El Comercio, 26 de mayo de 2010
El Comercio, 7 de mayo de 2010
Elogio de PreciadoAhora que hemos terminado nuestra segunda temporada en Primera con un resultado previsible -y que, por una vez, no contraviene en absoluto los principios de la lógica- y el objetivo debidamente cumplimentado, ahora que todos empezaremos a hacer nuestras propias cábalas para el año que viene e, inevitablemente, lanzaremos alguna que otra mirada al banquillo, quiero recordar que Manuel Preciado llegó a Gijón hace cuatro años para coger las riendas de un equipo que estaba a un tris de descender a Segunda B. Puede que sea por un exceso de romanticismo, o porque siempre he pensado que los detalles pequeños tienen más importancia que la que se les concede habitualmente, pero me inspiró simpatía en cuanto dijo aquello de que por aquí la gente andaba muy tristona y había llegado la hora de alegrarse un poco.
Dos años después, en una soleada tarde de mediados de junio, el Sporting volvía a Primera y, aunque hubo quien habló de la conveniencia de renovar el banquillo para afrontar la nueva etapa, los despachos decidieron darle a Preciado la confianza de la que él mismo se había hecho acreedor. Desde entonces, hasta ahora han pasado muchas cosas. Hemos visto al Sporting jugar partidos primorosos y dejarse ir en otros infumables. Hemos visto cambios incomprensibles y planteamientos espantosos. Hemos salido a hombros y hemos hecho el más abrumador de los ridículos. Nos hemos dejado encandilar tras gestas memorables y hemos visto cómo se nos caía el alma en contiendas horripilantes. Y sin embargo, pese a tanta fluctuación en el índice de los valores futbolísticos, algo tiene este tipo de dialéctica campechana y, a ratos, tabernaria (cómo olvidar aquella analogía de Pilatos y el Bayer Leverkusen) para que no acabemos de perder la fe. Acaso sea porque, en el fondo, su forma de ser coincide con la nuestra y, si aceptamos las tesis deterministas que inspiraron la novelística francesa del XIX, Preciado ya era del Sporting antes de que lo fichásemos, del mismo modo que uno se reconoce en las calles de una ciudad que no había pisado jamás o se ve a sí mismo al contemplarse en unos ojos que le miran por vez primera, quizás porque su bipolaridad coincide punto por punto con la nuestra y sabe dar gusto mejor que nadie a ese gen masoquista que todo buen seguidor del Sporting lleva dentro. Puede que no sea el hombre que más sabe de fútbol del mundo, pero estoy totalmente seguro de que nunca tendremos otro como él. Me gustó cómo lo resumió un buen amigo en una de estas últimas jornadas, tras encontrarnos a la salida de El Molinón: O no tiene ni puta idea, o es un genio. Cuatro años después de su desembarco en nuestras costas, y a tenor de lo poco que tenemos y del lugar en el que estamos, cada vez me decanto más por lo segundo.
El Comercio, 17 de mayo de 2010
Addenda final: Con este artículo concluyen, al menos por esta temporada (ignoro si me renovarán el contrato o piensan dejarme libre), mis crónicas sportinguistas de la temporada 2009/2010. Yo, que en los últimos siete años he venido tocando todos los palos del periodismo, no me había estrenado más que coyunturalmente en el deportivo, y me lo pasé muy bien asistiendo a los partidos y contándolos luego, a mi manera y sin más condicionantes que los que me vienen de fábrica. Soy muy consciente de que, de estas 38 crónicas, algunas estuvieron bien, otras no tanto y probablemente se colara alguna pésima. Traté de hacerlo, eso sí, lo mejor que pude en cada momento (uno, ya saben, no puede estar siempre pletórico). También sé que algunos, en algún momento, se sintieron ofendidos. Lo siento por ellos, pero ni se me pidió que fuese imparcial ni yo lo pretendí nunca, y avisé desde el principio. En fin: sólo quería concluir esta Línea de Fondo diciendo que ha sido un placer contarles a ustedes mis divagaciones futboleras semana a semana. Y que espero que a ustedes les resultara grato encontrárselas en las últimas páginas del periódico. Nos vemos.
