miércoles 23 de febrero de 2011

Enciclopedia de Cueto

En el segundo encuentro que mantuve con Juan Cueto, allá por el mes de febrero del año pasado, recuerdo que hablamos de Egos revueltos, el libro de Juan Cruz que había salido por aquellas fechas y en el que el propio Cueto aparecía unas cuantas veces. Aquella tarde, en Somió, nació la idea de hacer algo que unas semanas después empezaría a convertirse en Cuando Madrid hizo pop. Conocí personalmente a Juan Cruz el pasado lunes, en la presentación de ese libro en la Fundación Museo Evaristo Valle, y un día después él escribió una crónica del acto que apareció publicada en la edición digital del diario El País y que reproduzco a continuación. Sobra decir que estoy tremendamente agradecido, y muy honrado, por las cariñosas menciones que se me hacen en ella.


Enciclopedia de Cueto

Llega Cuando Madrid hizo pop, del pensador y escritor asturiano

Durante años, Juan Cueto ha convivido con la enciclopedia y con las nuevas tecnologías; como dijo su colega Manuel Vicent anoche en el Museo Evaristo Valle de Gijón, siempre estuvo Cueto un rato por delante de todos los clarines de la modernidad. Y ha sido por eso, porque ha combinado la enciclopedia y las nuevas tecnologías con una inteligencia vivaz y rapidísima. Desde 1990, cuando creó Canal+, dedicó ese esfuerzo de modernización de la vida española sobre todo a sus tareas profesionales relacionadas con la televisión. Y se corría el riesgo de que a Cueto se le reconociera esto y no aquello, es decir, su lúcida interpretación de por dónde va el mundo en función de los aparatos que este crea.

Un joven de 30 años, Miguel Barrero, escritor y periodista, discípulo de Cueto, ha impedido que ese torrente de conocimiento y diatriba del pensador descendiente de Leopoldo Alas se quedara en la hojas volanderas de los periódicos o las revistas (EL PAÍS, sobre todo, entre ellos ) y lo ha reunido lo más granado, aquello que considera que puede dar una idea de "la mirada distraída" de Juan Cueto, en un libro que publica Trea y que se presentó anoche en el citado museo gijonés, a dos pasos de donde vive el autor. El libro se titula Cuando Madrid hizo pop y es una compilación que se lee como si uno estuviera siguiendo una carrera de motos extraordinarias, el vehículo, por otra parte, preferido de Juan Cueto.

Para esta salida el escritor ha tenido un padrino excepcional, que ha sido, además, compañero suyo en muchas lides periodísticas o públicas. Manuel Vicent, que fue quien introdujo a Cueto en esta aparición rara, pues Juan nunca se ha prodigado en este tipo de celebraciones. Vicent dijo que hasta que no llegó Cueto a Madrid, en la ciudad no se sabía lo que era la modernidad; él introdujo los términos que permitieron explicar cómo había dejado este país de ser una barriada tristona para convertirse, en los años de la llamada movida, en una especie de espejo refulgente de las noticias modernas que pasaban en otros sitios y que Juan desplegaba aquí (en Boccacio, por ejemplo) para que nos enteráramos de lo que valía un peine.

Juan Cueto, claro, le quitó importancia a esa intervención suya en la historia de la modernidad, e incluso explicó que no había ido tanto a Bocaccio como decía Vicent; pero sí afirmó que esta ciudad que tuvo boina y taxis oscuros le pareció cuando llegó (en avión, como Vicent, pero más tarde)"una ciudad interesante".

El auditorio del Museo Evaristo Valle estaba lleno de gente agradecida a Cueto, porque no sólo en Madrid fue adalid de lo moderno; su trabajo al frente de la histórica revista Cuadernos del Norte, su magisterio ante jóvenes (de los que ahora es símbolo Miguel Barrero, su antólogo) son algunos de los aspectos del inmenso trabajo que este enciclopedista equipado para la vida moderna ha hecho por esta región y por este país.

Vicent dice que Cueto adivina el futuro antes de que amanezca, y ya lo deja tendido ahí, para que los demás lo diseccionen. Ahora que estamos marcando el treinta aniversario del golpe, explicó el escritor de Tranvía a la Malvarrosa y Aguirre, el magnífico, conviene saber que hasta dos días después de aquella intervención militar zarrapastrosa no nos visitó la modernidad, y Cueto fue el clarín que la proclamó, para consolidarla luego con las invenciones que imaginó en sus artículos sobre la televisión, sobre las pantallas que venían arrasando y en su propia creación televisiva, Canal+, aquí, en Francia y en Italia.

