miércoles 26 de mayo de 2010

Microcosmos193: Partenón

De todos los vestigios con los que la Humanidad ha ido dejando memoria de su paso por el mundo, el Partenón de Atenas siempre me ha conmovido de una manera especial por su condición de testigo impertérrito, pero cansado, de la Historia, por ser uno de los pocos frutos más o menos intactos que han llegado hasta nosotros de unos tiempos esenciales por ser aquellos en los que se fundó el mundo en el que hoy vivimos. Asentado en el epicentro de la Acrópolis, el Partenón era el vigía discreto y silencioso de todos nosotros. El faro al que mirar cada vez que nos desorientábamos. El oráculo que siempre estaría ahí para recordarnos aquello de lo que podemos ser capaces, para constatar que la excelencia puede dejar de ser un ideal y tomar cuerpo, y hacerse palpable.

Sin embargo, es otro Partenón el que he visto en las últimas semanas, en esas fotografías que van camino de erigirse en el icono definitivo de una crisis económica tras la que acaso se agazape algo mucho más brutal y siniestro. El Partenón que ahora contempla el mundo que se abre a sus pies a contraluz del crepúsculo ateniense es un Partenón vencido, humillado, herido ante el acoso de unos bárbaros que no vinieron esta vez a asaltar nuestras fronteras porque ya estaban dentro de ellas, porque somos nosotros mismos, y resignado a su condición de ruina, de recuerdo efímero de una época que se va extinguiendo, de decorado de cartón piedra para una sociedad que ha encontrado su razón de ser en los becerros de oro y su religión más fiable en la frivolidad y la horterada. El Partenón que ahora nos mira no sé si con piedad o con tristeza o con vergüenza constata que no cabe esperar mucho más de la civilización, porque ésta ya ha comenzado a desvanecerse para dar paso a la barbarie, y lo único que sabe a ciencia cierta es que esto se acaba, y que ante el miedo o la incapacidad para plantear algo que no sean resurrecciones artificiales de un cuerpo muerto aunque insepulto, lo único que le queda es resignarse y asumir con la mayor entereza posible un desmoronamiento que, aunque se camufle, resulta innegable de tan evidente. Que, a estas alturas, ya no le queda otro remedio que acomodarse en una agónica melancolía, apretar los dientes y aceptar dignamente la ruina.

El Comercio, 26 de mayo de 2010

viernes 21 de mayo de 2010

Microcosmos192: Los que importan

A lo largo de su vida, uno ha procurado siempre mantenerse fiel a unas pocas cosas, seguramente porque la ausencia de una fe que profesar y de unas siglas políticas con las que identificarse hacen que se encuentre, en ciertos aspectos, bastante más desasistido en el día a día que muchos de sus semejantes, y una de esas normas básicas que se ha autoimpuesto y que siempre se propone cumplir a rajatabla es la de no decepcionarse a sí mismo, aunque esto es secundario, porque lo que realmente trata de evitar a toda costa es decepcionar a las pocas personas a las que quiere y que le quieren o, por lo menos, a ese grupo de gente que de alguna manera puebla el reducido círculo de sus inmediaciones.

Lo que ocurre es que hay veces en las que uno no sólo no es infalible, sino que además es capaz de comportarse de una manera abiertamente idiota, y su estulticia o su descuido -y esta última palabra debe interpretarse aquí como eufemismo- acaban no sólo por contravenir ese principio rígido e inmutable, sino también por echar al traste alguna que otra cosa que le importa de verdad y de la que ni por asomo le gustaría prescindir. Son esas ocasiones que resultan terriblemente frustrantes, en las que ni siquiera cabe preguntar qué se ha hecho mal, porque se sabe de sobra, y que sólo sirven para que uno se arrepienta de su poca cabeza, o de su mucha bocaza, y sólo pueda asistir en primera plana a las nefastas consecuencias de una acción tan inoportuna como chabacana.

Defraudarse a uno mismo, al fin y al cabo, no es tan grave porque uno conoce de sobra sus propias limitaciones y, a la larga, acaba por acostumbrarse a ellas o dominarlas. El problema viene cuando los que se decepcionan con uno son aquellos que están a su lado de manera más o menos constante y que, a su manera, contribuyen a que el mundo gire y parezca tener algún sentido, porque entonces se corre el riesgo de que decidan irse y le dejen a uno más solo, más frío y más indefenso que cuando ellos andaban pululando por los alrededores para aparecer de vez en cuando con una sonrisa amable, una mirada tierna o alguna frase cómplice. Uno, en esos casos, sólo puede sentirse como un gilipollas. Y lo peor es que no encuentra la manera de evitar esa irritante, vil, tremenda sensación de fracaso.

