
Hacía bastante tiempo que no iba por este lugar. Es la casa de los Panero, en Astorga, y hoy tiene poco de ver con el edificio que yo conocí cuando, una mañana de finales de abril de 2005, me vi por primera vez ante sus puertas. Ya he contado alguna vez (bastantes, me temo) cómo desemboqué allí después de una conversación con Nacho Vegas a propósito de El desencanto, una película que a ambos nos gustaba mucho, y de qué manera aquel encuentro fue el principio de una especie de obsesión que se terminó materializando en un documental (La estancia vacía, 2007) y una novela (Los últimos días de Michi Panero, 2008) que tuvieron una fortuna desigual y ocuparon una buena parte de mi vida, hasta el punto de que me dediqué casi en exclusiva a las dos hasta que, tras ganar el Juan Pablo Forner con aquel libro que tanto me costó dar por terminado, decidí dar carpetazo al asunto y pasar a otra cosa.
En Astorga hice amigos y he tenido un sitio donde dormir siempre que lo he necesitado. También conozco allí algún que otro lugar en el que buscar refugio cuando acecha el temporal. Por eso pensé que mi alejamiento había sido un tanto injusto, que el hartazgo paneriano que me había embargado después de tantos esfuerzos (algunos ciertamente inútiles) no tenía por qué extenderse a una ciudad en la que tan bien me habían tratado siempre, pero no sé si porque me resultaba imposible disociar a los Panero de su hábitat primigenio o porque no me apetecía demasiado revivir determinados momentos que no extraño demasiado, había preferido marcar una distancia prudencial. Pero resulta que hace unos meses murió Angelines Baltasar -la protagonista del documental, una mujer encantadora con la que daba gusto charlar- y las circunstancias me impidieron ir a su entierro y me quedé con un poco de mal cuerpo, y cuando este fin de semana me surgió la posibilidad de arrimarme a Astorga, apenas lo dudé. De repente me di cuenta de que me apetecía volver a pasear por esas calles que en invierno se quedan casi desiertas y que yo llegué a conocer como si me hubiese criado en ellas, y de que tenía ganas de llevarme a la boca un buen cocido maragato, y de que (en fin) sentía curiosidad por ver cómo había quedado la casa de los Panero tras la restauración que yo vi empezar y que, según me contó en su día algún amigo que conservo por allí, había dejado el edificio como nuevo.
Así que volví. Y, aunque sólo fueron unas horas, tuve tiempo de saludar a Kanky, revisitar algunos bares, entregarme al cocido, pasear otra vez por la muralla, hacer el ineludible recorrido por las naves de la catedral, asomarme a las vistas a las que se abren los jardines del palacio episcopal y hasta de dar una vuelta por Castrillo de los Polvazares. Por descontado, también encontré un hueco -en realidad fue lo primero que hice, nada más aparcar el coche- para acercarme a la casa de los Panero y constatar que sí, que el edificio ya no es ni mucho menos la achacosa ruina que yo recordaba y que al fin se han concluido unos trabajos que llegaron a parecer quiméricos de tanto como se prolongaron en el tiempo. Ocurre que, extrañamente, tuve una sensación contradictoria cuando me vi de nuevo ante la portilla que da acceso a su jardín. Por un lado, me alegró comprobar que no se había venido abajo todo, como había temido la primera vez que estuve delante de aquel caserón que llevaba abandonado varias décadas; por otro, tuve la incómoda sensación de que el lugar había perdido un misterio del que, por alguna razón, ahora se ha quedado desprovisto. Puede que, de haber conocido ya la casa tal cual está en estos momentos y no como la conocí en aquella primavera cada vez más lejana, no se me habría ocurrido ni dirigir una película ni escribir una novela a propósito de aquella mansión en decadencia. Claro que igual eso habría sido lo mejor. Al fin y al cabo, cada vez tengo más dudas de que ni la una ni la otra sirviesen para algo.
3 comentarios:
Vive alguien en la casa ahora o es un lugar de culto?
Vivir no vive nadie. Imagino que será una casa de cultura o algo similar, pero estaba cerrada y no pude investigar mucho.
¿Es posible ver aún La estancia vacía?
No tuve en su día oportunidad de acudir a su proyección y me gustaría verla.
Gracias.
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