El progreso como fracaso

El libro recoge muchos de los artículos en los que se sustancia esa intervención modernizadora de Cueto en la química cultural española. Barrero, el compilador, dice al principio de su prólogo lo que le sorprendió primero que nada de lo que le escuchó a su maestro. Cueto le dijo, como si sumara así la perplejidad en que vivimos: "El progreso fue un fracaso, porque el progreso no es solo lo que está delante; el progreso es bueno porque acumula memoria, pero el problema viene cuando salta por encima de la memoria y lo liquida todo, y yo ahora mismo me encuentro en un estado de perplejidad tremendo porque creo que se ha tratado el progreso muy aceleradamente".

Es un clarín de advertencia, una noticia de la perplejidad de Cueto.Cuando Madrid hizo pop es un antecedente de esa perplejidad, y es una explicación de por qué aquella combinación (enciclopedia, nuevas tecnologías) han mantenido alerta la lucidez con la que el pensador atlántico (él prefiere atlántico a cántabro, suma más) no se ha dejado engañar por las luces llenas de impostura de una modernidad sin discurso, basada más en la cultura que en la cultura, es decir, en la memoria.

Esta última reflexión de Cueto refleja su estado de alerta, esa sensación de que, como dice Vicent, llega siempre un minuto antes a aquello que luego es asunto de la conversación: "Para simplificar, la España joven pero muy vieja que solo utiliza los blogs como extensión y amplificación de las retóricas literarias políticas de la galaxia Gutenberg y se niegan, o no saben, utilizar las enormes posibilidades narrativas de esas nuevas imágenes que colonizan el ciberespacio, ensimismados como están en sus textos puros y broncos, y la otra España joven eminentemente audiovisual que no solo sabe producir y subir con desparpajo cortometrajes a la Red, sino que nos ha colocado como líderes mundiales de las descargas por Internet".

El texto procede de un artículo en el que analizaba el debate electoral entre Rajoy y Zapatero y se publicó el 3 de febrero de 2008. Alertas así hay centenares (sobre la violencia, sobre la moda, sobre la patria, sobre la política, sobre los medios) en Cuando Madrid hizo pop, una verdadera enciclopedia de Juan Cueto.


Foto Juan Cueto: Paco Paredes / El País
Foto presentación: La Voz de Asturias

domingo 20 de febrero de 2011

Están todos invitados



Les aseguro que escuchar a Juan Cueto y Manuel Vicent es todo un privilegio.

Innisfree04: De la política

No sé si ustedes lo han visto, pero circula por Internet un vídeo impagable en el que una diputada del PSC-PSOE en el Congreso de los Diputados comparece ante los medios, por lo que parece a última hora de la tarde, para informar de las circunstancias en las que se están desenvolviendo las reuniones del Pacto de Toledo. Como pertenezco al gremio y estoy más que curtido en esa clase de cosas, mi primera reacción fue la de alegrarme por no ser yo uno de los periodistas a los que le tocó estar allí sentado atendiendo a las palabras de la susodicha diputada, una tal Isabel López i Chamosa que es también administradora de una bitácora digital donde las faltas de ortografía y las incongruencias gramaticales campan por sus respetos, porque si algo hace ella es precisamente todo lo contrario de aquello para lo que se supone que debe servir una rueda de prensa, es decir, para aclarar, justificar o explicar datos que supongan alguna novedad, bien por sí mismos o bien porque modifican otros preexistentes que pierden su vigencia al ser sustituidos por los nuevos. En realidad, lo que la señora López i Chamosa acomete es una demostración de barullo mental, de indigencia intelectual, de pobreza dialéctica, que, por decirlo en román paladino, sólo sirve para meter miedo. Y, después de ver el vídeo cuatro o cinco veces, no sé qué me avergüenza más: si la torpeza de la que presume esa diputada de la que nunca antes había oído hablar (por suerte) o la falta de sentido del ridículo que se presupone en alguien que, aun consciente de sus limitaciones (porque no creo, o no quiero creer, que no lo sea), no duda en ponerse de cara al público para soltar todas las atrocidades que se le ocurran en ese momento.