El Comercio, 20 de mayo de 2010

lunes 17 de mayo de 2010

Línea de Fondo-Jornada 38

Elogio de Preciado
Racing, 2-Sporting, 0

Los entrenadores son tipos solitarios, reflexivos e irritables. Tienen como misión principal la de construir la estructura de un equipo adecuando su forma de entender el fútbol -es decir, la vida- a la idiosincrasia del club que les toque en suerte, haciendo lo posible por amoldar los rasgos que configuran la identidad de la institución que les paga con los recovecos de su propia personalidad. Y es la complejidad de ese encaje de bolillos lo que termina granjeándoles el afecto o el odio de la grada y lo que, a la postre, les allana el camino a la gloria o les precipita en el abismo de la inanición. Uno se pregunta cómo serán las tardes del entrenador de fútbol y se lo imagina solo -en el salón de su casa, en la tranquilidad de un bar medio vacío, en algún cuarto de hotel- apuntando en un papel alineaciones, tácticas, planteamientos o alguna nota rápida con la que perpetuar una ocurrencia premonitoria sobre el siguiente partido, y lo ve después evaluando sus decisiones, analizando cómo ha de desempeñar su papel en esa jornada que está a punto de llegar y que, como todas las demás, puede marcar un antes y un después en el guión de su destino.

Ahora que hemos terminado nuestra segunda temporada en Primera con un resultado previsible -y que, por una vez, no contraviene en absoluto los principios de la lógica- y el objetivo debidamente cumplimentado, ahora que todos empezaremos a hacer nuestras propias cábalas para el año que viene e, inevitablemente, lanzaremos alguna que otra mirada al banquillo, quiero recordar que Manuel Preciado llegó a Gijón hace cuatro años para coger las riendas de un equipo que estaba a un tris de descender a Segunda B. Puede que sea por un exceso de romanticismo, o porque siempre he pensado que los detalles pequeños tienen más importancia que la que se les concede habitualmente, pero me inspiró simpatía en cuanto dijo aquello de que por aquí la gente andaba muy tristona y había llegado la hora de alegrarse un poco.

Dos años después, en una soleada tarde de mediados de junio, el Sporting volvía a Primera y, aunque hubo quien habló de la conveniencia de renovar el banquillo para afrontar la nueva etapa, los despachos decidieron darle a Preciado la confianza de la que él mismo se había hecho acreedor. Desde entonces, hasta ahora han pasado muchas cosas. Hemos visto al Sporting jugar partidos primorosos y dejarse ir en otros infumables. Hemos visto cambios incomprensibles y planteamientos espantosos. Hemos salido a hombros y hemos hecho el más abrumador de los ridículos. Nos hemos dejado encandilar tras gestas memorables y hemos visto cómo se nos caía el alma en contiendas horripilantes. Y sin embargo, pese a tanta fluctuación en el índice de los valores futbolísticos, algo tiene este tipo de dialéctica campechana y, a ratos, tabernaria (cómo olvidar aquella analogía de Pilatos y el Bayer Leverkusen) para que no acabemos de perder la fe. Acaso sea porque, en el fondo, su forma de ser coincide con la nuestra y, si aceptamos las tesis deterministas que inspiraron la novelística francesa del XIX, Preciado ya era del Sporting antes de que lo fichásemos, del mismo modo que uno se reconoce en las calles de una ciudad que no había pisado jamás o se ve a sí mismo al contemplarse en unos ojos que le miran por vez primera, quizás porque su bipolaridad coincide punto por punto con la nuestra y sabe dar gusto mejor que nadie a ese gen masoquista que todo buen seguidor del Sporting lleva dentro. Puede que no sea el hombre que más sabe de fútbol del mundo, pero estoy totalmente seguro de que nunca tendremos otro como él. Me gustó cómo lo resumió un buen amigo en una de estas últimas jornadas, tras encontrarnos a la salida de El Molinón: O no tiene ni puta idea, o es un genio. Cuatro años después de su desembarco en nuestras costas, y a tenor de lo poco que tenemos y del lugar en el que estamos, cada vez me decanto más por lo segundo.

El Comercio, 17 de mayo de 2010

Addenda final: Con este artículo concluyen, al menos por esta temporada (ignoro si me renovarán el contrato o piensan dejarme libre), mis crónicas sportinguistas de la temporada 2009/2010. Yo, que en los últimos siete años he venido tocando todos los palos del periodismo, no me había estrenado más que coyunturalmente en el deportivo, y me lo pasé muy bien asistiendo a los partidos y contándolos luego, a mi manera y sin más condicionantes que los que me vienen de fábrica. Soy muy consciente de que, de estas 38 crónicas, algunas estuvieron bien, otras no tanto y probablemente se colara alguna pésima. Traté de hacerlo, eso sí, lo mejor que pude en cada momento (uno, ya saben, no puede estar siempre pletórico). También sé que algunos, en algún momento, se sintieron ofendidos. Lo siento por ellos, pero ni se me pidió que fuese imparcial ni yo lo pretendí nunca, y avisé desde el principio. En fin: sólo quería concluir esta Línea de Fondo diciendo que ha sido un placer contarles a ustedes mis divagaciones futboleras semana a semana. Y que espero que a ustedes les resultara grato encontrárselas en las últimas páginas del periódico. Nos vemos.

