jueves 28 de abril de 2011

Premio María Elvira Muñiz 2011

La librería Paradiso y Miguel Barrero, premios de Promoción de la Lectura

El instituto Emilio Alarcos se lleva el María Elvira Muñiz en la modalidad de centros educativos

La librería Paradiso, el escritor y periodista Miguel Barrero y el Instituto de Secundaria Emilio Alarcos son los nuevos Premios María Elvira Muñiz de Promoción de la Lectura. El fallo del jurado se hizo público ayer, coincidiendo con la celebración del Día del Libro, y viene a premiar tres formas muy distintas aunque con idéntico fin de apoyar al libro.

Paradiso recibe su galardón coincidiendo con su 35 aniversario y lo hace, precisamente, por llevar esas tres décadas y media entre Cimadevilla y la calle de la Merced haciendo algo más que vender libros. La figura del librero tradicional, que aconseja y que se convierte en lazo entre el escritor y el lector, y que se personifica en este caso en Chema Castañón y José Luis Álvarez, es la que se premia para reconocer «una trayectoria en favor de la lectura» y un modo de hacer que se está perdiendo.

En el apartado de medios de comunicación, el premio recae en EL COMERCIO. Es para Miguel Barrero, periodista y colaborador de este periódico. Concretamente, se reconoce uno de los artículos de su sección 'Microcosmos', que cada miércoles se publica en estas mismas páginas de Cultura. En él, Barrero, autor de tres novelas y ganador, entre otros, del Premio Asturias Joven de Narrativa, explica los porqués de su afición a la lectura y lo hace con un personal recorrido por clásicos de la literatura que le han marcado. Sin mencionar explícitamente ninguno de ellos, habla de 'La isla del tesoro', de 'Lolita', de 'La ciudad de los prodigios', de 'Cien años de soledad'... para concluir que leer sirve para viajar a todos esos mundos que describen Stevenson, Nabokov, Eduardo Mendoza, García Márquez... Su título: 'Yo estuve allí'.

Finalmente, la categoría de centros educativos se va al barrio de Moreda y al programa de promoción de la lectura que allí desarrolla el instituto Emilio Alarcos. El jurado valoró especialmente que se implique a jóvenes de entre 13 y 16 años, que suelen ser más reacios al libro que los pequeños. Entre sus actividades, tiempo de lectura en todas y cada una de sus asignaturas (incluidas las matemáticas y la química, por ejemplo), concursos de 'palabras bonitas', de 'cartas de amor', encuentros con escritores, cuentacuentos y la revista 'Siete letras', además de un programa específico para conmemorar el Bicentenario de Jovellanos.

Texto: María de Álvaro
Foto: Paloma Ucha

El Comercio, 28 de abril de 2011

PD.- Los interesados pueden leer el artículo por el que me han concedido el premio pinchando aquí.

Microcosmos226: El míster

Hace tres años, cuando el Sporting aún penaba en los infiernos de Segunda y faltaban tres días para que se disputase el partido que podía auparnos a la gloria o hundirnos en el ostracismo, publiqué aquí un artículo para exorcizar mi congoja por la nunca muy fiable vía de compartirla. La cosa salió bien, y hubo dos o tres amigos que, un año después -volvían a pintar bastos-, me pidieron que escribiese otro. No me dijeron nada el año pasado, pero sí reincidieron esta temporada. Lo preocupante es que esta vez empezaron a calentarme la oreja a mediados de diciembre.

No sé si lo recuerdan, pero por esas fechas la inmensa mayoría del sportinguismo cuestionaba a Manuel Preciado y no eran pocos los que pedían su cabeza y reclamaban un sustituto, el que fuera, que terminara con aquella debacle en que se convirtió la primera vuelta de esta Liga. Sostuve entonces que sólo Preciado iba a ser capaz de sacarnos del atolladero, y ahora que el tiempo me ha dado la razón (aunque vendrían bien un par de victorias más), me alegra enormemente que al fin El Molinón esté abrazando como debe a un tipo que seguramente no sea el que más sabe de fútbol , pero que ha hecho gala de una elegancia moral que para sí quisieran muchos charlatanes. Y a mí me apetece hacerle un guiño ahora que faltan dos suspiros para acabar la temporada. Porque él es el responsable de que el Sporting esté donde está. Y porque ha sufrido críticas, se ha visto entre la espada y la pared, ha recibido insultos desde las tribunas de periódicos presuntamente deportivos y ha sido calumniado por cierto colega cuyo nombre es mejor no mentar, pero lo único que importa es que Preciado se ha ganado a pulso que en el Sporting se le reconozca como El Míster por antonomasia. Él ha sabido entender al equipo, lo ha defendido contra viento y marea y ha dado la cara cuando nadie se lo pedía ni él tenía por qué. Por eso, los entrenadores que puedan venir cuando se vaya tendrán que entender que, por muy bien que lo hagan, nunca les podremos querer tanto como le queremos a él. No es nada personal. Es que, sencillamente, se lo debemos.

