domingo 31 de enero de 2010

Línea de Fondo-Jornada 20

Mortales y dioses
Sporting, 0-Barcelona, 1

Desde la antigüedad sabemos que los mortales nunca salen bien parados cuando las circunstancias les obligan a enfrentarse con los dioses. Si algo caracteriza a las deidades de los textos griegos y latinos o a la entidad omnipotente y todopoderosa que protagoniza las escrituras bíblicas y coránicas, es su facultad de permanecer intratables ante las veleidades humanas y no doblegarse más que cuando éstas pueden servir de excusa para promover unos medios que inevitablemente acaban propiciando unos fines coincidentes. Los dioses, como sabemos, sólo se manifiestan muy de cuando en cuando, pero los ecos de su estancia entre nosotros perduran más allá del tiempo en el que quisieron convivir con nosotros y se propagan por todos los espacios posibles. Y su presencia, benéfica para unos y odiosa para otros, no suele dejar indiferente.

Hace tiempo que el Barça de Guardiola se ha colocado en una esfera superior, en una posición de privilegio en la que hasta ahora no había logrado instalarse ningún club, y que escruta desde allí a los equipos que osan disputarle una supremacía que saben que no podrán disfrutar nunca, porque la hazaña de los muchachos de Les Corts es ya insuperable, o intentan dejarle la marca de un leve arañazo, el rastro de una herida insignificante que les proporcione la efímera gloria que da el ser uno de los pocos osados que ha conseguido infligir un daño mínimo a una entidad casi sobrenatural. Hace más o menos un mes, el Barça de Guardiola dejaba de ser un simple equipo para erigirse en mito al ganar el Mundial de Clubes y convertirse así en la única escuadra del mundo que ha ganado en el mismo año los seis títulos a los que aspiraba. Y ante tan portentosa exhibición, que precisamente había comenzado en esta tierra una triste tarde de septiembre de 2008, no cabe más resistencia que la de resignarse y dejar que sea el destino quien decida.

No conozco a nadie que esperara más de la visita del equipo por antonomasia de la Ciudad Condal a los dominios sportinguistas, y el Sporting -que es un equipo humilde en su grandeza, o grande en su humildad- tampoco quiso creerse más de lo que es y salió al campo dispuesto a exhibir sus mejores armas, pero consciente de que aquello era un duelo desigual en el que las opciones no estaban ni mucho menos equilibradas. Se había utilizado mucho, a lo largo de la semana, la alegoría de David y Goliat para tratar de insuflar ánimos a la plantilla y a la hinchada. Nadie tuvo en cuenta que el gigante del que habla la Biblia pretendía invadir a los elegidos de Dios, y que el Barça, o este Barça, no ha venido aquí para usurpar el territorio de nadie, sino con la muy loable intención de reconciliar a no pocos aficionados con un fútbol que parte de las raíces más clásicas de este deporte para otorgarle un halo de modernidad que le ha venido bien a un mundillo que en demasiadas ocasiones empezaba a oler a chamusquina.

Es verdad que el Sporting salió a plantarles cara, y que lo hizo, y que, cada vez que supimos controlar nuestros miedos (porque los mortales siempre tienen miedo cuando se encuentran ante los dioses, por muy devotos que sean) y tratar de jugar como sabemos, la cosa no nos salió del todo mal y a punto estuvimos de dar algún susto que otro. Es verdad que, dentro de lo que cabe, pudimos mantener el tipo. Es verdad que la defensa fue muchas veces un cerrojo y que Juan Pablo estuvo tan inmenso como casi siempre. Es verdad que el gol del Barça llegó después de una de las muchas pifias en las que el colegiado incurrió a lo largo de los noventa minutos del encuentro y que, a la postre, impidieron que aquello fuese un duelo entre caballeros. Pero también es verdad que si tan sólo nos metieron un gol fue por una pura cuestión de suerte, porque pudieron haber sido cinco o seis, y que ver jugar al Barça en El Molinón fue como asistir al recital de una orquesta sinfónica en el que cada nota está en su acorde; cada figura, en su compás correspondiente; cada tempo, en el movimiento que exige la orientación de la partitura. Porque Guardiola ha sabido imprimirle al Barça ética y estética. Viendo cómo se escurre Messi, cómo corre la banda Abidal, cómo templa Piqué, uno no tiene más remedio que quitarse el sombrero y dar por bueno todo cuanto suceda, porque el Barça sabe jugar tan bien al fútbol que ni siquiera es demasiado factible que el desarrollo argumental desmienta al guión previo y el marcador final termine materializando una injusticia.

En agosto del año pasado visité el Camp Nou en compañía de un amigo madridista. Hacia la mitad de nuestro paseo por las tripas del estadio, nos asomamos a los palcos de la zona de prensa y, al tener ante nuestros ojos el inmaculado césped sobre el que poco tiempo antes se había celebrado un triplete, él no pudo menos que sincerarse: La verdad es que tiene que ser una gozada ver trotar por aquí todos los domingos a Xavi o a Iniesta. Antonio Machado escribió una vez que el arte es largo y, además, no importa, pero quienes estuvimos en El Molinón el sábado 30 de enero de 2010 siempre podremos presumir de que una vez pudimos ver en acción al mejor equipo del mundo.

