Texto: María de Álvaro
Foto: Paloma Ucha
El Comercio, 28 de abril de 2011
PD.- Los interesados pueden leer el artículo por el que me han concedido el premio pinchando aquí.
Hace tres años, cuando el Sporting aún penaba en los infiernos de Segunda y faltaban tres días para que se disputase el partido que podía auparnos a la gloria o hundirnos en el ostracismo, publiqué aquí un artículo para exorcizar mi congoja por la nunca muy fiable vía de compartirla. La cosa salió bien, y hubo dos o tres amigos que, un año después -volvían a pintar bastos-, me pidieron que escribiese otro. No me dijeron nada el año pasado, pero sí reincidieron esta temporada. Lo preocupante es que esta vez empezaron a calentarme la oreja a mediados de diciembre.
No sé si lo recuerdan, pero por esas fechas la inmensa mayoría del sportinguismo cuestionaba a Manuel Preciado y no eran pocos los que pedían su cabeza y reclamaban un sustituto, el que fuera, que terminara con aquella debacle en que se convirtió la primera vuelta de esta Liga. Sostuve entonces que sólo Preciado iba a ser capaz de sacarnos del atolladero, y ahora que el tiempo me ha dado la razón (aunque vendrían bien un par de victorias más), me alegra enormemente que al fin El Molinón esté abrazando como debe a un tipo que seguramente no sea el que más sabe de fútbol , pero que ha hecho gala de una elegancia moral que para sí quisieran muchos charlatanes. Y a mí me apetece hacerle un guiño ahora que faltan dos suspiros para acabar la temporada. Porque él es el responsable de que el Sporting esté donde está. Y porque ha sufrido críticas, se ha visto entre la espada y la pared, ha recibido insultos desde las tribunas de periódicos presuntamente deportivos y ha sido calumniado por cierto colega cuyo nombre es mejor no mentar, pero lo único que importa es que Preciado se ha ganado a pulso que en el Sporting se le reconozca como El Míster por antonomasia. Él ha sabido entender al equipo, lo ha defendido contra viento y marea y ha dado la cara cuando nadie se lo pedía ni él tenía por qué. Por eso, los entrenadores que puedan venir cuando se vaya tendrán que entender que, por muy bien que lo hagan, nunca les podremos querer tanto como le queremos a él. No es nada personal. Es que, sencillamente, se lo debemos.
El Comercio, 27 de abril de 2011



Alguien me dijo hace poco que Paradiso era uno de los pilares indiscutibles de la cultura gijonesa. Estoy de acuerdo. Al menos, yo no sé imaginarme Gijón sin ella. O sí, pero el Gijón que acabo imaginando me gusta más bien poco. No sabría decir cuántos de los libros que tengo en mi biblioteca han salido de allí, pero estoy seguro de que son mayoría. Tampoco cuántas veces he entrado sólo porque me pillaba de paso y me apetecía echar un cigarro (hubo un tiempo en el que se podía fumar dentro y se acababan montando tertulias interesantísimas) mientras charlaba con José Luis y Chema de cualquier cosa, o porque necesitaba dar la tabarra (unas cuantas páginas de mi última novela se fraguaron allí), o porque veía dentro a algún amigo, o porque tenía que recoger algo que alguien había dejado a mi nombre en el mostrador. Xuan Bello escribió hace unos días que Paradiso es una embajada del alma humana. Yo sólo puedo decir que existen muy pocos sitios en los que me encuentre tan a gusto. Y que entrar en ella de vez en cuando es uno de mis placeres cotidianos preferidos.
Uno de ellos, el más importante, dice que un periodista no puede ser objetivo porque ya descubrimos hace muchos años que la objetividad (a la que tan de moda estuvo mentar) sólo puede existir cómo abstracción, pero que sí debe ser honesto con aquello que escribe o propaga. Otro, relacionado directamente con éste, asevera que un periodista no puede difundir una información de la que no esté suficientemente convencido y que, si lo que hace es poner un altavoz para las palabras de otros, debe especificar siempre que sus afirmaciones se fundamentan en el testimonio de unas fuentes que, llegado el caso y si las circunstancias son verdaderamente graves, pueden identificarse y responder por sí mismas.
Son dos principios que quedan muy bien siempre que se desglosan en las universidades o cada vez que un medio hace gala de su independencia al mencionarlos en el editorial, pero que –todos lo sabemos– no siempre se cumplen. Ocurre que, como en todo, parece que en el periodismo unos territorios son más propicios que otros a desentenderse de las reglas del juego y enfangar hasta límites casi pornográficos las reglas de un oficio que García Márquez (no creo que le tocase echar horas en muchas redacciones) definió una vez como el más hermoso del mundo.