jueves 13 de mayo de 2010

Microcosmos191: La Tercera

Reedita Andrés Trapiello Las armas y las letras (Destino), su ensayo sobre el papel de los escritores en la guerra civil, y la tesis que ya apunta resumida en las páginas del prólogo es la misma que vertebra, de distinta manera, dos libros de reciente aparición: La noche de los tiempos (Seix Barral), de Antonio Muñoz Molina, y Una heredera de Barcelona (Destino), de Sergio Vila-Sanjuán. Porque resulta que lo que en su día acaso fuera una evidencia que no necesitaba mayor teorización se había quedado agazapada tras la fuerza de esos tópicos que hablaban de un país resquebrajado e imposible, y puede que su reformulación en este arranque del siglo sea el fruto más importante que han dado todos estos años en los que la literatura ha incurrido en el ejercicio del revisionismo sobre las causas, las circunstancias y los efectos del conflicto del 36. Tras décadas de repetirnos la historia de las trincheras irreconciliables y las efusividades cainitas, el texto de Trapiello y las ficciones de sus dos contemporáneos redibujan un panorama que casi sabe a revelación: en los años treinta no sólo había dos españas enfrentadas, esas que todos conocemos al dedillo; aún existía otra más, una Tercera España, que era la mayoritaria y rehusaba cualquier clase de conflicto y cuyos componentes se vieron obligados a decidir entre uno y otro bando porque no les quedó otra salida que la de fiar su destino a las ambiciones de las otras dos partes, mucho más minoritarias, por la simple razón de que fueron éstas las que decidieron barajar y repartir las cartas.

Gregorio Marañón dijo una vez que, por breves que sean, las guerras civiles siempre duran cien años. La ira contenida, los ánimos de revancha o los ajustes de cuentas reprimidos van transmitiéndose a hijos y nietos hasta llegar a un punto como el que habitamos hoy, cuando las trifulcas de nuestros antepasados continúan en la harina del pan de cada día y se hace lo posible por desbaratar cualquier intento de cerrar una herida abierta hace más de 70 años y por la que nunca ha dejado de manar sangre. Y posiblemente igual que entonces, mienten los dos bandos cuando echan en cara al otro su afán guerracivilista. Mienten porque a los dos les conviene el juego. Mienten porque la guerra civil seguirá siendo rentable mientras sus herederos continuemos canalizando nuestros votos en función de los ruidos y la furia. Mienten porque necesitan que sigamos librando la lucha en la que vencieron o claudicaron nuestros bisabuelos. Porque saben que esa Tercera España, mayoritaria y silenciosa, preferirá seguir la corriente antes que arriesgarse a suscitar un mal mayor, y que -conocedora de la inquina que tenemos alojada en nuestros genes- nunca reunirá el valor suficiente para pedir a las otras dos que se retiren a sus cuarteles. Y que se callen.

El Comercio, 12 de mayo de 2010

domingo 9 de mayo de 2010

Línea de Fondo-Jornada 37

Con lo mínimo
Sporting, 1-Atlético, 1

Entre las idiosincrasias del Sporting y del Atlético hay más similitudes que diferencias. Los dos visten de rojiblanco, los dos están avecindados a orillas de un río, los dos saben lo que es penar en las alcantarillas de Segunda y los dos han forjado sus respectivas historias educándose en la derrota. Los madrileños, por tener siempre acechando sobre sus cabezas la sombra del Imperio Merengue. Los gijoneses, porque aunque en Asturias nunca han tenido que competir con rivales a su altura, vieron cómo se les venían abajo los sueños cada vez que el azar o la fortuna les hacía encaramarse a podios desacostumbrados en un curriculum tan honrado como modesto. Siempre me ha caído bien, en consecuencia, el Atlético de Madrid, tanto por esa complicidad en los statu quo como por su condición de contrapeso de los florentinatos dentro de su mismo contexto, y sabía que no serían tan desconsiderados como para hacernos la puñeta, máxime cuando ellos tienen que jugarse dos copas en quince días y a estas alturas de la película no tenían ninguna necesidad de engrasar los motores de su maquinaria. Lo cierto es que, con la perspectiva que da este falso final, puede decirse que el guión se cumplió a rajatabla: el Sporting se ganó la permanencia, la salvación se cifró en cuarenta puntos y nunca dejamos de estar seguros de que teníamos en el ajo a equipos bastante peores que el nuestro.

