miércoles 29 de junio de 2011

Microcosmos231: Telón

Inauguré este rincón en diciembre de 2005 con un artículo sobre las conmemoraciones del cuarto centenario de El Quijote. Ahora que me dispongo a escribir el punto y final definitivo, después de acompañarles semanalmente durante más de un lustro, bien podría ponerme estupendo parafraseando aquellas famosas frases que Cervantes plantó en la dedicatoria de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, pero resulta que ni yo me estoy muriendo ni la cosa es tan grave como para andar tirando de pedanterías más o menos solemnes, así que voy a tratar de huir de los sentimentalismos para ir, por una vez, directo al grano.

En realidad, sólo quiero explicar eso: que dejo de amargarles el día (o de endulzárselo) desde esta esquina. Que me voy porque sí, porque toca, porque a veces las circunstancias le empujan a uno y no queda más remedio que aceptarlas y dejarse llevar por el curso de los vientos. Ni me he cansado de esta columna ni he recibido reproche alguno de este periódico -en el que llevo escribiendo de manera ininterrumpida desde 2003- ni quiero dar un portazo en las narices de nadie. No hay motivos para ello: bastante me han aguantado en esta casa (que siempre será un poco mía) a lo largo de este tiempo, y algún disgusto tuvieron que tragarse por mi culpa los responsables de esta sección en la que tantos años llevo pertrechado. Me voy porque de vez en cuando toca ventilar el cuarto, abrir las ventanas de par en par y dejar que corra el aire. También porque hay que saber abandonar el barco a tiempo, y creo que este Microcosmos ya ha navegado bastante. Si las cuentas no me fallan, han sido unos 230 artículos los que he venido publicando aquí. En ellos he escrito de lo que me ha dado la gana y criticado a quien he creído conveniente, pero también les he hablado de mí mismo y de mis circunstancias, de las cosas que detesto y de gente a la que quiero; alguna vez he aprovechado este reducto para contarles algún cuento apresurado que se me vino a la cabeza, y en más de una ocasión me dio por detallar cómo iba yendo mi vida, con sus alegrías y sus miserias. Sé que hubo quien disfrutó con estos desahogos, de lo que me siento muy honrado, y quien los juzgó lamentables, seguramente con razón. A todos ellos les agradezco el interés. La verdad es que ha sido un placer estar con ustedes, y sólo quería decírselo en estas pocas líneas que son ya las últimas, ahora que se apagan las luces y se baja, irremediablemente, el telón. Hasta la vista.

El Comercio, 29 de junio de 2011

sábado 25 de junio de 2011

Microcosmos230: Sin gobierno

Anda la gente bastante preocupada con esto de que estemos ya a últimos de junio y todavía no sepamos (es un decir) quién va a mandar en el Parlamento autonómico durante los próximos cuatro años. Voy por la calle, me siento en las terrazas, entro en tiendas o me arrimo a la barra de cualquier bar que encuentro abierto y antes o después llegan a mis oídos barruntos, conjeturas, hipótesis con más o menos fundamento acerca del nombre del próximo ocupante del sillón presidencial y las alianzas con las que contará en el cuatrienio cuyas puertas no acaban de terminar de abrírsele, todo ello con mucha retórica y mucho énfasis, como si de la noche a la mañana el pueblo entero se hubiese investido de un doctorado en Políticas y se viera en la obligación de ir exhibiendo ex catedra sus atinados juicios al respecto.

A lo mejor es que soy muy raro, pero a mí me pone esto de estar sin Gobierno. No porque esté poseído por alguna extraña tendencia anarquizante ni porque me invada ninguna veleidad antisistema, sino porque, después de todo el barullo de la campaña y de la apoteosis de mítines, soflamas y demás, creo que viene bien esta especie de tregua en la que los políticos se olvidan de nosotros para dedicarse única y exclusivamente a sus asuntos. Después de tanto dar la murga, me procura un íntimo regocijo verles devanándose los sesos en los pasillos de la Junta, rumiando la derrota o digiriendo una victoria insuficiente, sabiéndose esclavos de sus palabras pasadas y anticipando la condición de súbditos de sus hechos futuros, buscando una explicación convincente para cuando tengan que explicar por qué empezarán a decir digo donde una vez dijeron Diego. Y me alegra más pensar que, mientras ellos sudan tinta, por fin a nosotros se nos permite ir a lo nuestro y se nos libera del tedio de las inauguraciones, las leyes y las disposiciones parlamentarias. Cada vez queda menos, es lo malo, y faltará ya poco para que se forme un nuevo Ejecutivo que vuelva a las andadas y eche a girar otra vez la noria. Pero mientras tanto, no negarán que algo de tranquilidad hemos ganado. Menos es nada.

