jueves 30 de diciembre de 2010

Bye bye, 2010


Me he puesto a pensar, ahora que se termina el año, en lo mejor de este 2010. Resulta que lo primero que se me ha venido a la cabeza es el gol de Iniesta a Holanda en la final del Mundial -en realidad, hubo otro momento mejor, sólo unos días después, pero, como suele decir un amigo, no es confesable-. A alguno le parecerá una frivolidad, pero no lo es en absoluto. Éste que termina ha sido uno de los años más hijos de puta que he tenido el gusto de conocer. Y, la verdad, llevo ya unos días deseando que se termine de una vez y que la hoja del calendario cambie,para poder instalarme en la ficción del borrón y cuenta nueva que uno siempre tiende a creerse por estas fechas.

Y eso que, pese a todo, fue un año más que coherente. Comenzó con una amenaza de despido (ya lo conté en octubre, en una entrada que fue muy leída) y termina conmigo en la cola del INEM. Y entre medias, si algo hubo fue encontronazos, baches, depresiones, desgracias propias (mínimas, por suerte) y ajenas (algo más graves), hipocresías, cambios de chaqueta, impresentables dispuestos a amargar la vida de los demás a costa de salvar (o eso creen, angelitos) su propio culo. Lo termino algo más calvo de lo que lo empecé. El mejor consuelo es que, pese a todo, puedo seguir mirándome cada mañana en el espejo.

Y hubo cosas buenas, claro, pero las malas fueron tan malas que es inevitable que se superpongan a la hora de mirar atrás. Hice nuevas amistades y afiancé otras que tenía medio desperdigadas, pasé uno de los veranos más memorables de estos últimos años, volví a Barcelona en un viaje relámpago y por sorpresa (y me dio tiempo a ver a casi toda la gente encantadora que conozco por allí, y pude celebrar luego a distancia con algunos de ellos el glorioso 5-0 del Camp Nou) y se puso en marcha un proyecto con una de las personas a las que más he admirado nunca y que verá la luz en tan sólo un par de meses. También hay un embrión de algo que aún no acaba de nacer, pero que, de momento, sigue ahí. Y todavía late.

Qué quieren que les diga. Todo el mundo vaticina calamidades para el año que empezará dentro de nada, pero, viendo cómo fue 2010, creo que el 2011 se merece, por lo menos, el beneficio de la duda. Que tengan todos un feliz año. Y que, como poco, lo terminemos los mismos que lo empezaremos.

miércoles 29 de diciembre de 2010

Microcosmos209: Fumar

Como casi todo el mundo, yo tuve dos abuelos. Uno fumaba y otro no. Pasaban bastante tiempo juntos y, pese a eso, los dos murieron de viejos. Los de mi quinta hemos frecuentado toda la vida bares en los que se fumaba, y ninguno de los (pocos, por suerte) que se tuvieron que ir al otro barrio antes de tiempo lo hicieron por culpa del tabaco. Yo fumo. Algunos de mis mejores amigos, no. Conozco a unos cuantos camareros que tampoco han caído en tan nefando vicio. Y lamento joderle la estadística a Leire Pajín, pero de momento estamos todos vivos.

Ya dijo hace tiempo el gran Bob Dylan que los tiempos están cambiando. El problema es que siempre cambian para mal, y lo peor es que suelen hacerlo amparándose en un concepto, el de libertad, que de tan prostituido puede justificar lo mismo una amnistía que un fusilamiento al amanecer. A partir del 2 de enero, los fumadores ya no podremos fumar en los bares. Tampoco en una buena cantidad de espacios públicos que dejarán de ser públicos en cuanto algunos de los que los utilizamos nos veamos desprovistos del derecho fundamental a hacer lo que nos dé la real gana con nuestra vida. Los responsables de la prohibición olvidan, o quieren olvidar, que los fumadores aportamos más que los no fumadores a las arcas del Estado, pero también que hasta ahora quienes no fuman tenían sus espacios libres de humo para tomar un café, emborracharse a conciencia o planear golpes de Estado. También que la libertad de unos -o así era antes, al menos- termina donde empieza la de los demás, y que si ya tuve que renunciar en su día a parar en cafeterías que decidieron declarar la guerra al tabaco, ahora tendré que quedarme en casa para que los muy higiénicos y demócratas no fumadores se sientan ciudadanos de pleno derecho en este teórico Estado del Bienestar en el que dicen que seguimos instalados. Escribió Juan Benet, en un artículo memorable que por desgracia no tengo ahora a mano, que los fumadores éramos más inteligentes que los no fumadores. Al menos, el tiempo y Zapatero han demostrado que tenía razón. Que tengan un feliz año. Si les dejan.

El Comercio, 29 de diciembre de 2010

Posdata para los que se abstienen de leer los comentarios: José Manuel Gallardo, lector de esta bitácora y posiblemente el amigo virtual más antiguo que tengo, ha tenido la gentileza de facilitarme un enlace al artículo de Juan Benet al que me refiero en mi texto. Es éste.

domingo 26 de diciembre de 2010

Microcosmos208: Barça

Hay, en el fondo de todo esto, una explicación muy sencilla: el éxito del fútbol se debe a una cuestión meramente identitaria. La pasión que uno derrocha en las gradas del estadio, cuando su equipo se enfrenta a cualquier rival, grande o modesto, conecta de forma directa y sin ambages a éste que somos con aquél que fuimos en la infancia, cuando el barrio era un universo y no había gesta más gloriosa que la de imponerse a los chavales que vivían en la calle de enfrente para sentirnos superiores y ser reconocidos como tal. La Liga era, a fin de cuentas, una extrapolación más o menos grandilocuente de ese territorio juvenil en cuya inocencia radicaba, también, su perversidad. En otros tiempos, uno era del Madrid porque vivía cerca de Concha Espina, o tenía familia por la zona, o sencillamente odiaba a los catalanes porque hablaban raro y eran, de algún modo, los judíos de la Península. Los mismos argumentos, pero a la inversa y con distinta justificación en el apartado de las procedencias, servían para sentirse más atraído por la elástica azulgrana que por la retórica merengue. Y así, el fútbol se convertía en un simpático campo de batalla donde se libraban inofensivas luchas sin cuartel en las que nadie moría ni mataba.

