miércoles 30 de marzo de 2011

Microcosmos222: Avilés

No deja de tener cierta justicia poética el hecho de que sea Avilés la que se haya llevado el gato al agua en la frenética carrera por ser el más moderno de la última posmodernidad en esta competición -un tanto alocada la mayor parte de las veces- en la que se han puesto a competir municipios de aquí y allá, casi siempre con un énfasis inversamente proporcional a su criterio. Como el tema da para extenderse bastante y no tengo mucho espacio, sólo puedo tratar la cosa desde el ámbito exclusivamente local, lo que no es poco porque creo que ahí reside precisamente el asunto de mayor enjundia: mientras Gijón y Oviedo continuaban enfrascadas -como dice mi camarada Chelo Tuya, periodista de esta casa- en su eterna batalla localista, sofisticada ahora a base de laborales y calatravas, resulta que unos veinte kilómetros al oeste, a orillas de una ría maltratada por la contaminación y el olvido y el desprecio histórico a la que se la ha venido sometiendo desde hace poco más de medio siglo, florecía el que está llamado a ser uno de los iconos de la vanguardia más novísima, un edificio curvilíneo diseñado por uno de los mejores arquitectos del mundo -se pongan como se pongan los columnistas carpetovetónicos- que puede dar todo el juego que hasta ahora no se ha sabido repartir sobre el tapete de la cultura contemporánea (aunque no me parezca que abrir con Woody Allen y Víctor Manuel sea el non plus ultra de la innovación, hay que darle tiempo al tiempo y un alumbramiento tan notable como el del Niemeyer bien merece el beneficio de la duda). De todos modos, y como decía al principio, lo mejor es que todo esto esté ocurriendo en Avilés, una ciudad que tiene cosas que me encandilan (la capilla de los Alas, el parque del Muelle, la coqueta iglesia vieja de Sabugo, el puente de San Sebastián, los soportales de Rivero y de Galiana, el jardín francés de Ferrera, la atmósfera medieval que se respira al pasear por La Fruta o Ferrería) y que hasta ahora era la hermana pobre del meollo asturiano, la mortadela del sándwich urbanístico, el tercer vértice de ese triángulo equilátero delimitado por la Y. Ahora, la villa a la que tanto lastraron el peso de su acería y las soporíferas resonancias palaciovaldesanas se ha convertido, quién iba a decirlo, en nuestra puerta de ingreso en el futuro. La moraleja es tan evidente que no hace falta explicitarla. La cuestión es que, esta vez sí, Avilés nos ha puesto a todos en el mapa. Y yo me alegro de su suerte. Y deseo que le dure y que sus dos compañeras de viaje tomen nota de cómo la periferia, a veces, puede acabar ocupando el centro.

El Comercio, 30 de marzo de 2011