miércoles 27 de octubre de 2010

Crónica de un final

En aquel momento no podíamos imaginarlo, pero la foto que ven aquí debajo ha acabado teniendo miga. Nos la sacó Alejandro Braña en su estudio de La Camocha (Gijón), creo que en el verano de 2007, y en ella aparecemos todos los que en aquel momento conformábamos la plantilla de Publicaciones Ámbitu S. L., empresa editora de, entre otras cosas, el semanario Les Noticies (cuya sección de Cultura coordinaba yo desde finales de 2006) y la revista cultural El Súmmum (que, si mal no recuerdo, había empezado a dirigir a primeros de ese mismo año). Mientras escribo estas líneas, aún está colgada en la web de la empresa, pese a que la página entró en servicio hace unas pocas semanas y cuando lo hizo una de las personas que aparecen en ella ya no formaba parte de la plantilla. Ayer mismo, yo también dejé de pertenecer a esa empresa después de unos cuantos meses bastante jodidos, los tres últimos alejado de toda actividad. Como en este tiempo las circunstancias me obligaron a dejar de lado cosas que no estaban vinculadas a mi trabajo en Ámbitu (los artículos en El Comercio o las actualizaciones de esta bitácora, por poner sólo dos ejemplos), y como he venido recibiendo no pocos correos electrónicos -que no contesté o contesté a medias- en los que amigos y conocidos se interesaban por mi situación laboral y personal, me he decidido a explicar someramente aquí la historia para resumírsela a los que aún no la saben (que son bastantes) y para despedirme de los que ya son mis ex-compañeros, dado que no me dio tiempo a hacerlo en persona, como ellos se merecían y a mí me hubiese gustado.

¿En qué momento se jodió el Perú?, se pregunta un personaje de una de las novelas más memorables de Vargas Llosa. Si se sustituyese el objeto de la interrogación, podría ser una buena manera de empezar esta crónica. Entré en Ámbitu, como redactor de Les Noticies, en marzo de 2006, después de colaborar durante tres meses con ese semanario, y durante mucho tiempo defendí públicamente a esa empresa porque durante mucho tiempo fue, hay que decirlo, uno de los sitios en los que más cómodo había estado en toda mi vida laboral. Había un buen ambiente, los horarios eran flexibles, los jefes eran uno más, cobrábamos poco pero se valoraba nuestro trabajo, uno podía aprender mucho de sus compañeros... No estaba mal. Si me planteo una respuesta rápida al interrogante con el que he iniciado este párrafo, podría señalar que las cosas cambiaron en diciembre de 2009, cuando, en plena víspera de Nochebuena, la dirección convocó a todos los trabajadores a una reunión para anunciarnos que las cosas iban mal, que la crisis estaba haciendo que pintasen bastos y que no podían asegurar que no fuera a haber despidos a lo largo de 2010. Pero no. En realidad las cosas habían empezado a cambiar unos meses antes, cuando desde la gerencia se comenzó a insinuar la necesidad de que el semanario diese un cambio ideológico (de la izquierda al centro-derecha) cuya pertinencia nunca acabamos de ver clara y que no venía refrendado por ningún estudio de mercado -o, al menos, nada de eso se nos dijo-, sino por la mera voluntad del propietario y el gerente, que fueron los que explicitaron la necesidad de ese cambio. Aquellas sugerencias acabaron pareciéndose mucho a una imposición, y la entonces directora -Beatriz R. Viado, a la que había nombrado la propia empresa en el otoño de 2006- dimitió de su cargo. A partir de ese momento, los contenidos de Les Noticies empezaron a consensuarse formalmente (en la práctica siempre se había hecho así) entre los miembros de la redacción, con Bea asumiendo las funciones de coordinadora, es decir, de intermediaria entre los redactores y la gerencia. En aquella reunión de Nochebuena, la empresa nos pidió que arrimáramos el hombro, que trabajásemos duro, que atizáramos el fuego para mantener a pleno rendimiento la caldera. Los trabajadores, que intuíamos que Ámbitu tenía beneficios y que no acabábamos de ver clara toda aquella maniobra, no nos negamos; pero, al mismo tiempo, decidimos organizarnos y convocar elecciones sindicales. Las asambleas internas se prolongaron durante una semana y en ellas participamos casi todos. En una de ellas, en la que me sorprendió la actitud abiertamente beligerante que el entonces comercial mostró contra la propiedad y la gerencia, se decidió que yo fuese el único candidato. Me eligieron, fundamentalmente, por dos motivos: estaba ya afiliado a un sindicato y, como resumió con mucha gracia un compañero, como iba a mi bola, ni la dirección ni la gerencia acababan de saber muy bien cómo respiraba. Las elecciones se hicieron en enero, creo. La empresa -que, todo sea dicho, no puso reparo alguno a la convocatoria- no presentó ningún candidato. Gané.