El Comercio, 27 de abril de 2011

martes 26 de abril de 2011

Paradiso: 35 años

Ésta es la librería Paradiso:


La foto la sacó Kike Llamas a primeros de la década de los ochenta, pero apenas ha cambiado nada desde entonces. Está en Gijón, en el número 28 de la calle de La Merced, en pleno centro de la ciudad pero, al mismo tiempo, sabiamente aislada del bullicio. Lo digo porque no es fácil encontrarla si uno está de paso en la ciudad y no tiene referencias. Yo mismo la conocí de casualidad. Una tarde de noviembre de 1998, en un fin de semana que había aprovechado para escaparme a Gijón desde Salamanca, quedé con una amiga de la Facultad que tuvo la buena idea de enseñármela. Desde entonces, empecé a pasar por allí en cada una de mis episódicas estancias gijonesas. Cuando me avecindé definitivamente en la ciudad, una de las primeras cosas que hice fue visitarla.


Con el tiempo supe que Paradiso había abierto sus puertas en 1976, y no en el lugar en el que yo la conocí. Su primera sede estuvo en el barrio de pescadores de Cimadevilla, al lado del cine Brisamar -el único de arte y ensayo que había en toda la ciudad-, en un local ínfimo que hoy ocupa un kiosco de prensa. El nombre escondía un doble homenaje: por un lado, a la inconmensurable novela homónima de Lezama Lima; por otro, a un conspicuo local de Ámsterdam que, según creo, todavía existe. Eran tiempos en los que leer (bien) estaba de moda y había una demanda que allí satisfacían con ediciones sudamericanas de títulos que aún no habían llegado a editarse en España. En sólo dos años, aquel espacio diminuto de Cimadevilla se hizo pequeño y los bártulos se acabaron trasladando a la calle de La Merced, a un bajo que hasta aquel momento había ocupado (la historieta tiene tintes novelescos) un armenio que vendía tintes. Entonces Paradiso aún era una meca del underground, pero ya estaba empezando a convertirse en una librería de referencia.


Éstos son José Luis y Chema. El primero es el propietario del invento. El segundo, el librero que lleva allí desde que el negocio reabrió en La Merced. Es de justicia que aparezcan porque ellos son los responsables de que Paradiso sea Paradiso. Chema se ocupa de los libros y es imposible pillarle en un renuncio: si uno se desespera porque no localiza en las estanterías el título que anda buscando, él acaba dando con él o, en su defecto, encuentra la forma de tenerlo allí en unos pocos días. José Luis ha aprovechado su pasión por la música para organizar un surtido completísimo de vinilos y cedés que ha acabado convirtiendo Paradiso, también, en un templo para los amantes del rock, el blues y el indie. Fue escenario del movimiento contracultural de los primeros ochenta y lugar de encuentro de los componentes del Xixón Sound y de todos los que, más o menos, culturalmente han pintado algo en la ciudad a lo largo de estas últimas décadas. Sobrevivió a las sucesivas crisis que hemos tenido que padecer todos, y se ha forjado una identidad propia con la literatura, la música y la inteligencia como única bandera. Muchos me han dicho que es la única librería que merece recibir tal nombre en Asturias. Nacho Vegas me contó una noche que había veces en las que no sabía cómo explicar a la gente de fuera que la mejor tienda de discos de Gijón no era exactamente una tienda de discos. Yo alguna vez he bromeado con los protagonistas de la foto diciendo que sólo faltaba añadir un pequeño bar para que la cosa fuese perfecta. No pierdo la esperanza de que me hagan caso algún día.