Ocurre que uno tenía la ilusión -por otra parte, vana- de concluir sus labores de cronista en El Molinón con un texto tan trepidante como efusivo, con una salva de fuegos artificiales que glosara un triunfo agónico, pero épico, y se detuviera en alguna que otra gesta de nuestros jóvenes atletas locales. La realidad, sin embargo, suele echar por tierra las mejores expectativas, y si algo definió la exitosa despedida rojiblanca fue una grisura que, me temo, no deja de ser metáfora y resumen de lo que el equipo ha sabido dar de sí a lo largo de este año. A veces pienso que hemos asistido a la Liga igual que esos niños que rompen su regalo de Reyes el mismo 6 de enero, a las pocas horas de estrenarlo, y tienen que pasar los meses siguientes haciendo lo posible por remendarlo o trajinando con los pedazos fingiendo que no ha pasado nada y que todo estaba tal cual se lo encontraron al abrir el paquete. Igual que párvulos sometidos al inevitable trámite del desencanto, la emoción que nos embargaba en las primeras jornadas al asistir en directo a las paradas de Juan Pablo, los despejes de Gregory, los pases de Rivera o las internadas de Diego Castro fue mitigándose hasta convertirse en esa desolación agria y contumaz que nos fue asaltando en la segunda vuelta, cuando aquel Sporting brillante parecía un equipo descascarillado y sobrevivíamos a base de remiendos, tiras de celo y alguna que otra venda que solía llegar cuando la herida ya estaba demasiado abierta.

Y es ese sobrevivir a trancas y barrancas, esa andadura irregular por el borde del precipicio, sin llegar a asomarnos demasiado, la que hace que me sepa a poco esta consumación del objetivo. Uno no esperaba ya grandes hazañas, pero sí fantaseaba con la posibilidad de celebrar una victoria, sobre todo ante un rival que, hay que decirlo, vino aquí sin otra intención que la de pasearse. Y claro que prefiero este final a las taquicardias que nos vimos obligados a pasar en campañas anteriores, pero tampoco tengo demasiadas ganas de celebrar nada después de comprobar que aquel equipo que parecía tener la clave para aunar esa alegría que siempre le exigimos al Sporting con un juego audaz, valiente y efectivo ha terminado certificando su permanencia con lo mínimo.

Foto: Joaquín Pañeda
El Comercio, 9 de mayo de 2010

viernes 7 de mayo de 2010

Toma de tierra


Toma de tierra (Trea) es un libro especial para mí por tres razones. Primero, porque lo ha coordinado y llevado a buen puerto José Luis Argüelles, uno de los mejores amigos que he hecho en esta última década, lo que no deja de tener cierto mérito si se tiene en cuenta que fue el primer jefe que tuve en esto del periodismo (por eso me malacostumbré tanto). En segundo lugar, porque es una antología de poetas del Surdimientu y en los últimos años he hecho buenas migas con unos cuantos, lo que quiere decir que sus páginas también están salpicadas de amistad y complicidades diversas. La última razón merece un párrafo (o dos) aparte.

Hacia la primavera de 2007, Xuan Bello me habló de un poeta de Mieres que había muerto unos cuantos años antes y del que casi no quedaba ya recuerdo. Fiel a mi afición por los casos perdidos (mi amigo Álvaro Díaz Huici, que es además el editor del libro que nos ocupa, me dijo una vez que yo era un escritor de sumarios), me puse a investigar, me hice con los dos únicos libros que había publicado el poeta en cuestión -Cuartetu de la criación (1989) y Alcordances d'un home muertu (1995)- y descubrí dos cosas: una, que se cumplía por aquellas fechas una década exacta de su muerte; otra, que Xosé Antonio García -tal era su nombre- había sido íntimo amigo de José Luis Argüelles. Con esos mimbres, y unas cuantas llamadas telefónicas, terminé escribiendo un reportaje (Xosé Antonio García: el poeta nel abismu) que salió publicado a doble página en la edición de Les Noticies del 10 de junio de ese año y que incluía un artículo de Argüelles, a quien unos meses después pedí para El Súmmum un artículo más extenso sobre ese mismo tema. Sin pretenderlo (o bueno, sí, lo pretendía, pero conseguí disimularlo), acabé haciendo de aquello una bola de nieve que tomó cuerpo definitivo cuando un día alguien requirió mi opinión acerca de la posibilidad de que la Selmana de les Lletres se centrase en homenajear a aquel poeta que entre Argüelles y yo habíamos sacado del baúl de los olvidos. El resultado está a la vista: la Selmana de les Lletres de este año, que terminará mañana, se ha dedicado a Xosé Antonio García, y con ese motivo se ha reunido su poesía completa (en una edición a cargo del propio Argüelles) y se han reconocido, después de mucho tiempo, las virtudes de su obra.

Xosé Antonio García, que apenas figuró en antologías, está incluido en Toma de tierra. La antología es bilingüe, y la mayoría de los autores incluídos en ella se han traducido a sí mismos. Como él está muerto, no pudo hacerse cargo, así que Argüelles tuvo a bien pedirme que le echara una mano. Entre los dos seleccionamos los diez poemas que consideramos más representativos, y yo me hice cargo de adaptarlos al castellano. Cuelgo aquí uno de ellos a modo de muestra y de recomendación. Totalmente desinteresada. Por si hay algún malpensado, aclaro que esto no me genera royalties.

