jueves 31 de marzo de 2011

Un poema de Javier Egea

Me entero de que Bartleby ha empezado a publicar la poesía completa de Javier Egea (Granada, 1952-1999), un poeta del que nada supe hasta que, hace no mucho, José Luis Piquero colgó en su blog un poema que desde entonces he venido releyendo cada cierto tiempo y que me abrió el camino hacia una obra tan peculiar como valiosa como (sorprendentemente) imitada. Aquí lo dejo, por si alguien se anima a seguirme los pasos:




NOCHE CANALLA

Yo no sé si la quise pero andaba conmigo,
me guiaba su risa por la ciudad tan gris.
Ella tenía en su boca colinas de Ketama
y el cielo de sus ojos me pintaba de añil.

Yo vi tantas estrellas como ella puso siempre
en aquel cielo raso como un paño de tul.
Ella llevaba el pelo como la Janis Joplin
y los labios morados como el Parfait-Amour.

La he perdido en un bosque de jeringas brillantes
por donde nos decían que se llegaba al mar;
se fue sobre un caballo de hermosos ojos negros,
por más que yo me muera no la podré olvidar.

Bajo el cielo ceniza me conducen mis piernas.
Esta noche no tengo ni esperanza ni amor.
Sólo queda el calor de mi pobre navaja.
Hoy me he visto la cara de un retrato-robot.

A pesar de sus ojos he salido a la calle,
a pesar de sus ojos me ha tocado vivir.
En un barrio de muertos me trajeron al mundo.
Esta noche canalla no respondo de mí.

miércoles 30 de marzo de 2011

Microcosmos222: Avilés

No deja de tener cierta justicia poética el hecho de que sea Avilés la que se haya llevado el gato al agua en la frenética carrera por ser el más moderno de la última posmodernidad en esta competición -un tanto alocada la mayor parte de las veces- en la que se han puesto a competir municipios de aquí y allá, casi siempre con un énfasis inversamente proporcional a su criterio. Como el tema da para extenderse bastante y no tengo mucho espacio, sólo puedo tratar la cosa desde el ámbito exclusivamente local, lo que no es poco porque creo que ahí reside precisamente el asunto de mayor enjundia: mientras Gijón y Oviedo continuaban enfrascadas -como dice mi camarada Chelo Tuya, periodista de esta casa- en su eterna batalla localista, sofisticada ahora a base de laborales y calatravas, resulta que unos veinte kilómetros al oeste, a orillas de una ría maltratada por la contaminación y el olvido y el desprecio histórico a la que se la ha venido sometiendo desde hace poco más de medio siglo, florecía el que está llamado a ser uno de los iconos de la vanguardia más novísima, un edificio curvilíneo diseñado por uno de los mejores arquitectos del mundo -se pongan como se pongan los columnistas carpetovetónicos- que puede dar todo el juego que hasta ahora no se ha sabido repartir sobre el tapete de la cultura contemporánea (aunque no me parezca que abrir con Woody Allen y Víctor Manuel sea el non plus ultra de la innovación, hay que darle tiempo al tiempo y un alumbramiento tan notable como el del Niemeyer bien merece el beneficio de la duda). De todos modos, y como decía al principio, lo mejor es que todo esto esté ocurriendo en Avilés, una ciudad que tiene cosas que me encandilan (la capilla de los Alas, el parque del Muelle, la coqueta iglesia vieja de Sabugo, el puente de San Sebastián, los soportales de Rivero y de Galiana, el jardín francés de Ferrera, la atmósfera medieval que se respira al pasear por La Fruta o Ferrería) y que hasta ahora era la hermana pobre del meollo asturiano, la mortadela del sándwich urbanístico, el tercer vértice de ese triángulo equilátero delimitado por la Y. Ahora, la villa a la que tanto lastraron el peso de su acería y las soporíferas resonancias palaciovaldesanas se ha convertido, quién iba a decirlo, en nuestra puerta de ingreso en el futuro. La moraleja es tan evidente que no hace falta explicitarla. La cuestión es que, esta vez sí, Avilés nos ha puesto a todos en el mapa. Y yo me alegro de su suerte. Y deseo que le dure y que sus dos compañeras de viaje tomen nota de cómo la periferia, a veces, puede acabar ocupando el centro.