No quiero decir con esto que los diputados del PSOE sean unos analfabetos, porque lo peor de todo es que el mal está extendido a lo largo y ancho del hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo y de todos los hemiciclos de que disponen las diecisiete autonomías que conviven en esta desgraciada España nuestra. Lo que quiero decir es que llega un punto en que se hace inevitable preguntarse en manos de quién carajo estamos, y ese interrogante, sensatamente meditado, no puede llevar a otro sitio que a la detección de un problema tan evidente como gravísimo que tiene su raíz profunda en el lenguaje. Sabemos, porque nos lo han repetido una y mil veces hasta la saciedad, que la democracia es el gobierno del pueblo o, por decirlo siguiendo a la Real Academia Española de la Lengua (que hace las cosas bien cuando no se dedica a quitar tildes, pero de eso hablaremos otro día), la «doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno» o el «predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado». Ocurre que, en la interesada acepción del concepto de pueblo que suele tener la política, tal definición se traduce en el axioma de que cualquiera (y cualquiera es cualquiera) puede acceder a un cargo de responsabilidad con tal de que se afilie a algún partido, aguante palos y carretas el tiempo conveniente y termine haciéndose con los favores del secretario general de turno. Decía Platón en La República que la forma ideal de Gobierno era aquélla en la que una élite intelectual gestionaba los asuntos de sus conciudadanos, que no estarían lo suficientemente preparados para el ejercicio del poder. Aquí, y en muchas otras partes, se ha llegado precisamente a lo contrario. Conozco a auténticos cabestros que han conseguido hacer carrera en más de un partido político, y a mucha gente inteligente y honesta que, pese a militar en ese partido, se vieron relegados por no comulgar con ruedas de molino ni estar dispuestos a tragar con el primer inepto que entraba por la puerta de la sede. En vez de medir muy mucho quién va en las listas electorales para tener claro que los candidatos a los elecciones serán los mejores (esto es, los más solventes, los más dignos, los más preparados para el ejercicio del poder), las candidaturas se confeccionan siguiendo tejemanejes tan burdos y chabacanos que da vergüenza mencionarlos y que terminan irremediablemente con las López i Chamosa de la vida dando lecciones de estulticia desde la primera tribuna que se les pone a tiro porque los inteligentes, los preparados, los serios, siempre acaban desistiendo y dedicándose a otra cosa ante tanto despropósito. Aristóteles, que también era un tipo listo, aseveró que el dominio de la retórica era una condición indispensable para ser un hombre público. Mirando a las Leirespajines, los ariascañetes, los martinezpujaltes, los carodroviras y demás fauna parlamentaria, lo único que uno puede hacer es apretarse los machos y rezar para salir lo más airoso posible de esta nueva invasión de los bárbaros.

Culturamas, 20 de febrero de 2011

Microcosmos216: Juguetes rotos

Nada me produce más fascinación que un ídolo cuando, de pronto, deja de serlo, y las imágenes de Ronaldo con la cara bañada en lágrimas en la rueda de prensa que dio para anunciar su despedida me hacen constatar que no soy el único al que le ocurre. Lo que nos epata de su claudicación, de esa derrota inaplazable ante el dolor propio y la humillación de verse convertido en un despojo, en una sombra de sí mismo, no es la nostalgia prematura por aquél que fue y ya no volverá a ser ni el recuerdo repentino de las jugadas que hiló para la posteridad ante una audiencia tan incrédula como enfervorizada, sino la inexorable certeza de que el fracaso existe y que también afecta a aquellos a quienes creemos tocados para siempre por el arbitrario y presuntuoso dedo de la gloria.

La comparecencia del antiguo astro brasileño ante los medios me retrotrajo a otro tiempo y otro lugar, un bar de la Salamanca de finales del siglo pasado, y a una tarde en que fui por allí con un amigo y él me señaló con el dedo a un hombre ya mayor, ajado, taciturno, que tomaba un vaso de vino sentado en completa soledad en una de las escasas mesas de que disponía el local. «Es Fulano», me dijo, «un antiguo ídolo del equipo de fútbol local». El tal fulano -no recuerdo ya su nombre, y tampoco mantengo ya el contacto con aquel amigo que podría recordármelo- había sido una auténtica figura allá por la década de los cincuenta o los sesenta. La afición coreaba su nombre cada vez que saltaba al campo, le invitaban en las tascas y sus andanzas amorosas, al parecer, provocaban las envidias de todos sus convecinos. Hasta que se retiró y, poco a poco, su estela fue apagándose en el transcurso implacable de los días. «Antes comentaba los partidos de la Unión en la prensa, pero ahora ni eso», siguió ilustrándome mi amigo. Lo observamos unos minutos, seguimos a lo nuestro y abandonamos aquel bar sin prestarle mucha atención. No sé qué pasó con Fulano ni puedo imaginar qué pasará con Ronaldo. Pero me temo lo peor teniendo en cuenta que, en ciertos aspectos, casi todos llevamos un niño dentro, y a los niños no les gustan nada los juguetes rotos.

El Comercio, 16 de febrero de 2011

sábado 19 de febrero de 2011

Grupo Salvaje

Desde la derecha: Manuel Vicent, Gonzalo Suárez, Juan Cueto y un servidor.

Lo que más me gusta de Madrid es que allí siempre estoy bien acompañado.

