No me gusta perder el tiempo comentando obviedades ni discutiendo ridiculeces, pero en ocasiones la situación alcanza cotas tan altas que uno no puede evitar que se le vaya la lengua (o los dedos, en este caso). El otro día, una candidata a la alcaldía de mi ciudad dijo que varios miles de personas echando sidra suponen un mal ejemplo para la juventud, y yo no dejo de preguntarme en qué momento hemos permitido que la gilipollez nos empañe el sentido común hasta el punto de que valga decir cualquier sandez, y que ésta se enmarque dentro de ese territorio tan socorrido de lo políticamente correcto, para aparecer en los periódicos y promover un debate a costa de un tema que en cualquier país medianamente serio sólo podría ser objeto de chanza.
Hemos descubierto ahora que los jóvenes beben, e intuimos que lo hacen en la calle porque les gusta molestar a los vecinos y ponerlo todo perdido de vómitos. Se ha bautizado al falso fenómeno -todo esto es más viejo que andar a pie- como botellón, y los más aspaventosos no pierden ocasión de preguntarse (pero en voz alta, para que les oigamos todos) a dónde va el mundo y qué hemos hecho para merecer esta juventud desquiciada, olvidando que ellos tampoco fueron santos en sus tiempos mozos (que levante la mano el que no haya probado el alcohol antes de la mayoría de edad, ¿hay alguien?) y que las borracheras adolescentes son un rito de paso tan normal e inexcusable como el primer polvo o el debut ante los suegros. Ni siquiera se molestan en entender que los chavales beben en la calle porque las copas están caras y la paga semanal anda justita, ni piensan que posiblemente sea más sano lo que ellos mismos compran en los supermercados que lo que les puedan servir en el pub de moda de turno. Como los zagales incordian, y los incordios motivan quejas de terceros, y esas quejas de terceros pueden llegar a convertirse en votos, vale todo con tal de crear un problema donde no lo hay. Porque lo que importa no es lo que beban o dejen de beber los sábados, sino lo que hagan el resto de la semana, y para tratar eso habría que empezar a hablar de la educación y de esos otros temas tan molestos. Y todos sabemos que siempre es mucho mejor tirar de tópicos que ponerse a pensar.
El Comercio, 13 de abril de 2011
El Comercio, 13 de abril de 2011
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