El Comercio, 22 de junio de 2011

Microcosmos229: La ley y el hombre

La recién elegida alcaldesa de Gijón (enhorabuena, y mucha suerte) concluyó su discurso de investidura apelando a Jovellanos y a una de sus frases más conocidas («que gobierne siempre la Ley, nunca el hombre») a la que bien se podría responder con aquella otra de Thoreau en la que éste aseveraba que «la ley nunca hará a los hombres libres; son los hombres los que tienen que hacer la ley libre». Me detengo en este asunto porque, echando mano de la cita jovellanesca tal cual, desposeída de su razón y su contexto, puede parecer que Ley y Hombre son conceptos antagónicos cuando no hay que olvidar que es el hombre quien hace las leyes (incluso las divinas, que al fin y al cabo fueron redactadas por los encargados de interpretar el mensaje de Dios) y que éstas no tienen, a fin de cuentas, otro cometido que el de regir la convivencia entre los hombres y que, por lo tanto, son ellos quienes deben consensuarlas o, en última instancia, darles su beneplácito. Una ley no es buena per se, sino por su capacidad para afianzar ese concepto cada vez más difuso de bienestar social, y hay leyes que -todos tenemos en mente alguna- resultan más bien poco hospitalarias con la sociedad que tiene que acogerse a ellas.

No es buena idea, pues, supeditar el Hombre a la Ley, porque lo que importa no es tanto velar por que la Ley se cumpla como analizar su pertinencia o su rigor, y estar dispuesto a modificarla si el balance es negativo. Jovellanos, que fue un tipo inteligente y que desarrolló a lo largo de su vida un trabajo encomiable, era también un idealista y tuvo que vivir en un siglo, el XVIII, en el que había demasiadas pocas leyes y muchos hombres necesitados de armonía. Y siempre es bueno leerle porque siempre se aprende algo, pero hay que andarse con ojo para no caer en el error de interpretar sus palabras sin tener en cuenta el mundo que las envolvía y las circunstancias en que se escribieron. Aunque resulte una obviedad, hay que tener en cuenta que desde el Informe para la reforma de la ley agraria hasta nuestros días ha llovido mucho, y que los tiempos cambian. Y nosotros también.

El Comercio, 15 de junio de 2011

martes 7 de junio de 2011

Jorge Semprún (1923-2011)

Hace tiempo escribí aquí que la Semana Negra de 2008 fue la mejor de todas. O, al menos, fue en la que yo más me divertí. Principalmente, porque aquel año pude conocer a algunos escritores a los que admiraba desde hacía mucho y que nunca se me habían puesto a tiro. Uno de ellos era Jorge Semprún.

Unos meses antes, en enero, había muerto Ángel González. El poeta era un habitual de la Semana Negra desde mediados de los noventa, y había dado cobijo en su piso de Madrid a Semprún cuando éste militaba en el PCE y estaba perseguido por el régimen franquista. Por eso, además de hablar largo y tendido de su obra, quiso estar presente en el homenaje que sobre la tarima de la Carpa de Encuentros le tributaron Luis García Montero, José Emilio Pacheco o Manuel Lombardero, entre otros que ahora mismo no recuerdo.

Jorge Semprún llegó a Gijón a la hora de la sobremesa. Estábamos tomando café en la terraza del Don Manuel cuando apareció con sus andares renqueantes y su aspecto de anciano venerable. Los responsables del festival andaban ocupados por sus cosas, y el azar quiso que alguien reparase en mí y me preguntara si me importaba acompañarlo hasta la playa de Poniente. Desde el hotel hasta el arenal donde se levantaban aquel año las carpas de la Semana Negra debe de haber unos 300 metros, y los recorrimos despacio y charlando a trompicones porque él no me conocía de nada y yo estaba tan bloqueado que no sabía muy bien qué contarle. Me dijo que era la primera vez que estaba en Gijón, que había visitado alguna que otra vez Asturias durante su etapa en el Ministerio de Cultura pero que sus obligaciones nunca le habían traído a la ciudad, y yo le iba preguntando cómo recordaba aquellos años, en qué ocupaba ahora el tiempo, si seguía escribiendo. Podía haberle dicho cuánto me había gustado en su día la Autobiografía de Federico Sánchez, o comentarle las ganas que tenía de leer El largo viaje, o interesarme por su época en la clandestinidad, pero temí que se aburriera al verse obligado a contar las batallitas de siempre. Coincidimos varias veces a lo largo de los días siguientes, cuando en tertulias con más gente sí salieron esos temas, y me llamaron la atención dos cosas: el desenfado con el que hablaba de su propia vida (tan dura casi siempre, tan terrible en muchos momentos), como si hubiese desterrado el rencor de su inventario de sentimientos, y su risa. Una risa franca, abierta, casi infantil. Como si sólo a través de ella pudiese expulsar el dolor acumulado en los años de plomo.