Alguien me dijo hace poco que Paradiso era uno de los pilares indiscutibles de la cultura gijonesa. Estoy de acuerdo. Al menos, yo no sé imaginarme Gijón sin ella. O sí, pero el Gijón que acabo imaginando me gusta más bien poco. No sabría decir cuántos de los libros que tengo en mi biblioteca han salido de allí, pero estoy seguro de que son mayoría. Tampoco cuántas veces he entrado sólo porque me pillaba de paso y me apetecía echar un cigarro (hubo un tiempo en el que se podía fumar dentro y se acababan montando tertulias interesantísimas) mientras charlaba con José Luis y Chema de cualquier cosa, o porque necesitaba dar la tabarra (unas cuantas páginas de mi última novela se fraguaron allí), o porque veía dentro a algún amigo, o porque tenía que recoger algo que alguien había dejado a mi nombre en el mostrador. Xuan Bello escribió hace unos días que Paradiso es una embajada del alma humana. Yo sólo puedo decir que existen muy pocos sitios en los que me encuentre tan a gusto. Y que entrar en ella de vez en cuando es uno de mis placeres cotidianos preferidos.

Paradiso cumple este año siete lustros de existencia. Y yo, que le debo muchas cosas como lector, he querido escribir estas líneas para felicitarle el aniversario. Y para decir que ojalá no acabe nunca.

viernes 22 de abril de 2011

Microcosmos225: El nieto de Júbar

Mi abuelo paterno era fotógrafo. Tenía un estudio en Mieres y durante décadas colaboró, además, con varios periódicos que solicitaban sus servicios para ilustrar las informaciones de la cuenca del Caudal. Algunas veces, cuando por una cosa o por otra tengo que andar husmeando en hemerotecas, me encuentro con su firma bajo alguna foto y se me pone una sonrisa boba. Siguiendo una costumbre muy arraigada en la época (abrió su negocio hacia la mitad del siglo pasado), tomó como nombre artístico el acrónimo formado por la unión de las primeras sílabas de su nombre y apellido, de forma que todo el mundo se refería a él como Júbar (lo pronunciaban así, con el acento en la u, aunque él nunca se lo puso) y muy pocos (que yo recuerde, sólo mi abuela y los familiares más cercanos) le llamaban por su nombre de pila, Julio. Muchas tardes de mi infancia transcurrieron en su laboratorio, mirando cómo revelaba (eran otros tiempos) las instantáneas del día, y, como suele ocurrir, me hizo de confidente en la adolescencia y me explicó tres o cuatro cosas de ésas que no vienen en los libros. Con él di paseos memorables por lugares que no habría conocido de otro modo, y de él aprendí alguna que otra lección sobre el género humano que me ha sido de bastante utilidad a la hora de moverme por la vida. No llegué a saber demasiado de su vida porque (siempre pasa) tuve que despedirme de él demasiado pronto. Cuando murió, yo estaba en Salamanca, en vísperas del último examen de la carrera. Alguien me contó que el día anterior había preguntado por mí. No me dio tiempo a llegar a su entierro.

Quienes me conocen saben que no soy partidario de airear en público cuestiones personales, y que muy rara vez las traigo hasta esta columna. No lo hago ahora porque me apetezca virar el rumbo ni porque me haya dado un ataque de nostalgia, sino por algo que no sé muy bien si llamar orgullo, pero que, en cualquier caso, se le parece. El caso es que, hace unos días, una persona a la que no conozco de nada se puso a hablar de un servidor con un amigo común y, para mi sorpresa, se refirió a mí como «el nieto de Júbar». Y bueno, qué quieren que les diga. Cuando me enteré, sólo pude pensar que es el mejor apelativo que me han puesto nunca.

El Comercio, 21 de abril de 2011

lunes 18 de abril de 2011

Innisfree06: El periodista deportivo


No aprendí gran cosa en la Facultad de Periodismo. En el terreno práctico, porque todos los ejercicios a los que tuve que enfrentarme tenían un anclaje mínimo (por no decir inexistente) en aquella realidad que constituía la materia prima de nuestro trabajo. En el ámbito teórico, porque la mayor parte del temario de aquellas asignaturas con las que tuve que convivir durante cuatro largos años se componía bien de perogrulleces a las que no valía la pena dedicar más de medio segundo o bien de latosas banalidades que me costó mucho aprender y nada olvidar. Sobra decir, a modo de ejemplo, que en la década que llevo ejerciendo jamás he tenido que volver sobre los apuntes de la carrera para refrescar un concepto o aclarar cualquier duda deontológica. A decir verdad, de mi estancia en aquellas aulas sólo me quedaron algunos axiomas que sí considero imprescindibles, pero que ya llevaba incorporados la primera vez que entré por la puerta de la Universidad.