El Comercio, 30 de marzo de 2011

viernes 25 de marzo de 2011

Miguel Barrero x Adolfo P. Suárez

Retrato en tinta, acuarela y acrílico sobre cartón realizado por Adolfo P. Suárez según una fotografía tomada durante una estancia en Beleño (Ponga) en octubre de 2010.

"La búsqueda del equilibrio siempre está abocada al fracaso"

Una vez más, he entrevistado a Nacho Vegas, en esta ocasión para la web Culturamas.

Pueden leerlo aquí.

Microcosmos221: Red social

En casa de mi abuela había un patio de luces. Bastaba con asomarse a la ventana de la cocina a ciertas alturas del día para estar al tanto de la última hora en la actualidad rutinaria y banal del vecindario: a la del segundo izquierda se le había quemado el cocido, el marido de la del quinto derecha -no recuerdo si jubilado o en el paro, ya ha pasado mucho tiempo- se agarraba unos pedales de impresión que le tenían durmiendo hasta que llegaba el momento de sentarse a la mesa, la hija de la del tercero centro era muy inteligente y estaba a punto de conseguir una beca para irse a estudiar al extranjero. Jornada tras jornada, las mujeres avecindadas en aquel edificio (a veces también los hombres, pero era raro) se iban poniendo al tanto de sus quehaceres en una tertulia continua en la que siempre encontraban réplica y donde siempre podían oponer sus propios pareceres a los de sus semejantes. Ni mi abuela ni sus vecinas sabían que eso se llamaba interconexión, o feedback. Ya digo que era otra época.

Se cumplen por estas fechas cinco años del nacimiento de Twitter, y creo que unos pocos menos desde que se puso en marcha Facebook, y a tenor del éxito que tanto una como otra están teniendo cabe pensar que el avance de los tiempos nos hizo más modernos, pero también nos dejó más solos, y que el éxito de ambas radica en esa necesidad aplazada que todos sentimos de estar al tanto de las vidas de quienes nos rodean, y todavía más si en este caso los contertulios sean los que uno elige y no los que vengan impuestos por el padrón municipal. Igual que en las comunidades de antaño, el personal usa estos patios de luces de la globalización para propagar sus grandezas, las más de las veces, o buscar quién le consuele de sus miserias. Otros, simplemente, se asoman a fisgar y reservan sus glosas o sus maledicencias para el ámbito privado. Lo que me sorprende es que todavía haya quien se hace cruces y se interrogue acerca del sentido de este mecanismo. No alcanzan a comprender que su triunfo se debe a que, en el fondo, no son más que un reflejo sofisticado y digital de lo que siempre ha venido a ser la vida misma.

El Comercio, 23 de marzo de 2011

viernes 18 de marzo de 2011

Microcosmos220: Yo estuve allí

Yo me embarqué con Jim Hawkins en la Hispaniola a la busca de un tesoro sepultado en no recuerdo bien qué isla perdida en un confín remoto del océano; cabalgué por las llanuras de La Mancha y vi gigantes donde tan sólo resultó haber molinos; me enamoré de una niña de doce años cuyo cuerpo aún sin desarrollar puso luz en mi vida e hizo arder mis entrañas; paseé un día entero por las calles de Dublín perdido en divagaciones vagas, inconexas e infructuosas; elaboré con Jacques Deza más de un informe preventivo en las cloacas del MI6; pude hablar con príncipes que reinaron en asteroides lejanos y terminaron extraviados conmigo en las inmensidades del desierto; conocí los pormenores de una Barcelona prodigiosa y vagué sin rumbo por los rincones más inverosímiles de un Madrid canallesco y turbador; me avecindé durante un tiempo en el 221B de Baker Street en compañía de un detective aficionado a la cocaína; deambulé por los subsuelos de París y me encaramé al campanario de la catedral de Notre Dame para observar los bailes de una gitana junto a la que decidí morir; resolví los crímenes que un monje ciego cometió en un monasterio italiano en cuyas estancias asistí a sesudos debates teológicos; conversé con todos los fantasmas de Comala y combatí en todas las guerras de Macondo; fui poeta en Nueva York y extranjero en Ámsterdam; anduve por el cielo y el purgatorio y el infierno cuando me vi obligado a recorrerlos para encontrarme con mi amada; padecí los tortuosos inviernos en las montañas de Región escuchando en la lejanía los disparos del guardabosques; discerní la fina línea que separa el Bien del Mal a la luz de los agostos de Yoknapatawpha; me alcoholicé bajo el volcán y discutí a pie de barra sobre el pasado, el presente y el futuro del Perú; fui un extranjero envuelto en un crimen absurdo para el que no tuve ninguna explicación; me convertí en escarabajo; soñé que volvía a Manderley; anduve de vez en cuando por las cruzadas; traté de cerca a Adriano, a Julio César, a Claudio el dios y a su esposa Mesalina. Podría seguir hasta llenar varios folios, pero me falta espacio. Hace un tiempo, un viejo amigo me preguntó de qué me servía leer tanto. No he encontrado una manera mejor de contestarle.