Ocurre que llegó después la Ley Bosman, los equipos se dejaron seducir por el fulgor comunitario y aquellos equipos que resultaban admirables por el afán con que se entregaban a su propia causa, coincidiera o no con la nuestra (pienso en el Madrid de Butragueño, en el Sporting de Quini, en el Deportivo de Arsenio), acabaron desprovistos de aquello que les había hecho grandes merced a la entrada en liza de mercenarios que podían ser mejores o peores, pero con los que uno no acababa de congeniar del todo. Los nuestros podían ganar o perder, pero uno no dejaba de pensar que ya no eran tan nuestros como antes. Y de pronto, en medio de todo este maremágnum de apellidos exóticos y fichajes supermediáticos, aparece Guardiola y se hace cargo del Barça y reinventa el fútbol por el procedimiento de devolverle su propia esencia en el fondo y en la forma. Primero, porque la escuadra que pone en pie domingo sí y domingo no a los asiduos del Camp Nou está formada, mayoritariamente, por chavales que aprendieron a jugar al fútbol en las mismas instalaciones de Les Corts. Segundo, porque lo hacen tan bien que en apenas dos años se han convertido en el mejor equipo de todos los tiempos. Es decir, que son los más chulos del barrio. Y encima, no han perdido su fama de niños buenos. Díganme qué otra cosa mejor podría desear ese zagal que todos nosotros llevamos dentro.

El Comercio, 22 de diciembre de 2010

sábado 25 de diciembre de 2010

Cuarenta años de 'Aoom'

Me cae bien Gonzalo Suárez. Me ha hecho disfrutar un montón con algunos de sus libros (Trece veces trece, Gorila en Hollywood, Rocabruno bate a Ditirambo, Los once y uno) y tiene unas cuantas películas que, a mi entender, valen mucho la pena. Una de ellas, acaso mi favorita, es Aoom, que nunca llegó a exhibirse comercialmente y que yo no pude ver hasta finales de 2005, cuando se reeditó en DVD. Se estrenó en el Festival de Cine de San Sebastián en 1970 y fue un fracaso rotundo. Sin embargo, con el paso del tiempo el filme ha conseguido sobrevivir, e incluso se ha revalorizado. Todo eso es lo que cuento en este artículo, que publicó el diario El Comercio en su edición de Nochebuena.

miércoles 22 de diciembre de 2010

A propósito de (la ley) Sinde


La verdad es que el tema me cansa y no tenía pensado escribir ni una sola palabra al respecto, pero se han combinado dos cuestiones que, lo confieso, me han calentado bastante. De un lado, la confirmación, una vez más, de que parece que las cosas sólo pueden ser blancas o negras, obviando la riqueza de la escala de grises; del otro, un correo electrónico que acabo de recibir firmado por el señor Eduardo Bautista (Teddy para los amigos) y que ha acabado de cabrearme. Si han leído hasta aquí, ya lo habrán adivinado: me refiero a la dichosa Ley Sinde y al esperpento de su rechazo en el Congreso de los Diputados y a todo lo que ha venido después.

Vamos a ver. Yo soy usuario (muy) habitual de Internet. Además, algunas veces soy escritor (o sea, que creo, del verbo crear). Y resulta que también soy (no pregunten por qué) socio de la SGAE (entidad de la que, por cierto, nunca he visto un duro en concepto de derechos de nada, pese a que es muy posible que tenga más seguidores que Ramoncín). Por último, no estoy a favor de la piratería, pero tampoco de la Ley Sinde. Así que creo (del verbo creer) que estoy legitimado para dar una opinión. Aunque esté equivocada o no valga gran cosa.

Respeto mucho a algunos de esos creadores que dicen que se están vulnerando sus derechos y que les están robando. Lo que pasa es que no me los creo del todo. No veo que Alejandro Sanz pase mucha hambre ni que Miguel Bosé tenga que dormir bajo un puente (aclaro que estos no están en el grupo de los que me caen bien). En realidad, a ninguno de los dos les ha ido mal en estos últimos años, cuando el rollo de la piratería estaba en pleno apogeo. Es más, les ha ido bastante bien. ¿Por qué? Porque han vendido muchos discos. Porque han dado un montón de conciertos. Porque, por mucho que hayan triunfado en el top manta, han seguido manteniendo el statu quo que tenían antes de la irrupción de los sistemas de intercambio de archivos. ¿Han dejado de ganar por culpa de la piratería? Pues seguramente, sí. Pero, de todas formas, han ganado mucho. Lo que ocurre es que sin piratería habrían ganado mucho más. Y me parece muy bien que les joda. Lo que me jode a mí es que ellos vayan de víctimas.