Uno de ellos, el más importante, dice que un periodista no puede ser objetivo porque ya descubrimos hace muchos años que la objetividad (a la que tan de moda estuvo mentar) sólo puede existir cómo abstracción, pero que sí debe ser honesto con aquello que escribe o propaga. Otro, relacionado directamente con éste, asevera que un periodista no puede difundir una información de la que no esté suficientemente convencido y que, si lo que hace es poner un altavoz para las palabras de otros, debe especificar siempre que sus afirmaciones se fundamentan en el testimonio de unas fuentes que, llegado el caso y si las circunstancias son verdaderamente graves, pueden identificarse y responder por sí mismas.

Son dos principios que quedan muy bien siempre que se desglosan en las universidades o cada vez que un medio hace gala de su independencia al mencionarlos en el editorial, pero que –todos lo sabemos– no siempre se cumplen. Ocurre que, como en todo, parece que en el periodismo unos territorios son más propicios que otros a desentenderse de las reglas del juego y enfangar hasta límites casi pornográficos las reglas de un oficio que García Márquez (no creo que le tocase echar horas en muchas redacciones) definió una vez como el más hermoso del mundo.

Hace tiempo que el periodismo deportivo –sobre todo en su rama futbolística, la más seguida y comentada– se ha convertido en un campo de batalla en el que no hay normas ni respeto ni piedad hacia el contrario. Los periodistas del ramo (con excepciones tan honrosas como escasas y casi siempre desvinculadas de las publicaciones que se dedican en exclusiva al tema) ya no disimulan su deserción gremial y aprovechan cualquier resquicio para dar rienda suelta a un forofismo que les induce a calumniar o a sembrar cualquier sospecha si con ello consideran que hacen un favor al equipo al que apoyan, menospreciando en no pocas ocasiones no sólo al club rival, sino también a los que lo siguen o a las ciudades de las que toman sus nombres. Da la impresión de que, de un tiempo a esta parte, todo está permitido, y así la prensa –en vez de poner orden o señalar la inconveniencia de un comportamiento deleznable– jalea y amplifica la frustración de un entrenador que se queja de que sus jugadores descansan menos que los del contrario (una de las boutades más pintorescas que se han escuchado nunca en estos lances) o inventa conspiracones paranoicas para justificar un hecho tan simple, y tan avalado por la experiencia y la lógica, como que el equipo que mejor juega es el que suele ganar siempre, por no hablar de esas acusaciones de dopaje que llegan desde no sé sabe dónde y que perjudican por igual al club que las recibe (obligado a demostrar su inocencia, cuando todo el mundo sabe que eso casi siempre es imposible) como al que presuntamente las emite (obligado a desmentirse o a deshacer el equívoco o a abrir una crisis interna que le permita buscar culpables), así como, otra vez, al periodista que se hizo eco sin comprobar la fiabilidad de las fuentes y contribuyó a llenar aún más de estiércol esos terrenos de juego en los que los cuerpos ya están más sanos que las mentes. Lejos de imponer la cordura, de marcar un punto y aparte que abra una reflexión sosegada y lúcida y verosímil acerca de los excesos de un modelo que se ha deformado hasta el esperpento, quienes deberían dar ejemplo se enrocan en sus posiciones y se empecinan en dar pábulo a todo lo que coincida con sus intereses, por más que muchas veces pongan en tela de juicio su propia dignidad. Y lo hacen sin recato ni pudor, conscientes de que cuanto más alto rebuznen más resonancia alcanzarán en este parnaso de frivolidades en que se está convirtiendo el microcosmos de la comunicación. Sabedores de que la consigna del calumnia, que algo queda a menudo resulta implacable, y de que el convertirse en enemigos de los otros siempre les conllevará el erigirse en héroes de los suyos, se entregan a esa carrera desquiciada que les lleva a hacerse con el protagonismo de una causa para la que nadie les ha llamado, olvidando que el buen periodismo, el único que debería considerarse como tal, es sólo aquél que se esfuerza en algo tan sencillo y tan difícil como acercarse a la verdad.