Con lo mínimoEntre las idiosincrasias del Sporting y del Atlético hay más similitudes que diferencias. Los dos visten de rojiblanco, los dos están avecindados a orillas de un río, los dos saben lo que es penar en las alcantarillas de Segunda y los dos han forjado sus respectivas historias educándose en la derrota. Los madrileños, por tener siempre acechando sobre sus cabezas la sombra del Imperio Merengue. Los gijoneses, porque aunque en Asturias nunca han tenido que competir con rivales a su altura, vieron cómo se les venían abajo los sueños cada vez que el azar o la fortuna les hacía encaramarse a podios desacostumbrados en un curriculum tan honrado como modesto. Siempre me ha caído bien, en consecuencia, el Atlético de Madrid, tanto por esa complicidad en los statu quo como por su condición de contrapeso de los florentinatos dentro de su mismo contexto, y sabía que no serían tan desconsiderados como para hacernos la puñeta, máxime cuando ellos tienen que jugarse dos copas en quince días y a estas alturas de la película no tenían ninguna necesidad de engrasar los motores de su maquinaria. Lo cierto es que, con la perspectiva que da este falso final, puede decirse que el guión se cumplió a rajatabla: el Sporting se ganó la permanencia, la salvación se cifró en cuarenta puntos y nunca dejamos de estar seguros de que teníamos en el ajo a equipos bastante peores que el nuestro.
Ocurre que uno tenía la ilusión -por otra parte, vana- de concluir sus labores de cronista en El Molinón con un texto tan trepidante como efusivo, con una salva de fuegos artificiales que glosara un triunfo agónico, pero épico, y se detuviera en alguna que otra gesta de nuestros jóvenes atletas locales. La realidad, sin embargo, suele echar por tierra las mejores expectativas, y si algo definió la exitosa despedida rojiblanca fue una grisura que, me temo, no deja de ser metáfora y resumen de lo que el equipo ha sabido dar de sí a lo largo de este año. A veces pienso que hemos asistido a la Liga igual que esos niños que rompen su regalo de Reyes el mismo 6 de enero, a las pocas horas de estrenarlo, y tienen que pasar los meses siguientes haciendo lo posible por remendarlo o trajinando con los pedazos fingiendo que no ha pasado nada y que todo estaba tal cual se lo encontraron al abrir el paquete. Igual que párvulos sometidos al inevitable trámite del desencanto, la emoción que nos embargaba en las primeras jornadas al asistir en directo a las paradas de Juan Pablo, los despejes de Gregory, los pases de Rivera o las internadas de Diego Castro fue mitigándose hasta convertirse en esa desolación agria y contumaz que nos fue asaltando en la segunda vuelta, cuando aquel Sporting brillante parecía un equipo descascarillado y sobrevivíamos a base de remiendos, tiras de celo y alguna que otra venda que solía llegar cuando la herida ya estaba demasiado abierta.
Y es ese sobrevivir a trancas y barrancas, esa andadura irregular por el borde del precipicio, sin llegar a asomarnos demasiado, la que hace que me sepa a poco esta consumación del objetivo. Uno no esperaba ya grandes hazañas, pero sí fantaseaba con la posibilidad de celebrar una victoria, sobre todo ante un rival que, hay que decirlo, vino aquí sin otra intención que la de pasearse. Y claro que prefiero este final a las taquicardias que nos vimos obligados a pasar en campañas anteriores, pero tampoco tengo demasiadas ganas de celebrar nada después de comprobar que aquel equipo que parecía tener la clave para aunar esa alegría que siempre le exigimos al Sporting con un juego audaz, valiente y efectivo ha terminado certificando su permanencia con lo mínimo.
