domingo 22 de mayo de 2011

Microcosmos227: Votar

He conseguido, y no fue fácil, pasar por la campaña electoral sin contaminarme lo más mínimo de los tópicos que proliferan en estas ocasiones ni prestar excesiva atención a los mensajes presuntamente animosos e innovadores de una clase política aferrada irremediablemente a su propio desprestigio. A estas alturas de la película, qué quieren que les diga, yo ya no me creo nada. Ni las filípicas de los salvapatrias, ni las promesas de los aspirantes, ni esos cuentos chinos que hablan de honradez, integridad y democracia cuando todos sabemos de sobra qué se cuece y qué se desecha en los salones de plenos o los escaños autonómicos (también en La Moncloa). Y sin embargo, pese a no encontrar ningún partido que me satisfaga por completo ni hallar emoción ni consuelo en los pretendidos mesías que aparecen para solucionar todos los males de nuestro mundo, voy a ir a votar. A ver si acierto a explicar por qué.

En primer lugar, votar es la única oportunidad que tenemos de intervenir en cosas que nos afectan a todos. En segundo lugar, no votar me ha parecido siempre una postura cobarde, una forma de dejar que sean otros los que decidan mientras nos lavamos las manos y nos predisponemos, eso sí, a ejercer durante los cuatro años siguientes el derecho a quejarnos de una situación que no hicimos nada por modificar. No seré yo quien abogue aquí ni por cortarle el paso a la derecha ni por desalojar a la izquierda, pero sí me gustaría apelar a la responsabilidad cívica que supone el encuentro con las urnas, aunque sólo sea porque la abstención no sólo no preocupa a los políticos, sino que les encanta: a menos votantes, menor masa crítica; y a menor masa crítica, más campo libre. Votar es, además de un derecho, un ejercicio de poder. Olvídense de los candidatos e imaginen que todos los que no piensan votar o están hasta las narices de los partidos que nos han tocado en suerte acuden el domingo a depositar un voto en blanco. Pregúntense qué pasaría si entre todos suman más de la mitad del electorado y el voto en blanco termina ganando los comicios. Es sólo un ejemplo, pero ilustra esa capacidad de las urnas para remover el cotarro. Y no hay que olvidar que las urnas, por suerte, las llenamos nosotros.

El Comercio, 18 de mayo de 2011

jueves 19 de mayo de 2011

Kilómetro Cero

Me enteré del 15-M un par de días antes, cuando un amigo me comentó en una terraza, sin entrar en muchos detalles, que había una manifestación prevista para aquel mismo domingo en varias ciudades de España. Como no soy muy de manifestaciones, principalmente porque no me gusta colocarme detrás de unas siglas con las que nada tengo que ver, y como intuí que detrás de todo aquello estaría el sindicato o el partido de turno intentando sacar tajada aprovechando las vísperas de las elecciones municipales y autonómicas, no me preocupé más del tema.

Ocurre que me equivoqué, una vez más, y el martes todos vimos cómo Madrid dejaba de ser la antipática capital burocrática y administrativa que casi siempre dibujan los telediarios para retomar esa condición de rompeolas de todas las Españas que le otorgó Antonio Machado. Al mismo tiempo, decenas de ciudades seguían su ejemplo y acogían en sus plazas principales a varios grupos de ciudadanos que decidieron colgarse a sí mismos el título de indignados para gritar cuatro verdades de ésas que todos sabíamos pero que pocas veces (por no decir casi nunca) se habían formulado en voz alta. Como era de esperar, no tardó en surgir el desconcierto. Los partidos políticos se vieron sobrepasados por un asunto que ni esperaban ni entendían y que modificaba toda la agenda política del último tramo de la campaña. Los tertulianos siguieron hablando sin saber, pero esta vez evidenciando más que nunca su ignorancia. Los medios tuvieron que reciclarse para estar a la altura. España entera, en fin, se vio sacudida en cuestión de horas por una marea inesperada que vino a revolver el apático marasmo en que se había sumido una sociedad entera.

Confieso que eso fue lo primero que me sedujo de todo esto: la manera de la que la gente acampada en la Puerta del Sol, o en la plaza Catalunya de Barcelona, o en la plaza Mayor de Gijón, supo alborotar el gallinero de la mejor manera posible, es decir, dando la cara y sin armar follones. Lo segundo tuvo que ver con mi hastío hacia determinados tópicos de la resistencia: ninguno de los lemas que utilizaban, ninguna de las reclamaciones que con mayor o menor fortuna convertían en ripio, obedecía a esas consignas apolilladas que se han venido utilizando en las últimas décadas. Lo tercero, lo más importante, tiene mucho que ver con una frase que aparece en uno de los manifiestos que se han hecho públicos estos días y que asegura que ésta es la primera vez en la democracia española en que no se enfrentan las dos Españas. Es verdad. La del 15-M es una reivindicación política, pero no ideológica, que sólo enarbola las banderas de la dignidad y del sentido común. Piden cosas (reforma de la ley electoral, supresión de los privilegios de la clase política, medidas que garanticen el derecho a la vivienda, control de las entidades bancarias, servicios públicos de calidad) que entiendo que pueden exigir por igual votantes de derechas y de izquierdas, y en los carteles que adornan los distintos campamentos no hay ni una sola sigla que oriente el voto en uno u otro sentido.

Del éxito de la(s) convocatoria(s) da fe el hecho de que la mayoría del establishment se haya puesto en contra hasta el punto de que la presidenta de la Comunidad de Madrid se haya quejado de que la protesta principal se desarrolle en la Puerta del Sol y no ante el palacio de La Moncloa, olvidando que el segundo es la sede del Gobierno de España, sí, pero que la primera -por más que albergue la sede del Ejecutivo madrileño- es también el centro geográfico y simbólico de España y que su condición de Kilómetro 0 le confiere un valor metafórico irrechazable. Hay quien ha asegurado que el PSOE y Rubalcaba (¿?) están detrás de todo el lío, y también quien, en el colmo de la desfachatez o la ignorancia o el atrevimiento o la ruindad, ha dicho en televisión -sin presentar ninguna prueba, por supuesto- que los acampados están en constante comunicación con ETA (sic) y reciben formación de la kaleborroka (más sic). De su obligada influencia en el panorama político hablan las declaraciones de los distintos candidatos que, en estos últimos días, han ido arrimando, de una forma bastante patética en muchos casos, el ascua ciudadana a su sardina partidista. Yo -que, a diferencia de todos ellos, sí me he pasado por allí- sólo puedo decir que ni son antisistema ni son tan jóvenes como se dice ni andan quemando contenedores. Más bien al contrario. Allí la única arma que se usa -y con esto ya me han puesto definitivamente a su favor- es la palabra.

Lo llaman spanish revolution, pero no es una revolución porque no quiere instaurar ningún régimen, sino mejorar el que ya hay. Piensan seguir en pie hasta el domingo, que es cuando se celebran las elecciones, y la clave será lo que hagan a partir del día después. De momento, lo han puesto patas arriba todo y han desconcertado hasta a los más impasibles. No es un mal principio si de verdad se quieren cambiar las cosas. Al menos, ya estamos colocados en el Kilómetro Cero.