sábado 29 de enero de 2011

Microcosmos213: Jovellanos

Recién comenzado el año Jovellanos -aderezado inesperadamente con la resurrección de Álvarez-Cascos (este hombre debería mirarse lo suyo con el ilustrado: tanta fijación no puede ser sana) y su paseo triunfal por el antaño plácido césped de las encuestas-, releo, como método de desintoxicación preventiva, el fantástico texto que el gran Juan Cueto dedicó en Los heterodoxos asturianos al prócer gijonés (a Jovellanos, no a Álvarez-Cascos) y que constituye uno de los análisis más lúcidos e imparciales que se han hecho sobre la figura de quien fuera ministro de Gracia y Justicia en tiempos de Carlos IV. Escribe Cueto que la figura de Jovellanos aúna tantos progresemas como regresemas, y que es esa peculiar suma semántica la que propicia que su pensamiento sea reivindicado y asumido por igual a uno y otro lado del espectro político y que, a la hora de buscar un referente con el que justificar o magnificar sus propias ocurrencias, ni socialistas ni peperos (o foristas) duden lo más mínimo en echar mano de cualquiera de las frases del responsable de aquel famoso Informe sobre la ley agraria mientras sonríen satisfechos al verse equiparados por sí mismos a tan encomiable tótem. No tienen en cuenta estos abnegados tribunos dos detalles que, por lo demás, caen absolutamente de cajón: que Jovellanos, con ser hombre sensato y cabal, no tenía por qué tener razón en todo y que tampoco fue el mirlo blanco que se empeñan en dibujar sus hagiógrafos. Básicamente, porque era humano -aunque a veces no lo parezca, a tenor de lo que se dice y se escribe de él por estos pagos- y como tal no estaba libre de impurezas y contradicciones, por más que su admirable sentido de la dignidad lo hayan convertido en el non plus ultra de la pulcritud política que dicen defender todos sus presuntos seguidores y se haga la vista gorda con otras cuestiones que permitirían esbozar un perfil más veraz (también más sombrío) del personaje. Me temo que con Jovellanos, como con tantas otras cosas reducidas al tópico, se va más a lo superficial que a lo profundo; es decir, se presta más atención al contexto que al texto, y así no hay quien saque nada en claro. Tengo miedo de que nuestros jóvenes acaben pensando que Jovellanos fue un señor con peluca que anticipó en dos siglos la necesidad de una variante ferroviaria en Pajares y que murió mientras resistía heroicamente al invasor francés, pero supongo que a estas alturas ya no se puede pedir a cierta gente que defienda las ideas en detrimento del folclore. Tal vez ni siquiera son capaces de entenderlas.

El Comercio, 29 de enero de 2011

lunes 24 de enero de 2011

Un (imposible) cumpleaños feliz

Como toda afición, el sportinguismo tiene sus mitos. El más indeleble, también el más conocido allende el Piles, es el de Quini. Pero pocos recuerdan que, instalado a su vera en ese panteón de iconos que se ha venido construyendo desde 1905, a medida que avanzaba la historia, también figura el nombre de su hermano. Jesús Castro fue portero, estuvo dieciséis años en el Sporting -muchos de ellos constituyeron la época dorada del club- y murió en 1993 en la playa de Pechón (Cantabria). Estaba pasando allí sus vacaciones y un mal día vio a dos niños ingleses a punto de ahogarse en el mar. Aunque no sabía nadar, fue en su ayuda. Acabó salvando a los críos, pero no consiguió salvar su vida.

