jueves 29 de abril de 2010

Microcosmos189: Puerto Hurraco

Se ahorcó el otro día, unos pocos meses antes de que se cumpla el vigésimo aniversario de aquel suceso, el último responsable que quedaba de los dos que consumaron la masacre de Puerto Hurraco, y, como era de prever, medios, tertulianos y particulares se han apresurado a unir en un solo sintagma el topónimo España y el adjetivo profunda para incurrir, una vez más, en los topicazos de siempre a costa de la perpetuación de una leyenda que siempre tuvo más de deseo que de realidad. No hace falta ser un lince en la técnica de las asociaciones, ni estar demasiado puesto en asuntos de sociología, para abrir el periódico y comprobar que, con todas las variantes que se quieran, Puerto Hurraco ocurre todos los días en los ámbitos más insospechados, y que no hay que prender mucha mecha para acabar dando cancha al perfecto hijo de puta que todos llevamos dentro. Supongo que, al ver otra vez las fotografías de aquel aldeano presuntamente pacífico que una mala tarde decidió cambiar su apacible rol por el de un psichokiller ávido de venganza, todos tenemos la balsámica tentación de tranquilizarnos a nosotros mismos por la vía de la autoafirmación, repitiéndonos una y otra vez que Puerto Hurraco nos queda muy lejos en el fondo y en la forma y que nada tiene que ver nuestro estilo de vida urbanita, estructurado y a la última con el de esos pobres hombres a los que tanta inanidad acabó trocando en bestias.

Y sin embargo, no tiene uno más que asomarse a la ventana para darse de bruces con los plenos de las Cortes, con los insultos en las manifestaciones de cualquier signo que se quiera, con ese revanchismo que queda inmortalizado cada día en los titulares, para que no le resulte muy difícil responder a la pregunta de qué seríamos capaces de hacer si nos pusieran en las manos una escopeta cargada y tuviésemos ante nuestros pies un camino en línea recta flanqueado a ambos lados por aquellos en quienes creemos ver a nuestros más contumaces adversarios. Lo he escuchado más de una vez en esos programas de vísceras con los que nuestras televisiones tienen a bien alegrarnos la sobremesa: el vecino del quinto siempre saluda cuando uno se lo cruza en el rellano.

El Comercio, 29 de abril de 2010

lunes 26 de abril de 2010

Línea de Fondo-Jornada 34

No hay salida
Sporting, 0-Valladolid, 2

Tiene (maldita) gracia que fuese el recoveco menos imparcial de El Molinón el que mejor supo desarrollar, aunque lo hiciera de manera premonitoria e involuntaria, una lectura tan rotunda como esclarecedora del partido. Ocurre que en el momento en que los futbolistas saltaban al campo, del anfiteatro del fondo Sur colgaba una pancarta en la que podía leerse Bienvenidos al infierno. ¡¡No hay salida!!, sentencia que, con toda su amenazante espectacularidad, no dejaba de ser una 'boutade' sin otra pretensión que la de amilanar a un equipo y una afición que llegaban necesitados de puntos y autoconfianza y a los que se les debía por estos pagos una hostilidad derivada de los malos modos con los que ellos tuvieron la dudosa amabilidad de recibirnos hace más o menos un año. La cosa no hubiese pasado de constituir una mera anécdota más o menos simpática de no ser porque a los cinco o diez minutos del partido, cuando el Valladolid ya se había acercado una o dos veces al área del Sporting -no con demasiado peligro, pero sí con bastantes ganas-, los dueños de la enseña procedieron a retirarla y se detuvieron en mitad de su empeño, de forma que aquel lema que pretendía constituir un severo aviso para los rivales acabó transmutándose en un neutro No hay salida que tal parecía metaforizar la situación definitoria, primero, del encuentro y, más tarde, de las circunstancias y el ánimo de una escuadra, la rojiblanca, que saltó al campo con la esperanza (supongo) de dejar lo más finiquitado posible el antes liviano y ahora enojoso trámite (si es que aún sigue siéndolo) de la permanencia y acabó abandonándolo con la espada de Damocles acercándose peligrosamente a unas cabezas que, si he de ser sincero, no tengo ni idea de en qué piensan desde hace unas semanas.

