lunes 29 de marzo de 2010

Línea de Fondo-Jornada 29

Sesión de esgrima
Espanyol, 0-Sporting, 0

Anduve el fin de semana haciéndole de cicerone a un amigo que vino de Madrid y, en una de las charlas que mantuvimos durante su estancia, salió a relucir el asunto futbolístico -él tiene asiento reservado en el Calderón- y los dos comentamos lo descafeinada que se hace la Liga cuando las expectativas están a punto de cumplirse y los equipos (hablábamos en general, pero pensábamos en el suyo y en el mío) entran en un estado de relajación que les lleva a afrontar los partidos como una simple sesión de esgrima en la que importa más lucir virtudes propias y evidenciar las ajenas que llevarse por delante a un contrario que tampoco tiene mayor interés ni posibilidad de causar un daño irreparable.

Nos referíamos a esas jornadas que deparan enfrentamientos entre iguales, cuando esos iguales no se juegan casi nada, y a las contiendas de guante blanco que se desarrollan en esos casos. Encuentros de ida y vuelta sin demasiada convicción que al final acaban decidiéndose en virtud de alguna jugada aislada o del puro y duro azar, cuando no concluyen en un amistoso empate que deja las cosas como estaban, sin más damnificados que unos espectadores que, por otra parte, tampoco pueden quejarse de nada.

Algo así fue lo que ocurrió en Cornellá-El Prat. Que sobre el césped se cruzaron dos alineaciones con pocas necesidades y una tarde entera por delante, que se dedicaron a jugar al fútbol simplemente porque lo exigía el guión y porque había que justificar de alguna manera el precio de la entrada que previamente se le había cobrado al respetable. Aunque lo parezca, esto no es ninguna crítica. En el fondo, como bien escribió Bolaño, preferimos la esgrima a la guerra abierta porque, humanos como somos, nos horroriza la posibilidad de asistir a un final ignominioso, por muchas papeletas ganadoras que llevemos en el bolsillo, y por muy fuerte que uno pise por la vida antes o después siempre termina llevando su incertidumbre a cuestas. Me atrevo a decir que el sueño de cualquier sportinguista -al menos de cualquiera que haya seguido al equipo con mayor o menor asiduidad a lo largo de su historia reciente- no es otro que el de llegar a estas alturas del campeonato con un mínimo de tranquilidad, y que hoy por hoy esa tranquilidad parece garantizada gracias a los puntos del casillero y a la solvencia de una plantilla que, aun dando algún susto, ha demostrado sus méritos para revalidarse en Primera. Pero ocurre que, acostumbrados como estamos a vivir con el nervio instalado en la boca del estómago, nos falta algo siempre que nos vemos ante un partido en el que sabemos que, pase lo que pase, no pasará nada, sobre todo porque el Sporting es un equipo al que siempre le ha venido bien el riesgo, la duda, la tensión. Es sólo entonces cuando los jugadores dan lo mejor de sí por una razón tan sencilla como evidente: la causa los necesita. Cuando esa causa desaparece y la sustituye un horizonte difuso de estadísticas y planificaciones, todo lo que queda es celebrar el punto que hemos podido sacar de un partido más bien tedioso y esperar que el del próximo domingo tenga algo más de mordiente. Aunque tengamos que seguir hablando de esgrima.

El Comercio, 29 de marzo de 2010

jueves 25 de marzo de 2010

Microcosmos185: Archivo

Hay que tener cuidado con los homenajes, porque a veces es muy fina la línea que los separa de la parodia. Es hermoso que la antigua cárcel de Oviedo, un edificio que tiene a sus espaldas una historia tan farragosa como trágica, se haya convertido en un depósito de la memoria en el que podremos conocer bien de dónde venimos y, en consecuencia, intuir con más claridad hacia dónde vamos, y también resulta pertinente que la restauración no borre del todo las huellas del pasado y que quienes se pasen por allí a partir de ahora lo hagan sin olvidar que en sus dependencias sufrió y murió mucha gente que no tenía por qué haberlo hecho.