Es evidente que Internet, en muy poco tiempo, lo ha cambiado mucho todo. Incluidos nuestros usos y costumbres. Y también que la industria del entretenimiento sólo tuvo el mal fario de ver a la Red como una enemiga y no como una alternativa o un complemento. Así, en vez de estudiar fórmulas para aprovechar su potencial, se han encargado de intentar torpedearla una y otra vez para que nadie les alborotara el chiringuito, con la famosa SGAE a la cabeza. Lo fácil es cerrar directamente las webs. No piensan que llevar a cabo esa medida es iniciar un camino peligroso. Los internautas somos unos sinvergüenzas, dicen, porque lo queremos todo gratis. Y no. Yo sigo comprando discos, y sigo comprando DVDs. Lo que ocurre es que ahora Internet me permite seleccionar mejor lo que compro porque puedo escucharlo antes. Puede que a los señores creadores, los señores fabricantes y los señores de la SGAE (que no sé muy bien lo que son) eso les parezca mal. Seguramente compraría muchos más discos y muchos más DVDs, sin discriminar tanto, si no estuvieran tan caros. Ya saben: estamos en crisis, y el mileurismo acecha. De otra manera, sistemas como Spotify han demostrado que la mayoría de los internautas sí estamos dispuestos a pagar (faltaría más) por la cultura, siempre que ésta tenga un precio justo. Y, por otro lado, se supone que al comprar este ordenador en el que escribo le aboné un canon a la SGAE (que tiene narices) en prevención de que pudiera usarlo para bajar música, películas y cosas de ésas. Así que tampoco entiendo por qué se quejan tanto.

Y ahora voy a hablar en primera persona. He publicado, hasta la fecha, tres novelas. Lo que recibo en concepto de derechos de autor es, más o menos, el 10% del Precio de Venta al Público de las mismas. Quiero decir que no me he hecho millonario. Si hacen cuentas, resulta que por cada novela mía que se vende recibo poco más de un euro. Y jamás -esto lo digo por los músicos- se me ha ocurrido pensar que alguien podría pagarme cada vez que lea uno de mis libros. El que lo quiera tener, que lo compre y que me abone mi parte. El que prefiera ojearlo y devolverlo, que lo haga sin problema. Lo he escrito yo, y será siempre mío, y mi autoría está fuera de toda sospecha. Nada más lejos de mi intención que la de enriquecerme a costa de la gente que pueda, por ejemplo, tomar prestada una de mis novelas en la biblioteca. Internet, en ese aspecto, me ha venido bien: me conoce (ergo, me lee) más gente, me solicitan en más sitios, me piden muchos más artículos que antes, cuando aún no estaba sumergido en la Red. Y estoy bien contento. Y eso que gano con ellos muchísimo menos de lo que ganan Alejandro Sanz o Miguel Bosé (van a pensar que les tengo manía, y tampoco es eso) en sólo uno de los conciertos de sus muy multitudinarias giras.

Una última cosa que termina de cabrearme del todo y que hoy mismo comentaba una amiga en el Facebook: nos han calzado una reforma laboral acongojante, han subido la edad de jubilación, están a un tris de cambiarnos las pensiones... ¿Dónde estaban estos que ahora salen en jauría a protestar por sus derechos cuando nos estaban apretando a todos? ¿Les daban igual esas pijaditas? ¿O pensaban que su silencio iba a favorecer la aprobación de una ley que, por ahora, ha quedado en suspenso?

martes 21 de diciembre de 2010

Una vieja carta

Luciano Castañón (Gijón, 1926-1987) fue novelista (Los días como pájaros, Vivimos de noche, Los huidos), dramaturgo (El detenido), poeta (Barrio de Cimadevilla, De la mina y lo minero) y ensayista (Refranero asturiano, Bibliografía de Gijón, Supersticiones y creencias de Asturias, Las comunicaciones entre Asturias y León, Gijón), pero pasó a la posteridad, sobre todo, por ser uno de los padres -los otros fueron Silverio Cañada y José Antonio Mases- de la Gran Enciclopedia Asturiana. Además, en su juventud fue jugador del Sporting.

Evidentemente, yo no llegué a conocerle, pero sí he acabado teniendo algo de relación con sus hijos. Uno de ellos trabaja en mi librería de cabecera. Los otros dos son los propietarios de mi bar de referencia. Pueden imaginar que, dadas esas circunstancias, veo a los tres con bastante frecuencia. La cuestión es que, hace un tiempo, Chano, uno de los hermanos, me había hablado de una carta que obraba en su poder y que le había regalado Tato Campomanes, un ex-presidente del Sporting ya fallecido. Se trata de una misiva que su padre le había enviado por una desavenencia económica y de la que el mandatario rojiblanco hizo copia, supongo que porque no era muy habitual que un chaval de la edad que tenía entonces Castañón se parase a redactar un texto en el que, la verdad, no falta literatura. Este mediodía, Chano apareció con la carta por el bar para enseñármelo. Y, aunque no tuve tiempo de copiarla, sí pude hacerle una foto. Me temo, sin embargo, que su lectura no resulta tan fácil como yo pensaba, y es una pena porque el texto lo merece. Eso sí, no he conseguido entender cuál fue el motivo exacto de la discusión.

lunes 20 de diciembre de 2010

Cuando Madrid hizo pop

Quienes me conocen saben que no soy dado a echar las campanas al vuelo antes de tiempo, pero resulta que el protagonista de la cosa ya lo ha contado por ahí en alguna ocasión (la más reciente, en una entrevista de Javier Cuervo que el diario La Nueva España ha publicado en dos partes y que pueden leer, consecutivamente, aquí y aquí), que el año 2010 está -por suerte- a punto de expirar y que el material está ya a punto de caramelo, por lo que he pensado que quizás estaría bien dar aquí la noticia desde ya, con todas las letras: Juan Cueto publicará un nuevo libro a primeros de 2011. Más de veinte años después de la salida de Pasiones catódicas, el fundador de Los Cuadernos del Norte y Canal + volverá a las librerías con Cuando Madrid hizo pop, un volumen que sale con el sello de Ediciones Trea, que ilustra su portada con un cuadro del pintor Adolfo P. Suárez y cuyo prólogo ha corrido a cuenta de un servidor. En su día (es decir, dentro de nada: en cuanto el libro sea una realidad tangible) daré más detalles del asunto. De momento, ahí queda la primicia.