Alcordances d'un home muertu, IV


Nadie quiso estar con él en el dolor,
hierro de espino en la noche casi muerta.
Nadie sabe por qué estás aquí
bajo una losa y claveles y fuego eterno.
¿Tendrá que amar o tendrá que odiar?
Lo perdió todo desde que te fuiste al reino egipcio.
Ánima, sangre, corazón, ternura,
pero ganó en locura y en esta soledad que le empuja.
—Alma triste. ¿Qué harás
en estos pocos años que te quedan?—
Te gustaban las rosas, el olor a casa limpia,
el nieto al que criaste entre roscas de pan dulce.
Hoy viaja con tu memoria en el recuerdo
como nave sin timón, a la deriva.

Dando la llingua

La gente de El Comercio me pidió que escribiera un textín en asturiano para el Día de les Lletres, que se celebra hoy en Asturias. Tras indagar un poco más, descubrí que lo que querían era algo que estuviera más cerca del microrrelato que del artículo de opinión, así que les envié esto:

Una alcordanza

Yo inda yera un neñu. Tenía malapenes quince años y andaba desprovistu de delles capacidaes de raciociniu, tamién de la curiosidá que poco depués diba acabar treslladándome al otru llau de los montes pa escapar d'un mundu que nun yera quien a reconocer como propiu. Por eso nunca-y presté más atención que la que dábemos los de la mio panda a la xente más o menos estrafalario cola que nos cruciábemos nes nuestres salides de los sábados o nos paseos d'ida y vuelta de casa al institutu, del institutu a casa. Siempre nos llamaron l'atención la so figura alta y desfarraplada, el sombreru gastáu y dalgo torcíu col que cubría la tiesta, el cayáu del que s'ayudaba pa dar un pasín tres d'otru, mui sele, como si'l futuru se-y presentara abondo inclemente como pa pretender siguir alantre. Nunca-y diriximos la palabra. Tampoco nun vino él a dicinos nada a nós. Namás nos conformábemos con velu pasar, dir o volver, colos güeyos clavaos nel suelu y el pitu siempre a medio acabar ente los llabios. Tampoco nun supimos nunca'l so nome, nin nos preocupamos de sabelu. Pa nós nun yera otro qu'un tipu enforma estrañu que formaba parte del paisaxe cotidianu de les nuestres vides, un miembru aventayáu de la fauna urbana que poblaba aquel Mieres de mediaos de los noventa onde San Xuan yá anunciara'l bramíu de les trompetes y l'Apocalipsis yera namás cuestión de tiempu. La última vez que lu vi, sicasí, foi una nueche d'agostu na plaza la Llibertá, nun bancu a espaldes del Conventu. Yo fora hasta ellí p'atopame con dos amigos colos que quedare pa xubir hasta los bares de La Villa. Él taba solu, sentáu, lleendo un llibru del que nun pudi ver el títulu. Cuando reparó na mio presencia, llevantó los güeyos y miróme, y nesi momentu parecióme ver cómo se reflexaba nellos el caos d'una vida. Les güelgues d'un existir aciagu contra'l que s'estrellaren toles inclemencies derivaes del caos del mundu, pero qu'al mesmu tiempu dexaben constancia de tola guapura que s'escuende no fondero de los abismos.

El Comercio, 7 de mayo de 2010

miércoles 5 de mayo de 2010

Línea de Fondo-Jornada 36

Ética y estética
Getafe, 1-Sporting, 1

Nunca he dudado de la fiabilidad de la aserción de José María Valverde cuando, al abandonar su cátedra de la Universidad de Barcelona en protesta por ciertas expulsiones dictadas por Franco, enunció aquello de Nulla estetica sine etica. Si, puestos a entrar en juegos tan extemporáneos como hiperbólicos, aplicamos los dos conceptos que rigen ese silogismo formulado en nuestro tiempo, pero apto para cualquier época, a los siempre resbaladizos y cambiantes terrenos del balompié, podremos convenir en primera instancia que el fútbol no conoce otra ética que la de la victoria ni más estética que la de los goles que, a la postre, acaban propiciándola. Cuando llega el final de la temporada, son los equipos que mejor han sabido aprovechar los tantos que han marcado los que terminan proclamándose campeones u ocupando posiciones relativamente cómodas en la clasificación, lo que viene a demostrar la subordinación de ese primer factor, relacionado directamente con el goce de los sentidos, con el segundo y fundamental término de esa ecuación dialéctica. Es decir, el fin que determina unos medios que, por otro lado, se antojan imprescindibles para llegar a la conclusión de ese objetivo, por más que también puedan darse de vez en cuando logros trabajosos o sorprendentes o directamente inesperados, aquellos en los que sus acreedores acaban siendo más fieles al fondo que a las formas y prefieren sacrificar la belleza en beneficio de una concepción más bien obtusa de la racionalidad. El Inter de Milán, y perdónenme la osadía, sería un buen ejemplo.