Es muy loable, pues, que un edificio cuya principal misión consiste en guardar la memoria, en un sentido amplio y abstracto, no deje de lado su propia memoria concreta. Lo que ocurre es que hay formas y formas. No dudo que quienes tuvieron la ocurrencia de recrear en un ala de la prisión cuatro celdas enmarcadas en otras tantas épocas históricas estaban guiados de las mejores intenciones, pero me pregunto si nadie les dijo que su idea estaba más relacionada con esa cultura de parque temático de la que desde hace tiempo parecen estar aquejadas nuestras instituciones que con un verdadero compromiso con la Historia. Las falsas pintadas en las paredes, los posters de equipos de fútbol, el ejemplar de Interviú que reposa en una mesa o el muñegote de plástico que, en clara pose de yonqui a medio desahuciar, se esmera en la redacción de una carta a su familia, convierten lo que alguien quiso que fuera un espacio propicio a la reflexión, el recogimiento o, en algún que otro caso, el examen de conciencia, en un descafeinado divertimento para turistas ociosos que volverán a sus casas contando lo chupi guay que estuvo su experiencia carcelaria y creerán conmoverse al comprobar con sus propios ojos las inverosímiles condiciones en las que se hacinaban los presos de la postguerra. Estuve allí hace unos días, y no me gustó, y sólo pude combatir mi perplejidad con la risa. La justicia poética, mal gestionada, puede convertirse en un despropósito. Y como me dijo hace poco un colega, para hacer eso mejor se hubiesen limitado a dejar una placa.

El Comercio, 25 de marzo de 2010

miércoles 24 de marzo de 2010

Línea de Fondo-Jornada 28

En la casa del fútbol
Sporting, 2-Deportivo, 1

De todas las frases que emplea el speaker de El Molinón para introducir al respetable en la vorágine futbolera, hay una -Estamos en la casa del fútbol- con la que siempre he querido titular un artículo y que nunca me había atrevido a traer a esta página por entender que rara vez, en nuestros encuentros como locales, se habían dado las circunstancias propicias que hicieran a estas líneas merecedoras de tal solemnidad. Ocurre que el destino ha querido que fuese en el enfrentamiento contra el Deportivo -el único hasta ahora, que yo recuerde, en el que falló la megafonía- en el que más y mejor resplandeciesen las grandezas y las miserias de este deporte. El que compendiara a lo largo de sus noventa y pico minutos todas las emociones que más o menos pueden tener cabida dentro de un estadio.

Eran dos equipos heridos los que saltaban al campo. El Deportivo, por la humillación que le infligió el Valladolid hace sólo unos días en su propia casa; el Sporting, por lo mucho que se le había agrietado la moral tras el escándalo del Bernabeu. Ambos gozaban de una cierta tranquilidad, pero también salían motivados por unas expectativas que no acaban de cumplirse. La de los blanquiazules consistía en sacar de una vez el billete para Europa; la de los rojiblancos, en certificar cuanto antes su permanencia en Primera. La ley de la compensación -en la que más o menos cree supersticiosamente cualquier aficionado al fútbol y viene a decir que, cuando se trata de escuadras de una mediana solvencia, a una de cal siempre le sigue otra de arena, o viceversa-, con esos precedentes y esas pretensiones, anticipaba un empate, pero el partido se desquició tan pronto como el Deportivo se quedó con diez y los gijoneses tuvieron por delante una primera parte de ensueño en la que pudieron conseguir una pequeña goleada de haber tenido sus delanteros un poco más de eficacia.

En aquellos momentos, todo parecía Jauja. Y sin embargo, tras el descanso, cuando la hinchada se las prometía muy felices, llegó el bajón. El Sporting salió disfrazado de su hermana fea, presa otra vez de sus incurables ataques ciclotímicos. Los coruñeses, que lo notaron, empezaron a controlar el juego para alegría del puñado de Riazor Blues que se apiñaban en la esquina del nordeste y que estallaron de júbilo cuando el exoviedista Adrián marcó el gol que igualaba la contienda. Todo pareció venirse abajo, y la afición local se sumió en una extraña mezcla de catastrofismo y resignación que acabó desembocando en una nueva euforia cuando los gallegos se desquiciaron del todo y provocaron un penalti que acabaría transformando el siempre fiable Diego Castro y que sumaba el punto que hasta entonces tenían atado a un inventario de pérdidas del que también formaban parte el entrenador, el portero y un defensa. La grada, frotándose los ojos, se preguntaba si aquella victoria que al principio había parecido casi hecha y que se había ido transformando progresivamente en un empate y en la posibilidad de una derrota tan extravagante como deshonrosa, sería real. Pero uno, en la vida, no puede dar con seguridad nada por hecho. Mucho menos si está en la casa del fútbol.