Foto: Álex Piña

jueves 16 de diciembre de 2010

Defensa de Preciado

No sé si el Sporting ganará al Deportivo en Riazor. En caso de que abandonemos La Coruña con una derrota (permítanme que use la primera persona del plural, pura deformación de hincha), las cosas se pondrán muy cuesta arriba y puede que Manuel Preciado no llegue a comer las uvas en Gijón. Por eso me apetece, antes de que se dé siquiera tal posibilidad -y para que nadie me llame arribista, ni chaquetero, ni nada parecido-, decir aquí que Preciado es (posiblemente junto a Miera y Novoa, aunque nunca me gustó mucho el fútbol de este último, y con una mención especial para Bert Jacobs, por el que siento debilidad) el mejor entrenador que ha pasado por la ribera del Piles. El año pasado, cuando publicaba mis crónicas sportinguistas en El Comercio, le dediqué el último artículo de la temporada. Entonces ya le cuestionaba una parte de la afición. Ahora que las críticas han vuelto a cebarse con él y que, no voy a recordar los motivos, se ha convertido en el pimpampún de cierta prensa madridista, voy a romper una lanza a su favor.

Manuel Preciado es un señor que llegó al Sporting en el verano de 2006, aunque el club ya había intentado ficharle tres años antes. Tenía una historia personal bastante triste (su mujer murió de cáncer y uno de sus hijos falleció a los 15 años en un accidente de tráfico) y una trayectoria avalada por el ascenso que había conseguido con el Levante en la temporada 2003/2004. Cuando firmó el contrato en las oficinas de Mareo, lo hizo con el objetivo de evitar que el equipo descendiese ese año a Segunda B. Sudó sangre para conseguirlo. Un año después, sin que el objetivo se hubiese modificado sustancialmente, acabó ascendiéndolo a Primera División. Puede que los que no son del Sporting, o no vivan en Gijón, no sean capaces de imaginar lo que supuso aquello en una ciudad que había padecido una década ignominiosa con un equipo hundido no sólo en lo deportivo, sino en otros muchos ámbitos. Pero vamos despacio.

Tras aquel 15 de junio de 2008 en el que el Sporting consumó el ascenso ante el Éibar, hubo quien pidió un relevo en el banquillo argumentando que Preciado apenas tenía experiencia en Primera. Por suerte, le permitieron seguir. La permanencia de la 2008/2009 se decidió en el último partido (había cinco equipos implicados en el descenso, y quiero recordar que el Madrid -que ya no podía ganar nada- alineó a sus suplentes contra el Osasuna, uno de los que se jugaba la vida) y con bastante sufrimiento. Hubo muchos que, ya en aquella temporada, dijeron que el entrenador cántabro estaba agotado y no daba más de sí. Obviaban que la plantilla del Sporting estaba bastante limitada y que éramos -y esto lo dije siempre, y era más una alabanza que una crítica- un equipo de Segunda jugando en Primera. La temporada siguiente -es decir, el año pasado- las cosas mejoraron algo. Llegaron fichajes que funcionaron, el equipo parecía asentado en Primera y la grada de El Molinón se olvidó de errores viejos para los que daba la impresión de que se habían encontrado soluciones nuevas. El esqueleto, no obstante, seguía siendo el mismo, y la segunda vuelta acabó pareciéndose mucho a un campo minado. La permanencia se ratificó esta vez en la penúltima jornada. Y todos suspiramos de alivio.

Ahora que, después de 15 partidos disputados, el Sporting lleva 11 puntos y está penúltimo en la tabla y la cosa no pinta nada bien, se recrudecen las andanadas contra Preciado. Unos dicen que no tiene ni idea; otros piensan que decide las cosas porque sí; algunos ni siquiera le reconocen el mérito de habernos puesto donde estamos. Olvidan, en primer lugar, que hasta ahora el cántabro ha cumplido siempre y que en no pocas ocasiones ha dado la cara por el club antes que nadie, pero también que los fichajes no son su responsabilidad directa (hasta donde yo sé, la dirección deportiva manda bastante en el tema) y que, de los muchos males que ha tenido el Sporting en estos últimos 20 años, muy pocos estaban relacionados directamente con sus entrenadores y sí, en cambio, con quienes después de estas dos décadas siguen bien con sus acciones en el bolsillo o bien con sus despachos en la planta noble. Quienes recuerden aquel ominoso vídeo que emitió Canal Nou en 2002 ó 2003 y se pregunten dónde están ahora los protagonistas y los secundarios de entonces me entenderán. Quizás estuviese bien dejar de arrojar las derrotas a la cara de Preciado -a quien, también lo digo, no entiendo muchas veces- y preguntarse, honestamente, qué es lo que tiene a su disposición, y qué está haciendo con ello. Y, de paso, por qué tiene precisamente eso y no un poco más, y en qué momento aquel Sporting que participó seis veces en la UEFA y llegó a tener una de las canteras más respetadas de España, con Lezama y La Masía, se vio sometido a la humillación de verse descendiendo a Segunda con sólo 13 puntos en su casillero y tuvo que padecer el calvario que supusieron los diez años largos que vinieron después, y por qué anda ahora capeando el temporal a trancas y barrancas por los estadios de Primera. Preciado sólo lleva aquí cuatro temporadas y media. Otros estaban ya cuando empezó el desastre, o mientras se fue desarrollando. Y esos siguen ahí.

