigno, en cualquier caso, de un club que dice defender por encima de todas las cosas el honor y el señorío.

Pero bueno. Todo este rollo viene a cuento porque estamos a punto de empezar la Liga y mi segundo equipo acaba de ganar un título (espero que el primero de esta temporada) y volverán a tenerme aquí escribiendo de fútbol (si todo va bien, con bastante frecuencia) y quiero que se vayan previniendo. Y porque, qué coño, no hay mejor cosa que iniciar la temporada humillando a los madridistas. Aunque el dueño del bar donde veo los partidos no se lo merezca.

lunes 15 de agosto de 2011

Alaska, la clásica moderna

Por Alaska parece que no pasan los años. Si en los primeros ochenta era todo un paradigma de modernidad, en el arranque de la segunda década del siglo XXI la cantante de origen mexicano sabe mantener ese estatus merced a una increíble capacidad de reinventarse, aunque sea a costa de reventar los manidos estereotipos del cutre-luxe hispano o de erigirse, junto a su cónyuge Mario Vaquerizo, en inesperada apóstol de la cultura del reality show.

Pero Alaska es, también, un clásico, como lo prueba el que muchos de los que en la noche del viernes abarrotaban la explanada de Poniente ni siquiera hubieran nacido en tiempos de La bola de cristal, cuando la Bruja Avería entonaba sus alabanzas al Mal-Capital y los incomprendidos electroduendes trataban de habitar un mundo que no estaba pensado para ellos. Pero la cosa no termina ahí, porque la dialéctica que, en su caso, se establece entre clasicismo y modernidad aún tiene una singular vuelta de tuerca: Alaska puede convertir en clásico todo lo que toca, pero también sabe cómo modernizar, otra vez, los clásicos que ella y los suyos engendraron hace más de veinte años.

La prueba está en el último disco de Fangoria –una revisión en toda regla de un buen puñado de hits ochenteros, decorados para la ocasión con un ropaje hecho a medida de las sonoridades de hoy mismo– y tomó cuerpo en el concierto de Gijón. Con la inalterable compañía de Nacho Canut en el escenario y una coreografía revistera que tuvo sus momentos estelares en las voluptuosas apariciones de Susana Reche -muy aplaudida por el sector masculino de la parroquia, algo menos por el femenino-, Alaska desgranó un repertorio que arrancó con uno de sus bombazos más recientes (Miro la vida pasar) para seguir con un auténtico filón que puso un brillo en los ojos de los más nostálgicos (Mi novio es un zombi) e ir enhebrando así un setlist donde se emparejaban los momentos más gloriosos de su última banda (Electricistas, Retorciendo palabras de amor, No sé qué me das) con piezas que ya se han incorporado al imaginario colectivo de varias generaciones (Bailando, El bote de Colón, El rey del glam, Cómo pudiste hacerme esto a mí, Quiero ser santa, Descongélate, Ni tú ni nadie, A quién le importa) y que poca presentación necesitaban ante un respetable entregado a la causa. No es una forma de hablar. Si la voz que anunció el inicio del espectáculo sirviéndose de una megafonía vodevilesca fue saludada con un clamor casi unánime, la aparición de Alaska en lo más alto de las escaleras que presidían el escenario estuvo seguida de una ensordecedora ovación que anudó en un mismo aplauso a varias generaciones. Si los primeros temas ya permitieron barruntar que aquello iba a ser una fiesta en toda regla, la interpretación de Bailando marcó la primera gran apotesosis de la noche.

Los tiempos de Carlos Berlanga, uno de los nombres más añorados de la movida madrileña, se fundieron de esa forma con la era de Carlos Jean, que casi ocupa ahora en Fangoria el papel que ocupó aquél en Dinarama y Pegamoides, anudados unos y otros en una sonoridad homogénea emanada de la voluntad de Alaska y Canut de tratar su viejo repertorio como si trabajasen con material ajeno, adaptándolo a los parámetros de su formación actual siguiendo el mismo método que habían llevado a cabo al conducir a su terreno, en estos últimos años, determinadas piezas de David Bowie o Camela. Se conjuraba, así, el recurso facilón a la melancolía: las canciones, aun siendo las de siempre, sonaban distintas. Tan actuales y frescas como si se hubiesen escrito ayer mismo. Y eso dice mucho (y bueno) de la facilidad de adaptación de Alaska a los nuevos aires, pero también de un cancionero capaz de resistir las oleadas de las vanguardias.