Foto: Joaquín Pañeda
El Comercio, 24 de marzo de 2010

domingo 21 de marzo de 2010

Línea de Fondo-Jornada 27

Lo normal
Real Madrid, 3-Sporting, 1

Pues claro que sí. A ver qué iba a ser esto. Lo normal, en este caso, era perder. ¿O alguien esperaba en serio que regresáramos del Bernabéu con algo más que cero puntos? El fútbol tiene su lógica, y la lógica dice que cuando toca enfrentarse al mejor equipo del mundo, a la escuadra más galáctica entre las galácticas, a la quintaesencia del balompié patrio, no cabe esperar más que un severo correctivo, una derrota humillante y dolorosa, un escarnio que contribuya a poner a cada cual en su sitio. Y el que nos corresponde a nosotros, pobres mortales, no es otro que el de un vulgar equipo de provincias, sin ningún título en sus vitrinas y más preocupado por hacer pie en las profundas aguas de Primera que por encaramarse a los puestos altos de una clasificación adulterada por el dinero y los favoritismos.

Poco importa, pues, que saliésemos al campo sabiendo a lo que íbamos y que fuésemos capaces de tratar de tú a tú a quienes acaparan, con todo merecimiento, primeras páginas de la prensa deportiva día sí y día también. No era nuestro cometido. ¿O acaso pensábamos que estaba en nuestra mano cambiar el irrefutable orden de las cosas? ¿Qué hacía Juan Pablo respondiendo con paradones a los tiros a puerta de Cristiano, Higuaín y compañía? ¿Cómo osó Barral adelantarse en el marcador con un golazo que posiblemente Casillas vaya a recordar toda su vida? ¿Qué hacía el Sporting, en resumen, jugando bien y limpio? El problema fue ése, que no supimos atenernos al guión y, por eso, Paradas Romero (para quien reclamo desde ya un sempiterno puesto honorífico en el Panteón de Trencillas Ilustres, si lo hubiere, y alguna otra condecoración por estar siempre dispuesto a recordarnos quiénes son los débiles y quiénes los poderosos) tuvo que hacer como que no veía la clamorosa mano (aunque más bien fueron manos) de Van der Vaart para que el Madrid pudiera equilibrar una balanza que nunca debió torcerse y su público despidiera al holandés con una estruendosa ovación, como cualquier gran afición que se precie. Por eso tampoco quiso ver un penalti a Diego Castro, ni se rompió mucho la cabeza cada vez que tocaba dilucidar si una falta era a favor o en contra de los chicos de Florentino. Por eso, los comentaristas repetían sin cesar que éste era un partido propicio para que cayesen «tres o más goles», la mayoría (por supuesto) en el arco rojiblanco. Por eso se nos quedó esa cara de idiotas cuando vimos que, en efecto, el poder del Bernabéu existe y en cuestión de segundos aparecieron sobre el césped el espíritu de Juanito, la casta de las grandes noches europeas y don Santiago a caballo. Porque ellos son los que sirven. Y nosotros, pura escoria. ¿O acaso estamos a la altura de equipazos como el Alcorcón o el Olympique? De eso, nada. A ver qué nos creíamos.

El Comercio, 21 de marzo de 2010

sábado 20 de marzo de 2010

Microcosmos184: Muertos

Hace algunas semanas, y por pura casualidad, supe que se había muerto una persona a la que había odiado mucho, y cuando se lo comenté a quien estaba conmigo en el momento en que me dieron la noticia por teléfono -anda, mira, se ha muerto Fulanito- él dijo algo referente a la compasión o el perdón que me hizo negar con la cabeza y rechazar los argumentos que yacían, implícitos, en los tópicos que fueron saliendo de su boca. Aquella persona se había esforzado, en su día, por hacerme la vida imposible. No lo consiguió, principalmente porque pude largarme antes de que fuera demasiado tarde, pero si de algo estoy seguro es de que no hubiese cejado en su perseverancia de haber continuado junto a ella durante un tiempo más. Ni tenía ni tengo, pues, ningún motivo para añorarla. Ni para desearle una feliz estancia en el paraíso.

