Inauguré este rincón en diciembre de 2005 con un artículo sobre las conmemoraciones del cuarto centenario de El Quijote. Ahora que me dispongo a escribir el punto y final definitivo, después de acompañarles semanalmente durante más de un lustro, bien podría ponerme estupendo parafraseando aquellas famosas frases que Cervantes plantó en la dedicatoria de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, pero resulta que ni yo me estoy muriendo ni la cosa es tan grave como para andar tirando de pedanterías más o menos solemnes, así que voy a tratar de huir de los sentimentalismos para ir, por una vez, directo al grano.
En realidad, sólo quiero explicar eso: que dejo de amargarles el día (o de endulzárselo) desde esta esquina. Que me voy porque sí, porque toca, porque a veces las circunstancias le empujan a uno y no queda más remedio que aceptarlas y dejarse llevar por el curso de los vientos. Ni me he cansado de esta columna ni he recibido reproche alguno de este periódico -en el que llevo escribiendo de manera ininterrumpida desde 2003- ni quiero dar un portazo en las narices de nadie. No hay motivos para ello: bastante me han aguantado en esta casa (que siempre será un poco mía) a lo largo de este tiempo, y algún disgusto tuvieron que tragarse por mi culpa los responsables de esta sección en la que tantos años llevo pertrechado. Me voy porque de vez en cuando toca ventilar el cuarto, abrir las ventanas de par en par y dejar que corra el aire. También porque hay que saber abandonar el barco a tiempo, y creo que este Microcosmos ya ha navegado bastante. Si las cuentas no me fallan, han sido unos 230 artículos los que he venido publicando aquí. En ellos he escrito de lo que me ha dado la gana y criticado a quien he creído conveniente, pero también les he hablado de mí mismo y de mis circunstancias, de las cosas que detesto y de gente a la que quiero; alguna vez he aprovechado este reducto para contarles algún cuento apresurado que se me vino a la cabeza, y en más de una ocasión me dio por detallar cómo iba yendo mi vida, con sus alegrías y sus miserias. Sé que hubo quien disfrutó con estos desahogos, de lo que me siento muy honrado, y quien los juzgó lamentables, seguramente con razón. A todos ellos les agradezco el interés. La verdad es que ha sido un placer estar con ustedes, y sólo quería decírselo en estas pocas líneas que son ya las últimas, ahora que se apagan las luces y se baja, irremediablemente, el telón. Hasta la vista.
El Comercio, 29 de junio de 2011