[El título de la foto, y del post, se le debe a Juan Carlos Gea]

lunes 14 de febrero de 2011

La visita al maestro

Desde El Comercio me pidieron un artículo sobre Cuando Madrid hizo pop (Ediciones Trea) con el propósito de publicarlo hoy, fecha en que el libro llega a las librerías de toda España. Como ya he dicho/escrito casi todo lo que se puede decir/escribir de ese libro, y como además soy el autor del prólogo, se me hacía imposible ponerme a hacer una crítica, o una reseña, o cualquier cosa que pretendiera ser medianamente imparcial. Así, pensé que lo más honesto era escribir un pequeño texto contando cómo había surgido todo. Y, ya de paso, aproveché y le robé el título a Philip Roth como homenaje a una novela que me gusta mucho. Éste es el artículo en cuestión:


En realidad todo comenzó mucho antes, pero no conviene ponerse ni moderadamente sentimental ni demasiado demagógico, y acaso lo más sensato sea empezar por aquella tarde de octubre de 2009 en la que, al fin, conseguí una buena excusa para conocer a Juan Cueto. El departamento de prensa de Cajastur me lo puso a huevo cuando me envió un correo electrónico en el que me informaba de una insólita promoción con la que ponía a la venta, a un precio casi irrisorio, la colección completa de Los Cuadernos del Norte, y no quise (no pude) desaprovechar una oportunidad que hasta entonces siempre se me había mostrado esquiva. Releo lo que llevo escrito hasta ahora y me doy cuenta de que mis buenas intenciones se han ido al garete, porque supongo que no puedo seguir sin explicar por qué siempre había querido conocer a Juan Cueto, y entonces tengo que referirme inexcusablemente a la biblioteca de mi padre, a la primera ojeada que eché, con quince años, sobre Los heterodoxos asturianos, a cómo en mis años de la Facultad procuraba no perderme ni uno solo de sus artículos en El País, a todas esas cosas que hicieron que Cueto, poco a poco, se fuese convirtiendo en uno de mis referentes más fiables.

Siempre había querido conocer a Juan Cueto, y por eso cuando el taxi me dejó a las puertas del Evaristo Valle y empecé a recorrer a pie los escasos metros que separaban el museo de la casa donde él vivía entonces noté cómo los nervios se me iban haciendo un ovillo en el estómago. Todas las preguntas que llevaba preparadas me parecían, de pronto, una soberana imbecilidad, y no estaba seguro de no acabar quedando en ridículo ante un tipo al que me veía incapaz no ya de sorprender, sino de inducir siquiera a una mínima reflexión propiciada por cualquiera de las cuestiones que yo iba a plantearle.

Consideré que lo más noble era decírselo, y aquel encuentro comenzó con un reconocimiento de mi impotencia al que él respondió con una carcajada y un «olvida todo eso» que mitigó en parte una desazón que sólo pudo desvanecerse minutos después, cuando, después de cuestionar él mismo, y uno por uno, todos sus méritos, me pidió que, por favor, dejase de tratarle de usted. La entrevista duró una media hora, pero la conversación, con la grabadora ya apagada, se prolongó durante toda la tarde. Me contó que lo había abandonado todo, que no pensaba escribir más, que el estrés le había dado un golpe importante y que había optado por alejarse del mundanal ruido. «Me lo he pasado muy bien», dijo al despedirnos, «vuelve cuando quieras».

Le tomé la palabra, y unos meses después volví a emprender el camino de Somió para visitarle aprovechando un partido del Sporting y sin otra intención que la de pasar unas horas charlando. A la semana siguiente, me encontré con el editor Álvaro Díaz Huici, le conté todo esto y entre los dos nos propusimos impedir que Cueto cumpliera del todo su voluntad de retirarse. Se nos ocurrió preparar un libro que compendiase las líneas maestras de una labor intelectual que, por muchas razones, andaba dispersa por mil sitios distintos, sin un nexo común que la homogeneizase. Nos costó convencerle, pero cuando al fin lo conseguimos él sólo puso tres condiciones muy razonables: «Que sea algo entre amigos. Que sea divertido. Que nos lo pasemos bien».

Así nació Cuando Madrid hizo pop. Todo lo demás está en el libro y, sinceramente, es mucho mejor leerle a él que perder el tiempo aquí conmigo. A fin de cuentas, si he contado todo esto es porque he elegido la versión larga de la historia. La corta puede resumirse en pocas palabras: un día descubrí que echaba de menos a Juan Cueto y fui a buscarle. Y le encontré.