Nunca he confiado en esa gente que aprovecha que alguien se ha mudado al otro barrio para cantar en alto sus miserias y descubrir ante la humanidad que el finado no era el ángel que todos creían ver en él, pero tampoco estoy de acuerdo con quienes aseveran de continuo que los muertos se merecen un respeto y que nada malo ha de decirse de quienes ya no están para defenderse. Es cierto que esa aseveración tiene su fundamento cuando el atacante no se atrevió a abrir la boca mientras el difunto aún no lo era y sólo su muerte le confiere el valor necesario para ponerle a caldo, pero también que la exhalación del último suspiro no le hace a uno mejor persona ni le convierte en acreedor de más respeto del que pudo o supo ganarse en vida, y por supuesto nadie debería esperar que se establezca un quorum alrededor de su recuerdo una vez que él ya no esté y en su lugar sólo quede la memoria de lo que fue o hizo, de su efímero paso por la fugaz espuma de los días. No hay que ofender a los muertos, concluyo mi contertulio a modo de reproche mientras yo desgranaba el inventario de agravios que me había infligido el ahora ausente, y pensé que me importa muy poco lo que digan o dejen de decir de mí cuando me despida de esta parroquia. Al fin y al cabo, yo ya no voy a estar para escucharlos. Y seguramente todos tendrán un poco de razón.

El Comercio, 20 de marzo de 2010

domingo 14 de marzo de 2010

Idolatrado Delibes


Hay dos palabras -milana bonita- que me acompañarán siempre por lo mucho que me estremecieron cuando las leí en el capítulo final de 'Los santos inocentes', en esa tremenda escena en la que Azarías ahorca al señorito para el que trabaja después de que éste asesinase a su mascota de una manera tan repugnante como, en el fondo, humana. Hay un árbol, el ciprés, a cuya sombra nunca he podido olvidar las páginas de una novela tan triste como extrañamente hermosa con la que entretuve una semana del verano de mis diecisiete años. Hay unos caminos, los de Castilla, que no puedo recorrer sin llevar en la memoria a El Mochuelo, el tío Ratero, Nini y otros muchos personajes de mentira que protagonizaron unas cuantas historias de verdad. Son tres motivos que explican por qué esta mañana, cuando me comunicaron por teléfono que se había muerto Miguel Delibes, la ciudad empezó a parecerse a una decoración recortada sobre un miserable fondo gris.

Hay uno más: Delibes siempre vivió en mi casa. Mi madre tenía casi todas sus novelas alineadas en uno de los estantes más accesibles de la biblioteca familiar, y me habló de El camino, Las ratas o Cinco horas con Mario mucho antes de que a mí me diera por leerlas. Por eso, durante mi infancia y adolescencia lo tuve tan presente, de una manera constante y silenciosa -acaso la misma que él tuvo de pasar por el mundo, tan humilde pese al éxito, tan callado pese a su mucha sabiduría-, que cuando me independicé no tardé en hacerme con una edición de sus obras completas para sumergirme de cuando en cuando, sin prisas ni preocupaciones, en la que ha sido una de las prosas más brillantes de la España del siglo XX. Aunque la adscripción genérica de sus libros no haya envejecido precisamente bien en estas últimas décadas, leer a Delibes hoy sigue siendo una fiesta para quien tenga un mínimo sentido de la estética, para quien aún sepa gozar del espectáculo de la palabra bien dicha, para quien busque un lugar donde refugiarse del barullo de los tiempos y entregarse al placer de unas historias tan fascinantes como trágicas, tan bellas como dramáticas, tan nítidas como sugerentes.

Hay un último motivo: no fue nunca ni de derechas ni de izquierdas, o no quiso evidenciarlo. No perteneció a nadie más que a sí mismo, a su familia y a sus lectores. Los mismos que hoy nos hemos quedado un poco aturdidos con su pérdida, sin saber muy bien qué hacer ahora que se ha ido para siempre nuestro idolatrado Delibes.

El Comercio, 14 de marzo de 2010

Nota al pie: Aunque se haya publicado hoy mismo, el artículo me lo pidieron el viernes., unas horas después de la muerte del escritor De ahí la referencia temporal del primer párrafo.