El Comercio, 17 de marzo de 2011

lunes 14 de marzo de 2011

Innisfree05: Galliano


John Galliano salió a tomar algo, se pasó de frenada, agarró una cogorza monumental y terminó diciendo que adoraba a Hitler y que era una pena que a éste no le hubiera dado tiempo a eliminar a todos los judíos de la faz de la tierra. El diseñador, según parece, estaba con más gente y una mujer con la que compartía mesa le recriminó su actitud, a lo que él respondió llamándola ‘fea’. La cosa no habría pasado de ahí de no ser porque alguien inmortalizó la escena en un vídeo y terminó pasándoselo a un periódico británico famoso por sus inquinas sensacionalistas que le dio la difusión pertinente e hizo que al modisto se le cayese el mundo encima. La firma de Christian Dior, que le tenía en nómina, no tardó ni medio segundo en echarle. Y, como era de prever, los biempensantes de verbo fácil e incontenible ansia por propagar a los cuatro vientos su defensa de los más altos valores morales no tardaron en disparar sus afilados dardos y convertir de pronto a Galliano en una suerte de figura demoníaca en la que se compendian todas las mezquindades de las que es capaz un ser humano. No hace falta entrar en detalles porque todos estamos ya más o menos al tanto de la historia, y por eso no es necesario que repase aquí una serie de actitudes que, si algo rebosan, es demagogia y, peor aún, hipocresía.

Hipocresía porque si alguien ha salido beneficiado de esto, ha sido el propio Christian Dior, que al despedir a su modisto estrella se ha visto legitimado ante ese ente abstracto, difuso y muchas veces desprovisto de criterio que se llama opinión pública y, de paso, ante los propios judíos, que son (como sabemos todos) los que manejan la mayor parte del dinero que se mueve en el mundo y que siempre están dispuestos a recordar a todo quisque lo mal que lo pasaron en la Alemania de Hitler y la compensación que el orbe entero les debe por aquella afrenta que fue en verdad ignominiosa, pero que no debería disculparles (como, de hecho y por otra parte, ocurre) de los desmanes que día sí y día también comete el Estado de Israel contra los antiguos moradores de sus tierras, cuyas quejas, sobra decirlo, no tienen ni la décima parte de la repercusión que tienen los lamentos de los hijos de David por algo que ocurrió hace más de medio siglo y que, perdonen la osadía, no creo que no hayan superado todavía, o no hasta el punto de ofenderse por el hecho de que un borracho suelte en un bar lo primero que se le pase por la cabeza, por más que sea famoso (y no estoy al tanto de las andanzas de Galliano ni conozco sus opiniones reales sobre éste u otros asuntos) y que tenga alrededor a algún impresentable dispuesto a hacer caja a su costa.