El Comercio, 14 de febrero de 2011
Foto: Álex Piña

Innisfree03: Reducción al tópico


Vengo pensando desde hace tiempo que lo peor que le puede pasar a un escritor (y la aseveración no se ciñe sólo a ese gremio, sino que es extensible a todas las ramas imaginables del arte) es que o él o su obra terminen reducidos al más puro tópico. Es decir, a la banalización o la simplificación –siempre interesada, por supuesto, y convenientemente orientada hacia intereses nada dudosos– de un discurso del que a la postre sólo acaba trascendiendo el resumen, entendiendo como tal una versión homogénea y casi caricaturesca de aquél sometida siempre a los parámetros que más y mejor se ajusten a las conveniencias de una sociedad en la que el respeto a la labor de sus mejores hombres puede derivar y deriva muchas veces en una insana, y nada crítica, necrofilia.

Sé bien de lo que hablo. No puedo asegurar que ocurra en todas partes, aunque me imagino que sí, pero en Asturias, que es donde nací y (todavía) vivo, sabemos bastante del tema. Desde tiempos inmemoriales, toda la ciudad de Gijón se ha convertido en un gigantesco tributo a Jovellanos, y en este año en que se conmemora el bicentenario de su muerte quienes paseamos a diario por las calles de su villa natal nos hemos acostumbrado a desayunarnos con noticias, entrevistas y artículos de opinión que van de lo trivial a lo pintoresco y que no hacen más que consolidar una convicción muy arraigada en el subconsciente colectivo (aunque nunca tan enfatizada como ahora) que vendría a aseverar que todo gijonés que se precie ha de ser un acreditado jovellanista o, por lo menos, poner todo el empeño que pueda en intentarlo. Como es natural, para obtener el correspondiente certificado de amor al prócer nadie exige que uno acredite un profundo conocimiento de su obra ni acometa un concienzudo análisis de las ideas que promovió. Basta con recurrir a los tres o cuatro topicazos de siempre y lanzarlos ante una audiencia lo suficientemente amplia para que uno acabe disponiendo de plaza propia y vitalicia en cualquiera de los foros que en esta bendita urbe llevan en su bandera, no siempre de forma explícita, el nombre del ilustrado.

En Oviedo, unos pocos kilómetros al sur, la cosa es todavía peor: allí la devoción hacia Clarín alcanza unos niveles inexplicables por tanto que las autoridades y los vecinos del lugar no dejan de agradecerle que ocupara unos cuantos años de su vida en la escritura de La Regenta sin advertir que la susodicha novela –que no habrán leído demasiados de sus aduladores, me temo– es uno de los más furibundos alegatos contra la propia ciudad que escribirse pudieran, empezando por el topónimo ficticio que el propio Clarín le adjudica (el nada ambiguo Vetusta) y siguiendo por las descripciones de unos ambientes que no invitan precisamente al lector a avecindarse en la misma ciudad del Magistral, el provinciano donjuán Mesía o el cándido Frígilis. No se trata sólo de que una inmensa mayoría de los ovetenses vayan por la vida convencidos de que La Regenta es una novela que empondera y enaltece su ciudad, sino que la propia Oviedo lleva al menos década y media empeñada en transformarse a sí misma en Vetusta merced a una decoración urbana de reminiscencias decimonónicas que hace que, en determinados puntos del callejero, uno tenga la impresión de encontrarse en un extraño parque temático sobre no se sabe muy bien qué. Por no hablar de la horrorosa escultura de Ana Ozores que desde hace unos cuantos años preside una esquina de la plaza de la catedral para que los turistas (después de preguntarse quién será esa señora que posa tan engalanada ante el desangelado paraje que se abre a su espalda) se inmortalicen con la torre de la basílica, ese «delicado himno de dulces líneas de belleza muda y perenne» (según uno de los tópicos clarinianos más queridos en la capital asturiana), coronando sus testas.

Hay muchos más casos, y más sangrantes (al fin y al cabo, Clarín y Jovellanos no dejan de ser figuras muy respetables), y no necesito salirme del perímetro para enumerarlos: no se planteen visitar Navia sin enfrentarse, tarde o temprano, a las florituras del muy ripioso Campoamor; no piensen en acercarse por Laviana sin que les salga al paso el recuerdo del infumable Armando Palacio Valdés (recuerdo con espanto las horas que perdí en el bachillerato enfrascándome a mi pesar en la lectura de La aldea perdida) ni se les ocurra la posibilidad de ir por Avilés sin que nadie les indique dónde está la casa que acogió las andanzas ficticias de Marta y María. Pocos resistirán la tentación de caer, y hacerles caer a ustedes, en los más absurdos tópicos. Que, visto lo visto, son ya un argumento de autoridad como otro cualquiera, y le eximen a uno de tomarse esa pesada molestia de abrir un libro para aprender a pensar y evaluar por su cuenta.