Las cosas, no obstante, se habían enrarecido bastante desde aquella reunión de Nochebuena. El gerente apenas cruzó palabra con nosotros durante quince días -ni siquiera saludaba al llegar ni se despedía al salir- y no lo hizo hasta que terminaron las vacaciones de Navidad. Fue entonces, creo, cuando comenzó a presidir las reuniones de redacción de los jueves, que durante los meses siguientes se caracterizaron por las continuas broncas que nos iban cayendo por los motivos más inesperados (recuerdo especialmente la del jueves 24 de junio, día de San Juan). Rara vez nos felicitaba, porque por definición lo hacíamos todo mal, o al menos eso parecía. Entre tanto, la actitud del comercial pasó de beligerante a silenciosa. No nos extrañó, ni pensamos nada raro, hasta que en marzo o abril descubrimos que le habían ascendido nombrándolo Director de Proyectos Especiales (cargo cuyo contenido nunca llegamos a conocer con exactitud). La cosa empezaba a ser curiosa: si el principal problema económico del semanario -tal y como se nos había comunicado- era que los anunciantes ya no metían publicidad, resultaba llamativo que la empresa prescindiera precisamente de una de las figuras más necesarias en tiempos de crisis. Aunque, según se nos comunicó desde la empresa, el ex-comercial iba a seguir buscando publicidad pese a su nueva ocupación (que, insisto, nunca se nos especificó), no hay más que hablar con cualquiera que haya trabajado un par de meses de becario en un medio de comunicación para enterarse de la importancia que en este ámbito tienen los comerciales. Como habrán imaginado, no se contrató a nadie para reemplazarle en la función de la que le habían liberado. Y así, mientras nos quedábamos sin nadie que negociase directamente con posibles anunciantes, nosotros seguíamos remando, a veces más de la cuenta: el maquetador, gran profesional y mejor persona, se tiró varios meses remaquetando el semanario al completo en su casa, por las noches, después de salir del trabajo. Su intención era contribuir, en la medida de lo posible, a reflotar la cosa. La reunión en la que le enseñamos al gerente el cambio de diseño fue una de las pocas cordiales que tuvimos este año. También fue muy amable una en la que me dio la enhorabuena (el gerente) por un reportaje que escribí a propósito de la Selmana de les Lletres. Fue lo único, de todo lo que hice entre enero y julio, que mereció su aprobación. Y puedo tener (y tengo) días mejores y peores, pero no me parece que en siete meses sólo hiciera una cosa bien.

La gota que colmó el vaso, sin embargo, llegó durante el verano. La situación se había tensado bastante a lo largo de la primavera, y mis compañeros me pidieron que solicitase las cuentas de la empresa, pero decidieron -he de decir que con mi oposición, porque no consideré que fuera necesario informar de nada a quien imaginaba ya de sobra informado- reunirse antes con el propietario de Ámbitu (que casi nunca iba por allí) para plantear nuestro malestar con el ambiente que se había creado entre la redacción y la gerencia. El viernes 9 de julio cogí vacaciones. El martes 13 de julio, Beatriz R. Viado (coordinadora de redacción, recuerden) y otro compañero se reunieron con el propietario y éste les aseguró, supongo que con una sonrisa en los labios, que las cosas iban a cambiar pronto. El jueves 15 de julio -yo estaba de vacaciones- la empresa decidió despedir a Bea. Me enteré a primera hora de la mañana porque la gerencia me envió un e-mail comunicándome el despido dada mi condición de delegado sindical, pero la cosa no terminó ahí. Entrado el mediodía, recibí una llamada de un compañero que me contó que la empresa había comunicado, en una reunión sorpresa a la que asistió casi toda la plantilla (el corrector, al igual que yo, se encontraba de vacaciones) la marcha de Bea y mi cese como director de El Súmmum y de la página web de Les Noticies (estaba al mando desde un año antes, aproximadamente, y me ocupaba también de ella los sábados y domingos: en este punto conviene aclarar que nunca vi un céntimo de euro ni por la web ni por El Súmmum: era gracioso explicarles a los colaboradores de la revista que ellos, aun cobrando poco, cobraban más que yo). El ex-comercial, por su parte, dejaba de ser Director de Proyectos Especiales (significara lo que significase eso) para convertirse en Director de Publicaciones; es decir, para ponerse al frente de todo (semanario, revista, página web), pero sin escribir ni una palabra, como se encargaron de señalar tanto el propietario como el gerente. Algo que hasta ese momento era inaudito en la historia de Ámbitu.