El asunto de la demagogia está también relacionado con el de la hipocresía, pero ceñida esta vez a la casuística particular de cada cual. Porque seamos sinceros: ¿quién no ha dicho nunca una barbaridad en el transcurso de alguna borrachera? ¿Quién no se codea con personas respetables, educadas, honorabilísimas, que con dos o tres copas de más empiezan a arremeter contra todo bicho viviente y a solucionar el mundo por métodos tan contundentemente expeditivos como escasamente diplomáticos? ¿Conocen a muchos borrachos que, como escribía hace poco David Trueba, se pongan a recitar en plena euforia etílica la Declaración de Derechos Humanos? Usted que está leyendo estas líneas, haga examen de conciencia y conteste con sinceridad: ¿se atrevería a salir a la calle si alguien difundiese en Internet un vídeo con todas las lindezas que ha soltado en medio de una juerga o en conversaciones privadísimas con algún reducido círculo de íntimos? ¿Nunca ha bromeado a cuenta de temas tan graves como el Holocausto, la pederastia, el terrorismo o las diferencias raciales? ¿Jamás ha hecho comentarios maledicentes sin fundamento ni motivo sólo porque en su momento se le ocurrieron y le parecieron ingeniosos y los soltó sin más intención que la de echar unas risas en ese instante? ¿Se comporta siempre como un virtuoso, un ser pulcro e intachable, un modelo irrefutable, un ejemplo a seguir? Si la respuesta a esta serie de preguntas es que sí, enhorabuena, porque podrá mirarse a los ojos en el espejo sin sombra de arrepentimiento y sentirse orgulloso de estar hecho de una sola pieza. Eso sí, no espere tomarse nunca una copa conmigo, porque su compañía debe de ser muy, muy, muy aburrida.

Culturamas, 11 de marzo de 2011

miércoles 9 de marzo de 2011

Microcosmos219: Callejón del Gato

Me hice incondicional de Valle-Inclán cuando, con once o doce años, cayó en mis manos El miedo, un relato breve incluido dentro de Jardín umbrío que probablemente haya releído cientos de veces y que, sin constituir nada espectacular, siempre ha sido una de las piezas literarias por las que más cariño he profesado. Por eso y porque la trilogía del Martes de carnaval fue la primera obra que vi representada en un teatro como Dios manda, y porque aún recuerdo el estremecimiento con el que recorrí junto a Max Estrella y Don Latino los tortuosos rincones de un Madrid decadente y alucinado, me gustó tanto encontrarme con el Callejón del Gato gracias a las inesperadas dotes de cicerone del poeta José Manuel Gallardo -quedaría muy bien decir que andábamos de ruta bibliófila, pero en realidad sólo callejeábamos a espaldas de la Puerta del Sol en busca de una terraza donde tomar una caña y fumar tranquilamente-, que sin pretenderlo me puso delante del lugar donde nació nada menos que un género literario. «Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada», puso Valle en boca de los protagonistas de Luces de bohemia en un momento en el que Max y Don Latino se detenían a tomar aire en ese rincón que, lo confieso, jamás creí que encontraría fuera de aquellas páginas. Pero el Callejón del Gato existe, comunica la calle de Espoz y Mina con la plaza de Santa Ana y, aunque no tenga más espejos cóncavos que los que ha instalado allí un bar a modo de 'atrezzo', no pude resistirme a la tentación de recorrerlo en un sencillo y particular homenaje al que probablemente fuese el primer posmoderno de nuestra literatura, o al menos el primero que entendió que a veces el único secreto para alcanzar a comprender algo del mundo radica en distorsionarlo hasta el delirio, en aplicar la lente sobre sus puntos oscuros para deformarlos y ampliarlos y apreciar así todos sus matices. El Callejón del Gato, plagado hoy de tabernas typical, pasará desapercibido para quienes no hayan abierto un libro en su vida y vaguen por las ciudades como si estuvieran en un supermercado. Para los demás, no dejará de ser el escenario de uno de los descubrimientos más gozosos de las letras hispánicas. Uno de esos lugares que, por anodinos que resulten, imprimen carisma a una ciudad. Al fin y al cabo, por allí se reflejaron, en una lúgubre noche de hace noventa años, las miserias de los héroes clásicos.