Tal día como ayer, Jesús Castro habría cumplido 60 años, y, aunque sólo fuera por eso, hubiese sido feo que el Sporting perdiera. Antes que la necesidad de la permanencia, está el deber de honrar a los mayores. El Atlético puso lo suyo, eso es innegable, pero no estoy de acuerdo con la inmensa mayoría de las crónicas que he leído hoy y en las que mis abnegados colegas aseveran que los gijoneses jugaron un partido nefasto, como tampoco creo que el colchonero fuese uno de los peores equipos que han pasado por El Molinón este año. El gol de Barral y el paradón de Cuéllar en el último minuto se narran como episodios anecdóticos olvidando que si Barral marcó fue porque estaba colocado ahí, y que lo de Cuéllar con los balones presuntamente imposibles no es cosa de ahora, y a aquel famoso partido de Valladolid me remito para demostrarlo. El Sporting, igual que en muchas ocasiones, planteó un partido serio teniendo en cuenta quién era el rival que tenía enfrente (un Atlético que siempre me ha caído bien porque representa la esencia macarra de esos equipos barriobajeros que se debaten continuamente entre el todo y la nada y, en consecuencia, encarna todo lo contrario que su antagonista merengón), igual que había hecho en casa contra el Villarreal, el Valencia o el Athletic y de manera no muy distinta a como afrontó los encuentros del Camp Nou (recordemos que nuestros suplentes perdieron allí por un gol mientras que los titulares del Madrid lo hicieron por cinco), El Sardinero o Cornellà-El Prat. La diferencia es que esta vez, para variar, la suerte se puso de nuestro lado, y dirán que es bien poco consuelo para encarar lo que queda de Liga, pero no es menos cierto que el partido de ayer suma tres puntos más y que no deja de ser cierto aquel dicho gijonés que asevera -en traducción libre al castellano- que en las subastas no se pregunta, sino que se apunta.

Permítanme concluir con un pequeño toque de humor. En Asturias hay una empresa de transportes que se llama Jesús Gil y que, al menos durante esta temporada, es una de las casas que patrocinan al Sporting. No dejó de ser simpático escuchar por la megafonía, en cuanto Barral hubo estampado el balón contra la red, esa frase -por lo demás, menos repetida en El Molinón de lo que nos gustaría- de Jesús Gil ha patrocinado el gol del Sporting. Seguro que Jesús Castro sonrió al escucharlo, desde dondequiera que esté.

Innisfree01: ETA y la verosimilitud

Como todo escritor o cineasta sabe, uno de los requisitos imprescindibles de cualquier narración es el de la verosimilitud, entendida no como la cualidad de aquello que no ofrece apariencia alguna de falsedad, sino como esa apariencia de verdadero que debe impregnar todo relato que pretenda hacer efectivo el pacto que se instaura entre creador y receptor cuando se abren las páginas de un libro o aparecen en la pantalla los créditos de apertura. Dicho de otro modo, aquello que acontece en una película, una novela, un cómic o cualquier artilugio de índole narrativa debe obedecer a una concatenación causa-efecto consecuente con el universo en el que se desenvuelve la acción, por más que éste se aleje palpablemente de las circunstancias que conforman lo que denominamos realidad.

El problema de ETA –y es una suerte que a estas alturas del partido su problema sea ése– es que ya no tiene cabida en la España del siglo xxi (ni tampoco en la de finales del xx, pero ése es otro tema) y que, en vez de acatar con resignación esa evidencia y replegar velas en pos de un final que nunca podrá ser digno pero sí medianamente satisfactorio para todos, se esfuerza en construir un relato a su medida que podría ser efectivo si no atentara directamente contra ese principio de verosimilitud al que me refería en el primer párrafo. El relato de ETA no es verosímil porque, principalmente, su fin nunca ha justificado sus medios, que se pueden conseguir por vías mucho más diplomáticas y efectivas, y no resulta nada convincente asumir el papel de víctima cuando previamente uno ha oficiado de verdugo y se ha llevado a la mochila todos los muertos que ha podido. Lo que la mayoría de la sociedad rechaza –y ETA lo sabe, aunque no lo admita y siga disfrazando sus comunicados con una retórica pro-aranista que mueve más a la indignación o al cachondeo que a la comprensión– no son sus veleidades independentistas, ni sus exigencias para las famosas siete provincias, ni su convicción de que España debe ser España y Euskadi, Euskadi. Eso, la verdad, está más visto que el tebeo: cada comunidad autónoma tiene su grupo o grupúsculo dispuesto a ensalzar las virtudes particulares en detrimento de las características generales, y hay algunos a los que no les va del todo mal y que, incluso, han obtenido logros más que aceptables dentro de este constreñido sistema en el que vivimos. En cambio, al personal sí le mosquea, y bastante, esa afición por llevar el dedo al gatillo antes de preguntar y esa extraña convicción (refutada constantemente por los hechos desde finales de los setenta para acá) de que las negociaciones funcionan mejor si previamente se llena la mesa de cadáveres. Ni siquiera en el caso de que contempláramos el asesinato como una arma ideológica válida y eficaz (creo que no hace falta decir que no es el caso) tendría ETA verosimilitud: basta un mero repaso a la lista de sus víctimas para comprobar que, en la gran mayoría de los casos, éstas obedecen más a una rara e indolente arbitrariedad que a una evaluación de los obstáculos que se presentan ante sus hiperbólicas expectativas. Los comunicados de la banda, por último, acaban por dinamitar en el plano formal esa verosimilitud que, como se ha visto, brilla por su ausencia en el ámbito del contenido: la estética pretransicional, la sintaxis asamblearia, la acumulación de adjetivos tras el sintagma alto el fuego y la ínfima calidad de las grabaciones ponen de manifiesto que éste ya no es su tiempo y dan, una vez más, plena validez a aquella aseveración del profesor Valverde que dictaminaba que no es posible que exista la estética si detrás no hay una ética.

