El Comercio, 29 de abril de 2010
El Comercio, 29 de abril de 2010
No hay salidaNo hay salida. A tenor de lo visto en estas últimas jornadas, y mirando las que faltan desde la perspectiva que nos dan los tiempos que corren, el mensaje no puede resultar más simple, ni más certero, ni ofrecer un diagnóstico mejor de un estado de las cosas que se ha ido deteriorando conforme avanzaban los días y lo que una vez dio la impresión de ser un equipo ha acabado transmutándose en un cúmulo de desastres incapaz de chutar a portería ni de estar al quite para evitar debacles como éstas con las que nos han estado obsequiando en estos últimos compases del calendario. Como en aquella vieja pieza de la nova cançó en la que todo acababa siendo gris tras perder un amor, El Molinón ha dejado de ser aquel campo propicio a la alegría y las ensoñaciones y es ahora un nido de incertidumbres donde sólo hay lugar para la duda y los ajustes de cuentas, más o menos pertinentes, entre la afición y una plantilla que cada vez se parece más a la sombra de sí misma y que últimamente me recuerda al Alonso Quijano que terminaba postrado en cama, tras abandonar el delirio al que él mismo había querido someterse, para redescubrir la fealdad del mundo que giraba en derredor. Aquel clarividente pintor que fue Francisco de Goya dejó escrito en un grabado que el sueño de la razón produce monstruos. No sé si fue la razón o su contrario lo que nos llevó a hacernos ilusiones hasta hace apenas dos meses. Lo que sí sé es que este despertar no está resultando agradable. Y que no lo será hasta que alguien sea capaz de dar con la salida o, al menos, descubra cuándo y cómo hemos acabado metiéndonos en este largo túnel.
Foto: Joaquín Bilbao
El Comercio, 26 de abril de 2010
Esos delanterosEs doloroso tener que escribir estas cosas. Es doloroso hablar así de dos jugadores sin los que probablemente este Sporting no estaría donde está, pero tampoco es cuestión de dorar la píldora ni de buscar consuelo en la hipotética postergación de unos males demasiado presentes. Un equipo no son sus delanteros, pero son éstos los que, en última instancia, le dan credibilidad. Las escuadras que a lo largo de la historia se han instalado en las memorias de sus respectivas aficiones son aquéllas que, a la figura de uno o dos jugadores que ejercían la función de alma o cerebro -dos conceptos futbolísticamente difusos, pero siempre emparentados con la garra, el coraje, la honestidad o la visión de juego-, sumaban la de un atacante voraz y definitorio adornado por la facultad de concluir de manera más o menos aceptable aquello que iniciaban sus compañeros.
Lo que más me preocupa es haber llegado a la constatación, una vez más, de que a este Sporting le sobra alma (la encarna Diego Castro, la encarna Juan Pablo, la encarna Rivera, la encarnan Lora o Canella), pero le falta un brazo ejecutor que deje las cosas claras arriba. Y lo peor de todo es que tengo la desasosegante impresión de que no se trata de un extravío, como creí comprobar cuando Preciado -en vez de reemplazar a Bilic con su sustituto natural- decidió dejar pasar la cosa y aguardar al inicio de la segunda parte para sustituir a mi tocayo De las Cuevas por el extremo pontevedrés. Barral, la otra pieza de esa Doble B que antaño se quiso terrible y hoy inspira más piedad que otra cosa, se quedó en el banquillo viendo cómo el equipo continuaba ascendiendo la cuesta arriba de un mes de abril -abril es el mes más cruel, escribió Eliot- que espero que podamos olvidar fácilmente para evocarlo dentro de un tiempo como una lejana etapa de tránsito, como un demoledor paréntesis de espera entre que llegaban y no esos delanteros.
El Comercio, 18 de abril de 2010
NostalgiaLo peor no fue que el equipo defraudara a su afición porque, al fin y al cabo, lo nuestro es estar a las duras y a las maduras y, aunque nos pese, somos conscientes de los vaivenes de la vida y sabemos bien a lo que vamos. Lo peor fue que, a base de incurrir en errores garrafales y desentenderse de su propia suerte, el equipo acabó defraudándose a sí mismo. O, mejor dicho, quienes ahora llevan la camiseta del Sporting y defienden su escudo acabaron ridiculizando una historia que habla de muchas cosas, pero nunca de darse por vencidos antes incluso de que el árbitro sople el silbato para marcar el arranque de la contienda. Asistiendo a aquel despropósito camuflado de partido, era inevitable recordar que hubo un Sporting que anteponía su propia dignidad al temor a una derrota deshonrosa; que hubo un Sporting cuyos delanteros sabían meter goles y combinar con los demás y no se dedicaban a hacer la guerra por su cuenta en un quiero y no puedo obcecado e inútil; que hubo un Sporting que supo convertir El Molinón en un campo temible y no en una suerte de Lourdes balompédico tocado por el gracioso don de rehabilitar a cuantas escuadras desahuciadas asoman por su césped; que hubo un Sporting que descendió a mitad de temporada y que hizo lo que pudo durante el resto de aquel curso infausto -que fue poco, pero fue algo- para lavar una imagen tan maltrecha que ya se daba por irrecuperable; que el Sporting, en fin, nunca tuvo que presumir de sus galones porque siempre ha tenido el coraje necesario para defenderlos y darles brillo en tiempo y forma.
