Mortales y diosesSporting, 0-Barcelona, 1
El Comercio, 31 de enero de 2010
Mortales y dioses
El diario El Comercio publica hoy, dentro del suplemento Culturas, un artículo que he escrito acerca de la hipótesis que aventura la posibilidad de que sean los restos del hereje Prisciliano, y no los del apóstol Santiago, los que reposen en la cripta de la catedral de Compostela. Los interesados pueden leerlo aquí.
La lectura obligatoria que mi instituto programaba para la asignatura de Lengua Española y Literatura en el segundo trimestre de 2º de BUP (1995/1996) era El guardián entre el centeno. Lo leí sin saber quién era Salinger y sin conocer toda la leyenda que se había engendrado alrededor del libro en cuestión. La mayoría de mis compañeros lo aborrecieron. Creo que yo no lo entendí del todo, pero le vi algo que hizo que lo pusiera en el montón al que iban a parar los libros que pensaba releer algún día. Lo hice un par de años después, cuando en mi primer día en Salamanca conocí a una chica que me tuvo esperando a las puertas de una librería de la calle Meléndez mientras ella entraba a hacerse con un ejemplar de los cuentos del escritor norteamericano. Aquella noche me enfrenté por segunda vez a sus páginas, y descubrí lo que apenas había entrevisto en mi primer acercamiento.
Pitos
Lo ficticio y lo real de Hilario J. Rodríguez
Tener y no tener
Nacho Vegas, gran final
El último reto de Miguel BarreroConviven en esta novela dos historias que, de algún modo, se entretejen, se alimentan la una de la otra. La de Michi Panero y, por extensión, la de la familia Panero, y la de Ricardo Estrada, el narrador. La primera va tejiendo de un modo casi fantasmal, a veces inexplicado e inexplicable el corpus que suponen los avatares de Ricardo, que parece vagar por la historia, por su vida, imantado, influído por los Panero. E igualmente la segunda va tejiendo el desencanto y la caída de la familia Panero, contando, si es posible, lo sucedido, reviviendo una época, reviviendo unos sueños, un momento (o varios momentos) concreto en base a vivencias de carne y hueso, a las experiencias (a veces apuntadas, a veces dejadas de lado) del narrador. Son dos hilos muy sutiles que navegan por la novela tirando el uno del otro y el otro lo del uno.
Ése es el gran riesgo (y de ahí parte todo lo bueno y malo que se pueda decir de la novela) que asume Miguel Barrero y el reto al que se enfrenta y que ya, de por sí, merece el aplauso. Es notable la dificultad en la empresa de combinar un buen pulso narrativo con las complicaciones propias de recrear un momento no vivido por el autor, mediando la ausencia (elegida) de un poso documental…
No deja de ser cierto que a veces las líneas, los dibujos que tales hilos van formando puedan resultar algo confusos, que los saltos, los azares que hacen que Ricardo (y con él la historia) siga los pasos de Michi queden poco claros, sí, pero los fantasmas se deslizan por entre las páginas con buenas maneras, las maneras de un buen escritor, que crea magníficamente una atmósfera de perdedores, de oprimidos, de desencantos, de brumas y de fríos astorganos, de movidas ya olvidadas. Palabras cuidadas al detalle, reflejo exacto de unos ecos a los que la memoria no llega. El narrador se va destruyendo a medida que avanza la vida (y nada, en el fondo, cambia), avanzan las páginas, y, con él, la familia Panero. ¿O es al revés?
Texto: Javier Vázquez Losada
Lejos de Birmingham
Enhorabuena a los responsables. Entre todos han conseguido convertir el drama que fue el asesinato de Federico García Lorca en una comedia digna del mejor cultivador de la astracanada. Resulta que no había nadie enterrado en el lugar en el que supuestamente tendrían que haber aparecido los restos del poeta. Ahora resulta que durante décadas se le estuvieron rindiendo honores en el lugar equivocado. Ahora resulta que, por esa fruslería, habrá que reescribir para siempre la Historia de la Literatura.
Pasión por Gijón
Rocambole en El Molinón
Desde hace unos días, amigos y conocidos han estado llenando mi teléfono móvil de felicitaciones de año nuevo. Unas eran sencillitas (feliz 2010 y poco más); otras, más particulares; algunas, más íntimas; otras, más despegadas; unas, más o menos chistosas; otras, abiertamente eufóricas. Lo normal, supongo.
Tras mi experiencia de 1993, estoy en condiciones de asegurar que visitar Santiago de Compostela en Año Santo es algo muy parecido a adentrarse en el infierno.