Culturamas, 17 de abril de 2011

miércoles 13 de abril de 2011

Microcosmos224: Botellón

No me gusta perder el tiempo comentando obviedades ni discutiendo ridiculeces, pero en ocasiones la situación alcanza cotas tan altas que uno no puede evitar que se le vaya la lengua (o los dedos, en este caso). El otro día, una candidata a la alcaldía de mi ciudad dijo que varios miles de personas echando sidra suponen un mal ejemplo para la juventud, y yo no dejo de preguntarme en qué momento hemos permitido que la gilipollez nos empañe el sentido común hasta el punto de que valga decir cualquier sandez, y que ésta se enmarque dentro de ese territorio tan socorrido de lo políticamente correcto, para aparecer en los periódicos y promover un debate a costa de un tema que en cualquier país medianamente serio sólo podría ser objeto de chanza.

Hemos descubierto ahora que los jóvenes beben, e intuimos que lo hacen en la calle porque les gusta molestar a los vecinos y ponerlo todo perdido de vómitos. Se ha bautizado al falso fenómeno -todo esto es más viejo que andar a pie- como botellón, y los más aspaventosos no pierden ocasión de preguntarse (pero en voz alta, para que les oigamos todos) a dónde va el mundo y qué hemos hecho para merecer esta juventud desquiciada, olvidando que ellos tampoco fueron santos en sus tiempos mozos (que levante la mano el que no haya probado el alcohol antes de la mayoría de edad, ¿hay alguien?) y que las borracheras adolescentes son un rito de paso tan normal e inexcusable como el primer polvo o el debut ante los suegros. Ni siquiera se molestan en entender que los chavales beben en la calle porque las copas están caras y la paga semanal anda justita, ni piensan que posiblemente sea más sano lo que ellos mismos compran en los supermercados que lo que les puedan servir en el pub de moda de turno. Como los zagales incordian, y los incordios motivan quejas de terceros, y esas quejas de terceros pueden llegar a convertirse en votos, vale todo con tal de crear un problema donde no lo hay. Porque lo que importa no es lo que beban o dejen de beber los sábados, sino lo que hagan el resto de la semana, y para tratar eso habría que empezar a hablar de la educación y de esos otros temas tan molestos. Y todos sabemos que siempre es mucho mejor tirar de tópicos que ponerse a pensar.

El Comercio, 13 de abril de 2011

lunes 11 de abril de 2011

Las noches de nuestra vida


Cinco años son muy poco tiempo para casi todo, pero a veces dan para mucho. El Savoy II -hermano pequeño del Savoy de la calle Dindurra, en activo desde 1989- abrió en mayo de 2006 y cerró sus puertas en la madrugada del domingo tras una juerga multitudinaria repartida en tres veladas que tuvo como protagonistas a un buen puñado de grupos. Un resumen perfecto de la andadura, breve pero enjundiosa, de un local que en apenas un lustro llegó a adquirir un carácter casi legendario.

Porque el Savoy II se convirtió muy pronto en parte fundamental de un Gijón golfo, educado, elegante y cosmopolita que encontró en aquel viejo sótano de la calle Pelayo un reducto propicio para sus desahogos noctámbulos. Su apuesta decidida por una cuidada línea de directos, a cargo del ubicuo Silver, unida a la consabida querencia por la música de calidad (Javier Egocheaga, el propietario de los dos Savoys, ya había demostrado que es un tipo con buen gusto) y a la maestría a la hora de engendrar una atmósfera idónea para la conversación, las risas y las confidencias, convirtieron el invento en el sancta sanctórum por excelencia de las nocturnidades playas. Y tuvo mucho que ver en ello el personal que daba el callo tras la barra (Esteban, Omar, Rubén, Roberto, Pili, Carla, Lastra, Ángel, Fernando, Rita, Fito, Laura, Vera) y esa sensación que uno tenía de encontrarse allí como en casa.

Había razones, pues, para que se lo despidiese a lo grande, y la parroquia respondió con creces a una convocatoria que, bajo el warnerbrosiano lema de That's All Folks, aglutinó a 27 bandas para compendiar, a lo largo de tres noches, la andadura de un local que siempre reunió a una clientela de lo más heterodoxo y en cuyo escenario tuvieron cabida los veteranos con más galones y las promesas más incipientes. Muchos grupos vieron consolidada su reputación sobre las tablas del Savoy, y otros tantos cosecharon allí sus primeros aplausos. Por eso, en el cartel de la despedida figuraron ilustres primeras espadas de la escena asturiana (Igor Paskual, Capitán Cavernícola Blues Band, Doctor Explosión, Los Sangrientos, el inefable Rafa Kas) y algunos recién llegados, o no tanto (Kozmics, Pablo Valdés, MyStereo), sin que faltaran ni Javi y los Paramétricos -el grupo del anfitrión- ni Tuscany Valley Experience, que clausuraron («no podía ser de otra manera», apuntaba Silver) unas veladas que registraron un lleno absoluto y tuvieron un poco de funeral y un mucho de celebración compartida, de agradecimiento a un reducto que acogió, en su breve e intensa vida, más de mil conciertos (la mayoría gratuitos) y brindó a su gente amaneceres memorables. El último acorde del sábado dejó en el aire la amargura dulzona de una nostalgia inminente. Al fin y al cabo, muchos nos despedimos este fin de semana del lugar donde pasamos algunas de las mejores noches de nuestra vida.

