Los lagos de Somiedo son uno de los monumentos naturales más importantes de Asturias y basta presentar sus propias credenciales para recomendar una visita. Situados en el parque natural del mismo nombre, El Valle, Saliencia, Cerveriz, La Cueva y Calabazosa son tan impresionantes que no hay excusa posible para evitar rendirles homenaje si uno anda por el suroccidente asturiano. Así y todo, el lugar tiene un encanto añadido que le debe mucho a un señor llamado Mario Roso de Luna que, allá por los primeros años del siglo pasado, publicó un librito titulado El tesoro de los lagos de Somiedo que, si bien gozó de un cierto éxito en el momento de su publicación y también unas cuantas décadas más tarde, durante la transición a la democracia tras la muerte de Franco, se ha quedado medio olvidado en los limbos de Gutenberg. En esa obra, presuntamente autobiográfica, el mencionado Roso de Luna -que era teósofo y el discípulo español más aventajado de madame Blavatzky- aborda la narración de un viaje que él mismo realizó desde Cudillero a Somiedo siguiendo un plano aparecido entre unos papeles perdidos de Roberto Frassinelli que, según sus interpretaciones, conducía a una puerta de entrada al mundo de los jinas, unos seres superiores que, entre otras virtudes, poseían el secreto de la riqueza imperecedera. No contaremos aquí el argumento completo del libro para no desairar a sus posibles lectores, pero la excursión que propone Roso de Luna -siguiendo ese supuesto itinerario trazado por Frassinelli que, en realidad, responde punto por punto al mapa de Schulz y que Juan Cueto bautizó como "turismo de alta montaña cósmica"- es un periplo que arranca del puerto de Cudillero y discurre por Cornellana, Salas, Corias, Belmonte de Miranda y Pola de Somiedo hasta concluir en los mismísimos lagos. Poco importa que al final aguarde o no un tesoro. Como en todos los buenos viajes, la grandeza está en el camino.
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