Foto: Joaquín Pañeda
El Comercio, 9 de mayo de 2010

Ética y estéticaNunca he dudado de la fiabilidad de la aserción de José María Valverde cuando, al abandonar su cátedra de la Universidad de Barcelona en protesta por ciertas expulsiones dictadas por Franco, enunció aquello de Nulla estetica sine etica. Si, puestos a entrar en juegos tan extemporáneos como hiperbólicos, aplicamos los dos conceptos que rigen ese silogismo formulado en nuestro tiempo, pero apto para cualquier época, a los siempre resbaladizos y cambiantes terrenos del balompié, podremos convenir en primera instancia que el fútbol no conoce otra ética que la de la victoria ni más estética que la de los goles que, a la postre, acaban propiciándola. Cuando llega el final de la temporada, son los equipos que mejor han sabido aprovechar los tantos que han marcado los que terminan proclamándose campeones u ocupando posiciones relativamente cómodas en la clasificación, lo que viene a demostrar la subordinación de ese primer factor, relacionado directamente con el goce de los sentidos, con el segundo y fundamental término de esa ecuación dialéctica. Es decir, el fin que determina unos medios que, por otro lado, se antojan imprescindibles para llegar a la conclusión de ese objetivo, por más que también puedan darse de vez en cuando logros trabajosos o sorprendentes o directamente inesperados, aquellos en los que sus acreedores acaban siendo más fieles al fondo que a las formas y prefieren sacrificar la belleza en beneficio de una concepción más bien obtusa de la racionalidad. El Inter de Milán, y perdónenme la osadía, sería un buen ejemplo.
Minimizando esta teoría, lo mismo sucede al término de los partidos, cuando la ética de las victorias concretas se evalúa en función de la estética de los goles acometidos en esa ocasión determinada. Y es en el caso de los empates donde el segundo factor, ahora sí, se convierte en determinante por sí mismo, porque cuando los dos contendientes fracasan en su finalidad última, sólo queda efectuar un somero tanteo a los puntos para elegir al ganador virtual (es decir, estético) y calmar así el ánimo que nos obliga casi siempre a contemplar la vida en escalas blanquinegras, desprovistas de esa escala de grises que tanto contribuye a dar color al mundo. Ocurre que, en casos como el del Coliseo de Getafe, resulta extremadamente imposible establecer una confrontación ni buscar un vencedor relativo convincente, porque si en el golazo con el que De las Cuevas estrenó el marcador anidaba una belleza de reminiscencias clásicas, no es menos cierto que el tanto posterior de Soldado, de chilena, encerraba un barroquismo tan perfecto que hubiese podido convencer al más cerril medievalista de las virtudes churriguerescas.
Cuando uno asiste como espectador a un encuentro de este calibre -en el que es cierto que el Sporting pudo sentenciar en la primera parte de haber tenido algo más de puntería, pero también que le costó reponerse, una vez más, de su condición de víctima del desquicie colectivo que sucedió a la igualada-, poco puede apelar ante la perfección de dos consumaciones que, por otro lado, estuvieron acordes con la ética que cada escuadra tenía cargada en su espalda en el momento en el que saltaron al césped del estadio para disputar el antepenúltimo asalto de esta Liga que se está haciendo insospechadamente larga. «No hay estética sin ética», dijo Valverde en aquel día gris de 1965 en un bello gesto de solidaridad con sus compañeros. El viejo profesor no imaginaba que su frase sería refrendada, cuarenta y cinco años después, por dos hombres apellidados De las Cuevas y Soldado sobre un campo de fútbol periférico, en una soleada tarde de la primavera madrileña.