Hace tiempo que el periodismo deportivo –sobre todo en su rama futbolística, la más seguida y comentada– se ha convertido en un campo de batalla en el que no hay normas ni respeto ni piedad hacia el contrario. Los periodistas del ramo (con excepciones tan honrosas como escasas y casi siempre desvinculadas de las publicaciones que se dedican en exclusiva al tema) ya no disimulan su deserción gremial y aprovechan cualquier resquicio para dar rienda suelta a un forofismo que les induce a calumniar o a sembrar cualquier sospecha si con ello consideran que hacen un favor al equipo al que apoyan, menospreciando en no pocas ocasiones no sólo al club rival, sino también a los que lo siguen o a las ciudades de las que toman sus nombres. Da la impresión de que, de un tiempo a esta parte, todo está permitido, y así la prensa –en vez de poner orden o señalar la inconveniencia de un comportamiento deleznable– jalea y amplifica la frustración de un entrenador que se queja de que sus jugadores descansan menos que los del contrario (una de las boutades más pintorescas que se han escuchado nunca en estos lances) o inventa conspiracones paranoicas para justificar un hecho tan simple, y tan avalado por la experiencia y la lógica, como que el equipo que mejor juega es el que suele ganar siempre, por no hablar de esas acusaciones de dopaje que llegan desde no sé sabe dónde y que perjudican por igual al club que las recibe (obligado a demostrar su inocencia, cuando todo el mundo sabe que eso casi siempre es imposible) como al que presuntamente las emite (obligado a desmentirse o a deshacer el equívoco o a abrir una crisis interna que le permita buscar culpables), así como, otra vez, al periodista que se hizo eco sin comprobar la fiabilidad de las fuentes y contribuyó a llenar aún más de estiércol esos terrenos de juego en los que los cuerpos ya están más sanos que las mentes. Lejos de imponer la cordura, de marcar un punto y aparte que abra una reflexión sosegada y lúcida y verosímil acerca de los excesos de un modelo que se ha deformado hasta el esperpento, quienes deberían dar ejemplo se enrocan en sus posiciones y se empecinan en dar pábulo a todo lo que coincida con sus intereses, por más que muchas veces pongan en tela de juicio su propia dignidad. Y lo hacen sin recato ni pudor, conscientes de que cuanto más alto rebuznen más resonancia alcanzarán en este parnaso de frivolidades en que se está convirtiendo el microcosmos de la comunicación. Sabedores de que la consigna del calumnia, que algo queda a menudo resulta implacable, y de que el convertirse en enemigos de los otros siempre les conllevará el erigirse en héroes de los suyos, se entregan a esa carrera desquiciada que les lleva a hacerse con el protagonismo de una causa para la que nadie les ha llamado, olvidando que el buen periodismo, el único que debería considerarse como tal, es sólo aquél que se esfuerza en algo tan sencillo y tan difícil como acercarse a la verdad.
Culturamas, 17 de abril de 2011

Lo primero que leí de Fulgencio Argüelles fue Los clamores de la tierra. Entonces yo tenía 15 ó 16 años y fantaseaba con ser escritor. En aquella época él publicaba en Alfaguara, vivía en Madrid y aparecía reseñado periódicamente en prensa como el escritor asturiano por antonomasia. Además, escribía muy bien. Y a mí me gustaba. Le vi por primera vez en una Feria del Libro que se celebró en Mieres -él también era del pueblo, aunque hiciese un par de décadas que no lo pisaba- allá por 1996 ó 1997. Le llevé mi ejemplar de Los clamores de la tierra para que me lo firmase y, aunque lo pensé, no me atreví a comentarle que yo también escribía. Ahora, cuando han pasado unos quince años desde aquello, publica una nueva novela, A la sombra de los abedules (Trea), que es una especie de continuación de aquel primer libro suyo que tuve entre mis manos, y en una entrevista que le hicieron el pasado sábado 2 de abril en La Voz de Asturias le pidieron que hablase de los escritores asturianos que más le interesan. Su respuesta fue ésta:
Yo no conocía de nada a Nel Amaro cuando tuve la osadía de incluirlo como personaje en un relato largo que escribí por encargo de José Luis Argüelles y que se publicó, no recuerdo si en nueve o diez entregas, en la edición de las Cuencas de La Nueva España, en enero de 2002. Quiero decir que nunca nos habían presentado y que creo que ni siquiera le había visto en persona, pero yo había tenido desde tiempo atrás noticias suyas: leía a veces sus columnas en prensa y por aquel entonces era el único escritor de Mieres que no olía a naftalina. Unos meses después de que se publicara aquel cuento, le vi por casualidad en el parque Jovellanos y fui a saludarle. Me presenté y empecé a explicarle lo que había escrito, pero no hizo falta que me extendiese mucho. Él ya lo había leído en su día.