Qué quieren que les diga. Pese a que cada vez disminuyen más las esperanzas que tengo puestas en el género humano, no termino de creer que ETA no sea consciente de todo esto. Lo que no sé si saben los miembros de la banda es que la falta de verosimilitud, además de echar al traste el tinglado, termina aburriendo mucho a la parroquia. Y lo suyo, la verdad, está resultando ya demasiado cansino.

Culturamas, 23 de enero de 2011

domingo 23 de enero de 2011

Innisfree, en Culturamas

A primeros de 2010, Javier Vázquez Losada -periodista cultural, director de la revista Otro Lunes y compañero de risas, cigarros y copas en las noches de la playa de La Franca- y Lorenzo Rodríguez Garrido -a quien (todavía) no conozco en persona- me comentaron que iban a poner en marcha una revista digital de cultura y me preguntaron si quería colaborar. No estaba entonces en mi mejor momento ni tenía muchas ganas de escribir nada en ningún sitio, así que dije que no. No obstante, fui siguiendo con cierta periodicidad las evoluciones de Culturamas -así bautizaron a su invento- e incluso escribí allí un pequeño artículo (en realidad, un párrafo) con ocasión de la muerte de Miguel Delibes.

El caso es que, un año después, Javier me reiteró su amable invitación. Esta vez dije que sí. Y aunque no me han puesto exigencias de ningún tipo, soy yo quien ha decidido incorporarse al plantel de la revista con una columna de opinión semanal que he bautizado como Innisfree -en claro y evidente homenaje a John Ford y El hombre tranquilo, que he vuelto a ver hace poco como el eficaz antídoto que es contra la chabacanería y el mal gusto imperantes- y en la que iré escribiendo sobre lo que me apetezca desde la convicción de que todo es (o influye en la) cultura. A la revista pueden entrar por aquí.

Y si quieren acceder directamente a mi artículo, no tienen más que pinchar aquí.

sábado 22 de enero de 2011

El sueldo de Teddy Bautista

Teddy Bautista -que es un músico que ni compone, ni toca, ni canta, ni graba, ni nada- dirige una sociedad de gestión de derechos a la que todos llamamos SGAE y cobra por ello 250.000 euros al año, y se jubilará llevándose al bolsillo el 60% de esa cantidad. Yo -que soy un escritor y periodista que ha escrito y escribe novelas, entrevistas, artículos de opinión, reportajes, críticas, crónicas, etc, etc, etc- no gano ni de lejos esa cantidad. Es más, esa cantidad es bastante superior a lo que costó mi piso, cuyo precio abonaré por completo -si no me da un jamacuco antes- dentro de 36 años y pico.

Teddy Bautista se defiende alegando que cuando empezó en la SGAE, allá por 1983, cobraba 300 euros a la semana en concepto de gastos. Yo hago cuentas y descubro que 300 euros son el equivalente a 50.000 pesetas de las de entonces, y que, teniendo en cuenta que un mes lleva cuatro semanas, el susodicho individuo se embolsaba 1.200 euros al mes como ayuda por gastos (así lo dijo, y sin despeinarse). Es decir, 200.000 pelas del ala en lo que vendrían a ser las dietas de toda la vida. Estábamos en 1983, recuerden. Si ustedes son ya veteranos, pueden preguntarse a sí mismos cuánto ganaban en sus respectivos trabajos por aquel entonces. Si son jóvenes, pueden preguntarles a sus padres. En cualquier caso, conviene que no tengan cerca un arma ni un objeto punzante susceptible de ser utilizado como tal. Pueden acabar cometiendo una barbaridad.