El partido de ayer, con esos antecedentes, casi pareció una mala broma. Un chiste sin nada de gracia. Un desprestigio bochornoso que conviene retener en la memoria por si alguna vez alguien pretende volver a dar gato por liebre. Es verdad que en estos temas no hay nada escrito, y que nunca hay favoritos hasta que no echa a andar el reloj, y que uno no puede dar nada por seguro, y que los goles son o esquivos o caprichosos o traicioneros. También es cierto aquel otro tópico famoso que dicta que fútbol es fútbol. Y por esa parte no hay nada que objetar. Lo que ocurre es que lo de ayer fue otra cosa.
Foto: Joaquín Bilbao
El Comercio, 14 de abril de 2010
MarasmoMi padre -que ya tenía querencias rojiblancas mucho antes de que yo aprendiese lo que era un fuera de juego y es quien nos ha contagiado la enfermedad a mi hermano y a mí- me dijo hace dos o tres semanas que lo bueno de llegar a estas latitudes de la competición con las holguras que nos ha deparado la providencia era que, por primera vez en mucho tiempo, íbamos a poder disfrutar del fútbol sin pensar en los resultados de los demás ni preocuparnos por esa espada de Damocles que parecía aficionada a pender eternamente sobre nuestras cabezas. Como ocurre con todas las teorías que se basan en dos o tres fundamentos razonables, no se puede decir que la suya anduviera falta de razón, pero, como también suele pasar, no tuvo en cuenta que la realidad acostumbra a convertirse en un factor determinante para que esta clase de cosas no alcancen nunca una materialización eficiente. Porque, a día de hoy, sólo hay dos cosas ciertas: ni el Sporting nos permite disfrutar del fútbol más que a ratos -no fue el del Villarreal un buen partido, y, si de algo sirvió, fue para evidenciar que no somos nadie sin Rivera y que hará falta bastante más que un delantero argentino si de verdad queremos aspirar el año que viene a otra cosa que no sea la permanencia-; ni estamos salvados todavía, por más que los números nos regalen una cierta tranquilidad y la mejoría del equipo respecto a la temporada que expiró hace casi un año sea tan obvia como encomiable.
Unos minutos antes de que comenzara el partido, cuando la pantalla del televisor escupió el recuadro con las alineaciones, quedó claro que Manuel Preciado se había dejado el ardor guerrero a orillas del Piles y que prefería guardar sus mejores cartas para la decisiva timba del martes ante el Tenerife. Y yo, que siempre he confiado en este míster y que, además, creo que es uno de los mejores entrenadores que le ha tocado en suerte al Sporting en estas últimas décadas, no sé si es del todo pertinente fiarlo todo a uno o dos partidos que sí van a ser a vida o muerte. Como decía el lema de aquel viejo anuncio de la Dirección General de Tráfico, las imprudencias se pagan. Y quizás sea imprudente sumirse antes de tiempo, y sin motivos reales, en este marasmo inane de juego y voluntades en el que andamos chapoteando.
El Comercio, 11 de abril de 2010
Puré de castañaY es una pena porque, de no haberse dado esa reducción al absurdo el partido contra el Xerez -el peor equipo, con mucho, que ha pasado este año por El Molinón-, hubiese dado para una interesante reflexión acerca de la metafísica del gol y de si éste debería adjudicarse, como es normal, al último jugador que toca el balón o si, por el contrario, hay casos en los que merecería fijar en la cuenta de haberes de quien, por omisión, provoca que lo que empezó siendo un pase termine incrustándose en la red. Con el poco pescado que había que vender, esa discusión era la única veta que podía sacarse de un encuentro que paulatinamente comenzó a virar hacia el surrealismo, con un Sporting sorprendentemente relajado para no haber asegurado todavía la permanencia y un Xerez que compensaba su escaso talento para el fútbol con una disposición total a aprovechar hasta el más mínimo fallo del contrario, que -para no variar- tuvo varios, y algunos, como el de Rivera, espléndidamente inverosímiles. Las cuestiones más existenciales acabaron virando, así, hacia asuntos más mundanos y, desgraciadamente, bien poco reseñables. Lo resumió muy bien Adrián, un ilustre compañero de palco, poco antes de que el árbitro señalara el final: Menudo puré de castaña. Pues eso.
El Comercio, 5 de abril de 2010