Y a ellos no les va a echar nadie.

miércoles 15 de diciembre de 2010

Viajero en Gijón


Siempre digo que en esto del periodismo he tenido, fundamentalmente, dos maestros. El primero fue José Luis Argüelles, que en el verano de 2001, en una redacción de la cuenca minera asturiana, me dio la lección fundamental de este oficio, aquella que, curiosamente, nadie me había dado en los tres años que llevaba entonces de carrera: el periodismo consiste en contar lo que pasa, y contarlo bien. El segundo fue Juan Carlos Gea, que un año después -en el verano de 2002, y ya en Gijón- me enseñó que, además de contar lo que pasa y contarlo bien, uno podía echarle literatura hasta al breve más insulso. Los dos fueron mis jefes (aunque el segundo nunca quisiera oficiar como tal) en esos dos periodos de prácticas con los que me estrené en una profesión que acabó siendo la mía. Con los dos he ido manteniendo trato después. Más continuado con Argüelles desde siempre (poca gente lo sabe y mucha menos lo recordará ya, pero el primer texto literario que publiqué en mi vida con un mínimo de seriedad lo publiqué gracias a él: lo reconocí, veladamente, en la dedicatoria de mi segunda novela) y un tanto esporádico al principio con Gea, con el que en estos últimos años he estrechado bastante la relación.

Quizás esté mal que yo lo diga, pero Gea era un hacha. Me divertí muchísimo con él aquel verano, buscándole las vueltas a la noticia o el reportaje más idiota para darle un mínimo de dignidad o para que, por lo menos, el lector pudiera divertirse leyéndolo. Él era capaz de ir a cubrir, no sé, cualquier reunión de la asociación de vecinos del barrio más tirado de la geografía gijonesa y escribir después una crónica plagada de adjetivos punzantes y metáforas inverosímiles de las que siempre valía la pena recordar algún destello, algún hallazgo inesperado; alguna genialidad, en suma. Nunca se lo he dicho, pero muchas veces, cuando he tenido que enfrentarme a alguna noticia insulsa, a la crónica de algún asunto soporífero, a un reportaje sobre un tema que no me interesaba en absoluto, me he preguntado cómo lo habría escrito él, de qué manera lo habría enfocado, qué connotaciones había sido capaz de rastrear para que la escritura del asunto no resultara tan aburrida como el asunto en sí. Y vive Dios que era difícil.

Pero todo esto viene al caso porque en el invierno que medió entre 2002 y 2003 -en una escapada que hice a Gijón desde Madrid cuando yo vivía allí- estuve tomando una cerveza con Gea y me comentó que andaba preparando un libro sobre Gijón que le había medio encargado Álvaro Díaz Huici y que, básicamente, mantendría la línea de los Por Gijón, una serie de articulitos que escribió hasta hace poco en La Nueva España y que eran una auténtica gozada. En teoría, iba a estar listo en uno o dos años, pero la cosa se dilató y, cada vez que publicaba un nuevo libro -y publicó dos y una plaquette: El temblor, Occidente y Rompehielos, respectivamente-, yo le preguntaba por aquella historia que se había quedado en el limbo. Y, después de darme durante mucho tiempo respuestas vagas y poco esperanzadoras, hace cosa de un año me contó que la cosa volvía a ponerse en marcha y que, ahora sí, iba en serio. Tan en serio que hace unas horas estuve en la presentación de la criatura. Se titula Viajero en Gijón, lo publica Ediciones Trea y se adorna con unas impresionantes fotografías de Carlos Casariego. Retrata la ciudad en la que ambos vivimos desde la perspectiva de quien llega a ella desde fuera (Gea, no lo he dicho, es de Albacete) y, lejos de acomodarse en un perímetro ínfimo y familiar, se adentra en ella para explorarla, buscarle las cosquillas y descifrar los enigmas que esconden sus recovecos. Dentro de muy poco -igual mañana mismo, igual en dos días- podrán encontrarlo en las librerías. No sé a qué esperan para ir reservando un ejemplar.

Microcosmos207: A día de hoy

Hace bastante, publiqué aquí un artículo en el que hablaba de esa gente a la que uno, en cierto momento de su vida, considera imprescindible y de la que nada acaba sabiendo al cabo del tiempo. Personas que, después de estar presentes en nuestro día a día y de conocer al dedillo nuestras luces y nuestras sombras, empiezan a difuminarse para desaparecer casi por completo y terminan relegadas sólo a un vano recuerdo, a una espumosa evocación que nos viene de pascuas a ramos, cuando, en la soledad de alguna fría tarde de invierno o en el apogeo de una noche gloriosa, aparece un olor, una reminiscencia, alguna palabra de hoy que, dicha con el acento de entonces, nos pone de nuevo en nuestro pasado y hace que nos preguntemos quiénes somos, y qué distancia exacta nos separa de aquello que fuimos.