Los días que mediaron entre el 15 de julio, en el que ocurrió todo esto, y el 19 de ese mismo mes, cuando me reincorporé, fueron bastante malos, y si no fueron pésimos se debió a algún que otro encuentro que no viene al caso y que contribuyó a que, pese a todo, guarde un buen recuerdo de algunos momentos de aquellas jornadas. El lunes 19 me reincorporé y, a media mañana, la gerencia me convocó a una reunión (en la que también estaban presentes el corrector -que, igual que yo, acababa de volver de vacaciones- y el flamante nuevo Director de Comunicaciones) en la que se me comunicaron, de sopetón, todos los cambios, incluidas mis dos destituciones. Cuando tomé la palabra para expresar mi rechazo tanto al fondo y la pertinencia de uno de los asuntos (el despido de Bea) como a las formas del otro (no me fastidió que me quitasen las dos direcciones -en su derecho estaban, al fin y al cabo-, pero sí que ni siquiera hubiesen tenido el detalle de comunicármelo antes de hacerlo efectivo), el gerente respondió, básicamente y con no muy buenos modos, que ésa era mi opinión y que no le importaba a nadie; después, me aclaró que yo iba a seguir haciendo El Súmmum, sólo que a partir de entonces tendría que consultar todas mis decisiones con el ex-comercial, que, por lo visto, sumaba a su talento periodístico una inmaculada visión comercial. Es decir, yo seguiría haciendo el mismo trabajo, pero el mérito acabaría llevándoselo otro. Pregunté por motivos concretos y me pusieron dos ejemplos. El primero estaba relacionado con el espacio -cuatro páginas- que le había dedicado en el último número de la revista a un diseñador de la casa al que habían mencionado como joven promesa en una prestigiosa página web de ámbito europeo sobre Diseño Gráfico (curiosamente, nadie había dicho nada cuando, uno o dos números antes, el ex-comercial llenó seis páginas con fotos de sus vacaciones en China); el segundo, un reportaje sobre Elvira Lindo que, al parecer, era indigno de una revista como El Súmmum. Hagan cuentas: dos casos concretos en una trayectoria de tres años y medio (es decir , quince números) en una publicación en la que se entrevistó, bajo mi dirección, a José Emilio Pacheco (cuando aún no había ganado el Cervantes), Vicente Luis Mora, José Luis Guerín, Nacho Vegas, Milo J. Krmpotic', Manuel Vilas, Constantino Bértolo o Ricardo Menéndez Salmón, y en la que publicaron textos, siempre inéditos, autores como Agustín Fernández Mallo, Montero Glez, Xandru Fernández, José Luis Piquero, Cristina Grande o Hilario J. Rodríguez, por citar sólo unos pocos. Un fracaso absoluto. En ese mismo momento, como no podía ser de otra manera, dimití como director de El Súmmum. Si la empresa desconfiaba de mi criterio hasta el punto de imponerme un supervisor, no tenía ningún sentido que yo siguiese confeccionando la revista. A la mañana siguiente, le conté toda esta historia, de manera más extensa, y comenzando por la reunión de Nochebuena, a una psiquiatra. Me respondió dos cosas. Primero, que por qué no habíamos denunciado a la empresa por acoso. Segundo, que por qué no había pasado antes por su consulta.

Trastorno ansioso-depresivo. Eso fue lo que me diagnosticaron. Me tiré varias semanas en estado de semi-shock hasta que poco a poco empecé a recuperarme gracias a los medicamentos y a que, a fin de cuentas y por suerte, he conseguido rodearme de un grupo de personas sensatas, honestas, cabales e inteligentes que, en la medida de sus posibilidades, me apoyaron y me dieron todos los ánimos del mundo a lo largo de un verano que se me acabó haciendo insufriblemente largo. La llegada del otoño, no sé por qué, empezó a despejarme, y concluí que lo mejor era salir por piernas. No me gusta ir a sitios en los que no soy bien recibido, y creo que en la empresa tenían tantas ganas de que volviese como yo de embarcarme otra vez en un proyecto en el que, lo siento, ya no creía. Me reuní hace unos días con el gerente, lo hablamos y llegamos a la conclusión de que lo mejor era poner fin a esta historia. Ahí debo decir que tanto él como el propietario fueron unos caballeros. En sólo tres días, estuvo todo finiquitado. Ayer mismo hice el último borrón. Hoy, empieza la cuenta nueva.

