sábado 29 de enero de 2011

Microcosmos213: Jovellanos

Recién comenzado el año Jovellanos -aderezado inesperadamente con la resurrección de Álvarez-Cascos (este hombre debería mirarse lo suyo con el ilustrado: tanta fijación no puede ser sana) y su paseo triunfal por el antaño plácido césped de las encuestas-, releo, como método de desintoxicación preventiva, el fantástico texto que el gran Juan Cueto dedicó en Los heterodoxos asturianos al prócer gijonés (a Jovellanos, no a Álvarez-Cascos) y que constituye uno de los análisis más lúcidos e imparciales que se han hecho sobre la figura de quien fuera ministro de Gracia y Justicia en tiempos de Carlos IV. Escribe Cueto que la figura de Jovellanos aúna tantos progresemas como regresemas, y que es esa peculiar suma semántica la que propicia que su pensamiento sea reivindicado y asumido por igual a uno y otro lado del espectro político y que, a la hora de buscar un referente con el que justificar o magnificar sus propias ocurrencias, ni socialistas ni peperos (o foristas) duden lo más mínimo en echar mano de cualquiera de las frases del responsable de aquel famoso Informe sobre la ley agraria mientras sonríen satisfechos al verse equiparados por sí mismos a tan encomiable tótem. No tienen en cuenta estos abnegados tribunos dos detalles que, por lo demás, caen absolutamente de cajón: que Jovellanos, con ser hombre sensato y cabal, no tenía por qué tener razón en todo y que tampoco fue el mirlo blanco que se empeñan en dibujar sus hagiógrafos. Básicamente, porque era humano -aunque a veces no lo parezca, a tenor de lo que se dice y se escribe de él por estos pagos- y como tal no estaba libre de impurezas y contradicciones, por más que su admirable sentido de la dignidad lo hayan convertido en el non plus ultra de la pulcritud política que dicen defender todos sus presuntos seguidores y se haga la vista gorda con otras cuestiones que permitirían esbozar un perfil más veraz (también más sombrío) del personaje. Me temo que con Jovellanos, como con tantas otras cosas reducidas al tópico, se va más a lo superficial que a lo profundo; es decir, se presta más atención al contexto que al texto, y así no hay quien saque nada en claro. Tengo miedo de que nuestros jóvenes acaben pensando que Jovellanos fue un señor con peluca que anticipó en dos siglos la necesidad de una variante ferroviaria en Pajares y que murió mientras resistía heroicamente al invasor francés, pero supongo que a estas alturas ya no se puede pedir a cierta gente que defienda las ideas en detrimento del folclore. Tal vez ni siquiera son capaces de entenderlas.

El Comercio, 29 de enero de 2011