Teddy Bautista dice que a lo largo de su carrera (al cargo de la SGAE, porque de la musical hace mucho que no tenemos noticia) lo hizo muy bien y que por eso le fueron subiendo el sueldo hasta llegar a los 250.000 euros anuales (pueden hacer el cálculo exacto en pesetas, yo sólo diré que son más de 40 kilos). Y dice que pueden compararse sus retribuciones con las de cualquier otra sociedad de gestión o con los salarios de ejecutivos de empresas que tienen unos resultados económicos más o menos similares o superiores a los de la SGAE.

Sinceramente, me parece cojonudo que Teddy Bautista gane mucho dinero sin dar un palo al agua (musicalmente hablando). Lo que pasa es que, por un lado, creo que en este caso el cómo es bastante más importante que el qué, y que, por otro, me la suda muy mucho lo que pase con las sociedades de gestión de otros países. Porque resulta que si ese señor que ni escribe, ni compone, ni nada, gana ese pastizal, es porque yo -que ando rondando el mileurismo, como todo quisque- escucho canciones y veo películas de gente que sí compone y sí dirige y que en algún que otro caso no gana ni la mitad de lo que gana este individuo que, para más inri, se mete en el bolsillo una parte de la pasta que yo pago por un disco o un DVD en los que el gran Teddy no ha tenido absolutamente nada que ver. Porque resulta que la SGAE, además de llevarse una parte del PVP de todos los cedés y las pelis que tengo en casa, que son bastantes, también me ha cobrado por mi ordenador, por mi cámara de fotos, por mi teléfono móvil y por mis grabadoras. Por si acaso. Y que también les cobra impuesto revolucionario a los dueños de los bares en los que paro o los peluqueros que me cortan el pelo. Profesionales que tampoco ganan ni la mitad de lo que gana el señor Bautista en un año pese a que posiblemente trabajen bastante más que él.

Ocurre, además, que la sociedad de gestión que dirige el señor Bautista no se limita a gestionar los derechos de sus miembros, sino que además coacciona al Gobierno y a la sociedad para interpretar esos derechos como a ella le venga en gana y pretender exprimir a todo Dios a costa de unos criterios tan arbitrarios como peculiares. Me parece bien que el creador (no la SGAE, ojito) se lleve un porcentaje del PVP de su producto. Pero no que Alejandro Sanz (que, por cierto, se está luciendo, el chaval) se lleve un céntimo de euro cada vez que una canción suya suene en la emisora de radio que tiene sintonizada el tendero de la esquina. En primer lugar, porque la emisora de radio ya paga religiosamente un canon a la SGAE (¿?) en previsión de esa eventualidad. En segundo lugar, porque Alejandro Sanz ya ha cobrado lo que le correspondía por esa canción.

Ocurre, por último, que el Gobierno le hace caso a la SGAE, supongo que porque mola salir en la foto acompañados de cineastas, músicos y demás exponentes de la intelectualidad orgánica. Pero resulta que el Gobierno es el principal impulsor y mecenas de una magnífica Red de Bibliotecas que se extiende por toda España y en la que hasta hace poco (*) cualquiera podía leer mis libros, por poner un nimio ejemplo, sin pagarme a mí absolutamente nada. El usuario era libre de sacarlos, leerlos las veces que quisiera e, incluso, fotocopiarlos sin que nadie se enterase ni dijera esta boca es mía. Sobra decir que nunca se me ocurrió quejarme. Principalmente, porque mis libros ya están escritos y publicados, y yo ya he cobrado lo que buenamente me correspondía por ellos. A la SGAE, sin embargo, nunca le preocupó lo más mínimo este tema, ni le preocupa pensar que los tiempos están cambiando y que a ella, igual que a la industria que defiende, le toca readaptarse. A la SGAE lo único que le preocupa es que Teddy Bautista pueda seguir cobrando 250.000 euros al año. No vaya a morirse de hambre, el pobre.