Línea de Fondo-Jornada 26

Frío y tedio
Sporting, 0-Athletic, 0

Se dice que la literatura es un reflejo de la vida de la misma manera que el periodismo viene a ser un retrato de la realidad. Y si sumamos ambas definiciones, me temo que esta crónica -que, en teoría, está a medio camino entre lo uno y lo otro- acabará resultando insoportablemente aburrida, pero acaso no exista mejor manera de contar el tedio que describiéndolo desde su propia esencia. Y de ésa tuvimos bastante quienes empleamos el último tramo de la tarde sabatina en la contemplación de un partido que tuvo muy poco de fútbol y bastante de ramplonería. El marco no invitaba precisamente al optimismo, porque Asturias se había despertado en alerta naranja por las bajas temperaturas y la directiva sportinguista decidió (no sé con qué criterio) que el enfrentamiento con los leones era digno de ser declarado Día del Club, lo que obligaba a los socios a abonar treinta euros del ala si querían ocupar su asiento. Dos factores más que suficientes para que El Molinón se presentase ante los dos equipos inusualmente desangelado, aterido por unas temperaturas infrahumanas y sumido en un silencio más espiritual que acústico que pronto contribuyeron a acentuar dos escuadras limitadas por un atroz constipado futbolístico. No hubo goles. Apenas hubo toques. Por no haber, no hubo ni paciencia por parte del respetable para aguantar hasta el final de los noventa minutos. Pese a la incertidumbre que siempre genera la dialéctica del pelotazo, las gradas empezaron a vaciarse bastante antes de que el luminoso indicase el tiempo de descuento. Al fin y al cabo, allí poco había que hacer.

Igual que en esas partidas de ajedrez en las que el vencedor da jaque mate más por el desgaste mental del adversario que por sus propios méritos a la hora de mover las piezas, pronto estuvo claro que la victoria, de llegar, sólo lo haría merced a algún despiste. Pero ocurre que quien más metió la pata fue el Athletic, precisamente el que más cerca estuvo de llevarse los tres puntos, y para colmo le daba por fastidiarla cada vez que sus hombres andaban al ataque. Hasta el extremo de que Gabilondo llegó a fallar un penalti para subsanar el error de bulto que había cometido Juan Pablo unos minutos antes. El dato de que el guardameta leonés fuese uno de los rojiblancos más destacados revela bastante bien por dónde fueron los tiros y lo mal que se nos dieron las estrategias ofensivas. El Sporting no supo, salvo en momentos puntuales, pulsar la clavija adecuada para anular a un once tan dotado para la destrucción como negado para construir, y si pudo maquillar su naufragio fue gracias a las apariciones puntuales de un talento que quizás dosifiquemos en exceso por ese miedo que siempre parece que tenemos a perder los papeles. Y así, entre los estropicios de unos y la impotencia de otros, fue apagándose la llama de un partido sin apenas historia que sólo cabe olvidar pronto para no amargarnos demasiado la existencia. Decir que lo de ayer fue fútbol es casi una hipérbole. Ayer, en El Molinón, sólo hubo frío. Y tedio.

Foto: Joaquín Pañeda
El Comercio, 14 de marzo de 2010

viernes 12 de marzo de 2010

Homenaje a Miguel Delibes en Culturamas

Lorenzo Rodríguez, uno de los responsables de la flamante web Culturamas, que se ha inaugurado hace poquito, me pidió hace un momento que le escribiese un texto breve para un homenaje de unos cuantos escritores españoles a Miguel Delibes que pueden leer completo aquí. Ésta fue mi aportación:

Nunca bajó la guardia. Aunque él calificara su primera novela como nefasta, lo cierto es que La sombra del ciprés es alargada me conmocionó profundamente cuando la leí con diecisiete años, en lo que fue mi ingreso en el corpus narrativo del autor vallisoletano. Las demás fueron llegando a mis ojos poco a poco, a un ritmo tan cadencioso como el de su prosa, y mi interés hacia su trayectoria conoció un ‘crescendo’ continuo que culminaría en Los santos inocentes, ese fabuloso fresco rural que tan bien supo retratar el alma de un país a través de las penurias de unos pocos personajes memorables condenados a una suerte de determinismo castellano que acaba delineando el argumento de una epopeya humana tan fascinante como trágica. Delibes escribió muchos libros. Unos son mejores y otros peores, pero ninguno es malo. Por eso sus lectores le quisieron (y le queremos) tanto. Por eso para muchos el de hoy ha sido un amanecer triste. Por eso a primera hora de esta mañana ya se había creado en Facebook un grupo llamado “Señoras de rojo sobre fondo gris”. No tuvo el Nobel, pero tampoco le hacía falta. Quienes nos dejamos mecer al son de su prosa siempre hemos tenido claro que era un genio.