El final de la velada, con una versión tirando a maquinera de ese monumento que es Perlas ensangrentadas , lo confirmó: Alaska, tres décadas después de la irrupción de Kaka de Luxe en el tristón panorama musical de la España post-franquista, sigue estando de moda. Lo que es tanto como decir que sigue exactamente igual que ha estado siempre.

La Voz de Asturias, 14 de agosto de 2011
Foto: José Vallina

domingo 14 de agosto de 2011

Adolfo P. Suárez: la ciudad hecha mirada


La vida de Adolfo P. Suárez (Gijón, 1976) cambió cuando, allá por 1999, se encontró en un contenedor de Madrid con un cartón sobre el que perfiló los contornos de uno de sus edificios preferidos de la capital –el del bar La Aduana, en Lavapiés– y comenzó a experimentar con un soporte que nunca antes le había tentado. Un poco antes, en 1996, había celebrado su primera exposición individual en la Casa de la Cultura de La Felguera, localidad en la que transcurrieron su infancia y adolescencia, con una obra primeriza que se caracterizaba por su eclecticismo “tanto en los temas como en los formatos”. Madrid, pues, le dejó huella. Procura volver por allí “una o dos veces al año”, y con frecuencia retrata sus rincones en los cartones y lienzos que va pergeñando sin prisa, pero sin pausa. La urbe, de algún modo, marcó el inicio de su profesionalización como artista. “Cuando empecé con los cartones”, cuenta, “los vendía casi al instante”. Eran, recuerda, “cartones muy primitivos” en los que se adivinaba el embrión de sus obras actuales, pero aún desprovistos de la sofisticación que concede la experiencia. Lo que sigue igual que entonces es la fascinación de su autor por los paisajes urbanos, fruto de una “pasión” por la arquitectura y su adecuación al entorno que desemboca en una necesidad de reflejar su percepción de ambos.

Lo que resulta paradójico es la propensión de Suárez al aislamiento. Aunque oficialmente reside en Gijón, pasa la mayor parte del año en la casa que su familia tiene en Beleño (Ponga) y es allí donde termina alumbrando la mayor parte de su obra. “Allí hay más tranquilidad”, explica, “y puedo organizar el tiempo como quiero”. Aún así, no deja de lado unas calles en las que aprecia, sobre todo, “la anarquía arquitectónica, esa mezcla de edificios de todo tipo que hace que te puedas encontrar un palacio barroco al lado de un bloque racionalista”. La fotografía, disciplina que también le atrae, le sirve para establecer una primera aproximación a esos rincones sobre los que imprimirá su propia visión.

Suárez huye de los círculos artísticos, lo que ha retrasado el reconocimiento de una obra que, poco a poco, empieza a hacerse visible. Las cubiertas del trabajo más reciente de Nacho Vegas y la portada del último libro de Juan Cueto llevan su firma, como la llevaban también los lienzos de la exposición Comediennes françaises , que colgó en El Arte de lo Imposible durante la última edición del Festival de Cine. Ahora prepara una muestra sobre Bruselas que llevará a la capital belga en una fecha aún por determinar. A su estancia veraniega en Gijón sucederá un nuevo exilio pongueto. Entre tanto, el artista continúa mirando la ciudad.

La Voz de Asturias, 14 de agosto de 2011
Foto: Daniel Mora

jueves 11 de agosto de 2011

Café Gregorio: la memoria familiar


Cuando Gregorio Castañón volvió de Cuba, por la década de los treinta del siglo pasado, había hecho unos pocos ahorros que, unidos a los que reunió trabajando en algunos almacenes de vinos de su Gijón natal, le permitieron adquirir dos pequeños inmuebles en lo que hoy es la esquina entre las calles Ezcurdia y La Playa. En uno de sus bajos, el que justamente dibujaba el vértice de confluencia de ambas arterias, montó un bar al que bautizó con su apellido y que regentó durante unos años, hasta que decidió traspasar el negocio a otras manos.