No hay salida. A tenor de lo visto en estas últimas jornadas, y mirando las que faltan desde la perspectiva que nos dan los tiempos que corren, el mensaje no puede resultar más simple, ni más certero, ni ofrecer un diagnóstico mejor de un estado de las cosas que se ha ido deteriorando conforme avanzaban los días y lo que una vez dio la impresión de ser un equipo ha acabado transmutándose en un cúmulo de desastres incapaz de chutar a portería ni de estar al quite para evitar debacles como éstas con las que nos han estado obsequiando en estos últimos compases del calendario. Como en aquella vieja pieza de la nova cançó en la que todo acababa siendo gris tras perder un amor, El Molinón ha dejado de ser aquel campo propicio a la alegría y las ensoñaciones y es ahora un nido de incertidumbres donde sólo hay lugar para la duda y los ajustes de cuentas, más o menos pertinentes, entre la afición y una plantilla que cada vez se parece más a la sombra de sí misma y que últimamente me recuerda al Alonso Quijano que terminaba postrado en cama, tras abandonar el delirio al que él mismo había querido someterse, para redescubrir la fealdad del mundo que giraba en derredor. Aquel clarividente pintor que fue Francisco de Goya dejó escrito en un grabado que el sueño de la razón produce monstruos. No sé si fue la razón o su contrario lo que nos llevó a hacernos ilusiones hasta hace apenas dos meses. Lo que sí sé es que este despertar no está resultando agradable. Y que no lo será hasta que alguien sea capaz de dar con la salida o, al menos, descubra cuándo y cómo hemos acabado metiéndonos en este largo túnel.

Foto: Joaquín Bilbao
El Comercio, 26 de abril de 2010

miércoles 21 de abril de 2010

Microcosmos188: La mar

En el colegio tuve un profesor de Lengua que hablaba siempre de palabras hermafrodita para referirse a aquellos sustantivos que aceptan tanto el masculino como el femenino. Le gustaba mucho el ejemplo de la palabra mar. La mayoría, decía, hablamos de 'el mar', pero los marineros suelen referirse a 'la mar'. El caso es que aquel exordio, que en su momento acepté como algo natural por ya sabido, se me había olvidado por completo y sólo me vino a la memoria hace unos días, cuando me vi de nuevo en el pueblo donde transcurrieron los veranos de mi infancia y recuperé la perspectiva de un horizonte tan inmenso como hospitalario que sólo anidaba ya en mis recuerdos más remotos. Humberto, que llegó allí hace veinte años, casi por casualidad, y decidió quedarse para siempre, trataba de explicármelo una noche, cuando nos quedamos solos en su cafetería: La gente de aquí está mirando a la mar siempre porque no pueden evitarlo, porque la tienen delante; es la primera cosa que ven cuando se levantan y lo último que les despide al acostarse; la tienen metida en la cabeza, y no pueden librarse de ella. Reparé entonces en ese uso del femenino, y en que hacía muchos años que no escuchaba a nadie emplearlo con la naturalidad con la que él lo hacía, y me recordé a mí mismo con unos cuantos años menos hablando de la mar y no de el mar en aquellas tardes eternas que se demoraban entre la bajada al puerto y la subida al Campo de la Iglesia o el Mirador de San Roque, cuando pasaba los días en un apartamento desde cuya ventana se veía esa misma mar que se aloja en las cabezas de los marineros. Creí intuir entonces por qué empecé a resentirme tan pronto de su ausencia, por qué, cuando la vida empezó a llevarme por territorios de interior, aprovechaba la mínima oportunidad para salir en busca de algún resquicio de costa. La respuesta era tan obvia que me había pasado inadvertida: hubo un tiempo en que la mar, aquella mar que Humberto y yo mirábamos al otro lado de la cristalera de su bar, también estuvo metida en mi cabeza. En un momento dado, la perdí. Y a veces pienso que una buena parte de mi vida se me ha ido en intentar recuperarla.