Minimizando esta teoría, lo mismo sucede al término de los partidos, cuando la ética de las victorias concretas se evalúa en función de la estética de los goles acometidos en esa ocasión determinada. Y es en el caso de los empates donde el segundo factor, ahora sí, se convierte en determinante por sí mismo, porque cuando los dos contendientes fracasan en su finalidad última, sólo queda efectuar un somero tanteo a los puntos para elegir al ganador virtual (es decir, estético) y calmar así el ánimo que nos obliga casi siempre a contemplar la vida en escalas blanquinegras, desprovistas de esa escala de grises que tanto contribuye a dar color al mundo. Ocurre que, en casos como el del Coliseo de Getafe, resulta extremadamente imposible establecer una confrontación ni buscar un vencedor relativo convincente, porque si en el golazo con el que De las Cuevas estrenó el marcador anidaba una belleza de reminiscencias clásicas, no es menos cierto que el tanto posterior de Soldado, de chilena, encerraba un barroquismo tan perfecto que hubiese podido convencer al más cerril medievalista de las virtudes churriguerescas.

Cuando uno asiste como espectador a un encuentro de este calibre -en el que es cierto que el Sporting pudo sentenciar en la primera parte de haber tenido algo más de puntería, pero también que le costó reponerse, una vez más, de su condición de víctima del desquicie colectivo que sucedió a la igualada-, poco puede apelar ante la perfección de dos consumaciones que, por otro lado, estuvieron acordes con la ética que cada escuadra tenía cargada en su espalda en el momento en el que saltaron al césped del estadio para disputar el antepenúltimo asalto de esta Liga que se está haciendo insospechadamente larga. «No hay estética sin ética», dijo Valverde en aquel día gris de 1965 en un bello gesto de solidaridad con sus compañeros. El viejo profesor no imaginaba que su frase sería refrendada, cuarenta y cinco años después, por dos hombres apellidados De las Cuevas y Soldado sobre un campo de fútbol periférico, en una soleada tarde de la primavera madrileña.

Foto: Joaquín Bilbao
El Comercio, 5 de mayo de 2010

Microcosmos190: Viejas fotos

Tienen el regusto amargo de todo lo que se da por perdido y el aire confortable de ese hogar que siempre está dispuesto a recibir a las ovejas descarriadas. Se las ama tanto como se las teme porque son el mejor de los reductos para entregarse a esa insensata afición por la nostalgia, pero también encierran la terrible constatación de que ya nada podrá ser jamás como era, de que definitivamente nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Uno se enfrenta a las viejas fotos que conserva en una caja de zapatos, o en un álbum familiar, o en marcos arrinconados en alguna esquina de los cajones rescatados de la última mudanza, con la turbación que se siente al revivir algunos instantes de los que ni siquiera guardaba ya recuerdo, pero también con el temor a percibir su propia biografía como algo extraño, ajeno, difusamente remoto. Como si de pronto estuviera siendo testigo de las vidas de otros o de los escenarios por los que caminaron unos pasos que no le pertenecieron y cuyo destino es incapaz de precisar porque al paso de los años todo se ha vuelto más incierto o porque, sencillamente, el tiempo ha dotado a las cosas de una perspectiva distinta a aquélla que tuvieron en el preciso instante en que quedaron inmortalizadas en un rectángulo de papel. Uno siente ante esos enfrentamientos buscados con su propia historia una emoción parecida a la que debió de sentir Ulises cuando, tras veinte años de ausencia, volvió a tener frente a él las costas de Ítaca, pero también la misma desazón con la que descubrió, tras desembarcar y acudir disfrazado de mendigo a los que habían sido sus dominios, a su Penélope casada con uno de los pretendientes. Uno se enfrenta a las viejas fotos para constatar que el presente, para bien o para mal, acaba invalidando todos los pretéritos, y pacientemente vuelve a guardarlas en su sitio con la misma desazón que se siente al terminar un libro cuya lectura se ha dilatado durante varias noches. Acaso porque, sin saberlo, al observarlas otra vez en la penumbra de una habitación vacía ha vuelto a escribir en su propia conciencia un punto final inapelable tras el que no queda otro remedio que pasar a la siguiente página.