Es el principio de una historia que se interrumpe en ese punto para continuar varias décadas después, cuando una constructora le compró al hijo de Gregorio, Luciano Castañón –futbolista de Sporting, escritor, co-fundador de la Gran Enciclopedia Asturiana y uno de los intelectuales más destacados de su época–, aquellos solares y éste accedió a venderlos con una serie de condiciones. Entre ellas, la de que le dieran a él uno de los bajos, el mismo en el que su progenitor había abierto aquel establecimiento de vida efímera del que se habían hecho habituales la mayoría de los vecinos del barrio.

A mediados de los ochenta, Ángel Castañón (Gijón, 1961), hijo de Luciano, acababa de terminar la mili. Sus tres hermanos tenían ya la vida medio encarrilada y él aún no había encontrado sus expectativas de futuro. “¿Qué hace un español cuando no tiene trabajo?”, pregunta hoy con sorna: “Pues montar un bar”. Cogió por banda a su hermano Chano (Gijón, 1953), que entonces hacía vitrinas de cerámica, y se propusieron abrir una cafetería en aquel bajo.

Los otros dos hermanos, Jesús y Chema, se implicaron en el negocio hasta tal punto de que entraron en él como socios y contribuyeron a clarificar la decoración y las expectativas del nuevo establecimiento. “No queríamos hacer nada que estuviese a la moda”, cuentan hoy Chano y Ángel, “porque precisamente lo que queríamos era que siempre estuviese de moda”. Apostaron, así, por una línea clásica y más bien sobria que dibujase un ambiente propicio para la tranquilidad y la conversación, y lo que más les costó, recuerdan, fue precisamente lo que, teniendo en cuenta los antecedentes, podría parecer más fácil: el nombre del local. “Estuvimos dando vueltas al tema”, desvelan, “hasta que uno de nosotros dijo que si estábamos embarcados en esto era gracias a que nuestro abuelo había hecho posible que dispusiésemos de este bajo y de esta oportunidad, así que en seguida nos pusimos de acuerdo en que tenía que llevar su nombre”. El Café Gregorio abrió sus puertas en 1985. Fue un 18 de julio. Ángel se acuerda bien porque dice, entre risas, que “tenía un amigo de Fuerza Nueva que el día de la inauguración vino a decir que nos iba a ir de puta madre”. En estos veintiséis años, no ha modificado su esencia, aunque sí hayan cambiado las circunstancias.

Si en los primeros tiempos la clientela se nutría fundamentalmente, igual que le ocurriera al abuelo de los propietarios, de los vecinos del barrio, ahora la parroquia llega desde cualquier parte de Gijón e, incluso, hay foriatos que lo tienen como referente en sus viajes a la ciudad. Si cuando empezaron no tenían ninguna especialización fija, ahora tanto Chano y Ángel como Mercedes y Natalia, sus respectivas esposas y también parte irrenunciable del negocio, son unos consumados especialistas en ginebras y en los combinados que de ellas puedan derivarse, con una especial atención a los gin-tonics.

“El beber tiene mucho de moda”, cuentan, “y en eso tenemos que decir que siempre hemos estado atentos y sabido ir por delante”. No es tan sencillo como parece: los que hoy demandan vermú pueden pedir mañana whisky y, al día siguiente, licores. Y ellos, por instinto o por suerte, o por una mezcla de ambas cosas, nunca han llegado a perder el paso. ¿Se nota la crisis? Sí. Se nota. “La gente consume menos”, dicen antes de contar que hace unos pocos años tuvieron que poner una televisión para no perder comba los fines de semana, cuando la Liga llena los bares y las calles vibran al son de las celebraciones o los llantos del Sporting.

