
Me hice del Barça -es un decir: los que me conocen saben que, si soy de algún equipo, es del Sporting- por una razón: ganaba cuando jugaba bien. Esa característica, que muchos consideraban un demérito, era, en mi opinión, la mayor de sus virtudes. La consumación futbolística de ese axioma, tantas veces incumplido, que dice que cada uno tiene lo que se merece. Eran los tiempos del Dream Team de Cruyff: los de Zubi, Stoichkov, Sergi, Bakero y compañía, y, aunque a mí no me interesaba demasiado el fútbol, me gustaba ver sus partidos precisamente por eso: porque era un placer verles en el campo, observar aquellas triangulaciones, degustar las repeticiones de aquellos golazos que parecían tan fáciles de marcar. Como no era nada forofo, aún, pude haberme cambiado de equipo cuando el Barça perdió aquella Copa de Europa en Atenas y el sueño empezó a desmoronarse, pero resulta que yo -que era muy joven, pero estaba empezando a dejar de ser un pipiolo- no me creí nunca la retórica de buhonero de Valdano, así que, cuando el Barça empezó a jugar mal (y jugó fatal, vive Dios), seguí simpatizando con el equipo, celebrando sus victorias y asumiendo sus derrotas. Puedo decir una cosa: nunca me escondí. A día de hoy, sigo sin hacerlo, como demuestra el hecho de que firme cada palabra que escribo. No como otros.
Dicho esto, y obviando la alegría que me ha dado la manita del Camp Nou (algún día escribiré sobre Mourinho, pero hoy no es el momento), quiero aclarar que nunca tuve dudas de que el Barça ganaría esta noche. El mérito de Pep Guardiola no ha sido el de armar un equipo (al fin y al cabo, ya estaba casi montado cuando él llegó), sino el de transmitirles a los componentes de la plantilla lo que significa ser del, o jugar en el, Barça. Es la gran diferencia entre los dos principales equipos de la Liga española. El Madrid (un club que fundaron allá por los principios del siglo XX dos catalanes que, por haber emigrado a la capital, no podían jugar en el Barça: no me digan que la cosa no tiene gracia) ha tenido enormes jugadores que le han dado muchos títulos, y chapeau por ellos. El Barça, por el contrario, ha concebido una forma de ser (o de estar en el mundo) que resulta imprescindible para su supervivencia. El Madrid sólo exporta su palmarés. El Barça, por el contrario, transmite una filosofía que, cuando funciona (y últimamente -Cruyff, Van Gaal, Rijkaard, Guardiola- funciona mucho), va más allá de aquel viejo lema de fútbol es fútbol para renovar, gane o pierda, el imaginario colectivo de varias generaciones. Para el Madrid, ganar títulos es una obligación. Para el Barça, es un premio. El Madrid tiene una estadística. El Barça, un estilo propio.
El Barça puede presumir de ser (y la cursiva es importante) el Barça. El Madrid sólo puede acumular títulos. Que sean felices con su miseria.
Dicho esto, y obviando la alegría que me ha dado la manita del Camp Nou (algún día escribiré sobre Mourinho, pero hoy no es el momento), quiero aclarar que nunca tuve dudas de que el Barça ganaría esta noche. El mérito de Pep Guardiola no ha sido el de armar un equipo (al fin y al cabo, ya estaba casi montado cuando él llegó), sino el de transmitirles a los componentes de la plantilla lo que significa ser del, o jugar en el, Barça. Es la gran diferencia entre los dos principales equipos de la Liga española. El Madrid (un club que fundaron allá por los principios del siglo XX dos catalanes que, por haber emigrado a la capital, no podían jugar en el Barça: no me digan que la cosa no tiene gracia) ha tenido enormes jugadores que le han dado muchos títulos, y chapeau por ellos. El Barça, por el contrario, ha concebido una forma de ser (o de estar en el mundo) que resulta imprescindible para su supervivencia. El Madrid sólo exporta su palmarés. El Barça, por el contrario, transmite una filosofía que, cuando funciona (y últimamente -Cruyff, Van Gaal, Rijkaard, Guardiola- funciona mucho), va más allá de aquel viejo lema de fútbol es fútbol para renovar, gane o pierda, el imaginario colectivo de varias generaciones. Para el Madrid, ganar títulos es una obligación. Para el Barça, es un premio. El Madrid tiene una estadística. El Barça, un estilo propio.
El Barça puede presumir de ser (y la cursiva es importante) el Barça. El Madrid sólo puede acumular títulos. Que sean felices con su miseria.










