No he ido nunca a los toros, aunque sí pisé una vez una plaza -la de El Bibio, en Gijón- durante una corrida. Fueron sólo unos minutos y apenas pude ver nada porque lo que iba a hacer no tenía nada que ver con lo que ocurría en la arena, sino con quién estaba en las gradas (es lo que tiene ser becario), así que mi contacto directo con el mundo taurino (si exceptuamos una surrealista entrevista con Jesulín de Ubrique de la que no voy a hablar aquí) es casi nulo. No voy a negar, sin embargo, que siempre me ha despertado curiosidad la llamada Fiesta Nacional por varias razones. Primero, por toda la liturgia que la rodea. Segundo, porque se trata de una manifestación cultural que a su vez ha ido propiciando otras (están los grabados de Goya, los dibujos de Picasso, los textos de tantos y tantos que encontraron inspiración en el toreo y en los toros) que se han incorporado por derecho propio a nuestro acervo cultural. Tercero, porque siempre me han apasionado las crónicas taurinas de ciertos maestros del género. Y cuarto, porque aunque parezca paradójico -y no lo es en absoluto- jamás he visto mayor respeto al toro que el que profesan los aficionados a la materia, los entendidos y los propios toreos.El Parlament de Catalunya prohibió ayer las corridas de toros dentro de esa comunidad autónoma. Ellos lo han planteado, ellos lo han votado y, dado que esto es una democracia, sobre el papel la cosa me parece bien. Si la mayoría de los catalanes no están de acuerdo, tendrán ocasión de demostrarlo y supongo que dispondrán de algún instrumento para restablecer la situación que torcieron sus políticos; y si no, pues hecho está. Ahora bien, al margen de que creo que los parlamentos no están para prohibir cosas que no atentan directa ni indirectamente contra los derechos fundamentales del hombre, y de que la palabra prohibir me produce urticaria cuando se usa alegremente, me cuesta digerir los argumentos de los antitaurinos porque me suenan no sé si demagógicos o cínicos, aunque eso no quiere decir que dude de su buena voluntad en muchos casos (tengo amigos antitaurinos, bastantes, y con alguno he llegado a tener broncas gordas por este tema), y porque creo que en muchos casos están más inducidos por el tópico que por una reflexión medianamente seria.
En primer lugar, y por ir de momento sólo a lo circunstancial, me parece una memez identificar el toreo con lo español, entendiendo ese lo español como una abstracción tras la que se escondería un Estado opresor dispuesto a imponerse de cualquier manera sobre las periferias discordantes. Sobre todo porque nunca he sabido muy bien quién o qué encarna ese lo español y porque, si en algún lugar de España se puede considerar el toreo como algo verdaderamente idiosincrático, ése no es otro que Andalucía, comunidad muy periférica y muy poco favorecida, como todos saben, por los oropeles del Estado del bienestar. De todos modos, la sevillana plaza de La Maestranza (que, según tengo entendido, es algo así como el non plus ultra de la tauromaquia) siempre ha tenido una seria competencia con el coso madrileño de Las Ventas en lo que a prestigio se requiere, y en estas dos últimas décadas ambas han visto cómo iba ganando peso un tercer escenario que era, precisamente, el de la Monumental de Barcelona. Es cierto que en muchos lugares (en Asturias, donde vivo, por ejemplo) no hay una excesiva tradición taurina, pero también es verdad que hay mucha gente que disfruta con los toros y que la gijonesa Feria de Begoña (que se celebra dentro de unas semanas) suele llenar la plaza día sí y día también. Lo mismo pasará, imagino, en otras latitudes peninsulares, y no entro en el caso de Pamplona y las fiestas de San Fermín porque no quiero eternizarme. El toreo no deja de ser un espectáculo con sus propios códigos y su propio sentido, es decir, con su propio sistema de significantes y significados. Lo demás son meras manipulaciones (o adjudicaciones, que en determinados casos viene a ser lo mismo) políticas. No hay que olvidar, además, que el toreo no lo impuso ningún poder, sino surgió del propio pueblo, que a su vez luchó para mantenerlo cuando el primer Borbón, Felipe V, vino de Francia y consideró aquel espectáculo una barbaridad a la que trató, sin éxito, de poner freno. No deja de ser gracioso que el propio rey (es decir, el poder; es decir, España) fuese un rabioso antitaurino, sobre todo si se tiene en cuenta que ese mismo monarca fue el que zahirió, humilló y maltrató a Catalunya en general, y a la ciudad de Barcelona en particular, por el apoyo que ésta había prestado a la dinastía de los Habsburgo en la cuestión sucesoria.