El Comercio, 9 de marzo de 2011

domingo 6 de marzo de 2011

Microcosmos218: Dar la cara

Lo único que no me gusta de Anonymous es precisamente lo que le da nombre, ese anonimato que lleva a quienes conforman el colectivo -aunque no sé si es atinado referirse a ellos de ese modo- a ocultar sus rostros tras la misma máscara que constituía el santo y seña de V de Vendetta (una muestra, no obstante, del buen gusto literario de quienes impulsaron la iniciativa) y que les convierte en una masa uniforme, en una multitud de individuos indiferenciables y homogéneos cuyo mensaje, lógico y razonable en la mayoría de los casos, termina perdiendo fuerza por esa decisión de anular sus fisonomías. No me gusta porque, precisamente, uno de los grandes males de internet, acaso el principal, sea las facilidades que ofrece para que cualquiera haga lo que le venga en gana sin identificarse y, por lo tanto, sin responsabilizarse verdaderamente de sus acciones. No hay más que darse una vuelta por las páginas web de los diarios para comprobar que son poquísimos aquellos que rubrican los comentarios con sus nombres y apellidos, y que cuando lo hacen no tardan en aparecer individuos deleznables que se amparan bajo nombres ficticios, o bajo esa misma etiqueta -en el fondo, bastante simplona- de anónimo, para insultar, menospreciar y dar rienda suelta a la cobardía acomplejada que les carcome, a ese rencor ciego contra el mundo que acaso les avergüence hasta el punto de intentar por todos los medios a su alcance que nadie pueda atribuir las palabras que dejan flotando en el limbo cibernético a las personas que dicen ser en la vida real. Que quienes protestan contra los desmanes de la ley Sinde y no buscan otra cosa que la apertura de un debate serio, sosegado y lleno de fundamentos en torno a la nueva era que estamos viviendo hagan uso de la misma estrategia que guía los pasos de esa escoria que a diario convierte la red en un lodazal, no deja de ser una contradicción que estaría bien deshacer lo antes posible. Porque aquí todos tenemos derecho a decir lo que queramos, pero también deberíamos tener la obligación de dar la cara. Aunque corramos el riesgo de que nos la partan.

El Comercio, 2 de marzo de 2011

Microcosmos217: Café Gijón


Quedé con Fernando Beltrán en el Café Gijón porque a los dos nos pillaba cerca y porque habían pasado diez años desde la primera y única vez que yo había estado allí. Entonces el mítico local del Paseo de Recoletos ya tenía un cierto regusto a naftalina, ya se iba convirtiendo en un recuerdo lejano de lo que una vez había sido, según una impresión que corroboré hace unos días, cuando Manuel Vicent -que fue uno de sus clientes más fieles, uno de los contertulios que más tiempo pasaron en sus veladores- me confesó que también llevaba una década, más o menos, sin acercarse por allí. El Gijón fue, según cuentan, un reducto de muchas cosas cuando en la calle apenas había ocasión para nada, un lugar donde cohabitaban pacíficamente las famosas dos Españas, sin más enfrentamientos que los puramente verbales y motivados por cuestiones casi siempre ajenas a la política, en un tiempo tan agreste y hostil que parece ya un lejano recuerdo aunque haya ocurrido anteayer. Hace una semana, cuando me encontré allí con Fernando y me fue explicando con su hablar pausado y suave la parte que él conocía de la intrahistoria del café -«en aquella mesa fundamos el sensismo, en esa otra tenía la tertulia Gerardo Diego.»-, el Café estaba casi vacío y en el hueco que antes había ocupado Alfonso («cerillero y anarquista», según una placa colocada allí en su memoria tras su muerte) ya no se vendía tabaco, sino paraguas, por cosas de la ley y de estos tiempos gilipollas. Aquel mismo día, pero unas horas después, cuando la noche ya había echado el telón sobre ese cielo que es el mayor atractivo de Madrid, volví a pasar por delante, aunque esta vez no entré y me limité a observarlo desde la calle. Iba con un amigo en busca de una coctelería que, según nos habían dicho, caía por Bárbara de Braganza, y en el Gijón apenas había gente: sólo un matrimonio parapetado bajo los espejos y un grupo de personas mayores que, sentadas a una mesa próxima a la barra, charlaban sin demasiado énfasis y acaso añoraban tiempos mejores, aquéllos en los que desde los ventanales del Café se veía pasar la vida y el viejo bar que hoy es un remanso de sosiego y languidez jugaba a creerse el centro del mundo.

El Comercio, 24 de febrero de 2011