Culturamas, 13 de febrero de 2011

sábado 12 de febrero de 2011

Fue bonito soñar

Fue bonito soñar, sí. Sobre todo, porque ni el más optimista de mis sportinguistas de cabecera apostaba por algo que no fuese una derrota más o menos digna, pero también porque el marcador aguanto en 1-0 hasta que el minutaje atravesó esa línea a partir de la cual lo imposible fantasea con convertirse en probable. Ganar a un grupete de amigos como el Real Madrid siempre es una hipótesis factible. Ganar a un señor equipo como el Barça, por el contrario, es siempre algo parecido a una quimera. El año pasado hubiéramos conseguido empatar si el árbitro no hubiese validado un gol que marcó Pedro como culminación de una jugada que nació de una falta mal sacada. Éste, habríamos ganado de no ser porque Villa (precisamente él, que todos los años se llena la boca con su amor por el Sporting y todos los años termina liándonosla) empalmó una vaselina y Cuéllar, que estuvo soberbio durante todo el encuentro, fue a cometer el único error de la tarde cuando más tenía que haber atinado. Hasta entonces, confieso que casi había estado más pendiente del marcador que del partido. Aquel 1-0 inscrito en las pantallas luminosas de El Molinón era un sueño que amenazaba a cada segundo con romperse. Uno no puede fiarse de una escuadra tan mayúscula como la del Barça, por muy bien que se plante, y menos cuando anda de por medio Pérez Lasa, un árbitro que a tenor de lo visto ayer debe de tener por lo menos un picadero por las Ramblas (y que conste que no entro ni de broma en la trampa del Villarato: el Madrid nunca ha podido ni puede quejarse en ese aspecto, que yo también los vi jugar aquí y también pude apreciar la diferencia de trato). Cualquiera, yo también, habría firmado un empate a las ocho en punto de la tarde. Pero después de tanto esfuerzo, el 1-1 final sabe, qué quieren que les diga, a poco. Al menos Barral marcó el gol de su vida (con lo que he despotricado yo contra él y la de muebles que nos está salvando últimamente, voy a tener que otorgarle el beneficio de la duda) y el Sporting hizo un trabajo tan serio que es inevitable pensar que, a poco que se mantenga esta línea, va a ser muy difícil que nos quiten la permanencia.

No puedo dejar de hacer una apostilla. No sé si recuerdan, yo sí, que hace algunos meses, en la cuarta jornada, también nos enfrentamos al Barcelona, en aquella ocasión en el Camp Nou, y un feriante con título de entrenador nos acusó, basándose en una alineación que ni conocía ni se molestó en analizar, de regalarle el partido a los chicos de la Ciudad Condal. Perdimos 1-0 y el destino nos brindó un estupendo acto de justicia poética cuando unas semanas después aquel feriante visitó Barcelona con sus marionetas titulares y recibió cinco goles como cinco puñaladas que todavía les escuecen a él y a su cohorte de palmeros. Si tuviesen algún tipo de dignidad (o una vigésima parte de ese famoso señorío del que alardean constantemente), aprovecharían la tarde de hoy para pedirle perdón al Sporting. Pero como en realidad son una banda de comemierdas, mucho me temo que terminarán callando como putas o, en el peor de los casos, acogiéndose a aquello del donde dije digo digo diego. Allá ellos. Hoy han quedado retratados. Una vez más. Como siempre.

Microcosmos215: Paradigma

Es un problema de fondo y nace de una percepción errónea por parte de todos nosotros. Lo que pasa es que todos creímos que internet era un medio cuando, a la larga, ha terminado revelándose como un lenguaje en sí mismo, con sus propios códigos y sistemas. Un lenguaje que, como siempre, se nutre de los lenguajes precedentes para formarse a sí mismo y que, poco a poco, ha ido modificando el paradigma social de una manera tan silenciosa como apabullante. Mientras todo esto ocurre en los hogares de nuestra era (y también en la calle con los ordenadores portátiles, los teléfonos móviles o las tarjetas de Apple), los que dirigen el cotarro andan, no es novedad, a verlas venir y sin entender nada y procuran poner puertas a un campo cuya geografía exacta desconocen en virtud de las exigencias de una vieja casta dominante que se alarma al percibir cómo su poder se reduce en la misma medida en que aumenta el de una masa hasta ahora informe y anónima que, de pronto, ha empezado a cobrar vida y a presentarse como una realidad tangible y exigente. Ocurrió en tiempos del Imperio Romano, cuando los resabiados patricios no acertaron a comprender que el mundo en que vivían estaba dejando de ser el que siempre habían conocido y eligieron -por inoperancia, por estulticia, por inconsciencia, por una mezcla de todas esas cosas- asistir como testigos privilegiados a su hundimiento en vez de salvarse contribuyendo a su reconversión.