Pero bueno. Supongo que el meollo de la cuestión está en el asunto de la tortura, en esa aseveración de que, en la plaza, el toro sufre y, además, se le humilla. En cuanto a lo segundo, niego la mayor. Pocos animales habrá que sean tan temidos y tan respetados a la vez como los toros bravos que protagonizan las lidias, y a pocos les tendrán en tanta consideración sus presuntos enemigos. Lo que se desarrolla en la plaza no es otra cosa que un cuerpo a cuerpo en el que el animal demuestra su nobleza o su bravura y el hombre, su valor, en un tú a tú en el que no hay intermediarios y donde tanto riesgo hay para uno como para otro. En cuanto al sufrimiento del toro, no seré yo el que lo niegue. Es evidente que tiene que ser desagradable que te mareen, que te acuchillen y que te acaben pegando una estocada ante el aplauso general. Visto así, es cierto que el torero -que, por cierto, siempre mira al toro a los ojos- es un torturador infame. Pero en ese caso, déjenme decir que también yo lo soy. Hace no mucho, metí un centollo en una cazuela con agua hirviendo, y el animal se retorció de dolor ante mis ojos mientras yo, lejos de apiadarme, le empujaba hacia abajo con un cucharón de madera para impedir que escapara del suplicio. Y, siguiendo en esa línea, también son unos asesinos infames los que linchan a los cerdos en el sanmartín, o los que matan a las vacas y a los terneros que de vez en cuando adornan nuestros platos. Me dirán ahora los antitaurinos que una cosa es la alimentación y otra la barbarie, pero yo objetaré que hay quien dice (entre ellos, muchos opositores a la Fiesta Nacional) que se puede vivir perfectamente sin comer carne (e incluyo también pescados, moluscos, crustáceos y demás familia), aunque de esto no puedo dar fe, porque ni lo sé ni pienso averiguarlo. Y ya puestos, objetaré que, si por una cuestión alimenticia fuera, hemos llegado a donde hemos llegado porque, como decía Faustino Cordón, la cocina hizo al hombre, y la cocina -es decir, la gastronomía- no es otra cosa que una cuestión cultural que se basa en el aprovechamiento de recursos desde una óptica casi darwinista (es decir, la ley del más fuerte) por la cual el hombre aprovecha, manipula y utiliza todo aquello que está a su alcance. Lo normal sería que quienes se oponen al toreo aduciendo la tortura como excusa se abstuviesen de comer cualquier tipo de carne, pero como conozco a muchos sé que tal cosa no es cierta, así que, por enredar, no estaría de más señalarles también a ellos bien como torturadores o bien como cómplices, con una variante: en la actividad torturadora del torero subyace una cierta ambición artística; en la de ellos sólo está latente el egoísmo de procurarse un placer inmediato y efímero. Lo escribía David Foster Wallace en Hablemos de langostas y a sus palabras me remito.
Poco más tengo que decir, y serían puntualizaciones a lo ya dicho. Acaso, que si no existieran los toros no habríamos podido disfrutar de joyas como el Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca, o el The Sun Also Rises de Hemingway. Pero ya se sabe. Estar contra los toros es, hoy en día, lo progre. Y a estas alturas del partido ya no sé si los que andan llamando asesinos (con una desfachatez y una suficiencia que no sé si produce risa o asco) a los que sí disfrutan de la fiesta tendrán alguna idea de quiénes eran esos dos.