Miguel Delibes (1920-2010)

Me inicié en la obra de Miguel Delibes a los diecisiete años con su primera novela, la tristísima La sombra del ciprés es alargada, que él consideraba nefasta y que a mí me encantó por aquel entonces. Uno o dos años después, al poco de mudarme a Salamanca, publicó El hereje y la leí con la sensación de estar presenciando el final de uno de los mejores narradores del siglo XX. Había anunciado que ya no publicaría más novelas, y aunque seguía vivito y coleando se instaló en el subconsciente colectivo la idea de que se moriría más pronto que tarde. Aún ha aguantado otros diez años, y en ese tiempo me he ido acercando a algunos de los títulos más conocidos de su bibliografía -El camino, Las ratas, Señora de rojo sobre fondo gris, Cinco horas con Mario- y apreciando en su justa medida (que es mucha) las virtudes de una obra que posiblemente se haya quedado anclada en unos preceptos estéticos que no han envejecido demasiado bien, pero que sigue deslumbrando por su fuerza, por su concisión, por su belleza. He mencionado seis de sus novelas, pero quería dejar para el final mi favorito. Si tuviera que recordar a Delibes por un solo título, sería por Los santos inocentes, ese fresco descarnado y hermoso de la España rural en el que tocó como sin querer tocarlo -y ésa es la mayor prueba de su maestría a la hora de narrar- el tema de las diferencias entre clases a través de un determinismo puramente castellano en el que brillaba con luz propia el personaje de Azarías (que luego interpretó brillantemente Paco Rabal en la película de Mario Camus) y su rebelión final en aquel acto de justicia con el que vengaba el asesinato de su milana bonita. Hace unos minutos he releído por alto los últimos párrafos y he sentido el mismo estremecimiento que sentí la primera vez que los tuve ante mis ojos. Lo que no deja de constatar lo que dicen en estos momentos todos los periódicos: que se nos ha muerto un genio. Descanse en paz. Y que la sombra de los cipreses le cobije...

lunes 8 de marzo de 2010

Línea de Fondo-Jornada 25

La revelación balear
Mallorca, 3-Sporting, 0

Es curiosa la relación que en estos últimos años se ha venido estableciendo entre el Sporting y el Mallorca. Cuando andamos pasando por épocas bajas, las comparecencias ante el equipo balear sirven para despertarnos del letargo y marcar el inicio de una andadura quizás no exitosa, pero sí moderadamente digna. Cuando, por el contrario, nos los cruzamos en plena apoteosis de juego y resultados, su presencia al otro lado de la línea de medio campo suele anticipar el preludio del desastre. Si en el debut estelar de la era Preciado nuestro viaje a Son Moix sirvió para empezar a lavar la herida abierta por las cinco derrotas consecutivas en el regreso a Primera, su visita unos meses después certificó que a aquel Sporting alegre e ingenuo que paseaba por la Liga de las Estrellas tan desnortado como la Alicia de Carroll en el País de las Maravillas aún le faltaba mucho para pasar con nota el examen al que le sometían los mandamientos inherentes a este deporte. Este año, por lo que se ve, ocurre otro tanto de lo mismo: cuando les recibimos en octubre, después de un inapetente empate ante el Zaragoza y un ridículo atroz contra Osasuna, les metimos una goleada de las que ya no se recordaban a este lado del Piles; ahora, después de un heroico empate contra el Valencia y dos victorias más que esperanzadoras, vuelven a ser los bermellones los encargados de ponernos en nuestro sitio con una goleada que escuece más por la impresión que dio el equipo rojiblanco de no haber hecho gran cosa por evitarla, que por la contundencia del marcador en sí.