Foto: Joaquín Pañeda

El Comercio, 11 de abril de 2011

miércoles 6 de abril de 2011

Microcosmos223: Bloomsday en Pendueles

La lectura de Dublinesca, de Enrique Vila-Matas (Seix Barral, 2010), me empuja a sacar de la estantería el Ulises de Joyce, a cuyas páginas no me asomaba desde que lo leí, por primera y única vez, con 20 ó 21 años. Releo algunos capítulos (ese inicio glorioso con Buck Mulligan afeitándose en lo alto de la Torre Martello, el lúgubre entierro en el que Leopold Bloom se cruza con el misterioso hombre del impermeable, ciertos pasajes del monólogo interior de Molly) y mientras deambulo por sus capítulos sin finalidad ni rumbo algunos recuerdo que alguien me contó una vez que Asturias, tan atrasada entonces en casi todo, seguramente fue testigo de excepción de un fenómeno que revolucionó las letras universales y marcó, en palabras de Vila-Matas, un punto de no retorno en la era Gutenberg.

Ocurrió en el pueblo llanisco de Pendueles, muy cerca ya de tierras cántabras, y tuvo como escenario la casona de Verines, la misma en la que, al final de cada verano desde finales de los ochenta, se sientan a discutir escritores e intelectuales acerca del estado de la cuestión cultural en España. Por allí hay quien todavía se refiere a ella como La Casa de los Irlandeses porque así se la conoció cuando la familia de Ricardo Ortiz, el indiano que había ordenado su construcción en 1920, la vendió a un grupo de nobles de aquel país que cursaban estudios eclesiásticos en la Universidad de Salamanca y que la adquirieron como residencia de verano. Los irlandeses tuvieron que abandonar a toda prisa la casona en julio de 1936, con el estallido de la guerra civil, dejando allí una buena parte de sus pertenencias, y entre ellas -cosa lógica teniendo en cuenta la conmoción que había causado su salida y la obscenidad que le achacaban sus múltiples y prematuros detractores- alguien encontró una primera edición, en inglés, de la novela de Joyce. Asturias pudo ser, así, uno de los primeros lugares de la península en los que se leyó el Ulises, esa epopeya contemporánea en la que un irlandés tan excéntrico como genial acertó a decir todo lo que Shakespeare se había dejado en el tintero. Quizás estuviese bien celebrar, el próximo 16 de junio, un Bloomsday en Pendueles, como homenaje a aquellos lectores estivales que pusieron a esta tierra en la vanguardia sin que nadie, probablemente ni ellos mismos, se enterase.

El Comercio, 6 de abril de 2011

martes 5 de abril de 2011

Una mención de Fulgencio Argüelles

Lo primero que leí de Fulgencio Argüelles fue Los clamores de la tierra. Entonces yo tenía 15 ó 16 años y fantaseaba con ser escritor. En aquella época él publicaba en Alfaguara, vivía en Madrid y aparecía reseñado periódicamente en prensa como el escritor asturiano por antonomasia. Además, escribía muy bien. Y a mí me gustaba. Le vi por primera vez en una Feria del Libro que se celebró en Mieres -él también era del pueblo, aunque hiciese un par de décadas que no lo pisaba- allá por 1996 ó 1997. Le llevé mi ejemplar de Los clamores de la tierra para que me lo firmase y, aunque lo pensé, no me atreví a comentarle que yo también escribía. Ahora, cuando han pasado unos quince años desde aquello, publica una nueva novela, A la sombra de los abedules (Trea), que es una especie de continuación de aquel primer libro suyo que tuve entre mis manos, y en una entrevista que le hicieron el pasado sábado 2 de abril en La Voz de Asturias le pidieron que hablase de los escritores asturianos que más le interesan. Su respuesta fue ésta:

Hay poetas estupendos. No voy a dar nombres pero hay muchos. La poesía en asturiano creo que tiene nombres muy interesantes. La pena es la difusión, que no acaba de tirar para adelante y va a costar muchísimo. En novela, parecen muy interesantes las novelas de Miguel Barrero. Xuan Bello es un narrador excepcional, que no acaba de decidirse en la novela. Acabo de leer la novela de Pablo Rivero Últimos ejemplares y es una obra urbana sobre el Gijón de los años 80 muy interesante.