(*) Digo hasta hace poco porque, que yo sepa (tampoco he seguido mucho el tema), de unos años para acá los usuarios de las bibliotecas pagan un canon por préstamo que vendría a ser similar al canon por copia y que, en teoría, sirve para que los escritores nos beneficiemos de esas lecturas de nuestra obra que llevan a cabo quienes toman prestados los libros en vez de comprarlos. A este respecto, una de dos: o algo no funciona como dicen o a mí no me lee ni Dios, porque todavía no he visto ni medio céntimo de euro.

miércoles 19 de enero de 2011

Donde nadie me llama


Tengo una relación curiosa con Fernando Beltrán (Oviedo, 1956). Nos conocimos hace relativamente poco y nos vemos muy de vez en cuando (una vez al año, y con suerte), pero a lo tonto hemos venido labrando una amistad sólida y cómplice que nos lleva a intercambiar correos esporádicamente o llamarnos cuando llevamos más tiempo del conveniente sin saber uno del otro. Lo mejor es que, si lo pienso, en realidad tampoco nos hemos tratado tanto cara a cara, pero lo cierto es que -no sé por qué- nos caímos bien desde el primer momento. La primera vez que nos cruzamos andaba de por medio Luis Eduardo Aute. La segunda, derrochamos copas y risas en unos encuentros literarios en Pravia. La tercera, comimos en un italiano de Madrid muy cuco y dimos un paseo memorable por la línea imaginaria que separa los barrios de Chamberí y Argüelles. La cuarta (y última hasta ahora, si no me equivoco), compartimos mesa y mantel en Grado con Luis Alberto de Cuenca, Antonio Gamoneda y Leopoldo Sánchez Torre. No hemos vuelto a coincidir, aunque siempre andamos planificando futuros encuentros: que si yo voy a Madrid, que si tú vienes a Asturias... En fin, supongo que es nuestro sino.

Ocurre que hace un par de días abrí el buzón y me encontré con un resguardo de Correos. En el remite, un simple Fernando-Madrid que no me ofreció la menor duda acerca de la identidad del remitente. Cuando acudí a la oficina, me hicieron entrega de Donde nadie me llama (Hiperión), una antología que reúne lo mejor de todo lo que ha publicado Fernando hasta la fecha, que ha sido bastante. Me he reencontrado, así, con poemas que ya conocía (porque, creo que no lo he dicho, él es poeta; ¿qué otra cosa va a ser un tipo que trabaja poniéndoles nombres a las cosas?) y con otros nuevos. También con algunos que, por otra razón, llevan ya un tiempo viajando conmigo. Como éste:

Mujer de un solo ojo.

Partida por la cal

de una columna en medio

sólo alcanzo contigo el compromiso
de una pasión a medias.

Pero amar es así,
nunca te muevas.

Eres mi otra mitad,
mi amor entero.

Microcosmos212: La clase

Con lo que ha llovido y hay gente que todavía no sabe que la clase no se compra con dinero. Los hay que nacen con ella y los hay que se la trabajan con esmero y dedicación a lo largo de su vida, pero no sé de nadie que, a la larga, haya sido capaz de aparentar lo que no es mediante el uso arbitrario, descontrolado y casi siempre pintoresco del vil metal. La clase (distinción, categoría, según la octava acepción del término en el Diccionario de la RAE) no se canjea por un puñado de euros, por mucha limusina o mucho guateque que uno pretenda echarle al asunto, sino que está (o no) en el interior de cada uno, como el sentido común o los instintos homicidas. Y aunque, por educación o por pereza, casi todos acabemos entrando en el juego, un paleto no puede pretender disfrazarse de señor respetable, por mucho que se vista de Armani o guste de alquilar alfombras rojas sobre las que posar sus pies en las fiestas de guardar que él mismo organiza para darse betún.

En Salamanca, en mi época de estudiante, había un vagabundo que solía pedir limosna frente al colegio mayor donde yo vivía. Como nos cruzábamos con él día sí y día también, de camino a la Facultad o cada vez que emprendíamos el descenso hacia el casco histórico, acabamos enterándonos de que se llamaba Raimundo y de vez en cuando le echábamos unas monedas -si es que las teníamos- y nos parábamos un rato a charlar de cómo nos iban las cosas. Una noche, le encontramos en un bar no muy alejado de la esquina en la que le veíamos siempre con su chaqueta llena de remiendos y los pantalones raídos. Íbamos bastante achispados, así que empezamos a hablar con él mientras los vasos de vino se acumulaban sobre la barra.

Una o dos horas después, cuando entendimos que había llegado el momento de emprender la retirada, nos ofrecimos a pagar también sus consumiciones. En cuanto escuchó nuestra proposición, endureció el gesto, nos miró como si acabásemos de herirle en lo más profundo de su amor propio y llamó la atención del camarero. Ni se os ocurra. A estas horas yo ya no estoy de servicio, dijo antes de llevar la mano al bolsillo y sacar un puñado de billetes con el que pagó todas las rondas.