Así es el Sporting, supongo. Uno no puede crearse expectativas, ni buenas ni malas, cuando se refiere a un equipo cuya capacidad para el sacrificio es sólo proporcional a su facilidad para desdibujarse. Mucho menos cuando su mayor avance respecto a la Liga pasada se convierte también en su principal problema, porque el Sporting que ha sabido construir un once sólido y más o menos convincente se viene abajo en cuanto alguno de sus titulares entra en boxes y tiene que tirar de un banquillo que hasta ahora se ha revelado insuficiente a la hora de compensar las carencias motivadas por el azar. Si algo tenemos claro quienes seguimos sus evoluciones domingo a domingo, es que en este equipo pesan las ausencias, y que jugadores como Sastre, Maldonado o Matabuena no bastan ya para suplir lo que se pierde sin Lora o Diego Castro y sólo nos cabe esperar que alguien en el equipo técnico recuerde la existencia de Mareo o decida liberar algún que otro dorsal que empieza a pesar más de la cuenta. Habrá que agradecerle al Mallorca, pese a todo, que siempre se nos aparezca en los momentos más tibios de la temporada, cuando tan posible es reflexionar y cambiar rumbo como precipitarse en el abismo. El año pasado nos dio por lo segundo. Confío en que esta vez no nos dé por perder la cabeza.

El Comercio, 8 de marzo de 2010

viernes 5 de marzo de 2010

Materia parva


Es poeta y periodista. Y, pese a todo eso, amigo, y de los buenos. Fue, además, mi jefe en el verano de 2002, cuando estuve de becario en la edición gijonesa de La Nueva España y tuve el gusto de conocerle. Él me enseñó a buscar el otro lado de las cosas para que lo de siempre pareciese algo menos rutinario. Aquel año ambos nos ocupábamos del suplemento de verano. Escribíamos mayormente sobre gilipolleces, pero creo que nos divertimos. O, por lo menos, nos reímos bastante.

Ha publicado tres poemarios -Trampa para niebla (Diputación de Albacete, 1989), El temblor (Trea, 2005) y Occidente (Trea, 2008)- que han llevado todos los elogios posibles de la escasa crítica que se ha ocupado de ellos, pero sigue escribiendo su obra a diario en el papel de los periódicos, especialmente en esa pequeña viñeta que él ha bautizado como Por Gijón y que arroja cada mañana una luz distinta sobre la ciudad en la que vivimos ambos. Ahora, Juan Carlos Gea (Albacete, 1964) ha abierto una bitácora digital que ha bautizado como Materia parva onde los que no viven en Gijón o frecuentan otras cabeceras pueden ir siguiendo sus digresiones cotidianas. Lo tienen en la barra de la derecha, pero también pueden entrar por aquí. Garantizo que la visita es altamente recomendable.

jueves 4 de marzo de 2010

Microcosmos183: Es penoso

Es penoso que todavía estemos así. Es penoso que la izquierda ataque, y con razón, a la derecha por su incapacidad para librarse del pasado y, en cambio, no sepa ver sus propias ataduras ni los prejuicios que la encadenan a una contradicción tan evidente como terrible. Es penoso que en Cuba se muera un preso político y haya quien se atreva a calificar al finado de delincuente común y acabe tildando de terroristas (¿cuántas bombas han puesto? ¿contra quiénes?) a los que se atreven a alzar mínimamente la voz contra los muchos excesos de un régimen trasnochado y caduco, remedo cutre y tercermundista de otras dictaduras que muchos tuvieron que repudiar, después de deshacerse en elogios hacia sus líderes, antes de que se les cayera la cara de vergüenza. Es penoso que los progres de profesión aplaudan con las orejas cada exabrupto que llega del Caribe y luego se escandalicen como puritanas ofendidas cuando sus adversarios les echan en cara esas paradojas para ocultar sus propias vergüenzas. Es penoso que los aguerridos manifestantes que no dudan en calzarse el pañuelo palestino cada vez que el sindicato o el partido de turno les llama a filas tengan la osadía (o la ignorancia, o la estupidez, o el cinismo) de decir que tan indecente es el castrismo como la ley electoral española, de aseverar que tendríamos que aprender muchas cosas de Cuba, de soltar que también nosotros tenemos una Policía que nos controla, de comulgar con ruedas de molino y justificar lo injustificable amparándose en cualquier sandez antes que reconocer que la revolución fue una mierda y que aquellos barbudos tan simpáticos que se levantaron contra Batista en Sierra Maestra han acabado convirtiéndose en una banda de cuatreros con mando en plaza. Es penoso que haya gente que justifique que otros mueran por defender sus ideas. Es penoso que haya bocas en las que conceptos tan bellos como libertad o democracia se conviertan en palabras huecas, inanes, perversas. Es penoso que hayamos llegado a un punto en el que las dos Españas hielen por igual el corazón y el alma. Es penoso estar absolutamente seguro de que tras leer este artículo alguien terminará llamándome facha. Es penoso que haya veces en las que uno, tras mirar a su alrededor, no pueda decir que es de izquierdas sin sentir vergüenza.

