lunes 15 de agosto de 2011

Alaska, la clásica moderna

Por Alaska parece que no pasan los años. Si en los primeros ochenta era todo un paradigma de modernidad, en el arranque de la segunda década del siglo XXI la cantante de origen mexicano sabe mantener ese estatus merced a una increíble capacidad de reinventarse, aunque sea a costa de reventar los manidos estereotipos del cutre-luxe hispano o de erigirse, junto a su cónyuge Mario Vaquerizo, en inesperada apóstol de la cultura del reality show.

Pero Alaska es, también, un clásico, como lo prueba el que muchos de los que en la noche del viernes abarrotaban la explanada de Poniente ni siquiera hubieran nacido en tiempos de La bola de cristal, cuando la Bruja Avería entonaba sus alabanzas al Mal-Capital y los incomprendidos electroduendes trataban de habitar un mundo que no estaba pensado para ellos. Pero la cosa no termina ahí, porque la dialéctica que, en su caso, se establece entre clasicismo y modernidad aún tiene una singular vuelta de tuerca: Alaska puede convertir en clásico todo lo que toca, pero también sabe cómo modernizar, otra vez, los clásicos que ella y los suyos engendraron hace más de veinte años.

La prueba está en el último disco de Fangoria –una revisión en toda regla de un buen puñado de hits ochenteros, decorados para la ocasión con un ropaje hecho a medida de las sonoridades de hoy mismo– y tomó cuerpo en el concierto de Gijón. Con la inalterable compañía de Nacho Canut en el escenario y una coreografía revistera que tuvo sus momentos estelares en las voluptuosas apariciones de Susana Reche -muy aplaudida por el sector masculino de la parroquia, algo menos por el femenino-, Alaska desgranó un repertorio que arrancó con uno de sus bombazos más recientes (Miro la vida pasar) para seguir con un auténtico filón que puso un brillo en los ojos de los más nostálgicos (Mi novio es un zombi) e ir enhebrando así un setlist donde se emparejaban los momentos más gloriosos de su última banda (Electricistas, Retorciendo palabras de amor, No sé qué me das) con piezas que ya se han incorporado al imaginario colectivo de varias generaciones (Bailando, El bote de Colón, El rey del glam, Cómo pudiste hacerme esto a mí, Quiero ser santa, Descongélate, Ni tú ni nadie, A quién le importa) y que poca presentación necesitaban ante un respetable entregado a la causa. No es una forma de hablar. Si la voz que anunció el inicio del espectáculo sirviéndose de una megafonía vodevilesca fue saludada con un clamor casi unánime, la aparición de Alaska en lo más alto de las escaleras que presidían el escenario estuvo seguida de una ensordecedora ovación que anudó en un mismo aplauso a varias generaciones. Si los primeros temas ya permitieron barruntar que aquello iba a ser una fiesta en toda regla, la interpretación de Bailando marcó la primera gran apotesosis de la noche.

Los tiempos de Carlos Berlanga, uno de los nombres más añorados de la movida madrileña, se fundieron de esa forma con la era de Carlos Jean, que casi ocupa ahora en Fangoria el papel que ocupó aquél en Dinarama y Pegamoides, anudados unos y otros en una sonoridad homogénea emanada de la voluntad de Alaska y Canut de tratar su viejo repertorio como si trabajasen con material ajeno, adaptándolo a los parámetros de su formación actual siguiendo el mismo método que habían llevado a cabo al conducir a su terreno, en estos últimos años, determinadas piezas de David Bowie o Camela. Se conjuraba, así, el recurso facilón a la melancolía: las canciones, aun siendo las de siempre, sonaban distintas. Tan actuales y frescas como si se hubiesen escrito ayer mismo. Y eso dice mucho (y bueno) de la facilidad de adaptación de Alaska a los nuevos aires, pero también de un cancionero capaz de resistir las oleadas de las vanguardias.

El final de la velada, con una versión tirando a maquinera de ese monumento que es Perlas ensangrentadas , lo confirmó: Alaska, tres décadas después de la irrupción de Kaka de Luxe en el tristón panorama musical de la España post-franquista, sigue estando de moda. Lo que es tanto como decir que sigue exactamente igual que ha estado siempre.

La Voz de Asturias, 14 de agosto de 2011
Foto: José Vallina