Es el último complemento de un bar cuyas paredes se han ido enriqueciendo con las aportaciones marítimas de Chano –gran aficionado a la pesca–, las referencias a Gijón y su puerto o las postales que, con el bar como referencia, hizo la fotógrafa Eva Tuya. Y junto a todo ello, sobre la máquina de café, los dos retratos que desde los primeros tiempos del Gregorio recuerdan a su involuntario antecesor: aquel gijonés emigrado que regresó de Cuba para, muchos años después, acabar poniendo su nombre a un bar que hoy ya es parte de Gijón.

La Voz de Asturias, 31 de julio de 2011
Foto: Armando Álvarez

sábado 6 de agosto de 2011

A propósito de Sisa


Escuché por primera vez a Jaume Sisa sin saber que era Jaume Sisa. Su voz me llegó en una de las canciones del vinilo Joaquín Sabina y Viceversa, en la que el catalán -a través de su heterónimo Ricardo Solfa- interpretaba a su manera el Hay mujeres que años más tarde el cantautor jienense rebautizaría como Mujeres fatal (la versión de Sisa/Solfa, tengo que decirlo, siempre me ha parecido bastante mejor que la de Sabina). Años más tarde, indagando en la nova cançó, volví a dar con él y a me encontré con otras piezas suyas que me convirtieron en fan incondicional, por más que no resulte fácil encontrar sus discos si uno vive fuera de Cataluña y haya tenido que currarme todo tipo de webs para ir incorporando sus temas a mi discoteca. Hace unos días, Milo J. Krmpotic' se pasó por Gijón y me trajo varios discos desde Barcelona. Uno de ellos es la reedición (limitada y remasterizada) de Qualsevol nit pot sortir el sol. Del tema que da título al LP ya hablé aquí hace unos años y no voy a repetirme. Lo que no sabía era que en ese trabajo había visto la luz una canción -que yo conocí en una versión de Joan Manuel Serrat- cuya letra siempre me ha parecido grandiosa y que sirve para dar la medida exacta del inmenso escritor de canciones que es Sisa. Aquí la dejo. Seguro que me dan la razón.

EL SETÈ CEL / EL SÉPTIMO CIELO

Historia cierta de los siete cielos,
siete paraísos mágicos y encantados.
Historia cierta de los siete cielos,
siete nidos de paz, de gloria y de felicidad.

El primer cielo es inventado,
el primer gran invento de la terrestridad.
El segundo cielo, imaginado
en una noche de verano a la orilla del mar.

El tercer cielo, dentro de un espejo,
refleja las imágenes de un mundo ignorado.
Y el cuarto cielo es irreal
como un oasis verde en un desierto extraño.

Del quinto cielo nada se sabe,
no hay noticias de ese cielo tan escondido.
Y el sexto cielo está copiado
del séptimo cielo que has engendrado en tu cabeza.




jueves 4 de agosto de 2011

A propósito de la Semana Negra


Me parece muy bien que haya gente a la que no le gusta la Semana Negra. Lo que nunca entenderé es el odio sarraceno que le profesan algunos de sus detractores. A mí no me gustan ni la Feria de Muestras ni el Concurso Hípico -por poner sólo dos ejemplos veraniegos de las muchas actividades cultural-lúdico-festivas que hay en Gijón al cabo del año y que me resbalan totalmente-, pero me ofendería que alguien planteara su supresión por un motivo muy sencillo: hay mucha gente a la que sí les gustan y que disfruta con ellas, y de lo que se trata esto es de que todos lo pasemos lo mejor posible y nos den a cada uno lo nuestro. Que yo sepa, nadie está obligado a participar de las preferencias o perversiones de los demás. Lo que pasa es que hay gente a la que parece que le jode que algunos se lo pasen bien con la Semana Negra y trata de deslegitimarla a costa de lo que sea. A veces con afirmaciones realmente pintorescas (las últimas aparecieron hace poco en prensa, de mano de un asturianista -o ex asturianista, no sé bien- que estaría mejor ocupándose de tapar sus muchas vergüenzas). Y como yo voy por la Semana Negra -aunque, evidentemente, tenga cosas que me gustan y cosas que no- y la defiendo y, además, trabajo allí desde hace unos cuantos años (lo digo todo, para que nadie me pueda echar en cara que oculto información), quería aprovechar para responder a algunos puntos que se han repetido mucho estos días:

-La Semana Negra no es rentable. Evidentemente, el Ayuntamiento no recibe nada a cambio de lo que invierte en la Semana Negra. Pero Gijón sí lo hace. Es lógico: un Ayuntamiento no puede funcionar (ni pretenderlo) como una empresa, sino trabajar por el bien de la ciudad a la que sirve. Ahora que se está cuestionando mucho el informe de impacto económico, vamos a ser más elementales y pondremos un ejemplo tirando las cifras. Imaginemos que, a lo largo de diez días, pasan por la Semana Negra un total de 300.000 personas y que cada uno de esos 300.000 individuos se gasta allí una media de 10 euros. No hay que hacer muchas cuentas para deducir que, a lo largo de la semana y pico que dura la feria, por el recinto se moverían un total de 3.000.000 euros. No me parece mala cifra, sobre todo teniendo en cuenta que por la Semana Negra pasan algunas personas más y que es muy probable que la media de gasto sea bastante más alta, teniendo en cuenta los precios de los libros y lo que cuesta el ticket para subirse a las atracciones. Este argumento tiene otra modalidad: la Semana Negra es muy cara para el Ayuntamiento. Bien. El Ayuntamiento aporta a la Semana Negra (según el propio equipo de gobierno) unos 300.000 euros, en los que al parecer incluyen los gastos de policía, limpieza, transporte y demás. La Semana Negra, ya se ha dicho, dura diez días. Pensemos ahora en los fuegos de Begoña, por los que el Ayuntamiento paga 50.000 euros (y este precio no incluye ni bomberos ni policías ni limpieza ni transporte, elementos que también se potencian en esa ocasión) y duran media hora. Hagan ustedes las cuentas.

-Paco Ignacio Taibo [el director de la Semana Negra] se está forrando a costa de los gijoneses. Unos días antes de que comenzara la XXIV Semana Negra, la nueva alcaldesa de Gijón, Carmen Moriyón, concedió una entrevista a Europa Press. El periodista le preguntó cuánto dinero cobraba el escritor Paco Ignacio Taibo por dirigir la Semana Negra. Ella respondió que ésa era la pregunta del millón, con lo que, por un lado, reconocía que no tenía ni idea y, por otro, daba a entender que debía de ser una cantidad ofensivamente alta. Nada demasiado nuevo. El argumento de que Taibo se levanta cada año un pastizal a costa de la feria que dirige se ha usado, y se usará, desde el nacimiento de la Semana Negra. Lo que pasa es que la alcaldesa de Gijón no tuvo la iniciativa de preguntárselo directamente a él. Si lo hubiese hecho (como lo hice yo), habría averiguado que el director de la Semana Negra cobra 1.400 euros mensuales durante todo el año por dirigir el festival, lo que quiere decir que se lleva 16.800 euros en cada edición. ¿Es mucho dinero? Pues para usted y para mí, sí; pero no si se tiene en cuenta que el salario medio de un director de festival en España (y me refiero a festivales de la envergadura de la Semana Negra) ronda los 30.000 euros anuales, o los rondaba hace unos años -y lo sé de primera mano-, y que en el mandato abierto tras las elecciones municipales del 22 de mayo tenemos en Gijón concejales semiliberados (es decir, que no han abandonado sus ocupaciones laborales tras tomar posesión de su cargo como munícipes) que cobran 40.000. A eso hay que añadir una cuestión, ciertamente, importante: no es el Ayuntamiento quien paga a Paco Ignacio Taibo, sino la Asociación Cultural Semana Negra, que es (no lo olvidemos) la que se encarga de organizar y materializar el certamen. Es cierto que el Ayuntamiento colabora mediante subvenciones y otro tipo de apoyos, pero también que el propio Consistorio tiene un control total sobre el dinero que destina al festival: es decir, sabe cuánto invierte y para qué. Luego, si no es el Ayuntamiento quien paga a Paco Ignacio Taibo, desde el Ayuntamiento no deberían emitirse argumentaciones perversas en torno al salario de un particular que cobra como tal de una asociación privada.