Hoy, por motivos que no vienen al caso -o sí, pero tampoco hay por qué explicarlos-, me apetece hablar de la otra cara de la moneda. Es decir, de las personas que llegan de repente, cuando uno no espera nada o espera muy poco y se ve irremediablemente atrapado en la tela de araña de la rutina, y en apenas unas semanas o meses se incorporan a nuestro camino para acompañarnos en un periplo que, por difícil o infructuoso que parezca, siempre termina valiendo la pena aunque sea sólo por el placer de compartirlo con ellas. E, igual que a uno le sorprende constatar cómo aquellos amigos sin los que antes no sabía dar un paso se han convertido en figuras remotas y, en muchos casos, prescindibles, es inevitable someterse a ese vértigo que causa el darse cuenta de que gente que hasta hace bien poco era una perfecta desconocida, y de cuya existencia apenas tenía noticia, se ha instalado en un lugar quizás no fundamental, pero sí muy preferente, desde el que soportan nuestros malos humores y nuestras paranoias, los momentos de gozo y los de tedio, esos esplendores de los que tanto alardeamos y esas miserias que siempre intentamos esconder o mitigar pero que casi nunca solemos ocultar ante los ojos de quien de verdad importa. Y yo he pensado que, ya que se me da (un poco) mejor escribir que hablar y el desparpajo no figura enel inventario de mis virtudes, no estaba mal aprovechar este día y este rincón para decirlo. Por muchos años.

El Comercio, 14 de diciembre de 2010

martes 14 de diciembre de 2010

Aquel marzo francés

Hace algunos años, no sé si dos o tres, el diario El Comercio me pidió que recordase alguno de mis viajes en un artículo especial que se publicaría en el suplemento de verano como parte de una serie en la que unos cuantos escritores asturianos hablábamos de las vacaciones que, por el motivo que fuera, más nos habían marcado. Escribí algo sobre París, y unos meses después un escritor asturiano me echó una semibronca por haber escogido esa ciudad y no haber recreado, por ejemplo, mis veraneos en Lastres o alguno de esos periplos menos engolados pero más sinceros que, según queremos creer, de una u otra manera acaban imprimiendo carácter.

La verdad es que su perorata me dio que pensar, y resultó que había dado en el clavo porque descubrí que, si recuerdo algún viaje concreto de todos los que he hecho, es precisamente aquél que me llevó por tierras francesas en los prolegómenos de la primavera de 1997. No sé muy bien las razones (o sí: tenía dieciséis años; unos meses antes había leído Notre Dame de París, de Victor Hugo; era mi primera salida al extranjero...), pero para mí ir a París era algo decisivo, por más que todavía no supiese quiénes eran Truffaut o Godard (a Buñuel lo conocí unos meses después; y, por supuesto, tenía vaguísimas noticias de Rimbaud o de Verlaine, y ninguna del gran Modiano) ni hubiera oído hablar jamás de Les Deux Magots y los adoquines del Barrio Latino fueran sólo una remota referencia dentro de un imaginario más centrado en otros menesteres. No voy a detallar mucho más porque sería muy fácil incurrir en sentimentalismos baratos. Y la verdad, no tengo muchas ganas. En realidad, todo esto viene al caso porque hoy mismo me he encontrado, de pura casualidad, con algunas fotos de aquel viaje que tomó uno de los profesores que vino acompañándonos (se llamaba Francisco Martínez Viadas y daba Ciencias Naturales, creo que ahora anda por algún instituto de Oviedo) y que no tienen como escenario la capital francesa, sino dos pequeñas ciudades que visitamos por el camino (una, a la ida; la otra, a la vuelta) y que en mi recuerdo se dibujan tan hermosas como inquietantes. Éstas son:

La primera fotografía data del segundo día del viaje y está sacada en una terraza del castillo de Amboise. A nuestras espaldas aparece el río Loira. Habíamos llegado allí desde Tours -pernoctamos en esa ciudad la primera noche, después de una visita rápida a Burdeos- y sólo permanecimos allí unas horas, antes de emprender rumbo a Chambord, Orleáns y París. La recuerdo como un pueblecito encantador y con un bucólico aire medieval, aunque tuvimos muy poco tiempo para callejear: lo justo para ir del autobús al castillo y de allí al Clos-Lucé, la casa donde pasó sus últimos días Leonardo Da Vinci. En Amboise fue donde Pablo tuvo la genial idea de insultar a gritos a otra excursión de españoles -pensando que eran franceses y que, por lo tanto, no iban a entendernos- y donde vi una de las camisetas que más me ha gustado nunca, con la efigie de Leonardo y la leyenda Je suis un génie. No me la compré. Todavía me arrepiento.

La segunda fotografía se tomó en la antepenúltima jornada, creo. Habíamos dejado París esa misma mañana para aterrizar en Poitiers, y lo primero que hicimos allí fue visitar el baptisterio de San Juan, del siglo V, que es el edificio que tenemos detrás. Después, nos dejaron a nuestro libre albedrío por el pueblo. Recuerdo la cerveza que nos tomamos en un bar de la plaza del Ayuntamiento -sonaba Fields of gold, de Sting, y desde entonces cada vez que la escucho me acuerdo de aquellos días-, la hermosísima iglesia de Notre Dame (mucho más modesta que la de París, pero casi igual de epatante) y la plaza en la que descubrí los kebabs (creo que me zampé tres o cuatro seguidos, pasamos bastante hambre por allí). También que allí empecé a tratar más a Víctor y a Raúl, que poco tiempo después iban a hacerse amiguísimos míos, y que esa noche Pablo y yo nos perdimos en el inmenso hotel de Futuroscope en el que nos alojamos.