El Comercio, 21 de abril de 2010

domingo 18 de abril de 2010

Línea de Fondo-Jornada 33

Esos delanteros
Sevilla, 3-Sporting, 0

Lo que menos me preocupó fue que echaran a Bilic cuando ni siquiera se había cumplido la primera media hora. Primero, porque tuve la intuición fatal de que el Sporting haría sin el croata lo mismo (o poco más) de lo que había hecho con él (no pintaban bien las cosas, y menos con un árbitro empeñado en parar el juego en cuanto tenía ocasión de llevarse el silbato a la boca); y segundo, porque hace tiempo que los dos delanteros natos de que disponemos no pinchan ni cortan mucho a la hora de decidir nuestra suerte. No tengo nada que objetarles a ellos en lo personal -la decadencia o las malas rachas son traicioneras y no avisan, y ante ellas sólo cabe resignarse y aguardar-, pero sí a quienes no han sido capaces de atisbar esta cadencia en navidades, cuando ya era evidente que este equipo necesitaba a alguien capacitado para dar la puntilla, y para colmo les han permitido un exceso de verborrea que muchas veces les ha hecho instalarse en la frontera del ridículo. En los prolegómenos de esta temporada, Barral decía en una entrevista que su objetivo era acabar vistiendo la camiseta roja en Sudáfrica; hace un par de días, Bilic declaraba que estaría encantado de repetir en Sevilla el hat trick de la pasada Liga. Hoy, está claro que el primero sólo podrá compartir vestuario con Xavi o Iniesta en el caso (por otra parte, probable) de que el subconsciente arrope amigablemente sus noches; en cuanto al segundo, poco puede decirse que no se haya visto ya.

Es doloroso tener que escribir estas cosas. Es doloroso hablar así de dos jugadores sin los que probablemente este Sporting no estaría donde está, pero tampoco es cuestión de dorar la píldora ni de buscar consuelo en la hipotética postergación de unos males demasiado presentes. Un equipo no son sus delanteros, pero son éstos los que, en última instancia, le dan credibilidad. Las escuadras que a lo largo de la historia se han instalado en las memorias de sus respectivas aficiones son aquéllas que, a la figura de uno o dos jugadores que ejercían la función de alma o cerebro -dos conceptos futbolísticamente difusos, pero siempre emparentados con la garra, el coraje, la honestidad o la visión de juego-, sumaban la de un atacante voraz y definitorio adornado por la facultad de concluir de manera más o menos aceptable aquello que iniciaban sus compañeros.

Lo que más me preocupa es haber llegado a la constatación, una vez más, de que a este Sporting le sobra alma (la encarna Diego Castro, la encarna Juan Pablo, la encarna Rivera, la encarnan Lora o Canella), pero le falta un brazo ejecutor que deje las cosas claras arriba. Y lo peor de todo es que tengo la desasosegante impresión de que no se trata de un extravío, como creí comprobar cuando Preciado -en vez de reemplazar a Bilic con su sustituto natural- decidió dejar pasar la cosa y aguardar al inicio de la segunda parte para sustituir a mi tocayo De las Cuevas por el extremo pontevedrés. Barral, la otra pieza de esa Doble B que antaño se quiso terrible y hoy inspira más piedad que otra cosa, se quedó en el banquillo viendo cómo el equipo continuaba ascendiendo la cuesta arriba de un mes de abril -abril es el mes más cruel, escribió Eliot- que espero que podamos olvidar fácilmente para evocarlo dentro de un tiempo como una lejana etapa de tránsito, como un demoledor paréntesis de espera entre que llegaban y no esos delanteros.