Después, agradeció nuestra compañía y se fue sin añadir ni una palabra. Tampoco yo voy a añadir más. Creo que ustedes ya me entienden.

El Comercio, 19 de enero de 2011

domingo 16 de enero de 2011

Microcosmos211: Quinta del Sordo

Uno de mis rincones preferidos de Madrid desapareció hace muchos años, bastante antes de que yo viniese al mundo, y creo que no hay ni una sola fotografía que permita la más mínima elucubración acerca de cuál pudo ser su aspecto, pero a mí me gusta fantasear cada vez que voy por la ciudad y tengo tiempo para acercarme al Museo del Prado. Estaba muy cerca de la ermita de La Florida, a orillas del Manzanares, probablemente cerca de ese paseo por el que tanto disfruto caminando al atardecer, y no debía de ser gran cosa a ojos de los transeúntes, porque era su interior el que albergaba la belleza y la sordidez del mundo que su propietario, el mejor pintor español que han visto los tiempos, quiso reflejar en sus paredes.

Alguna vez he querido imaginar, y no he podido, cómo transcurrieron los años que Goya pasó viviendo en la Quinta del Sordo. Me he preguntado cómo sería habitar aquellos muros poblados de imágenes fantasmagóricas y dementes infames, de qué manera se desenvolvería una rutina fundamentada en el retrato pormenorizado de las miserias agazapadas en esa psique que, según las corrientes más deterministas, nos define como pueblo. He vuelto a ver ahora las Pinturas Negras en las imágenes que tomó Jean Laurent hace dos siglos, antes de que fueran traspasadas de la pared al lienzo, y me he estremecido secretamente al descubrir una crueldad desconocida en la mirada alucinada de Saturno, al discernir mejor las arrugas que dibuja la ira en los protagonistas de la Riña a garrotazos, al descubrir que aquella casa que se alzaba junto a un río que ni siquiera merecía ser considerado como tal era aún mucho más tétrica de lo que cabría esperarse. Aquel artista anciano y enfermo se despertaba cada día arrullado por las encarnaciones del mal que habían salido de su propia paleta y se acostaba escuchando el quejido de una España enloquecida que caminaba hacia su propia destrucción y que, acaso inconscientemente, él definía en pinceladas exactas y dolorosas, tan bellas como desasosegantes. No, uno no puede imaginar cómo era la vida en la Quinta del Sordo, y quizá deba limitarse a contemplar las escenas que una vez decoraron sus recovecos, aunque sólo sea para conocer a los monstruos que acechan cuando se rompe la lógica y la razón duerme.

El Comercio, 16 de enero de 2011

miércoles 12 de enero de 2011

Vuelve Juan Cueto

Ya dejé caer algo por aquí hace unos días, pero hoy lo cuenta con pelos y señales El Comercio, así que, de alguna manera, puede decirse que la cosa es oficial. Copio el primer párrafo de la noticia:

Dos décadas después de la aparición de su último libro, y cuando están a punto de cumplirse tres años desde que decidiera abandonar sus colaboraciones en prensa y retirarse a un segundo plano, Juan Cueto (Oviedo, 1942) volverá a las librerías en febrero con Cuando Madrid hizo pop (Trea), un volumen que recupera libros hoy inencontrables, artículos y conferencias inéditas para articular un viaje que se inicia en la España de finales de los setenta y concluye en nuestros días y en el que el escritor y comunicólogo afincado en Gijón analiza el cambio de modelo económico, la consolidación del fenómeno pop en España o los pormenores y consecuencias de lo que conocemos como globalización...

Si les interesa el tema, sigan leyendo.

Foto: Álex Piña

lunes 10 de enero de 2011

Adolfo P. Suárez

Creo que ya he hablado alguna vez aquí de Adolfo P. Suárez (Gijón, 1976), pero la ocasión bien merece reincidir en el tema. Nos conocimos el verano pasado (aunque ya teníamos trato por Internet algo antes y habíamos coincidido anteriormente en persona, en circunstancias que no voy a detallar aquí), y desde hace poco menos de un año vengo siguiendo su obra con especial atención. Por suerte, conocí su pintura antes que a él, y eso permite que pueda decir aquí sin sonrojarme que me gusta mucho todo lo que hace, tanto los cartones de gran tamaño como los lienzos o los pequeños apuntes a la acuarela con los que entretiene sus viajes o las esperas en los cafés. Le entrevisté hace poco por El Comercio y le dediqué un par de páginas en uno de los últimos números de El Súmmum que dirigí, pero si vuelvo a hablar de él aquí es porque hoy, precisamente hoy, ha inaugurado su página web. Que, aunque aún está por retocar, permite que los que no lo conozcan lo vayan conociendo. Y también que quienes ya sabíamos de él podamos seguir disfrutando, de otra manera, de sus cuadros.