El Poder en general (y los Gobiernos en particular) siempre ha preferido engendrar borregos antes que promover la libertad y el criterio. Es lógico: a todos nos gusta que nos den las cosas lo más masticadas posible. La estrategia suele funcionar durante un tiempo, pero no tiene una validez eterna. Principalmente, porque llega un momento en el que son sus propias criaturas las que acaban asumiendo el mando y quienes quedamos sometidos a sus caprichos hacemos lo posible para no parecernos en nada a ellas. Igual habría que explicar a esas supuestas élites que, por muy bien preparadas que crean estar, día a día demuestran su incapacidad para entender que los tiempos están cambiando. Y que ya no tienen cabida en este circo.

El Comercio, 9 de febrero de 2011

martes 8 de febrero de 2011

Cuando Madrid hizo pop

Cuando Madrid hizo pop, el nuevo y esperado libro de Juan Cueto, estará en las librerías de toda España el lunes 14 de febrero. A modo de adelanto, los lectores ya pueden descargar, en la web de Ediciones Trea, el artículo Cultura de la crisis, publicado originalmente en la Revista de Occidente en 1980. Si quieren acceder, no tienen más que pinchar aquí.

También pueden descargarse el prólogo que he escrito para el libro en cuestión (sobra decir que ha sido un placer, y que es un honor ver mi nombre asociado al de Cueto), que he titulado El sabio del norte y que pueden leer aquí.

sábado 5 de febrero de 2011

Nacho Vegas, en la Zona Sucia

No es que sea íntimo de Nacho Vegas, pero sí mantenemos una buena relación desde que, en febrero o marzo de 2004 -ya hace siete años, dios mío- nos conocimos con ocasión de una entrevista (un tanto surrealista) que le hice para El Comercio. Desde entonces, hemos venido tratándonos con frecuencia. Vivimos en la misma ciudad, solemos parar por los mismos sitios y tenemos unos cuantos amigos comunes. Eso ayuda.

Siempre le digo -y no es broma- que debe de ser el personaje al que más veces he entrevistado en mi trayectoria profesional. Ahora que no trabajo en ningún sitio, no puedo hacerlo, pero él tuvo la gentileza de pasarme, hace unos días, una copia del máster de La zona sucia, su último disco, que saldrá a la venta el 14 de febrero en el sello Marxophone. Yo, a cambio, he escrito un artículo que pueden leer aquí.

miércoles 2 de febrero de 2011

Microcosmos214: De Segunda

Del caso Renedo -que he ido siguiendo estos días por la prensa con una mezcla de estupefacción, cabreo, sorna e incredulidad- me fascinan, principalmente, dos cosas. La primera son sus propios protagonistas: una funcionaria transformada en nueva rica que no repara en hacer ostentación de su cargo social porque ella lo vale y dos figuras principales (un consejero y una alto cargo, nada menos) que parecen sacadas del reparto de las primeras películas de Berlanga, aquellas cuyos personajes daban la bienvenida a míster Marshall o hacían caja a costa de algún que otro milagro plantado a mitad de semana, y que en todos los retratos hacen gala de una austeridad dominica. No conozco personalmente a ninguno de los tres, y eso me permite disfrutar como un enano, y sin prejuicios, cada vez que me encuentro con sus fotografías en los periódicos y me veo asignando a cada uno un papel en esa presunta trama financiero-educativa que casi cuesta un disgusto a las tres manos inocentes que, sin saberlo, estaban amparando el aparente desfalco con sus nombres y apellidos.

La segunda cuestión que me tiene sorbido el seso es, precisamente, la que tiene que ver con el meollo del asunto. Se ha escrito mucho estos días acerca del carácter inaugural que estos hechos tienen en la hasta ahora anecdótica hoja de ruta de la corrupción astur y a la supuesta equiparación que, gracias a ellos, vendría a establecerse entre nuestra comunidad y otras que ya tienen más tradición en estos asuntos. No se ha dicho nada, en cambio, del agravio comparativo que subyace precisamente en la idiosincrasia de las corruptelas que nos ocupan. Porque si en el suntuoso Mediterráneo las autoridades trafican (presuntamente) con primeras líneas de playa, solares kilométricos, fastuosos campos de golf, hipnóticos hoteles de lujo e inmaculadas urbanizaciones, resulta que aquí, en esta humilde franja de tierra que se abre entre los Picos de Europa y el Cantábrico, la supuesta madre del cordero se encarna en mobiliario de oficina, equipos informáticos y bagatelas diversas que a buen seguro estarán provocando la carcajada de más de un corsario levantisco. Ni en esto, ay, somos capaces de estar en la vanguardia. Menos mal que tenemos al Sporting. Que, de momento, sí es de Primera.