El Comercio, 18 de abril de 2010

miércoles 14 de abril de 2010

Microcosmos187: Un gran tipo

Nunca se hizo notar mucho ni vio su nombre encaramado a los titulares de los periódicos, por más que durante buena parte del año tratase con gente acostumbrada a aparecer inmortalizada en la tinta fresca de las rotativas y conociera bien los usos y costumbres de casi todos ellos. Como siempre estaba ahí, ninguno de los que le conocimos llegamos a pensar que habría un día en el que tendríamos que empezar a echarlo en falta, ni que nos veríamos abocados a la obscenidad de referirnos a él en pasado. Por eso me apetece decir aquí que Julián Muñiz Urteaga fue un gran tipo. Una persona que se vestía por los pies, que siempre jugaba limpio, que tenía el bendito don de ahuyentar a los imbéciles sin que se notara lo mucho que le fastidiaban, que no necesitaba echar más que uno o dos vistazos para saber de quién podía fiarse y de quién no. Me gustaba encontrarme de cuando en cuando con su corpachón de tabernero y su cigarro en la mano, con aquella voz de trueno con la que tan pronto le colmaba a uno de halagos como lanzaba indirectas jocosas e inofensivas, y disfrutaba mucho cada vez que nuestras obligaciones coincidían y podíamos pasar unos minutos rumiando maledicencias o bromeando con casi cualquier cosa. En estos últimos tiempos, y poco a poco, su presencia se había hecho tan habitual que casi formaba ya parte -de manera discreta, nada estridente, como era él- del paisaje de mis días. Hablamos por última vez en Navidad, a propósito de una lotería que no nos tocó a ninguno, y nos deseamos mejor suerte para el año siguiente. Tardé unas semanas en saber que andaba tocado, que las cosas se le habían torcido sin aviso previo, que le tocaba iniciar una cuesta arriba ardua y fatigosa. Tú puedes con todo, le dije una de las últimas veces que pude decirle algo; él agradeció los ánimos y no supe más hasta que, el otro día, una llamada me contó que había emprendido ya ese viaje que todos intentamos posponer hasta que no quede otro remedio. Pensé entonces que iba a ser raro no volver a cruzármelo, que me costará acostumbrarme a prescindir de sus comentarios en el Facebook, que extrañaré sus llamadas cuando empiece julio y nadie acuda a contarme la última maldad festivalera, que quienes tuvimos el gusto de tratarle tendremos que seguir aquí para explicarle algún día a su hija lo tremendamente genial que fue su padre. Recordé también que una vez, hace mucho, me pidió que le sacara en uno de estos artículos. Sé que no le molestará que lo haga ahora. Al fin y al cabo, él sabía que siempre suelo llegar tarde.

El Comercio, 14 de abril de 2010

Lína de Fondo-Jornada 32

Nostalgia
Sporting, 0-Tenerife, 2

Siempre he procurado mantener una distancia prudencial respecto al tópico manriqueño que asevera que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque sé que la memoria suele tender trampas y gusta de dibujar aquello de lo que se conforma de una manera muy distinta de como ocurrió realmente. Pero anoche, mientras observaba, entre atónito y cabreado, cómo mi equipo hacía el ridículo de una manera descomunal y reiterada ante un rival al que deberíamos habernos merendado en el primer cuarto de hora, no pude menos que entregarme a un inútil ejercicio de evocaciones sin otro objetivo que el de aliviar la descarnada humillación que se estaba consumando a sólo unos metros bajo mis pies, en un campo de juego que más parecía una trituradora dispuesta a destrozar los ánimos de la hinchada y pulverizar la tranquilidad de la que nos habíamos aprovisionado en las semanas anteriores, que el glorioso rectángulo que surcaron en su día las botas de algunos nombres míticos que no conviene repetir aquí por aquello de no hurgar más en la herida.