No me llevo un mal recuerdo de Les Noticies. Si el último año fue pésimo, los anteriores fueron bastante buenos. Tuve la suerte de trabajar con un equipo excelente -por más que se nos escamoteasen méritos a última hora- y pasé muchas horas al lado de gente a la que voy a echar de menos. Si me queda alguna espina clavada, es la de no haber podido dirigir un último número de El Súmmum para despedirme de la revista como ella se merecía (no obstante, espero con ansia el próximo número, que posiblemente sea el último: fuentes de toda solvencia me han asegurado que promete). Por lo demás, espero que esta historieta haya satisfecho la curiosidad de cuantos, en estos últimos meses, trataron de sonsacarme acerca de la situación de Ámbitu y de la mía propia. He contado la historia tal y como yo la viví, o tal y como la percibí, y no voy a entrar en (más) valoraciones ni pienso hacer cábalas sobre el futuro que les puede esperar a mis ya ex-compañeros.

Al fin y al cabo, eso sería dar mi opinión.

Y mi opinión no le interesa a nadie.


De vuelta

Los habituales del lugar (si es que queda alguno a estas alturas) recordarán que hace unos tres meses, a finales de julio, publiqué aquí una entrada que titulé Curándome en salud en la que advertía de que la actividad de esta bitácora quedaba suspendida parcialmente hasta nuevo aviso. Quien haya pasado por aquí desde entonces habrá comprobado que, salvo las glosas de los partidos del Sporting, poco más ha habido. En realidad, casi nada.

Pues bien, el caso es que los problemas de salud a los que hacía referencia en aquel texto se han ido solucionando. Y ya que en aquella ocasión me despedí un poco a la francesa, explicaré con más detalle, muy pronto, qué fue lo que ocurrió y por qué permanecí casi un trimestre alejado del mundo. El caso es que en uno o dos días recibiré (ya era hora) el alta médica y ya me siento plenamente recuperado, así que anuncio que, desde hoy mismo, esto empezará a recuperar su ritmo habitual.

He vuelto.

lunes 18 de octubre de 2010

Sporting, 2-Sevilla, 0

Lo mejor no fue el cabezazo de Sangoy, ni el tacón de Diego Castro, ni el regreso de Rivera, ni las arrancadas de Lora. Lo mejor fue que, por primera vez en mucho tiempo, tuve la sensación de que era imposible que perdiéramos el partido.

sábado 2 de octubre de 2010

Zaragoza, 2-Sporting, 2

Como no me considero ningún perito en esto del fútbol, tiendo a contrastar mis opiniones con el/la primer/a sportinguista que se me ponga a mano, y después de estas seis jornadas de liga (y tras ver lo que pasó hace tan sólo unos minutos en La Romareda), no me resisto a dejar por escrito algunas impresiones:

a) Creo que Bilic lleva demostrando desde hace más de un año que lo mejor que puede hacer el Sporting con él es agradecerle los servicios prestados (que han sido muchos), organizarle un partido de homenaje y transferirle a cualquier equipo que pueda necesitar de sus servicios. Si alinearle de entrada era ya una temeridad, sacarlo de revulsivo suena casi a chiste. Y malo. Cierto es que estuvo a punto de marcar a la salida de un córner, pero también que tuvo un par de fallos bastante clamorosos, y que siempre quedará la duda de qué habría pasado si, en lugar del croata, al campo hubiese saltado Sangoy.

b) Algo grave pasa en un equipo que no es capaz de defender una ventaja de dos goles a favor. Ocurrió hace tres jornadas en casa, ante el Athletic de Bilbao, y se ha repetido esta tarde contra el Zaragoza, con el agravante de que hoy jugamos la mayor parte del tiempo contra diez.

c) Un equipo como el Sporting -y seguramente ningún otro- no puede permitirse el lujo de saltar al campo sin un delantero centro nato. Andar jugando con De las Cuevas (que tiene mucha calidad, sí, pero es flojito y va por rachas) a estas alturas de la película es, cuando menos, temerario.

d) Siempre he defendido a Preciado, pero cada vez dudo más de su capacidad para ir acomodando el juego del equipo a las distintas fases del partido (o, como se dice ahora, para leer los encuentros). Si ya había tenido motivos para la desazón en algunos partidos anteriores, los cambios de hoy terminaron de desconcertarme.

e) Parece que esta temporada se va a hacer larga. Que San Quini nos proteja.