El Comercio, 29 de enero de 2011
El Comercio, 5 de enero de 2011
Como todo escritor o cineasta sabe, uno de los requisitos imprescindibles de cualquier narración es el de la verosimilitud, entendida no como la cualidad de aquello que no ofrece apariencia alguna de falsedad, sino como esa apariencia de verdadero que debe impregnar todo relato que pretenda hacer efectivo el pacto que se instaura entre creador y receptor cuando se abren las páginas de un libro o aparecen en la pantalla los créditos de apertura. Dicho de otro modo, aquello que acontece en una película, una novela, un cómic o cualquier artilugio de índole narrativa debe obedecer a una concatenación causa-efecto consecuente con el universo en el que se desenvuelve la acción, por más que éste se aleje palpablemente de las circunstancias que conforman lo que denominamos realidad.
El problema de ETA –y es una suerte que a estas alturas del partido su problema sea ése– es que ya no tiene cabida en la España del siglo xxi (ni tampoco en la de finales del xx, pero ése es otro tema) y que, en vez de acatar con resignación esa evidencia y replegar velas en pos de un final que nunca podrá ser digno pero sí medianamente satisfactorio para todos, se esfuerza en construir un relato a su medida que podría ser efectivo si no atentara directamente contra ese principio de verosimilitud al que me refería en el primer párrafo. El relato de ETA no es verosímil porque, principalmente, su fin nunca ha justificado sus medios, que se pueden conseguir por vías mucho más diplomáticas y efectivas, y no resulta nada convincente asumir el papel de víctima cuando previamente uno ha oficiado de verdugo y se ha llevado a la mochila todos los muertos que ha podido. Lo que la mayoría de la sociedad rechaza –y ETA lo sabe, aunque no lo admita y siga disfrazando sus comunicados con una retórica pro-aranista que mueve más a la indignación o al cachondeo que a la comprensión– no son sus veleidades independentistas, ni sus exigencias para las famosas siete provincias, ni su convicción de que España debe ser España y Euskadi, Euskadi. Eso, la verdad, está más visto que el tebeo: cada comunidad autónoma tiene su grupo o grupúsculo dispuesto a ensalzar las virtudes particulares en detrimento de las características generales, y hay algunos a los que no les va del todo mal y que, incluso, han obtenido logros más que aceptables dentro de este constreñido sistema en el que vivimos. En cambio, al personal sí le mosquea, y bastante, esa afición por llevar el dedo al gatillo antes de preguntar y esa extraña convicción (refutada constantemente por los hechos desde finales de los setenta para acá) de que las negociaciones funcionan mejor si previamente se llena la mesa de cadáveres. Ni siquiera en el caso de que contempláramos el asesinato como una arma ideológica válida y eficaz (creo que no hace falta decir que no es el caso) tendría ETA verosimilitud: basta un mero repaso a la lista de sus víctimas para comprobar que, en la gran mayoría de los casos, éstas obedecen más a una rara e indolente arbitrariedad que a una evaluación de los obstáculos que se presentan ante sus hiperbólicas expectativas. Los comunicados de la banda, por último, acaban por dinamitar en el plano formal esa verosimilitud que, como se ha visto, brilla por su ausencia en el ámbito del contenido: la estética pretransicional, la sintaxis asamblearia, la acumulación de adjetivos tras el sintagma alto el fuego y la ínfima calidad de las grabaciones ponen de manifiesto que éste ya no es su tiempo y dan, una vez más, plena validez a aquella aseveración del profesor Valverde que dictaminaba que no es posible que exista la estética si detrás no hay una ética.
Qué quieren que les diga. Pese a que cada vez disminuyen más las esperanzas que tengo puestas en el género humano, no termino de creer que ETA no sea consciente de todo esto. Lo que no sé si saben los miembros de la banda es que la falta de verosimilitud, además de echar al traste el tinglado, termina aburriendo mucho a la parroquia. Y lo suyo, la verdad, está resultando ya demasiado cansino.