Foto: Joaquín Bilbao
Las cuentas del pobreYa dice el tópico que las alegrías duran poco en la casa del pobre, y más cuando uno ve cómo las estadísticas se posicionan claramente en su contra. Es una cuestión curiosa ésta de la sistematización de la realidad en virtud de la verdad que termina emanando de unos dígitos que, a su manera, no pretenden otra cosa que tabular y simplificar la historia. Desde que empezaron a proliferar los canales temáticos y a la oferta televisiva le dio por multiplicarse hasta casi el infinito, con el fútbol como gran caballo de batalla entre las distintas plataformas, no he dejado de sentir admiración por los anónimos responsables de esos datos tan detallados como innecesarios con los que cada cierto tiempo la infografía nos salva del tedio de un partido, cuando la cosa no da para mucho, o nos alivia los nervios en plena apoteosis de juego y ocasiones, cuando el encuentro alcanza dimensiones taquicárdicas. Son esas estadísticas que nos informan del número de veces que un jugador la ha tocado con la derecha a lo largo de la Liga, de los pases defectuosos que ha dado tal o cual portero o de la cantidad exacta de vaselinas con la que el más inmaculado delantero ha jalonado su ascenso hasta la gloria. Las mismas estadísticas que decían que el Sporting llevaba seis partidos sin ganar, y cuatro sin marcar, y que Preciado nunca había sido capaz de ganarle la partida a su homólogo Muñiz.
El otro día le comentaba a alguien que las cosas casi nunca son como deberían ser, y cualquiera que haya caminado un poco por la vida conoce la verdad que anida en eso de que las estadísticas están para romperlas. Y sin embargo, el Sporting parece el equipo empeñado en destrozar la regla en virtud a una fidelidad casi absoluta a unos índices numéricos que él mismo ha ido forjando y que resultan, a la postre, tan certeros como incomprensibles. Dice la estadística que al Sporting siempre se le pone cuesta arriba el último tramo de la temporada, y es cierto. Dice la estadística que, allá por la primavera, siempre llega un punto en el calendario en el que los rojiblancos parecen abstraerse de su propia naturaleza para entregarse sin más a las veleidades del azar, y no deja de ser verdad. Dice la estadística que al Sporting le cuesta hacer goles, y el de La Rosaleda tuvo que meterlo Diego Camacho (que, a todas luces, es un goleador inverosímil) ayudándose de una carambola. Hasta el momento, se puede decir que la estadística sólo ha fallado en una cosa: hace un mes y medio, aseguraba que podíamos darnos matemáticamente por salvados y hoy, a sólo tres puntos del descenso, el destino se antoja, como poco, incierto. Por lo demás, la dictadura de los números sigue teniendo bajo su yugo a un equipo que ayer estuvo a punto de medio tocar el cielo y se vio penando, una vez más, sobre el césped de un campo en semisombra por obra y gracia de la climatología andaluza y las limitaciones de las cámaras de televisión. Para nuestra desgracia, en el caso del Sporting las estadísticas acaban resultando casi inquebrantables, y si convenimos que los tópicos tienen siempre algo de verdad y que las alegrías duran poco en la casa del pobre, no se puede negar que empieza a resultar sospechoso que, cada vez que a la mesa se sientan dos pobres de solemnidad, la peor parte del pato siempre nos toque a nosotros.