El Comercio, 31 de enero de 2010

sábado 30 de enero de 2010

El enigma xacobeo

El diario El Comercio publica hoy, dentro del suplemento Culturas, un artículo que he escrito acerca de la hipótesis que aventura la posibilidad de que sean los restos del hereje Prisciliano, y no los del apóstol Santiago, los que reposen en la cripta de la catedral de Compostela. Los interesados pueden leerlo aquí.

jueves 28 de enero de 2010

J. D. Salinger (1919-2010)

La lectura obligatoria que mi instituto programaba para la asignatura de Lengua Española y Literatura en el segundo trimestre de 2º de BUP (1995/1996) era El guardián entre el centeno. Lo leí sin saber quién era Salinger y sin conocer toda la leyenda que se había engendrado alrededor del libro en cuestión. La mayoría de mis compañeros lo aborrecieron. Creo que yo no lo entendí del todo, pero le vi algo que hizo que lo pusiera en el montón al que iban a parar los libros que pensaba releer algún día. Lo hice un par de años después, cuando en mi primer día en Salamanca conocí a una chica que me tuvo esperando a las puertas de una librería de la calle Meléndez mientras ella entraba a hacerse con un ejemplar de los cuentos del escritor norteamericano. Aquella noche me enfrenté por segunda vez a sus páginas, y descubrí lo que apenas había entrevisto en mi primer acercamiento.

Creo que he leído esa novela un par de veces más. La última, hace poco, cuando Alianza la reeditó con ocasión de alguna efeméride que ya no recuerdo. Para entonces ya sabía quién era Salinger, ya conocía el mito que se había creado en torno a la figura de Holden Caufield y sus andanzas y mi mirada, claro, no podía ser tan inocente como la que le había dirigido a los quince años. Para entonces ya sumaba a mi predilección por la novela una comprensible admiración por el peculiar modus vivendi de su autor, recluido en su casa de New Hampshire a salvo de periodistas, groupies y curiosos y entregado a una escritura secreta cuyos frutos jamás verían la luz porque él mismo había decidido no volver a entregar nunca nada a la imprenta. Se dice ahora que su odio a la popularidad se debe a que ésta le llegó tarde, o por lo menos no cuando él hubiese querido. Pero puede que también pesase la terrible certeza de que, cuando uno escribe una obra maestra, lo tiene muy difícil para superarse a sí mismo. Prefiero imaginar que, aun con su carácter irascible y malencarado, Salinger prefirió abandonar el escenario porque supo o intuyó que nada de lo que pudiera publicar después iba a estar a la altura de la única y magnífica novela que había dado a conocer en vida. Me temo que en unos meses, ahora que él ya no puede defenderse, empezará el constante goteo de inéditos. Ojalá se le permita tener muerto la misma paz que él quiso disfrutar vivo.

Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo cuando van entre el centeno, muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños, y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde del precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan en él. En cuanto empiezo a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Yo sería el guardián entre el centeno.

lunes 25 de enero de 2010

Línea de Fondo-Jornada 19

Pitos
Sporting, 0-Racing, 1

Hacía tiempo que no se escuchaban en El Molinón unos pitos como los que sonaron ayer según iba avanzando la tarde y el cielo se oscurecía sobre un Piles resignado a la evidencia de que, una vez más, el viento soplaba en contra de nuestras pretensiones. La cosa había comenzado mucho antes, en cuanto los dos equipos saltaron sobre el césped y formaron junto al trío arbitral, como palpable demostración de la inquina que parecen tenerse santanderinos y gijoneses, pero fue in crescendo durante los últimos compases del primer tiempo -que culminaron con un maravilloso gol de los contrarios en el que tuvo tanto que ver el mérito de sus atacantes como una inesperada pifia de nuestra defensa- y llegó a su cénit cuando iba ya bien avanzada la segunda parte y Preciado tuvo a bien sacar del campo a De las Cuevas y Camacho para tratar de rellenar las lagunas que ambos dejaban en la parcela de césped que les tocaba ocupar.

El barullo de silbidos que en ese preciso instante comenzó a atronar al estadio me recordó mucho a las airada reacción que tuvo el respetable hace poco más de un año, cuando, con razón, estalló en cólera al ver cómo el Mallorca abandonaba Gijón con tres puntos en el bolsillo sin haber hecho gran cosa para merecerlos. La luna de miel que hasta entonces habían vivido equipo y público fue deteriorándose a partir de ese momento para culminar en una desconfianza mutua que sólo se palió en última instancia, con aquellos tres partidos del todo o nada en los que se conjuraron todos los hados posibles para evitar que nuestra participación en Primera no fuese flor de un día, y el amago de divorcio terminó quedando en nada cuando llegó la nueva temporada y parecía que se habían corregido viejos errores y tocaba estrenar una nueva actitud ante las perspectivas de un equipo que prometía, hay que decirlo, un poco más de lo que ha dado hasta la fecha.