-La Semana Negra molesta. Eso es verdad. Como molestan todas las fiestas (también las de Begoña o las de Somió, Poago, Monteana o Cabueñes, por citar parroquias gijonesas) a los vecinos que habitan cerca del epicentro de las mismas. Por esa razón, y porque las quejas han sido constantes durante la mayor parte de las ediciones que ha venido celebrando la Semana Negra, el Ayuntamiento decidió habilitar un recinto junto al campus que la Universidad de Oviedo tiene en Gijón, en un lugar apartado del centro de la ciudad y sin apenas vecinos. La parcela, además, no daría cabida sólo a la Semana Negra, sino también a otro tipo de eventos que, por sus características, pudieran resultar molestos si se desarrollasen en pleno casco urbano. Al rector de la Universidad de Oviedo no le gustó la idea porque, según él, la celebración de la Semana Negra (en pleno verano) iba a molestar mucho tanto a los estudiantes (que terminaron sus exámenes antes de que comenzara el certamen) como a los investigadores que, según sus palabras, estarían allí todo el mes de julio trabajando. Como tengo familia estudiando allí, sé que lo de los estudiantes es mentira. Como conozco, además, a varios investigadores y profesores universitarios (y como tengo ojos), deduzco que la segunda también. No sólo he preguntado a más de un profesional universitario que me ha confesado que allí, en julio, nada de nada, sino que también pude comprobar que, en los diez días que duró la Semana Negra, no hubo más de cuatro coches aparcados al mismo tiempo en todos los aparcamientos reservados a la institución (y hablo de varias facultades, un inmenso aulario y muchas plazas para turismos, puede comprobarlo cualquiera); y, además, charlé con algún colega que me contó cómo se había cocinado algún que otro reportaje en el que los profesores se quejaban del ruido de la Semana Negra. Antes de que se iniciara el certamen, el Ayuntamiento y la Universidad llegaron a un acuerdo cuyos términos aún se desconocen en su totalidad. Si dicho acuerdo implicara que la parcela que la anterior Corporación quiso destinar a uso ciudadano queda reservada a partir de ahora para un uso exclusivamente universitario, estaríamos ante una especie de pelotazo urbanístico camuflado: la Universidad, sin abonar ningún coste, dispondría a partir de ahora de una parcela de varios kilómetros cuadrados para su uso y disfrute mientras los gijoneses se verían desprovistos de un terreno por cuya urbanización pagaron nada menos que tres millones de euros. Sobra decir que este año el festival se desarrolló sin incidentes, que no hubo protestas por el ruido y que las presuntas investigaciones del campus siguen perfectamente su curso.

-En la Semana Negra no hay cultura: El argumento es tan idiota, y lo he respondido ya tantas veces, que no merece la pena darle pábulo una vez más. Los interesados en profundizar pueden consultar el programa de esta última edición en la web del certamen.