El Comercio, 2 de mayo de 2010
Es la calle de La Vega, aunque los de Mieres siempre nos hemos referido a ella como La Calle del Viciu (Cai'l Viciu, en asturiano normativo). En principio, el sobrenombre hacía referencia a los bares y pubs que se abrían a ambos lados de la calzada, que eran muchos, pero cuando yo era un crío la cosa había alcanzado connotaciones más siniestras: a partir de cierta altura, la calle se convertía en un nido de yonquis que a determinadas horas del día la hacían casi intransitable, al menos para un niño de diez u once años como era yo en aquella época. La foto debió de sacarse entre 1988 y 1991, más o menos, porque ya se han puesto en marcha las obras de peatonalización y aún puede verse a la derecha, tras el rótulo de la cafetería Capri, el viejo edificio del Teatro Capitol, que acabaron echando abajo alrededor de 1992, si no me falla la memoria. Miro esta imagen y me recuerdo paseando por allí con mis padres, esquivando los charcos y los baches que dejaba el trabajo de las excavadoras, y pienso que ya no están ni el Tino's, ni el Madera's, ni el Baby's (qué entrañable resulta ahora esa anglificación patronímica), ni el Yubana, ni el Faust. Sigue estando Il Gattopardo (por suerte, aunque no sé por cuánto tiempo), y también algunas cafeterías como el Capri (o no, no estoy seguro de que siga abierta), el Garden's, el Yaracuy o el Portofino. También había dos salones recreativos, un par de kioscos en los que vendían tabaco americano, una peluquería de ésas de las de toda la vida y una tienda de bollería donde una noche Pablo y yo nos cruzamos con un vejete ex-falangista que amenazó con pegarnos un tiro en la frente. Hace unos meses, en Nochebuena, volví a Mieres y la recorrí de arriba abajo, desde el entronque con Manuel Llaneza hasta el barrio de La Villa. No había un alma, pero -casualidades de la vida- me encontré en una esquina con Pablo después de un par de años sin vernos. No comentamos nada del viejo de la pistola.
También estaba en la Cai'lViciu la Buraka, uno de los bares más deliciosamente underground que he conocido nunca. Empecé a frecuentarlo tarde, cuando ya tenía diecisiete o dieciocho años, y sólo me hice habitual en la primera temporada que pasé fuera de Mieres, cuando estudiaba Periodismo en Salamanca y sólo iba por allí en las vacaciones o aprovechando algún fin de semana largo. El bar cerró hace dos o tres años, y fue una auténtica pena. Allí se pinchaba buena música, paraban de forma más o menos constante los pocos que hacían cosas que valían la pena y era posible encontrarse con los representantes más egregios de la gauche divine local. Recordé, al tropezarme con esta foto, las partidas de ajedrez con Dani y con Alfonso, la Nochevieja memorable que terminé allí con Víctor o aquella larga noche de juerga con José Luis que terminó al mediodía junto a la estación de autobuses de Gijón. Cuando iba solo solía sentarme en uno de los taburetes de la barra -más o menos donde en la foto se ve a un señor leyendo una revista, al fondo- para ojear la prensa o leer algún libro que llevaba conmigo. Uno de esos días, en vísperas de mi mudanza a Salamanca, descubrí que existía un semanario en asturiano que se llamaba Les Noticies. Qué cosas...
Siempre le tuve cariño al Cine Esperanza. Primero, porque era el único que quedaba en Mieres cuando yo era un adolescente, pero también porque una tía de mi madre vivía justo enfrente -más o menos en el portal desde el que está sacada la foto-y cuando íbamos a verla solía mirar por la ventana las colas que se formaban ante la taquilla y que, en el caso de algún que otro estreno memorable, llegaban a doblar la esquina. Durante muchos años, el Esperanza había convivido en el censo cinematográfico de Mieres con salas como el Capitol, el Novedades o el Pombo (estos dos últimos los tenía muy cerquita), pero acabó languideciendo con la llegada de los noventa y la aparición de las multisalas y los grandes centros comerciales. Allí vi algunas de Woody Allen y John Carpenter con Víctor; también Parque Jurásico, o las de James Bond con Timothy Dalton, o casi todas las que se pusieron de moda por aquellos años. El edificio sigue allí, con su fachada ennegrecida y su rótulo, pero me ha conmovido ver otra vez las letras encendidas y la cartelera a pleno rendimiento. Cuando cerró definitivamente sus puertas, creo que era la primavera de 2002, me pidieron que escribiese un reportaje para La Nueva España. Por primera vez puse caras y nombre a los encargados de cortar las entradas, a la mujer que vendía palomitas, al responsable de la cabina de proyección... Fue lo último que escribí en Mieres para un periódico. Fue, también, uno de los reportajes más tristes que he escrito nunca.