El Comercio, 4 de marzo de 2010

lunes 1 de marzo de 2010

Línea de Fondo-Jornada 24

Todos a una
Sporting, 3-Osasuna, 2

Justo antes de que diera comienzo la segunda parte, cuando los dos se encaminaban hacia el círculo central, Aranda le dio una palmada en el culo al colegiado, señor Álvarez Izquierdo, que los malpensados como yo bien pudimos interpretar como un gesto de agradecimiento por lo mucho que el trencilla se había volcado a favor de Osasuna en el primer tiempo. Sólo se me ocurren tres posibilidades para explicar el que ha sido el arbitraje más tendencioso y anómalo que hemos tenido que sufrir esta temporada en El Molinón: o este árbitro acepta dólares pamploneses, o andaba loco por hacerles la rosca a los chicos de Camacho, o sencillamente no tiene ni idea. Lo malo de vérselas con individuos así, aparte del descrédito que supone para el propio fútbol, es que su presencia sobre el césped casi siempre acaba perjudicando al equipo que apuesta por la creación y la búsqueda de un juego vistoso y medianamente ágil en beneficio de quienes predican lo contrario. Es decir, de aquellas escuadras que buscan el éxito no en la superación del contrario, sino en la destrucción de todo cuanto sale a su paso, y que encuentran en el árbitro un cómplice ideal a la hora de descargar todo su catálogo de marrullerías.

Algo así fue lo que le ocurrió ayer al Sporting, que tardó en hacerse ver, primero, porque Osasuna supo posicionarse desde el principio y aguantar la estrategia que entendieron conveniente para regresar a Pamplona con un mínimo de honra y, segundo, porque las continuas atrocidades que fue cometiendo el del silbato hicieron que los rojiblancos acabaran por tenerle miedo al balón, conscientes como eran de que cualquier exceso de lucimiento acabaría provocando alguna triquiñuela del rival. Y, justo después, el consiguiente parón en el juego auspiciado por un pitatodo que se merece no una nevera, sino una cámara frigorífica para él solo.

Así estaban las cosas, con el partido hecho un sinvivir después de que nos calzaran un penalti que nunca fue y de que un fallo tonto de la defensa permitiera que nuestros rivales remontasen el partido, cuando Preciado decidió dar entrada a Kike Mateo, Y, de pronto, la contienda que habíamos visto hasta entonces se convirtió en otra muy distinta. Puede que ya no sea el goleador brillante que nos guió por el arduo camino del ascenso a Primera, pero lo que no se puede negar es que pertenece a esa estirpe de futbolistas que con su sola presencia enardecen a la grada y aportan un plus de seguridad a sus compañeros. Es cierto que dio la asistencia del gol de Barral y que provocó el penalti que acabaría marcando Diego Castro, pero también que su influencia había empezado antes, justo en el momento en que se integró en el juego, y que fue su participación la que hizo del Sporting un bloque sólido, compacto, homogéneo... Un todos a una consciente de la necesidad de tirar de un carro que minutos antes parecía a punto de desintegrarse. Su trabajo complementó al de un excelente De las Cuevas y sirvió de bálsamo para una afición que ya empezaba a dejarse mecer en los brazos del desánimo y terminó entregada en cuerpo y alma a los devenires rojiblancos. El público volvió a convertirse, así, en el jugador número doce del Sporting, pero Osasuna no puede quejarse. Ellos tuvieron al árbitro.

Foto: Paloma Ucha
El Comercio, 1 de marzo de 2010