Mi abuelo paterno era fotógrafo. Tenía un estudio en Mieres y durante décadas colaboró, además, con varios periódicos que solicitaban sus servicios para ilustrar las informaciones de la cuenca del Caudal. Algunas veces, cuando por una cosa o por otra tengo que andar husmeando en hemerotecas, me encuentro con su firma bajo alguna foto y se me pone una sonrisa boba. Siguiendo una costumbre muy arraigada en la época (abrió su negocio hacia la mitad del siglo pasado), tomó como nombre artístico el acrónimo formado por la unión de las primeras sílabas de su nombre y apellido, de forma que todo el mundo se refería a él como Júbar (lo pronunciaban así, con el acento en la u, aunque él nunca se lo puso) y muy pocos (que yo recuerde, sólo mi abuela y los familiares más cercanos) le llamaban por su nombre de pila, Julio. Muchas tardes de mi infancia transcurrieron en su laboratorio, mirando cómo revelaba (eran otros tiempos) las instantáneas del día, y, como suele ocurrir, me hizo de confidente en la adolescencia y me explicó tres o cuatro cosas de ésas que no vienen en los libros. Con él di paseos memorables por lugares que no habría conocido de otro modo, y de él aprendí alguna que otra lección sobre el género humano que me ha sido de bastante utilidad a la hora de moverme por la vida. No llegué a saber demasiado de su vida porque (siempre pasa) tuve que despedirme de él demasiado pronto. Cuando murió, yo estaba en Salamanca, en vísperas del último examen de la carrera. Alguien me contó que el día anterior había preguntado por mí. No me dio tiempo a llegar a su entierro.
Quienes me conocen saben que no soy partidario de airear en público cuestiones personales, y que muy rara vez las traigo hasta esta columna. No lo hago ahora porque me apetezca virar el rumbo ni porque me haya dado un ataque de nostalgia, sino por algo que no sé muy bien si llamar orgullo, pero que, en cualquier caso, se le parece. El caso es que, hace unos días, una persona a la que no conozco de nada se puso a hablar de un servidor con un amigo común y, para mi sorpresa, se refirió a mí como «el nieto de Júbar». Y bueno, qué quieren que les diga. Cuando me enteré, sólo pude pensar que es el mejor apelativo que me han puesto nunca.
El Comercio, 21 de abril de 2011
El Comercio, 21 de abril de 2011
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