Semprún fue ministro de Cultura entre 1988 y 1991, en uno de los gobiernos de Felipe González, y acaso esa vicisitud terminó por empañar o frivolizar su memoria sin merecerlo. Porque Semprún tuvo que soportar lo suyo: padeció la guerra civil, pasó dos años preso en el campo de concentración de Buchenwald, jugó un papel destacado -desde la obligada clandestinidad- en el PCE cuando militar en aquel partido no era ninguna broma y terminó siendo repudiado por sus correligionarios debido a su oposición a la línea que marcaban Carrillo y La Pasionaria. Pero además de eso, y sobre todo, Semprún fue un magnífico escritor que supo novelar su propia vida como nadie y al que se deben títulos tan mayúsculos como El largo viaje, Autobiografía de Federico Sánchez o el magistral La escritura o la vida. Probablemente su dedicación a la política hizo que nunca se valorase su obra literaria como ésta merecía. Suele pasar, pero estas cosas siempre están a tiempo de arreglarse.

Cuando le conocí, sólo pude llevarle un ejemplar de Viviré con su nombre, morirá con el mío para que me lo dedicase. Le dije que la próxima vez (porque todos dábamos por sentado que habría una próxima vez) le llevaría más. Resulta que ya no podrá ser, y que su primera visita a Gijón terminó siendo también la última. En aquella estancia fugaz descubrí que Jorge Semprún, además de un gran escritor, era también un gran tipo.

Buen viaje, caballero.

Microcosmos228: Indignarse

No he leído ¡Indignaos!, ese librito que, al parecer, está en el origen de las protestas que nacieron con las manifestaciones del 15 de mayo y cuyos ecos, en forma de acampadas más o menos multitudinarias, aún sobreviven mientras escribo estas líneas, y si llamó mi atención (y lo hizo alguna vez, desde los escaparates de las librerías o en las manos de ciertas personas con las que me he ido cruzando en los últimos meses) fue más por la biografía de su autor (miembro de la resistencia en la II Guerra Mundial, víctima de las torturas de la Gestapo, recluso de Buchenwald y Dora-Mittelbau y uno de los redactores de la Declaración Universal de Derechos Humanos) que porque me resultara sugestivo el texto en sí. Conectados como estamos a los entresijos más digitales del nuevo milenio, la literatura panfletaria (no es ningún término peyorativo: la hay buena y la hay mala) se antoja irremediablemente una cosa del pasado, y a fin de cuentas existen siempre tantos motivos (personales y colectivos) para la indignación que uno duda de que nadie sea capaz de proporcionarle muchos más.

No sé si leeré alguna vez el opúsculo de Hessel, cuyas virtudes literarias ignoro, pero me sorprende que nadie se haya detenido mucho en el papel que ha jugado en los acontecimientos de este mes de mayo. No estoy muy ducho en la materia, pero es posible que desde las revueltas francesas del 68 -con aquellos eslóganes diseñados con una evidente voluntad de perdurar y esos discursos plagados de citas a los referentes intelectuales del momento- ninguna otra movilización ciudadana haya tenido otra fuente tan estrictamente literaria como las que vivimos estos días, ni he visto muchas manifestaciones que concluyan en un campamento que cuente con un tenderete donde se le prestan libros a los que pasan por allí. No es un argumento a favor de las protestas, pero sí la constatación de una verdad con la que, para ser sincero, yo ya no contaba.

Ahora que los índices de lectura están poco menos que gravitando sobre la nada y nos desayunamos cada poco con la noticia de que tal o cual librería cierra por quiebra y la mayoría de las editoriales las están pasando canutas, no deja de sorprenderme, para bien, que los libros se hayan rebelado a su manera para demostrar que todavía mantienen una cierta capacidad de agitar el mundo.

El Comercio, 25 de mayo de 2011