
Hace tiempo escribí aquí que la Semana Negra de 2008 fue la mejor de todas. O, al menos, fue en la que yo más me divertí. Principalmente, porque aquel año pude conocer a algunos escritores a los que admiraba desde hacía mucho y que nunca se me habían puesto a tiro. Uno de ellos era Jorge Semprún.
Unos meses antes, en enero, había muerto Ángel González. El poeta era un habitual de la Semana Negra desde mediados de los noventa, y había dado cobijo en su piso de Madrid a Semprún cuando éste militaba en el PCE y estaba perseguido por el régimen franquista. Por eso, además de hablar largo y tendido de su obra, quiso estar presente en el homenaje que sobre la tarima de la Carpa de Encuentros le tributaron Luis García Montero, José Emilio Pacheco o Manuel Lombardero, entre otros que ahora mismo no recuerdo.
Jorge Semprún llegó a Gijón a la hora de la sobremesa. Estábamos tomando café en la terraza del Don Manuel cuando apareció con sus andares renqueantes y su aspecto de anciano venerable. Los responsables del festival andaban ocupados por sus cosas, y el azar quiso que alguien reparase en mí y me preguntara si me importaba acompañarlo hasta la playa de Poniente. Desde el hotel hasta el arenal donde se levantaban aquel año las carpas de la Semana Negra debe de haber unos 300 metros, y los recorrimos despacio y charlando a trompicones porque él no me conocía de nada y yo estaba tan bloqueado que no sabía muy bien qué contarle. Me dijo que era la primera vez que estaba en Gijón, que había visitado alguna que otra vez Asturias durante su etapa en el Ministerio de Cultura pero que sus obligaciones nunca le habían traído a la ciudad, y yo le iba preguntando cómo recordaba aquellos años, en qué ocupaba ahora el tiempo, si seguía escribiendo. Podía haberle dicho cuánto me había gustado en su día la Autobiografía de Federico Sánchez, o comentarle las ganas que tenía de leer El largo viaje, o interesarme por su época en la clandestinidad, pero temí que se aburriera al verse obligado a contar las batallitas de siempre. Coincidimos varias veces a lo largo de los días siguientes, cuando en tertulias con más gente sí salieron esos temas, y me llamaron la atención dos cosas: el desenfado con el que hablaba de su propia vida (tan dura casi siempre, tan terrible en muchos momentos), como si hubiese desterrado el rencor de su inventario de sentimientos, y su risa. Una risa franca, abierta, casi infantil. Como si sólo a través de ella pudiese expulsar el dolor acumulado en los años de plomo.
Semprún fue ministro de Cultura entre 1988 y 1991, en uno de los gobiernos de Felipe González, y acaso esa vicisitud terminó por empañar o frivolizar su memoria sin merecerlo. Porque Semprún tuvo que soportar lo suyo: padeció la guerra civil, pasó dos años preso en el campo de concentración de Buchenwald, jugó un papel destacado -desde la obligada clandestinidad- en el PCE cuando militar en aquel partido no era ninguna broma y terminó siendo repudiado por sus correligionarios debido a su oposición a la línea que marcaban Carrillo y La Pasionaria. Pero además de eso, y sobre todo, Semprún fue un magnífico escritor que supo novelar su propia vida como nadie y al que se deben títulos tan mayúsculos como El largo viaje, Autobiografía de Federico Sánchez o el magistral La escritura o la vida. Probablemente su dedicación a la política hizo que nunca se valorase su obra literaria como ésta merecía. Suele pasar, pero estas cosas siempre están a tiempo de arreglarse.
Cuando le conocí, sólo pude llevarle un ejemplar de Viviré con su nombre, morirá con el mío para que me lo dedicase. Le dije que la próxima vez (porque todos dábamos por sentado que habría una próxima vez) le llevaría más. Resulta que ya no podrá ser, y que su primera visita a Gijón terminó siendo también la última. En aquella estancia fugaz descubrí que Jorge Semprún, además de un gran escritor, era también un gran tipo.
Buen viaje, caballero.
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