lunes 14 de febrero de 2011

La visita al maestro

Desde El Comercio me pidieron un artículo sobre Cuando Madrid hizo pop (Ediciones Trea) con el propósito de publicarlo hoy, fecha en que el libro llega a las librerías de toda España. Como ya he dicho/escrito casi todo lo que se puede decir/escribir de ese libro, y como además soy el autor del prólogo, se me hacía imposible ponerme a hacer una crítica, o una reseña, o cualquier cosa que pretendiera ser medianamente imparcial. Así, pensé que lo más honesto era escribir un pequeño texto contando cómo había surgido todo. Y, ya de paso, aproveché y le robé el título a Philip Roth como homenaje a una novela que me gusta mucho. Éste es el artículo en cuestión:


En realidad todo comenzó mucho antes, pero no conviene ponerse ni moderadamente sentimental ni demasiado demagógico, y acaso lo más sensato sea empezar por aquella tarde de octubre de 2009 en la que, al fin, conseguí una buena excusa para conocer a Juan Cueto. El departamento de prensa de Cajastur me lo puso a huevo cuando me envió un correo electrónico en el que me informaba de una insólita promoción con la que ponía a la venta, a un precio casi irrisorio, la colección completa de Los Cuadernos del Norte, y no quise (no pude) desaprovechar una oportunidad que hasta entonces siempre se me había mostrado esquiva. Releo lo que llevo escrito hasta ahora y me doy cuenta de que mis buenas intenciones se han ido al garete, porque supongo que no puedo seguir sin explicar por qué siempre había querido conocer a Juan Cueto, y entonces tengo que referirme inexcusablemente a la biblioteca de mi padre, a la primera ojeada que eché, con quince años, sobre Los heterodoxos asturianos, a cómo en mis años de la Facultad procuraba no perderme ni uno solo de sus artículos en El País, a todas esas cosas que hicieron que Cueto, poco a poco, se fuese convirtiendo en uno de mis referentes más fiables.

Siempre había querido conocer a Juan Cueto, y por eso cuando el taxi me dejó a las puertas del Evaristo Valle y empecé a recorrer a pie los escasos metros que separaban el museo de la casa donde él vivía entonces noté cómo los nervios se me iban haciendo un ovillo en el estómago. Todas las preguntas que llevaba preparadas me parecían, de pronto, una soberana imbecilidad, y no estaba seguro de no acabar quedando en ridículo ante un tipo al que me veía incapaz no ya de sorprender, sino de inducir siquiera a una mínima reflexión propiciada por cualquiera de las cuestiones que yo iba a plantearle.

Consideré que lo más noble era decírselo, y aquel encuentro comenzó con un reconocimiento de mi impotencia al que él respondió con una carcajada y un «olvida todo eso» que mitigó en parte una desazón que sólo pudo desvanecerse minutos después, cuando, después de cuestionar él mismo, y uno por uno, todos sus méritos, me pidió que, por favor, dejase de tratarle de usted. La entrevista duró una media hora, pero la conversación, con la grabadora ya apagada, se prolongó durante toda la tarde. Me contó que lo había abandonado todo, que no pensaba escribir más, que el estrés le había dado un golpe importante y que había optado por alejarse del mundanal ruido. «Me lo he pasado muy bien», dijo al despedirnos, «vuelve cuando quieras».

Le tomé la palabra, y unos meses después volví a emprender el camino de Somió para visitarle aprovechando un partido del Sporting y sin otra intención que la de pasar unas horas charlando. A la semana siguiente, me encontré con el editor Álvaro Díaz Huici, le conté todo esto y entre los dos nos propusimos impedir que Cueto cumpliera del todo su voluntad de retirarse. Se nos ocurrió preparar un libro que compendiase las líneas maestras de una labor intelectual que, por muchas razones, andaba dispersa por mil sitios distintos, sin un nexo común que la homogeneizase. Nos costó convencerle, pero cuando al fin lo conseguimos él sólo puso tres condiciones muy razonables: «Que sea algo entre amigos. Que sea divertido. Que nos lo pasemos bien».

Así nació Cuando Madrid hizo pop. Todo lo demás está en el libro y, sinceramente, es mucho mejor leerle a él que perder el tiempo aquí conmigo. A fin de cuentas, si he contado todo esto es porque he elegido la versión larga de la historia. La corta puede resumirse en pocas palabras: un día descubrí que echaba de menos a Juan Cueto y fui a buscarle. Y le encontré.

El Comercio, 14 de febrero de 2011
Foto: Álex Piña