El Comercio, 2 de febrero de 2011

Innisfree02: A propósito de Céline

Miguel de Cervantes no era trigo limpio. Sabemos de él que fue recaudador de impuestos, y nunca han estado del todo claros los motivos que le llevaron a dar con sus huesos en la cárcel, por más que la distancia que da el tiempo haya terminado por dulcificar su biografía. Se dice también que en su juventud pudo haber participado en un duelo en el que hirió a un tal Antonio Sigura, maestro de obras, y son apenas conocidos los ardides de los que se sirvió para entrar al servicio del luego cardenal Acquaviva durante su estancia en tierras italianas. El anonimato en el que transcurrieron la mayor parte de sus días consiguió que su biografía quedara edulcorada o, al menos, eximida de esas molestas zonas de sombra que quizás habrían empañado su recuerdo. La cuestión es si importa que Cervantes fuese amigo de lo ajeno, o un chisgarabís de tres al cuarto, o un individuo con el que valía más no cruzarse de noche en un callejón oscuro. La respuesta es que no. Lo que importa es que Cervantes fue, fundamentalmente, el autor de El Quijote. Es decir, de la mayor novela que han visto los tiempos. Todo lo demás queda para eruditos, biógrafos y enciclopedistas.

Viene esto al caso porque en Francia –un país por el que hasta ahora siempre había sentido gran respeto– acaban de prohibir un homenaje a Louis-Ferdinand Céline con motivo del quincuagésimo aniversario de su fallecimiento. Alegan las autoridades (es decir, el ministro de Cultura) que el susodicho había puesto su pluma «a disposición de una ideología repugnante, la del antisemitismo», y supongo que eso es algo imperdonable en una nación que tiene a una de sus máximas figuras autoritarias –el Napoleón que se encargó de derribar, uno por uno, aquellos tres grandes principios de la Revolución de 1789– enterrada en un fastuoso mausoleo frente a la torre Eiffel, en pleno centro de París. No sé si se ha formado mucho revuelo con motivo de tan grotesca salida de tono, pero me temo lo peor: la literatura ya no le importa a casi nadie, la gente está más preocupada por llegar a fin de mes que por lo que pueda pasar con la memoria de un escritor que lleva medio siglo muerto y, al paso que vamos, falta muy poco para que ni la cultura recuerde ya su propio nombre. Desconozco, asimismo, si el ministro de Cultura galo y el resto de quienes componen el gabinete gubernamental de Sarkozy se han molestado en leer algo de Céline. De haber ojeado siquiera su Viaje al fin de la noche (sería lo mínimo, pero uno ya no pide milagros), habrían observado que la novela, una de las cumbres de la narrativa europea del siglo XX –«la estética de la maldad puesta al servicio de un arrebatado nihilismo», como la definió Manuel Vicent–, contiene una de las críticas más lúcidas y descarnadas contra la guerra y el colonialismo que se han hecho nunca, y que, por muy «perfecto cabrón» que fuese (cito ahora al alcalde de París, señor Bertrand Delanoë), la de Céline fue una prosa genial que resultó implacable a la hora de arrojar luz sobre el muy oscuro siglo que quedó atrás hace ahora una década.

El caso de Céline, con todo y por desgracia, no supone nada demasiado nuevo. Por estas latitudes pudimos ver hace poco cómo se anulaba un acto en recuerdo de Agustín de Foxá por considerar el político de turno –que en este caso, y curiosamente, estaba en un partido cuyos miembros no dudan en citar sin empacho, y cada vez que pueden, al grandísimo Alberti, que fue toda su vida un contumaz estalinista– que las querencias franquistas del autor desautorizaban todo lo que pudiera haber escrito, de la misma manera que hasta no hace mucho uno no podía leer a Luis Rosales sin que algún listillo le advirtiese de que incurría en pecado mortal al disfrutar con los versos de quien presuntamente («calumnia, que algo queda», se suele decir) había delatado a García Lorca. Viendo cómo se las gastan ahora en el país vecino, tengo claro que esto sólo puede ir a peor. La repentina animadversión de la élite política francesa para con una de sus mejores plumas no hace más que confirmar que la estúpida ola de la corrección política es imparable, y que terminará arrollándonos. Me temo que, fruto de esa gilipollez que vemos ya encaramada en las más altas instancias, cualquier día acabarán prohibiendo a Quevedo por misógino, a Nabokov por pederasta, a Lowry por alcohólico y a Delibes por fumador. Ese día, alguien nombrará a Leire Pajín directora de la Biblioteca Nacional. Y entonces ya podremos irnos todos a la mierda.

Culturamas, 30 de enero de 2011