
En la ladera del Monsacro, en el concejo de Morcín, hay dos capillas que no suelen figurar en las guías turísticas pero que, sin embargo, tienen su miga. Las dos datan de la época medieval y nadie termina de saber muy bien qué pintan allí, pero la cuestión es que ahí están, presidiendo un paisaje impresionante que, si uno tiene la suerte de subir en un día de cielo despejado, se extiende hasta las mismas orillas del Cantábrico. Sabemos por Javier Fernández Conde que, hacia el siglo XII, "el monasterio de San Vicente de Oviedo organizó una especie de priorato en la zona del Monsacro [...] en el que monjes pasaban temporadas dedicados a la cría del ganado, viviendo more eremítico". Lo que no sabemos es por qué eligieron aquel escenario, aunque si atendemos a la etimología del topónimo (por lo demás, evidente), no es difícil imaginar que alguna tradición debía de tener ya aquella montaña inmensa y escarpada que hoy marca uno de los límites geográficos de la cuenca minera del Caudal.
Una de las capillas está dedicada a la Magdalena y no tiene otro atractivo que el que le confieren sus propias características arquitectónicas: se trata de un templo construido en el siglo XIII, de planta rectangular y ábside semicircular, al uso del románico rural. La otra está puesta bajo la advocación del apóstol Santiago, y ésta sí tiene más enjundia. En primer lugar, su trazado es de todo menos convencional: reconstruida seguramente en el siglo XIII a partir de una obra anterior, se trata de una construcción de planta octogonal con ábside semicircular y portada resaltada, con un cuerpo trapezoidal adosado, factores que han hecho que desde siempre se haya asociado su existencia a una posible ramificación asturiana de la Orden del Temple. Pero, además, la leyenda asegura que hasta allí llegaron las reliquias que, traídas de Jerusalén, habían permanecido en Toledo durante el esplendor del reino visigodo y que terminaron viajando hasta estos pagos cuando los árabes invadieron la Península y los cristianos se vieron obligados a replegarse. Parece ser que un grupo de fieles logró salvar a tiempo el arca que contenía aquellos restos de santos para trasladarla al otro lado de la Cordillera Cantábrica y ponerla, así, a buen recaudo en la mencionada capilla, primero, y en la Cámara Santa de la catedral de Oviedo, después. En ambos lugares permaneció cerrada hasta que el rey Alfonso VI procedió a su apertura en una ceremonia en la que, según cuentan, estuvo presente el caballero Rodrigo Díaz de Vivar. Entre el arsenal de reliquias (leche de la Virgen, espinas de la corona de Cristo y una sandalia de San Pedro, entre otras), brillaba con luz propia el Santo Sudario, es decir, la tela con la que se amortajó el cadáver de Jesús una vez descendido de la cruz. Las reliquias y la propia arca pueden contemplarse hoy en la Cámara Santa, donde siguen desde entonces. Las capillas del Monsacro también continúan en su sitio, solitarias y únicas conocedoras de un misterio, el de su propia razón de ser, que acaso no llegue a desvelarse nunca.
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