El Comercio, 5 de mayo de 2010

domingo 2 de mayo de 2010

Línea de Fondo-Jornada 35

Las cuentas del pobre
Málaga, 1-Sporting, 1

Ya dice el tópico que las alegrías duran poco en la casa del pobre, y más cuando uno ve cómo las estadísticas se posicionan claramente en su contra. Es una cuestión curiosa ésta de la sistematización de la realidad en virtud de la verdad que termina emanando de unos dígitos que, a su manera, no pretenden otra cosa que tabular y simplificar la historia. Desde que empezaron a proliferar los canales temáticos y a la oferta televisiva le dio por multiplicarse hasta casi el infinito, con el fútbol como gran caballo de batalla entre las distintas plataformas, no he dejado de sentir admiración por los anónimos responsables de esos datos tan detallados como innecesarios con los que cada cierto tiempo la infografía nos salva del tedio de un partido, cuando la cosa no da para mucho, o nos alivia los nervios en plena apoteosis de juego y ocasiones, cuando el encuentro alcanza dimensiones taquicárdicas. Son esas estadísticas que nos informan del número de veces que un jugador la ha tocado con la derecha a lo largo de la Liga, de los pases defectuosos que ha dado tal o cual portero o de la cantidad exacta de vaselinas con la que el más inmaculado delantero ha jalonado su ascenso hasta la gloria. Las mismas estadísticas que decían que el Sporting llevaba seis partidos sin ganar, y cuatro sin marcar, y que Preciado nunca había sido capaz de ganarle la partida a su homólogo Muñiz.

El otro día le comentaba a alguien que las cosas casi nunca son como deberían ser, y cualquiera que haya caminado un poco por la vida conoce la verdad que anida en eso de que las estadísticas están para romperlas. Y sin embargo, el Sporting parece el equipo empeñado en destrozar la regla en virtud a una fidelidad casi absoluta a unos índices numéricos que él mismo ha ido forjando y que resultan, a la postre, tan certeros como incomprensibles. Dice la estadística que al Sporting siempre se le pone cuesta arriba el último tramo de la temporada, y es cierto. Dice la estadística que, allá por la primavera, siempre llega un punto en el calendario en el que los rojiblancos parecen abstraerse de su propia naturaleza para entregarse sin más a las veleidades del azar, y no deja de ser verdad. Dice la estadística que al Sporting le cuesta hacer goles, y el de La Rosaleda tuvo que meterlo Diego Camacho (que, a todas luces, es un goleador inverosímil) ayudándose de una carambola. Hasta el momento, se puede decir que la estadística sólo ha fallado en una cosa: hace un mes y medio, aseguraba que podíamos darnos matemáticamente por salvados y hoy, a sólo tres puntos del descenso, el destino se antoja, como poco, incierto. Por lo demás, la dictadura de los números sigue teniendo bajo su yugo a un equipo que ayer estuvo a punto de medio tocar el cielo y se vio penando, una vez más, sobre el césped de un campo en semisombra por obra y gracia de la climatología andaluza y las limitaciones de las cámaras de televisión. Para nuestra desgracia, en el caso del Sporting las estadísticas acaban resultando casi inquebrantables, y si convenimos que los tópicos tienen siempre algo de verdad y que las alegrías duran poco en la casa del pobre, no se puede negar que empieza a resultar sospechoso que, cada vez que a la mesa se sientan dos pobres de solemnidad, la peor parte del pato siempre nos toque a nosotros.

El Comercio, 2 de mayo de 2010

sábado 1 de mayo de 2010

Esas viejas fotos

Siempre digo que no echo de menos Mieres, y es verdad. Quizás porque siempre supe que antes o después acabaría yéndome, o quizás porque el mismo sitio nunca me ofreció demasiados atractivos, nunca llegué a sentir demasiado afecto por la ciudad en la que crecí (si no nací allí fue por puro accidente), y a eso hay que añadir que ella misma es hoy una sombra de lo que fue (aunque ya empezó a oscurecerse cuando yo aún vivía en sus calles) y que la mayoría de la gente que me interesa (familia, amigos) o ha acabado también yéndose o siguen en contacto conmigo desde otros lugares o por otros medios. Cada vez que vuelvo, tengo la impresión de estar paseando por una ciudad fantasma, un depósito de recuerdos muy agradables que, pese a todo, vale más revivir en la distancia por aquello de evitar que la realidad suplante a la memoria, por más que uno nunca pueda fiarse del todo de ésta. Le tengo cariño a Mieres, claro que sí, pero ni quiero volver ni creo que lo haga nunca por voluntad propia. Es un sitio del que nunca podré desligarme, pero que prefiero mantener a distancia. Si tengo que ser sincero, me acuerdo de ella en contadas ocasiones, y casi siempre con una cierta indiferencia.

Ocurre que el otro día, por cuestiones de trabajo, llegaron a mis manos (o a la bandeja de entrada de mi correo electrónico, tanto da) algunas fotografías de una época muy concreta (el tránsito entre las décadas de los ochenta y los noventa del siglo pasado, los años en los que yo iba dejando de ser un niño) que tocaron alguna fibra y me hicieron revivir por unos instantes unos momentos que tenía ya bastante arrinconados. Son tres fotografías en blanco y negro, bastante definitorias para quien conozca o haya conocido aquello, que fueron tomadas por José Ramón Viejo Sáez, según consta en el libro del que proceden, y que por no sé qué extraña razón me han empujado a sentarme aquí a escribir unas líneas. Algunas veces (pocas) me pasa. No me lo tengan en cuenta.