Lo peor no fue que el equipo defraudara a su afición porque, al fin y al cabo, lo nuestro es estar a las duras y a las maduras y, aunque nos pese, somos conscientes de los vaivenes de la vida y sabemos bien a lo que vamos. Lo peor fue que, a base de incurrir en errores garrafales y desentenderse de su propia suerte, el equipo acabó defraudándose a sí mismo. O, mejor dicho, quienes ahora llevan la camiseta del Sporting y defienden su escudo acabaron ridiculizando una historia que habla de muchas cosas, pero nunca de darse por vencidos antes incluso de que el árbitro sople el silbato para marcar el arranque de la contienda. Asistiendo a aquel despropósito camuflado de partido, era inevitable recordar que hubo un Sporting que anteponía su propia dignidad al temor a una derrota deshonrosa; que hubo un Sporting cuyos delanteros sabían meter goles y combinar con los demás y no se dedicaban a hacer la guerra por su cuenta en un quiero y no puedo obcecado e inútil; que hubo un Sporting que supo convertir El Molinón en un campo temible y no en una suerte de Lourdes balompédico tocado por el gracioso don de rehabilitar a cuantas escuadras desahuciadas asoman por su césped; que hubo un Sporting que descendió a mitad de temporada y que hizo lo que pudo durante el resto de aquel curso infausto -que fue poco, pero fue algo- para lavar una imagen tan maltrecha que ya se daba por irrecuperable; que el Sporting, en fin, nunca tuvo que presumir de sus galones porque siempre ha tenido el coraje necesario para defenderlos y darles brillo en tiempo y forma.

El partido de ayer, con esos antecedentes, casi pareció una mala broma. Un chiste sin nada de gracia. Un desprestigio bochornoso que conviene retener en la memoria por si alguna vez alguien pretende volver a dar gato por liebre. Es verdad que en estos temas no hay nada escrito, y que nunca hay favoritos hasta que no echa a andar el reloj, y que uno no puede dar nada por seguro, y que los goles son o esquivos o caprichosos o traicioneros. También es cierto aquel otro tópico famoso que dicta que fútbol es fútbol. Y por esa parte no hay nada que objetar. Lo que ocurre es que lo de ayer fue otra cosa.

Foto: Joaquín Bilbao
El Comercio
, 14 de abril de 2010

domingo 11 de abril de 2010

Línea de Fondo-Jornada 31

Marasmo
Villarreal, 1-Sporting, 0

Acaso porque la tranquilidad se ha adueñado de la parroquia y el respetable asiste a estos últimos compases de la Liga como quien se deja aletargar por un telefilme de sobremesa, o acaso porque tanto el equipo técnico como la plantilla han decidido hacer caso a la estadística para decidir que no vale la pena jugarse el tipo a la ligera y que nos vale con fiarlo todo a un par de partidos de esos que la prensa deportiva ha dado en llamar finales, hay que convenir que esto ya no es lo que era. De un tiempo a esta parte, da la impresión de que el Sporting -juegue mejor o peor, gane o pierda- se ha convertido en un equipo que se deja ir, que salta al césped como si la cosa no fuera con él, que en vez de precipitar los acontecimientos prefiere aguardar a que las cosas, simplemente, pasen.

Mi padre -que ya tenía querencias rojiblancas mucho antes de que yo aprendiese lo que era un fuera de juego y es quien nos ha contagiado la enfermedad a mi hermano y a mí- me dijo hace dos o tres semanas que lo bueno de llegar a estas latitudes de la competición con las holguras que nos ha deparado la providencia era que, por primera vez en mucho tiempo, íbamos a poder disfrutar del fútbol sin pensar en los resultados de los demás ni preocuparnos por esa espada de Damocles que parecía aficionada a pender eternamente sobre nuestras cabezas. Como ocurre con todas las teorías que se basan en dos o tres fundamentos razonables, no se puede decir que la suya anduviera falta de razón, pero, como también suele pasar, no tuvo en cuenta que la realidad acostumbra a convertirse en un factor determinante para que esta clase de cosas no alcancen nunca una materialización eficiente. Porque, a día de hoy, sólo hay dos cosas ciertas: ni el Sporting nos permite disfrutar del fútbol más que a ratos -no fue el del Villarreal un buen partido, y, si de algo sirvió, fue para evidenciar que no somos nadie sin Rivera y que hará falta bastante más que un delantero argentino si de verdad queremos aspirar el año que viene a otra cosa que no sea la permanencia-; ni estamos salvados todavía, por más que los números nos regalen una cierta tranquilidad y la mejoría del equipo respecto a la temporada que expiró hace casi un año sea tan obvia como encomiable.