miércoles 3 de agosto de 2011

Donde el mundo se llama Lastres

Tuve que mudarme a Salamanca para descubrir lo mucho que me gustaba el mar. Por pura casualidad, me di cuenta de cuánto lo echaba de menos en mi exilio castellano. Fue un fin de semana de noviembre de 1998, unas pocas semanas después de comenzar la carrera, en un viaje fugaz a Gijón. Cuando el coche en el que iba desembocó en el Muro de San Lorenzo y me reencontré con el Cantábrico después de varios meses, supe que si no acababa de sentirme completamente a gusto en la tierra de Unamuno, Fray Luis y compañía era porque sentía el mar demasiado lejos. Lo que no supe fue explicarme las razones. El Mieres en el que crecí está en la Asturias interior, en un valle convenientemente sepultado entre montañas, y si bien es verdad que hacía tiempo que frecuentaba la ciudad en que ahora vivo, no es menos cierto que nunca me había ocupado mucho del mar ni era consciente de que me uniese a él vínculo alguno. Por no ir, ni siquiera iba a la playa.
Me lo expliqué hace casi tres años, cuando volví por primera vez a Lastres. Lastres es un pueblo del oriente de Asturias que hoy queda a media hora escasa de Gijón por autopista, pero al que en mi niñez se llegaba después de un viaje de hora y media por carreteras espantosas y altos de montaña realmente acongojantes. Pasé allí todos los veranos de mi infancia, hasta que a los diez años mis padres decidieron sustituirlo por Gijón. Creo que no volví hasta que, el 14 de diciembre de 2008 (tengo grabada la fecha por cuestiones que no vienen ahora al caso), unos amigos tuvieron la idea de ir a comer allí. Hasta aquel momento, me había resistido a volver por una razón fundamental: tenía muchos recuerdos de aquel pueblo, todos muy buenos, y me aterrorizaba la idea de encontrarme un lugar distinto al que había abandonado, de ser incapaz de reconocerme en unas calles que no sabía si seguirían siendo igual que yo las había conocido. Ya se sabe que uno no debe volver nunca a los lugares en los que una vez fue feliz. Y yo había sido muy feliz en Lastres, pero de eso (como ocurre siempre) sólo me di cuenta cuando dejé de ir por allí y pasó el tiempo y constaté que, de todos los momentos que recuerdo de mi infancia, los que transcurrieron en Lastres son los que con más nitidez me vienen a la memoria. Los que puedo relatar con más solvencia. Los que aún llevo conmigo tantos años después, como si hubiesen sucedido ayer mismo.
Desde aquel primer regreso, he vuelto a Lastres con relativa frecuencia. En realidad, ahora lo pienso y he estado allí una vez por año. El pueblo sigue igual que estuvo siempre. Y, por mucho que se haya puesto de moda y no termine de acostumbrarme a las hordas de turistas que patean sus callejuelas y hacen comentarios con un desparpajo que muchas veces ronda la insolencia, mantiene la esencia que ha tenido siempre. También los olores. Ya no hay mujeres remendando redes en las dársenas del puerto, pero los aledaños del espigón aún huelen a aceite y a pescado fresco y a salitre. El Bitácora no sólo no ha cambiado nada, sino que además sigue teniendo los mejores chipirones y las mejores sardinas que he comido nunca. Aún hay gente (poca) que me reconoce y personas (bastantes) cuya cara me suena. Y el patio por el que tanto corrí en triciclo y donde aprendí a andar en bicicleta sigue allí, por más que ahora lo hayan pintado de un horroroso color verde.
Y luego está el mar, claro. En Lastres el mar es más que un elemento del paisaje. Es un estado de ánimo. O una forma de entender la vida. O ambas cosas. En Lastres el mar se ve desde cualquier punto del pueblo. Y se muestra en toda su inmensidad. No hay más que asomarse al muro que protege la cuesta que desciende hacia el puerto, o a los quitamiedos de la carretera que lleva a la playa, o al mirador del alto de San Roque, para dejarse impresionar por su presencia apabullante, por su forma de imponerse sobre cualquier otro factor hasta impregnarlo todo con su aspecto inofensivo y a la vez terrible. En la rula, una placa recuerda a los marineros que perdieron la vida en la galerna de 1944. Muy cerca, las pocas barcas de pesca que aún quedan reposan mansas en los pantalanes. El mar que le sigue dando la vida a Lastres también se la quita de vez en cuando. El mismo mar que yo miraba desde la ventana de nuestro apartamento. El que me recibía cuando me despertaba y el que me despedía al caer la noche. Ese mar del que, sin yo saberlo, me costó tanto despedirme y que sólo pude recuperar cuando el azar de las circunstancias me condujo de nuevo a ese rincón norteño donde el mundo se llama Lastres.