Y qué quieren. El adulto que soy está muy agradecido, pero el adolescente que fui está que no se lo cree.

lunes 4 de abril de 2011

Nel Amaro (1946-2011)

Yo no conocía de nada a Nel Amaro cuando tuve la osadía de incluirlo como personaje en un relato largo que escribí por encargo de José Luis Argüelles y que se publicó, no recuerdo si en nueve o diez entregas, en la edición de las Cuencas de La Nueva España, en enero de 2002. Quiero decir que nunca nos habían presentado y que creo que ni siquiera le había visto en persona, pero yo había tenido desde tiempo atrás noticias suyas: leía a veces sus columnas en prensa y por aquel entonces era el único escritor de Mieres que no olía a naftalina. Unos meses después de que se publicara aquel cuento, le vi por casualidad en el parque Jovellanos y fui a saludarle. Me presenté y empecé a explicarle lo que había escrito, pero no hizo falta que me extendiese mucho. Él ya lo había leído en su día.

-No jodas que eres tú -me contestó-. Pues mira que estuve preguntando por ti. Como no te conocía nadie, creí que no existías y que eras un seudónimo.

Desde entonces coincidimos en unas pocas ocasiones. Creo que la última vez que nos vimos fue hace cinco o seis años, en Turón, cuando fui allí a participar en la presentación de una revista literaria en la que ambos colaborábamos. Tomamos una cerveza en un bar de El Parque, charlamos un rato y luego nos despedimos. Un tiempo después, empezaron a llegar a mi correo electrónico los poemas visuales que protagonizaban él y su perro Pulgu bajo el amparo de la Fundación Perruno-Situacionista Laszlo Kovacs. Hace dos o tres años le llamé por teléfono para una cosa -no recuerdo exactamente cuál- que quería escribir en Les Noticies.

-A ver si un día vienes por Turón y tomamos algo -dijo antes de colgar.

Pero yo no volví por Turón y aquel algo se fue postergando. Hoy sé que quedará pendiente para siempre. Esta tarde me enteraba de que Nel Amaro ha muerto en Oviedo. Sufría de diabetes y parece que no supo cuidarse como debía. Tenía sólo 64 años.

Que la eternidad le sea leve.

sábado 2 de abril de 2011

Escupir para arriba


Contra lo que aseguran sus aduladores, Mourinho ha dado muestras, desde que aterrizó en España, de que la inteligencia no figura entre sus virtudes. También de que ignora mucho más de lo que sabe. No hace falta observarlo demasiado para inferir que leer, lo que se dice leer, no debe de leer mucho; y, como es portugués, no se ha molestado lo más mínimo en atender al refranero castellano. Si leyese algo, se habría dado cuenta de que un personaje como el que él mismo se ha creado no puede exigir grandes cosas, sencillamente porque lo que él ofrece es sólo bajeza, moral y futbolística, y habría aprendido a cerrar su bocaza porque antes o después sus inquietudes le habrían llevado hasta algún libro donde figurara ese dicho que sí conoce bien Manolo Preciado (que tampoco parece que sea un gran lector, pero que sí ha vivido y se las da de tipo de la calle, normal, como usted o como yo) y que asevera que no conviene escupir para arriba porque, tarde o temprano, el lapo le acaba cayendo encima a uno mismo. La inmensa mayoría de los madridistas se rió mucho cuando el entrenador del Sporting aludió a esa expresión en una rueda de prensa (en la que -y esto lo silencia mucho la prensa adicta al Floren Team, que no se ha cansado de repetir que fue Preciado quien provocó a su homólogo luso- se defendió de unas acusaciones que aquél había vertido por dos veces y sin ningún tipo de prueba ni justificación); hoy supongo que andarán ladrando agónicos por las esquinas. Y yo, francamente, me alegro. Tienen exactamente lo que se merecen.

