jueves 18 de agosto de 2011

La idea y la batalla

El dueño del bar donde suelo ver los partidos es del Madrid. Pese a eso, y curiosamente, es muy buen tipo. Y como nos caemos bien y como los dos estamos siempre de acuerdo en nuestra devoción por el Sporting, solemos aprovechar los Madrid-Barça/Barça-Madrid para lanzarnos las pullas que no nos podemos lanzar cuando andan por en medio nuestros colores rojiblancos. El hombre lleva tres años sufriendo bastante. Tanto que, en ocasiones, ni siquiera le restregaba nada para no hundirlo más de lo que ya lo hundían los jugadores de su equipo postizo. Por eso me alegré de poder felicitarlo, al fin, el domingo pasado, cuando el 2-2 del Bernabéu, y de reconocerle que, por primera vez en mucho tiempo, su Madrid había jugado contra mi Barça a algo parecido al fútbol. Como él es inteligente -cosa nada habitual entre los madridistas, deberían declararlo en peligro de extinción-, no llegó a crecerse. Es más, mantuvo una cautela que a mí llegó a resultarme incomprensible. La mañana del miércoles, unas horas antes de la vuelta de la Supercopa, estaba más sonriente: me dijo que el Papa estaba a punto de llegar a Madrid y que eso tenía que ser un buen presagio. Yo le desmentí: le dije que el Papa podría ser muy madridista, pero que, en cualquier caso, por encima de él está Dios. Y éste, si es que existe, seguro que tiene el suficiente buen gusto como para preferir al Barça.

Bromas aparte. No voy a decir que me gustó el Real Madrid porque eso es imposible, pero sí que me llevé una sorpresa agradable al comprobar cómo en el Bernabéu despreciaban la cultura del cerrojazo para venirse arriba con todos sus arsenales. La verdad es que lo hicieron valientemente, y que si no ganaron por goleada fue porque el Barça, hoy por hoy, sigue siendo mucho mejor equipo. Lo demuestran los propios hechos: en uno de los peores partidos que recuerdo haberle visto últimamente, la escuadra azulgrana fue capaz de remontar un tanto adverso (con un inmenso golazo de Villa que los de siempre se apresuraron a calificar de churro) y, además, culminar la cosa con un empate fuera de casa que les dejaba en una situación francamente buena para afrontar la segunda ronda. En la vuelta, más de lo mismo. Los apretones del Madrid en el Camp Nou (con dos igualadas consecutivas muy meritorias, dadas la coyuntura y la tensión) no sirvieron de nada contra la calidad de un equipo que, pese a defender mal, defendió lo necesario para acabar llevándose el título. Y ya no voy a repetir qué bueno es Messi. Sólo diré que espero que, después de ver todo esto, nadie vuelva a intentar vender la moto de que Cristiano Ronaldo le anda a la par.

El Madrid no es, pues, mejor que el Barça, pero eso no quiere decir que no vaya a poder ganarle nunca. Fútbol es fútbol, ya saben, y los chicos de Florentino podrían sentirse bien orgullosos de lo que tienen si no fuera por una serie de individuos que se han venido haciendo fuertes en su seno y que se están convirtiendo, si es que no lo son ya, en la mayor lacra de un club que merecería dar otra imagen muy distinta de la que da cada vez que pierde algo. No hay que investigar mucho para darse cuenta de quién son. Basta ver la mirada vacuna de Sergio Ramos, la cara de desquicie perpetuo de Pepe o las eternamente frustradas facciones de ese Marcelo para decidir que uno no iría con esos tipos ni al estanco de la esquina. Ellos son los que anulan a otros compañeros mucho más honorables (Casillas, Xabi Alonso, Özil) y los que aportan al equipo esa vertiente bélica que ha labrado la gran contraposición de esencias entre los dos equipos más importantes del fútbol español. En nuestros tiempos, el Barça es la idea; el Madrid, la batalla. Tampoco hace falta que hable demasiado del ya demasiado mencionado Mourinho. A sus habituales desprecios a todos los que discrepen con su forma de entender el fútbol y sus periferias, hay que sumar las acusaciones que vertió -sin aportar ninguna prueba, pero eso también se está convirtiendo ya en costumbre- contra el Barça de Guardiola cuando éste le echó de la Champions y, ahora, las ofensas, tan gratuitas como lamentables, a Messi y a Tito Vilanova (a éste por partida doble: en el campo y en la posterior rueda de prensa). Quizás haya que añadir más cosas. No me quiero poner conspiranoico porque no lo soy, pero eso de que, desde su llegada a estas tierras, al Madrid le dé por montar una gresca en el Camp Nou cada vez que pierde, empieza a resultarme sospechoso. Mourinho, tras perder la Supercopa, se ha retratado no sé si como un demente o un sinvergüenza. Posiblemente sea una mezcla de ambas cosas. Alguien indigno, en cualquier caso, de un club que dice defender por encima de todas las cosas el honor y el señorío.

Pero bueno. Todo este rollo viene a cuento porque estamos a punto de empezar la Liga y mi segundo equipo acaba de ganar un título (espero que el primero de esta temporada) y volverán a tenerme aquí escribiendo de fútbol (si todo va bien, con bastante frecuencia) y quiero que se vayan previniendo. Y porque, qué coño, no hay mejor cosa que iniciar la temporada humillando a los madridistas. Aunque el dueño del bar donde veo los partidos no se lo merezca.