Pueden entrar o por aquí o pinchando en el enlace correspondiente, a la derecha de esta página.

miércoles 5 de enero de 2011

Microcosmos210: Fascismo

Como la sociedad es desmemoriada y la ignorancia -no sé si por las sucesivas reformas de los planes educativos o por la querencia que los tiempos que corren parecen mostrar hacia la estulticia generalizada- se ha hecho fuerte entre nosotros, quiero pedirles que se vengan de viaje conmigo hasta la Alemania de 1933. Hitler acaba de ser nombrado canciller y comienza su campaña de persecución, acoso y confinamiento contra los judíos. No sólo les culpa de una buena parte de los males que atenazan a la nación -derrota en la I Guerra Mundial incluida-, sino que les humilla encerrándoles en guetos y obligándoles a que cosan la estrella de David en sus ropas para que todos los que se crucen con ellos por la calle reconozcan al instante su condición. La cosa no acaba ahí: cualquiera puede denunciar al vecino del quinto -a través de cauces dispuestos y bien promocionados por el propio Estado-, siempre que sea semita, y achacarle el delito más inverosímil. Nadie va a pedir explicaciones, y por descontado ningún juez requerirá que se aporten pruebas de la acusación ni se respetarán su derecho a la intimidad ni sus propiedades. Bastará con la palabra del denunciante para que el denunciado acabe dando con sus huesos en un campo de concentración. Huelga decir que nadie se escandaliza lo más mínimo. Al contrario: los que no jalean el invento, se hacen los locos y miran para otro lado.

Así fue Europa hace unos cuantos años, aunque tampoco demasiados. Los más incautos pensarán que todo eso ya pasó, pero basta con darle un breve repaso a la Historia (con mayúscula) para comprobar que el fascismo -que existía incluso antes de recibir tal nombre- vuelve cada cierto tiempo, y que siempre lo hace con una careta distinta. Empieza con un embrión, un es sólo un caso puntual, un aquí no va a pasar nada, un va en beneficio de la mayoría, y termina arrasando todo cuanto encuentra a su paso. Mis lectores, que son inteligentes (y si no, no me interesan), sabrán encontrar el oportuno paralelismo. Yo sólo diré, a modo de cierre, que espero que no llegue un momento en el que sea ya demasiado tarde para todos.

El Comercio, 5 de enero de 2011

lunes 3 de enero de 2011

El cigarrillo de Sartre

En abril de 2005 empecé a colaborar en un mensual gratuito en el que estuve escribiendo columnas de opinión hasta finales de ese año, más o menos. El primer artículo que publiqué allí, lo he recordado ahora por razones obvias, fue éste, que he conseguido rescatar, insospechadamente, gracias al bendito Google. No es que esté orgulloso de él (fiel a mis convicciones, no le he revisado ni las comas, aunque a día de hoy modificaría algunas cosas; y, para ser sincero, en algún que otro párrafo me resulta hasta simplón -sean benevolentes, tenía 24 añitos-), pero me parece que viene al caso:


El cigarrillo de Sartre

Leo en un diario nacional que, a la hora de elaborar el cartel de la exposición conmemorativa del centenario de Jean Paul Sartre, sus autores decidieron borrar del retrato del filósofo un cigarrillo que aparecía entre sus dedos. El motivo, según la prensa, no es otro que el de evitar hacer publicidad del tabaco, ese vicio tan pernicioso que aniquila cada día a cientos (o miles, o millones) de personas a lo largo y ancho del orbe. Y es que ya se sabe. ¿Qué pensarán los franceses, conciudadanos del sabio, al saber que éste no dudaba en entregarse día y noche a los placeres del humo y la nicotina? ¿Cómo seguir leyendo a escolares y bachilleres los textos de alguien que constantemente inundaba sus pulmones de alquitrán, inconsciente (o no, quién lo sabe) del daño que a medio o largo plazo podía hacerle a su salud? ¿Seguiría siendo su pensamiento un referente mundial si trascendiera su afición a jugar con su propia vida sin recato ni pudor?