Fue en marzo de 1997. Pronto hará catorce años. Joder...

viernes 10 de diciembre de 2010

Rambal y mi novela inacabada


Nunca me ha gustado hablar de lo que escribo mientras lo escribo (para ser sinceros, ni siquiera me gusta hacerlo cuando ya está escrito), y eso que no conocí hasta hace relativamente poco aquella máxima de Tobías Wolff (No hables de lo que escribes. Si hablas de lo que escribes tocarás algo que no debes tocar y eso se hará pedazos y no tendrás nada...). En este caso, sin embargo, la culpa fue mía y sólo mía. Cuando empecé a buscar documentación acerca del irresuelto asesinato de Rambal, acudí a aquellos que habían tratado el tema antes que yo -no dejen de leer el espléndido texto que Pachi Poncela, una de las primeras personas a las que me dirigí, dedica al asunto en su Crónica Negra de Gijón (Gran Enciclopedia Asturiana, 2000)-, y llamé a mi amigo Pablo Antón Marín Estrada para preguntarle si me podía facilitar una novela que él había publicado en 1998 inspirada en ese mismo tema (La ciudá encarnada) y que estaba por aquel entonces descatalogadísima (el año pasado la reeditó Ediciones Trea, pero hasta ese momento ni mis chicos de Paradiso habían sido capaces de localizármela). Tuve suerte: aún le quedaba un ejemplar y nos vimos una mañana de verano en la que yo le hablé de mi proyecto y le expliqué por dónde pretendía que fuesen los tiros. Ahí empezaron las casualidades. Unos días después, a Pablo Antón le llamaron de una productora de la Televisión del Principado de Asturias (TPA) para requerir su participación en un capítulo que se iba a dedicar a Rambal dentro de una serie sobre crímenes cometidos en Asturias en los últimos 30 años. Él acabó pasándoles mi teléfono y cediéndome a mí el puesto que los responsables de la cosa pretendían que ocupase él. Así, en octubre de 2008 aparecí en televisión hablando de un libro que por aquel entonces ni siquiera había comenzado a escribir, contradiciendo así una de mis normas. Al menos, aquel programa lo vio poca gente. O eso creo.

Desde entonces, la novela fue cogiendo cuerpo, y estaba ya bastante avanzada cuando, en la pasada primavera, mi ordenador -el mismo en el que ahora estoy escribiendo esto- dijo basta y se fundió. Intenté resucitarlo de todas las formas posibles, y lo conseguí sólo a medias: el aparato funciona, pero he perdido todo lo que había en su interior. Es decir, año y medio de trabajo. Y, entre otras cosas, los ciento y pico folios que llevaba escritos de la dichosa novela. Por los mismos días en que yo recuperaba mi máquina, el diario El Comercio (en el que habitualmente colaboro, como sabrán los pocos que más o menos van siguiendo lo que publico por ahí) sacaba al descubierto el archivo fotográfico de Joaquín Fanjul, en el que hay una instantánea de Rambal (la misma que ilustra esta entrada) que sirvió a los responsables del diario de excusa para refrescar la historia de su asesinato y, de paso -y como me temía- , llamarme para que diese mi opinión sobre el asunto. El artículo, escrito por Jesús Escudero, se publicó ayer y pueden leerlo aquí.

Así que ya ven. Dos años después, sigo dando la tabarra con lo mismo. Y lo peor es que la novela está casi en el mismo punto en el que estaba entonces. Y de tanto marear la perdiz, ya empiezo a pensar que ese libro está maldito y que no voy a conseguir terminarlo nunca. Y mientras, yo sigo hablando de él sin pudor ni recato alguno. Y en fin, que no hay por dónde cogerme.

miércoles 8 de diciembre de 2010

Microcosmos206: Secretos y mentiras

Había un proverbio de no recuerdo dónde que decía que aquél que hubiese pasado por este mundo sin contar una mentira ni guardar secreto alguno, sencillamente, no habría vivido. Aseveración que, trasladada al campo de la Gran Historia, podría funcionar perfectamente como termómetro de la grandeza (política y económica, en ningún caso moral) de los distintos imperios, reinos y estados que se han venido creando y destruyendo desde que el hombre hizo su apoteósica aparición sobre la tierra. Roma llegó a ser lo que fue por la gran capacidad que tenía para fabular sobre sí misma al tiempo que conspiraba, desde la clandestinidad de las alcantarillas, contra todos los que osasen poner coto a su poder, y sólo a última hora -cuando, absolutamente resabiada de sí misma, llegó a creerse invencible además de invicta- se dejó doblegar por unos bárbaros que llegaron desde el norte para traspasar sus fronteras e inaugurar una nueva era.

Aquí (es decir, en el presente) hace tiempo que asistimos al desplome de un tiempo histórico, el que hemos conocido hasta la fecha, que posiblemente escribirá su punto final en cuanto se extinga el último estertor de esta crisis mayúscula que venimos sufriendo, unos más que otros, desde hace ya dos años largos. Las revelaciones de Wikileaks -ese invento de un absoluto desconocido hasta hace poco, Julian Assange, que se ha convertido en Mesías o en traidor, según quién tome la palabra- no son más que el fruto del resabio de un sistema tan encantado de haberse conocido que ni siquiera previó que algún día podrían quedar al descubierto unas bajezas que, por otro lado, todos imaginábamos. Igual que nadie espera ya que el Espíritu Santo sobrevuele la Capilla Sixtina en pleno cónclave papal ni alberga el sueño de hallar en la cara oculta de la luna otra cosa que cráteres, ninguno nos hemos sorprendido en exceso al conocer los dichosos cables porque, en esencia, sólo han servido para constatar que el mundo es tan asqueroso como nos imaginábamos. Lo que no tengo claro es que el sistema (y no me refiero sólo al capitalismo, sino a algo mucho más global: a eso que podríamos denominar el tinglado de la actual farsa) no se haya asustado al reconocerse a sí mismo en el espejo, con sus secretos y mentiras al descubierto. Sin coartadas para sostener ya esta ficción tan burda como evidente en la que pretendió, y quisimos, encerrarnos.

