La celebración republicana de LluevesCada primavera, el Ateneo Republicano de Asturias rinde homenaje en la parroquia de Llueves (Cangas de Onís) al oso que mató a Favila. Favila, hijo de Pelayo, fue el segundo rey de la monarquía asturiana y encontró la muerte bajo las zarpas de un plantígrado, según cuenta un relato seguramente ideado para encubrir el complot contra el monarca que urdieron determinados miembros de la corte que no estaban nada contentos con el modo en que éste gestionaba los asuntos de la corona.
La celda de Feijoo
Fray Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), que portó hábitos en el ovetense monasterio de San Vicente, fue, a su modo, uno de los más ilustres heterodoxos de Asturias. Desde su celda monacal se convirtió en un pionero de la Ilustración gracias a una obra, el Teatro Crítico Universal, en la que desmontaba una por una las supersticiones de la época. El monasterio, a espaldas de la catedral, lo ocupa hoy el Museo Arqueológico de Asturias, y aunque la celda de Feijoo dejó de existir como tal hace bastante tiempo, en sus dependencias se ha habilitado una recreación de lo que fue el lugar de trabajo del benedictino.
La colegiata de TevergaPosiblemente sea el templo más importante del románico asturiano. También uno de los más inquietantes. Construido en el siglo XI, en su claustro (una pieza muy singular que sostienen catorce pilares cuadrados y un forjado de madera) se exhiben dos momias, y en la oscuridad de la iglesia propiamente dicha uno puede llevarse sorpresas a poco que se dedique a observar con detenimiento la iconografía de los capiteles.
En el entorno de Lledías, en Llanes, se encuentra la finca que perteneció a Cesáreo Cardín y a la que vale la pena acercarse por constituir uno de los atractivos más surrealistas de la geografía asturiana. El tal Cardín, que ayudaba al conde de la Vega del Sella en sus indagaciones prehistóricas, era aficionado a la escultura y la pintura, y quiso rodear su casa de un bosque de estatuas de piedra a ratos delirantes, a ratos monstruosas, que confieren al lugar un aspecto casi irreal. Pero aún hay más. El propio Cardín descubrió, en el mismo sótano de su casa, una cueva con pinturas rupestres que casi podría hacerle la competencia a Altamira. La controversia sobre si los animales que allí están reflejados habían sido pintados realmente por nuestros ancestros o procedían, en realidad, de la mano de Cardín estuvo en auge durante unos cuantos años. Hoy, la balanza parece haberse inclinado definitivamente hacia la segunda hipótesis.


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