
Dice Javier Marías que todas las condiciones humanas posibles están reflejadas, con prematura clarividencia, en las aulas de cualquier colegio. Supongo que, de existir una disciplina que pudiera recibir un nombre tal que psicología colectiva del fútbol, tampoco resultaría complicado adjudicar una categoría determinada a los clubes que componen el universo balompédico. El Barça y el Madrid serían, así, los empollones que no se conforman con una calificación menor que el sobresaliente; el Valencia o el Sevilla, los que, aun intentando alcanzar a aquellos, no son capaces de pasar del notable; el Getafe, el Atlético o el Mallorca, esos otros que generalmente pasan inadvertidos y acaban clausurando un curso medianamente aceptable. Y dentro de esta identificación, el Sporting vendría a ser ese alumno aplicado y con posibles, pero con una incurable tendencia a gandulear, que sólo se toma en serio lo que tiene entre manos cuando empieza a atisbar las orejas del lobo. En ese momento, empieza a creerse unas aptitudes que hasta entonces había mitiado su propio escepticismo y se esmera en recuperar tiempo perdido aún a costa de sufrir desfallecimientos e inclemencias en su peculiar travesía. No es que ese tipo de alumnos sean los preferidos ni por los profesores, ni se trata exactamente del tipo de vástago que unos padres desearían tener, y normalmente sus compañeros (que acaban odiando tanto a los empollones como a los vagos redomados) no acaban de tenerlas todas consigo a la hora de valorar su amistad. Pero, a la postre, se les acaba cogiendo cariño y hasta resulta sencillo olvidar sus defectos. Al fin y al cabo, la gente que se la juega al todo o nada puede demostrar inconsciencia, pero también valentía, y eso compensa las carencias que a veces les ensombrecen, sobre todo ahora que el curso no está ni por la mitad.
La Voz de Asturias, 23 de octubre de 2011
Foto: Armando Álvarez
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