Unos minutos antes de que comenzara el partido, cuando la pantalla del televisor escupió el recuadro con las alineaciones, quedó claro que Manuel Preciado se había dejado el ardor guerrero a orillas del Piles y que prefería guardar sus mejores cartas para la decisiva timba del martes ante el Tenerife. Y yo, que siempre he confiado en este míster y que, además, creo que es uno de los mejores entrenadores que le ha tocado en suerte al Sporting en estas últimas décadas, no sé si es del todo pertinente fiarlo todo a uno o dos partidos que sí van a ser a vida o muerte. Como decía el lema de aquel viejo anuncio de la Dirección General de Tráfico, las imprudencias se pagan. Y quizás sea imprudente sumirse antes de tiempo, y sin motivos reales, en este marasmo inane de juego y voluntades en el que andamos chapoteando.

El Comercio, 11 de abril de 2010

sábado 10 de abril de 2010

Un apunte (extemporáneo) a propósito del Madrid-Barça


Ver los pases con tiralíneas de Xavi es un placer; ver a Messi enseñándole al público del Bernabeu el escudo del mejor equipo del mundo es maravilloso; ver cómo la cantera puede más que los millones es aleccionador...

...Ver la cara de Cristiano Ronaldo después de que Messi y Víctor Valdés le sumieran en el más absoluto de los ridículos, no tiene precio.

Qué orgulloso estoy de que mi equipo postizo esté recordándole al mundo qué es el fútbol.

lunes 5 de abril de 2010

Línea de Fondo-Jornada 30

Puré de castaña
Sporting, 2-Xerez, 2

El diccionario de la Real Academia Española remite, en una de sus acepciones para el término castaña, a los significados de la palabra borrachera, que puede servir para denotar, al margen de lo que resulta evidente para todos, un disparate grande. Es decir, algo desprovisto de razón y regla que de pronto se materializa y cobra visos reales para escarnio de unos y asombro de casi todos. Si algo he venido constatando a lo largo de esta Liga es que el Sporting es un equipo tremendamente solidario con sus rivales. Si éstos son pesos pesados -léase Barça, Madrid, Valencia y todos los etcéteras que se quieran-, los rojiblancos sacan pecho y se ponen a la altura de las circunstancias para dar la réplica en un duelo del que pueden salir vencedores o perdedores, pero que siempre terminan abandonando con la cabeza alta. Si, por el contrario, quien se pone enfrente es un equipo de los llamados del montón (es decir, aquellos que nos rodean en la tabla clasificatoria ), los jóvenes atletas no dudarán un momento en acomodar su juego al del adversario para convertir en un absurdo duelo entre iguales lo que podía haber sido un paseo medianamente holgado. Partido a partido, lo que en un principio parecían excepciones ha acabado por convertirse en máxima: cada vez que el Sporting se ve muy por encima de un rival cuya inferioridad resulta obvia, cada integrante de la plantilla reduce al mínimo su potencial para sembrar de incertidumbres lo que podría ser un campo de certezas.