Difíciles tiempos éstos en los que basta un simple cigarrillo para poner en duda la honorabilidad de alguien. Si las autoridades francesas pretendían ocultar al país la condición de fumador del pensador podrían, simple y llanamente, haber escogido otra fotografía. Pero han sido chapuzas hasta en eso y se han visto obligadas a dar una explicación que, como no podía ser de otra manera, les ha puesto en evidencia.

La verdad es que me hace bastante gracia (procuro tomármelo bien) la continua persecución que sufre el tabaco por parte de las autoridades desde hace unos años. Se prohíbe fumar en el trabajo, se confina a quienes con él disfrutan a reunirse en ínfimos zulos donde a menudo el tan cacareado daño a la salud no hace más que agudizarse y se emiten por televisión anuncios que parecen surgidos de mentes tan enfermas como infantiloides. Pero al mismo tiempo nos incitan a comprar coches que alcanzan velocidades inverosímiles, nos muestran cómo un presidente de dudosa capacidad intelectual (que tampoco fuma, por cierto) acribilla en un día a cientos de iraquíes sin despeinarse ni borrar de sus labios su sonrisa analfabeta y se venden a los críos videojuegos donde abofetear prostitutas puede suponer una recompensa de cien puntos y en los que sólo siendo el más chulo del barrio se puede alcanzar la victoria final. Se instaura, en suma, una sociedad en la que todo vale si lo que se persigue es el éxito en lo que sea. Se permiten —o se toleran, aunque a veces sea difícil separar el significado de ambos verbos— la rapiña, la envidia, la usura, la villanía y hasta —en circunstancias extremas, o quizás no tanto— el asesinato. Pero eso sí. Fumar, lo que se dice fumar, que no fume nadie. Y no nos queda más remedio que agradecer el consejo.

Ciudad Lineal, abril de 2005

sábado 1 de enero de 2011

Balance de una década

Éste era yo en los primeros años de la década que acaba de finalizar:

La foto me la sacó Raúl en septiembre de 2001. Unos días antes los talibanes habían echado abajo las Torres Gemelas. Parece que ha pasado una eternidad, y ni siquiera han transcurrido diez años. Por aquél entonces yo estaba harto de Salamanca -la ciudad en la que vivía- y aprovechaba la menor oportunidad para largarme a Madrid -la ciudad en la que quería vivir- y estaba a punto de terminar la carrera y todavía creía en algunas cosas por las que hoy no daría ni dos duros. Como todo el mundo a esa edad, no sabía nada de la vida, pero creía que lo sabía todo. Hoy sigo siendo un ignorante, pero al menos he aprendido a reconocerlo.

No recuerdo muy bien qué esperaba entonces, pero sí que quería ser escritor, y que unos meses después de que se tomara esta foto publiqué mi primer texto serio, un cuento por entregas que apareció en el diario La Nueva España y que ya no conservo. Cosa de la que me alegro. Seguramente me moriría de vergüenza si me diese por echármelo ahora a los ojos, y bastante tengo con encontrarme de vez en cuando en antiguas carpetas manuscritos que, no sé por qué, nunca acabo de tirar a la basura.

Desde allí hasta aquí, han pasado muchas cosas. Las ha habido buenas, y malas, y regulares. He vivido en cuatro ciudades (Salamanca, Madrid, Mieres, Gijón), he publicado tres novelas (y a veces me parecen muchas), he escrito demasiadas cosas (cuentos, noticias, reportajes, entrevistas, artículos de opinión, críticas literarias y musicales y cinematográficas y hasta teatrales, crónicas futbolísticas), he leído unos cuantos libros, he ganado algún que otro premio, he trabajado en varios sitios (dos periódicos, un semanario, una agencia de comunicación, un partido político), he dirigido una revista, he hecho una película, he conocido gente estupenda, he tenido que tratar con más de un impresentable, he hecho amistades firmes y enemistades rocosas, lo he pasado maravillosamente y también he sufrido cuando tocaba, me han adulado y me han dado palos, he conocido lugares nuevos y he seguido frecuentando los de siempre. A veces hice las cosas bien. Otras (más de las convenientes), la cagué. Me temo que seguirá ocurriendo.

Éste soy yo a día de hoy.


Juzguen ustedes el cambio. Yo estoy ocupado empezando otra década.