Culturamas, 23 de enero de 2011
A primeros de 2010, Javier Vázquez Losada -periodista cultural, director de la revista Otro Lunes y compañero de risas, cigarros y copas en las noches de la playa de La Franca- y Lorenzo Rodríguez Garrido -a quien (todavía) no conozco en persona- me comentaron que iban a poner en marcha una revista digital de cultura y me preguntaron si quería colaborar. No estaba entonces en mi mejor momento ni tenía muchas ganas de escribir nada en ningún sitio, así que dije que no. No obstante, fui siguiendo con cierta periodicidad las evoluciones de Culturamas -así bautizaron a su invento- e incluso escribí allí un pequeño artículo (en realidad, un párrafo) con ocasión de la muerte de Miguel Delibes.
Teddy Bautista -que es un músico que ni compone, ni toca, ni canta, ni graba, ni nada- dirige una sociedad de gestión de derechos a la que todos llamamos SGAE y cobra por ello 250.000 euros al año, y se jubilará llevándose al bolsillo el 60% de esa cantidad. Yo -que soy un escritor y periodista que ha escrito y escribe novelas, entrevistas, artículos de opinión, reportajes, críticas, crónicas, etc, etc, etc- no gano ni de lejos esa cantidad. Es más, esa cantidad es bastante superior a lo que costó mi piso, cuyo precio abonaré por completo -si no me da un jamacuco antes- dentro de 36 años y pico.
Ya dejé caer algo por aquí hace unos días, pero hoy lo cuenta con pelos y señales El Comercio, así que, de alguna manera, puede decirse que la cosa es oficial. Copio el primer párrafo de la noticia:
Creo que ya he hablado alguna vez aquí de Adolfo P. Suárez (Gijón, 1976), pero la ocasión bien merece reincidir en el tema. Nos conocimos el verano pasado (aunque ya teníamos trato por Internet algo antes y habíamos coincidido anteriormente en persona, en circunstancias que no voy a detallar aquí), y desde hace poco menos de un año vengo siguiendo su obra con especial atención. Por suerte, conocí su pintura antes que a él, y eso permite que pueda decir aquí sin sonrojarme que me gusta mucho todo lo que hace, tanto los cartones de gran tamaño como los lienzos o los pequeños apuntes a la acuarela con los que entretiene sus viajes o las esperas en los cafés. Le entrevisté hace poco por El Comercio y le dediqué un par de páginas en uno de los últimos números de El Súmmum que dirigí, pero si vuelvo a hablar de él aquí es porque hoy, precisamente hoy, ha inaugurado su página web. Que, aunque aún está por retocar, permite que los que no lo conozcan lo vayan conociendo. Y también que quienes ya sabíamos de él podamos seguir disfrutando, de otra manera, de sus cuadros.
Difíciles tiempos éstos en los que basta un simple cigarrillo para poner en duda la honorabilidad de alguien. Si las autoridades francesas pretendían ocultar al país la condición de fumador del pensador podrían, simple y llanamente, haber escogido otra fotografía. Pero han sido chapuzas hasta en eso y se han visto obligadas a dar una explicación que, como no podía ser de otra manera, les ha puesto en evidencia.
La foto me la sacó Raúl en septiembre de 2001. Unos días antes los talibanes habían echado abajo las Torres Gemelas. Parece que ha pasado una eternidad, y ni siquiera han transcurrido diez años. Por aquél entonces yo estaba harto de Salamanca -la ciudad en la que vivía- y aprovechaba la menor oportunidad para largarme a Madrid -la ciudad en la que quería vivir- y estaba a punto de terminar la carrera y todavía creía en algunas cosas por las que hoy no daría ni dos duros. Como todo el mundo a esa edad, no sabía nada de la vida, pero creía que lo sabía todo. Hoy sigo siendo un ignorante, pero al menos he aprendido a reconocerlo.