Es la calle de La Vega, aunque los de Mieres siempre nos hemos referido a ella como La Calle del Viciu (Cai'l Viciu, en asturiano normativo). En principio, el sobrenombre hacía referencia a los bares y pubs que se abrían a ambos lados de la calzada, que eran muchos, pero cuando yo era un crío la cosa había alcanzado connotaciones más siniestras: a partir de cierta altura, la calle se convertía en un nido de yonquis que a determinadas horas del día la hacían casi intransitable, al menos para un niño de diez u once años como era yo en aquella época. La foto debió de sacarse entre 1988 y 1991, más o menos, porque ya se han puesto en marcha las obras de peatonalización y aún puede verse a la derecha, tras el rótulo de la cafetería Capri, el viejo edificio del Teatro Capitol, que acabaron echando abajo alrededor de 1992, si no me falla la memoria. Miro esta imagen y me recuerdo paseando por allí con mis padres, esquivando los charcos y los baches que dejaba el trabajo de las excavadoras, y pienso que ya no están ni el Tino's, ni el Madera's, ni el Baby's (qué entrañable resulta ahora esa anglificación patronímica), ni el Yubana, ni el Faust. Sigue estando Il Gattopardo (por suerte, aunque no sé por cuánto tiempo), y también algunas cafeterías como el Capri (o no, no estoy seguro de que siga abierta), el Garden's, el Yaracuy o el Portofino. También había dos salones recreativos, un par de kioscos en los que vendían tabaco americano, una peluquería de ésas de las de toda la vida y una tienda de bollería donde una noche Pablo y yo nos cruzamos con un vejete ex-falangista que amenazó con pegarnos un tiro en la frente. Hace unos meses, en Nochebuena, volví a Mieres y la recorrí de arriba abajo, desde el entronque con Manuel Llaneza hasta el barrio de La Villa. No había un alma, pero -casualidades de la vida- me encontré en una esquina con Pablo después de un par de años sin vernos. No comentamos nada del viejo de la pistola.

También estaba en la Cai'lViciu la Buraka, uno de los bares más deliciosamente underground que he conocido nunca. Empecé a frecuentarlo tarde, cuando ya tenía diecisiete o dieciocho años, y sólo me hice habitual en la primera temporada que pasé fuera de Mieres, cuando estudiaba Periodismo en Salamanca y sólo iba por allí en las vacaciones o aprovechando algún fin de semana largo. El bar cerró hace dos o tres años, y fue una auténtica pena. Allí se pinchaba buena música, paraban de forma más o menos constante los pocos que hacían cosas que valían la pena y era posible encontrarse con los representantes más egregios de la gauche divine local. Recordé, al tropezarme con esta foto, las partidas de ajedrez con Dani y con Alfonso, la Nochevieja memorable que terminé allí con Víctor o aquella larga noche de juerga con José Luis que terminó al mediodía junto a la estación de autobuses de Gijón. Cuando iba solo solía sentarme en uno de los taburetes de la barra -más o menos donde en la foto se ve a un señor leyendo una revista, al fondo- para ojear la prensa o leer algún libro que llevaba conmigo. Uno de esos días, en vísperas de mi mudanza a Salamanca, descubrí que existía un semanario en asturiano que se llamaba Les Noticies. Qué cosas...
Siempre le tuve cariño al Cine Esperanza. Primero, porque era el único que quedaba en Mieres cuando yo era un adolescente, pero también porque una tía de mi madre vivía justo enfrente -más o menos en el portal desde el que está sacada la foto-y cuando íbamos a verla solía mirar por la ventana las colas que se formaban ante la taquilla y que, en el caso de algún que otro estreno memorable, llegaban a doblar la esquina. Durante muchos años, el Esperanza había convivido en el censo cinematográfico de Mieres con salas como el Capitol, el Novedades o el Pombo (estos dos últimos los tenía muy cerquita), pero acabó languideciendo con la llegada de los noventa y la aparición de las multisalas y los grandes centros comerciales. Allí vi algunas de Woody Allen y John Carpenter con Víctor; también Parque Jurásico, o las de James Bond con Timothy Dalton, o casi todas las que se pusieron de moda por aquellos años. El edificio sigue allí, con su fachada ennegrecida y su rótulo, pero me ha conmovido ver otra vez las letras encendidas y la cartelera a pleno rendimiento. Cuando cerró definitivamente sus puertas, creo que era la primavera de 2002, me pidieron que escribiese un reportaje para La Nueva España. Por primera vez puse caras y nombre a los encargados de cortar las entradas, a la mujer que vendía palomitas, al responsable de la cabina de proyección... Fue lo último que escribí en Mieres para un periódico. Fue, también, uno de los reportajes más tristes que he escrito nunca.

Y bueno... No sé si aquellos fueron buenos o malos tiempos. Pero fueron los míos.