Y es una pena porque, de no haberse dado esa reducción al absurdo el partido contra el Xerez -el peor equipo, con mucho, que ha pasado este año por El Molinón-, hubiese dado para una interesante reflexión acerca de la metafísica del gol y de si éste debería adjudicarse, como es normal, al último jugador que toca el balón o si, por el contrario, hay casos en los que merecería fijar en la cuenta de haberes de quien, por omisión, provoca que lo que empezó siendo un pase termine incrustándose en la red. Con el poco pescado que había que vender, esa discusión era la única veta que podía sacarse de un encuentro que paulatinamente comenzó a virar hacia el surrealismo, con un Sporting sorprendentemente relajado para no haber asegurado todavía la permanencia y un Xerez que compensaba su escaso talento para el fútbol con una disposición total a aprovechar hasta el más mínimo fallo del contrario, que -para no variar- tuvo varios, y algunos, como el de Rivera, espléndidamente inverosímiles. Las cuestiones más existenciales acabaron virando, así, hacia asuntos más mundanos y, desgraciadamente, bien poco reseñables. Lo resumió muy bien Adrián, un ilustre compañero de palco, poco antes de que el árbitro señalara el final: Menudo puré de castaña. Pues eso.

El Comercio, 5 de abril de 2010

jueves 1 de abril de 2010

Escapada


Ten siempre en tu pensamiento a Ítaca.
Llegar allí es tu destino.
Pero nunca vayas deprisa en tu viaje.
Que dure muchos años,
y atraques en la isla ya muy viejo,
rico con lo que te dio el camino,
sin esperar que Ítaca te dé riquezas.
Porque Ítaca te permitió este hermoso viaje.
No habrías partido sin ella.
Ninguna otra cosa mejor tiene ya para ti.
Y si la encuentras empobrecida, no te ha engañado Ítaca.
Sabio como serás, pleno de experiencias,
comprenderás entonces lo que las Ítacas significan.

Constantino Cavafis
(trad. de Alberto García Ortega)

Microcosmos186: Taxis

Vigilan la noche con sus luces verdes o naranjas en perpetuo movimiento por barrios despoblados o calles embadurnadas de noctambulismo. Llevan en sus asientos tantas historias como ocupantes, tantos sueños como frustraciones consumadas con el último trago a la última copa, y sus asientos saben de deseos que se concretan en unos besos tan apasionados como fugaces que brotan medio a hurtadillas para esquivar la delación de los retrovisores, pero también del fracaso que siempre conforma esa soledad indeseada de quien regresa solo de una fiesta de la que esperaba volver acompañado. Son silenciosos, discretos, inofensivos. No hablan porque tienen mucho que callar, y callan porque nadie les va a preguntar nunca acerca de los pormenores de sus andanzas noctívagas. A ciertas horas, quien entra en ellos se sabe a salvo, pero quien sale es consciente de que toca enfrentar una realidad que a menudo es más dura que la que dejó atrás, cuando la música aún sonaba estridente en los altavoces de los bares y el humo y las conversaciones y las risas estaban tan frescos que daba la impresión de que no fueran a extinguirse nunca. Circulan lentos y nostálgicos, con esa languidez con la que los caballos llevan a sus caballeros cuando éstos han sido derrotados en una batalla desigual, y saben más que nadie de psicología porque han albergado en su carrocería las historias más obvias y las más inverosímiles, las más crudamente realistas y también las más extravagantes. Procuran no guardar memoria de la noche anterior cuando se embarcan en la siguiente, pero saben que se mienten a sí mismos porque su existencia se nutre de recuerdos y, aunque lo nieguen, no podrán evitar recordar siempre la mueca de aquel hombre medio arruinado al que el conductor tuvo que perdonarle medio viaje, el alboroto de aquella pareja para la que el tránsito sólo suponía un breve paréntesis en la inmensidad de una velada que aún tardaría mucho en concluir, la tristeza incurable de ese joven que una vez abandonó una fiesta de fin de curso muy distinta a la que él se había imaginado, el cinismo de aquel bohemio sátrapa que estaba de vuelta de todo y conocía todas las artes excepto la del silencio, el brío de aquella mujer tan guapa que una madrugada se encaramó de improviso en el asiento de atrás dejando a su acompañante en la calle, solo, a la intemperie.

El Comercio, 1 de abril de 2010