martes 2 de agosto de 2011

Regreso a Valdediós

En la Alta Edad Media, lo que hoy es Valdediós se conocía como Valle del Boides. Luego, recibió el apelativo de Valle de Dios (no se sabe si adquirió ese nombre por el monasterio que se construyó allí o si el monasterio se edificó en aquel lugar precisamente porque ya tenía ese nombre) y éste acabó comprimiéndose para configurar el topónimo Valdediós. El cenobio cisterciense, construido en el siglo XIII con añadidos renacentistas y barrocos, aún sigue en pie. La iglesia prerrománica que levantó Alfonso III, posiblemente dentro de un complejo palatino que se ha perdido, también. En realidad, ambas cosas son lo único que hay. También una sensación de paz que tiene algo de tétrico cuando uno recuerda que ese lugar tan hermoso y apacible, donde el viajero sólo encuentra quietud y silencio, fue el escenario de uno de los episodios más trágicos de la guerra civil en Asturias. Un aquelarre derivado en masacre que durante unos días convirtió el Valle de Dios en el Valle del Diablo y que lleva décadas pidiendo a gritos una novela que seguramente no escribiré yo. Si uno no conoce la historia, Valdediós sólo le parecerá un remanso de belleza enterrado en un confín remoto del mundo. Si tiene noticia de lo que ocurrió allí, no podrá evitar el estremecimiento que inevitablemente le sacude mientras pasea entre tanta maravilla natural y arquitectónica y atiende a la evidencia de que el horror puede cobrar presencia en cualquier esquina.
Hacía tiempo que no iba por Valdediós. En realidad, sólo había estado allí una vez, y debió de ser hacia 1990 ó 1991. Quiero decir que de aquello hará ya unos veinte años. Fue en verano y no había un alma. La iglesia prerrománica de San Salvador estaba abierta, sin nadie que la cuidara, y en trance de caerse a pedazos. El monasterio de Santa María, pegado a ella, tenía sus paredes recubiertas por un musgo amenazante y respiraba abandono, también olvido, en todos y cada uno de sus recovecos. Me recuerdo vagamente caminando por allí de la mano de mis padres, atónito ante aquella belleza que se intuía bajo el oscuro poso de los siglos y atenazado por el miedo que me inspiraban aquellas naves que tenían algo de espectral. El turismo todavía no se había puesto de moda y muy poca gente miraba para aquello. Supongo que nadie consideraba rentable ayudar a aquellas piedras a mantenerse en pie con dignidad y allí prefirieron dejarlas, a su libre albedrío. No había vuelto por Valdediós, ya digo, hasta esta misma tarde. Me costó reconocer el lugar que recordaba. Las tapias están recrecidas, parte del césped ha sido sustituido por pavimento y hay que pagar entrada si uno quiere visitar tanto la iglesia como el monasterio, cosa que me parece estupenda siempre que el dinero se destine a la conservación de ambos monumentos. Tuve sensaciones contradictorias. Me alegró ver que el templo que levantó Alfonso III y en cuya consagración estuvieron presentes siete obispos ha recuperado su lozanía (que no su esplendor, pero hay cosas que nunca vuelven) y que el cenobio ha dejado de ser ese lugar fantasmagórico y maloliente para mostrarse como lo que es: una de las mejores joyas del románico asturiano, adornada además con un magnífico retablo barroco. Me fastidió tener que supeditar mis pasos a los de un guía y verme desprovisto de la independencia que, no sé si paradójicamente, propiciaba el abandono. Me hubiera gustado perder más tiempo por las esquinas del claustro, deambular sin prisa por las naves del templo, asomarme al coro del monasterio para ver mejor el órgano, sacar fotografías de detalles que me llamaron la atención y en los que apenas pude detenerme, pasear tranquilamente sobre la hierba pensando en lo sencillo que tiene que ser encontrar a Dios en lugares como éste; también en lo terrible que tiene que ser hallar en ellos todos los rostros del Mal. Me hubiera gustado, también, que se guardase memoria del momento en que se revelaron estos últimos. En un momento dado, le pregunté al guía por todo lo que había ocurrido allí durante la guerra a fin de hacerme una mínima composición de lugar. Me contestó que él no sabía nada de todo aquello. Los turistas que nos acompañaban me miraron como mirarían (supongo) a un marciano. Yo me encogí de hombros y salí, despacio, de la iglesia.
Me gusta que Valdediós se haya salvado del olvido. Me apena que casi nadie tenga en cuenta a sus fantasmas.