El Comercio, 8 de diciembre de 2010

martes 7 de diciembre de 2010

Juan Cueto x Álex Piña

La otra noche, en el Savoy, me encontré con Álex Piña, fotógrafo de El Comercio, y, no sé muy bien cómo -o sí: apenas nos habíamos visto desde entonces-, nos pusimos a hablar del día que nos conocimos. Fue a finales de octubre del año pasado, en Somió, en la casa donde vivió Juan Cueto hasta hace unos meses. Yo había ido allí a hacer una entrevista (de la trascendencia que aquella cita tenía para mí ya he hablado hace tiempo) y él venía a sacar las fotos pertinentes. Aproveché el reencuentro para decirle cuánto me habían gustado los dos retratos que aparecieron publicados en su día como acompañamiento a mi texto (uno, con Cueto sentado en el jardín, mirando al cielo con un libro en francés entre las manos, como un sabio distraído; otro, con un Cueto meditabundo retando a la cámara desde la otomana que tenía en su antigua biblioteca). Él me contestó que las fotografías que salieron en el periódico no habían sido, ni de lejos, las mejores que había tomado en aquella sesión.

Hoy, año y pico después, han caído ante mis ojos otras imágenes de aquella tarde en Villa Josefina -que para mí supuso el inicio de muchas cosas de las que hablaré en su momento, si hablo-, y no deja de tener gracia que aquella casa -que perteneció en su día a un alemán que fue uno de los introductores de la fotografía moderna en Asturias- acabara siendo el escenario de unas fotos que tienen un aire inequívocamente romántico. El que quiera conocer más facetas de la obra de Piña, puede hacerlo pinchando en este enlace a su bitácora. Vale la pena.

Y si alguien quiere ojear la entrevista que salió de aquel primer encuentro a tres bandas (Cueto, Piña y yo), puede hacerlo pinchando aquí.

miércoles 1 de diciembre de 2010

Maldito Ignatius

La cosa fue, más o menos, como sigue:

Era la penúltima noche del Festival Internacional de Cine de Gijón (la última para mí: acabábamos de dejar finiquitado el que iba a ser el último periódico de este año) y estábamos unos cuantos colegas tomando una copa en el Savoy. Apareció por allí Ester Roldán Calvo -que es arquitecta y se pasó los nueve días que duró la cosa oficiando de cronista social, pueden ver el resultado de sus recorridos (diurnos y nocturnos) en este blog- y se quedó con nosotros. Llevaba, cómo no, su cámara. No recuerdo de qué estábamos hablando cuando, de pronto, me miró fijamente y preguntó:

-¿Puedo hacerte una foto?

Le dije que sí, que claro, que cómo no. Posé lo mejor que pude. Ella apretó el disparador.

-Mira qué bien ha quedado -dijo.

Y entonces me enseñó esto:


Y pensé: Maldita sea. Hasta Ignatius liga más que yo.

Microcosmos205: La risa y la reputación

Hablaba hace unos días con Borja Cobeaga del escaso reconocimiento que concede a la comedia, o al arte de hacer reír, cierta crítica que, hoy por hoy, es la que marca el paso de lo cool. Es una mierda, pero te ríes, decía él que se suele decir cuando una película provoca las carcajadas de los espectadores o en esas ocasiones en que tenemos que interrumpir la lectura de un libro para dar rienda suelta a nuestro alborozo. No es que la risa esté mal vista, es que -ignoro las causas- quienes la buscan suelen andar escasos de reputación, por más que sea mucho más difícil hacer reír que hacer llorar y algunas de las mayores obras maestras de la literatura o el cine (El Quijote, El gran dictador, La conjura de los necios, Con faldas y a lo loco) tienen en el humor uno de sus componentes fundamentales.

No sé si Cobeaga -que va camino de convertirse en un Billy Wilder a la española- admiraba a Leslie Nielsen, pero supongo que también a él se le habrá retorcido algo dentro al enterarse de la muerte de un tipo que protagonizó unas cuantas escenas de ésas que llevamos incorporadas a la retina todos los que disfrutamos como críos cada vez que volvemos a Aterriza como puedas (y somos unos cuantos) y al que le bastaba aparecer medio segundo en la pantalla para dibujar en nuestros labios una de esas sonrisas que sólo se nos despiertan cuando la vida se pone espléndida. No es poco.

Una de las cosas que más agradezco -y supongo que a cualquiera le ocurre lo mismo- es que me hagan reír, sobre todo si ando en una mala racha o me pillan en uno de esos momentos bajos. Y, a la larga, uno descubre que en su panteón particular aquellos que fueron capaces de despertar su hilaridad comparten pedestal con quienes propiciaron reflexiones profundas y circunspectas con su estilo cerebral y abigarrado.

Leslie no tuvo otra expectativa que la de hacer lo suyo, y bien, y gracias a que no quiso otra cosa ha conseguido que mientras escribo estas líneas a muchos nos haya dado por volver sobre algunas de sus escenas más memorables. Es todo lo que nos queda ahora que no podemos hacer más que desearle suerte allá donde vaya. Y decirle que, pase lo que pase, seguiremos contando con él.

El Comercio, 1 de diciembre de 2010