Milo J. Krmpotic' (que es escritor, y es amigo, y es culé, y sabe de fútbol bastante más que yo) supone que en estos momentos estoy brindando por la justicia poética, un concepto al que he apelado (y apelo, y apelaré, me temo) no pocas veces cuando hablo o escribo sobre asuntos balompédicos. Tiene toda la razón. Lo normal era que el Madrid perdiese algún partido en casa esta temporada, y la verdad es que pudo haberla pifiado contra cualquier equipo que pasase por allí, pero -miren ustedes por dónde- ha acabado perdiéndolo contra el Sporting, el equipo al que vilipendió, injurió y ridiculizó (aquellos gritos, tan poco señoriales, de ¡A Segunda! ¡A Segunda! que profirieron ciertos componentes de la plantilla y el cuerpo técnico en el garaje de El Molinón, según recogió la prensa) en la primera vuelta y contra el que cargaron los periodistas afines al Florentinato acusándolo del grave delito (¿?) de no dejarse perder (o al menos de no jugar a medio gas) ante la fastuosa escuadra merengue. Se dijo que Preciado era un salvaje, que había montado el lío (omitiendo que el lío lo había montado el portugués errante y que él se había limitado, con mayor o menor acierto, a continuarlo) porque eso le daba la notoriedad que no podría tener de otra forma. Se le ridiculizó en chistes sin gracia y se le faltó repetidamente al respeto, olvidando que este señor, aparte de ser bastante más profesional que el entrenador del Madrid (que, recordemos, hace un año ni siquiera celebró con su equipo de entonces la Champions League porque prefirió menospreciar a su afición y firmar cuanto antes un suculento contrato con su club de ahora), tiene detrás una biografía bastante triste y que sólo por eso merece, como mínimo, un poco de consideración.

Total, que el Sporting llegó al Bernabéu con todos estos precedentes en un partido en el que el madridismo veía 90 minutos de campo y playa (un mero trámite, según un sagaz columnista del Marca que imagino que todavía seguirá en su puesto) y, no contento con aguantar durante casi 80 minutos un empate a cero que ya sabía a gloria, va y marca un golazo por obra y gracia de la bota de De las Cuevas y, de paso, le mete una bofetada en los morros a una afición que allá por noviembre, después de que el Madrid y los rojiblancos se viesen las caras en Gijón, empezó a desearle lo peor al Sporting (Feliz 2011 a todos los que, como yo, quieren que el Sporting descienda a Segunda, escribía en su Twitter un redactor de prosa lamentable que responde por Miguel Serrano y cuyas divagaciones -por llamarlas de alguna manera- pueden leer, también, en el Marca) y, por supuesto, a unos seguidores que se limitaron a defender a los suyos cuando la maquinaria merengue y sus hordas mediáticas quisieron darles hasta en el cielo del paladar. Total, que resultó que todo un señor Real Madrid (la cursiva, ya lo saben, es mía) fue incapaz, con todos sus specialones y sus adebayores y sus higuaínes y sus oziles y sus demarías, de hacerle un mísero gol a un equipo que, según ellos, está más que abocado a regresar a los infiernos de Segunda. Total, que aquel entrenador cántabro que estaba sin domesticar y que era un perfecto macarra de barra de bar (recuerdo que estoy citando fuentes madridistas) le acabó dando una lección, en su propio campo, al otro, al que presume de ganarlo todo y de saber más que nadie y que ni siquiera tuvo el coraje de dar la mano -en un gesto que le define y le resume muy bien- a su contrincante en los prolegómenos del partido. Total, que la justicia poética aprovechó para demostrar que también puede ser un poquito cabrona porque, a veces, acumula cuentas pendientes: creo que hacía nueve años y pico que Mourinho no perdía un partido en su estadio; ya ven ustedes quién acabó yendo a meterle el agua en casa. Es lo que pasa cuando escupes para arriba. Que tarde o temprano, antes o después, el salivazo termina cayendo.

Resumiendo, que mi más encendida enhorabuena a Preciado y a sus/mis muchachos del Sporting, por valientes. Y a Mourinho, solamente darle ánimos. Todavía puede ganarle al Barça alguno de los partidos que disputarán a lo largo de este mes; y si no, siempre podrá aprovechar para ir adquiriendo algunas nociones de elegancia, esa cualidad que tan mal se le ha dado siempre y sobre la que le pueden decir algo alguno de sus colegas (los que curran por la zona de Les Corts o aquí mismo, a orillas del Piles, sin ir mucho más lejos). Así, por lo menos, su paso por el Madrid no habrá sido en vano.

Y si prefiere seguir como hasta ahora, pues nada. Que siga escupiendo para arriba. Y que le jodan.