Porque, si uno se pone a hacer cuentas, comprobará que el resultado no acaba de cuadrar del todo. Resulta que terminamos la primera vuelta de esta temporada de la presunta redención con los mismos puntos que teníamos en el casillero en la anterior campaña, cuando la defensa era un desmadre absoluto y todos empezábamos a temblar cada vez que el balón traspasaba el medio campo para adentrarse en nuestra cancha. Encajamos muchos menos goles ahora que entonces, pero es que entonces habíamos encajado muchísimos, y a cambio tampoco hemos marcado tantos como endosamos a estas mismas alturas de 2009 a quienes habían tenido que enfrentarse a nosotros. Quiero decir que a mi entender, y con todas las puntualizaciones que puedan hacerse al respecto, no estamos peor, pero tampoco mucho mejor. Las incertidumbres, aunque no sean las mismas, siguen estando presentes. Los aciertos, que en estos últimos meses fueron abundantes y, a veces, gloriosos, han empezado a escasear a medida que avanza el calendario. Y todavía queda toda una ronda por delante. Y la gente, que no es tonta, empieza a temerse lo peor.

Los pitos los provoca la injusticia o el enfado o la frustración, aunque estos dos últimos factores acostumbren a presentarse siempre unidos. Hubo pocas injusticias ante el Racing, principalmente porque el de Iturralde González fue, y mira que es raro tratándose de quien se trata, uno de los mejores arbitrajes que hemos podido ver este año en El Molinón, pero sí nos enfadamos bastante cuando observamos cómo -tras cinco minutos espléndidos en los que el Sporting firmó un arranque de partido vertiginoso, con combinaciones, toques, llegada, atrevimiento y todas esas cosas que Preciado ha querido convertir en santo y seña de la escuadra desde su llegada a estas tierras- los rojiblancos entregaban sus armas y regalaban el control del encuentro a unos rivales que se encontraron, de pronto, con todas las comodidades posibles para jugar a su antojo. Lo cierto es que fuimos al descanso con un gol en contra, pero pudieron haber sido cinco o seis, y que cuando se reanudó la contienda esperábamos más bien poco de lo que podían depararnos los 45 minutos que quedaban por delante. Es decir, que estábamos frustrados por el rumbo que tomaban los acontecimientos.

Por eso, en cuanto el míster anunció el cambio, las gradas estallaron. Principalmente, fue un castigo a De las Cuevas -que estuvo bastante flojo en todas las jugadas en las que intervino y parece empeñado en demostrar que sus hazañas ante el Mallorca y el Athletic no fueron más que un espejismo- y a Diego Camacho -que aún no se ha mostrado del todo competente para acompañar a Rivera-, pero también a una escuadra que se veía superada por unas circunstancias que tampoco eran para amedrentar a nadie. Lo que ocurre es que el partido se prolongó durante unos treinta minutos más y el Sporting tuvo tiempo a redimirse parcialmente, en un despertar en el que no sé si tuvo más que ver la honrilla o el desgaste del adversario, pero que sirvió -y no es gran cosa, por desgracia- para constatar el gafe que aqueja a nuestros atacantes (a los dos juntos llegó a poner Preciado, en un gesto poco habitual en él) y revivir de paso aquellos tiempos agónicos en que lo más a lo que podíamos aspirar era a arañar un empate in articulo mortis. Al menos, pudimos ver tomar la alternativa a Portilla (tanto buscar en la cantera de no sé qué equipo de Segunda B y resulta que puede que la solución estuviese en Mareo, que es donde suele estar casi siempre) y salir de El Molinón pensando que lo que nos pasa es que tenemos mala suerte. Y que a ver cuándo alguien tiene la genial idea de fichar un delantero.

Foto: Joaquín Bilbao
El Comercio, 25 de enero de 2010

sábado 23 de enero de 2010

'El otro mundo', de Hilario J. Rodríguez

Ayer hice de maestro de ceremonias, junto con Ramón Lluís Bande y José Havel, en la presentación de un libro. Fue en la librería La Central, en Gijón. No suelo prestarme a estas cosas (tampoco suelo hacer más presentaciones de mis propios libros que las estrictamente necesarias), pero accedí por dos razones. Primero, porque el libro en cuestión es bueno. Segundo, porque aunque llevo ya varios años tratándome con su autor, Hilario J. Rodríguez, nunca habíamos llegado a coincidir en persona, pese a que le he entrevistado ya un par de veces y colabora asiduamente en El Súmmum. Los responsables de la sección de Cultura de El Comercio me pidieron que escribiese algo sobre el libro y elaboré un pequeño texto a partir de una conversación que había tenido con él hace unas semanas. Pensé que iban a publicarlo con un formato de noticia, asociado a la fotografía que sacaron durante la presentación. Al final, ha aparecido hoy como un artículo de opinión más. Aquí lo dejo.

Lo ficticio y lo real de Hilario J. Rodríguez

El otro mundo (Ediciones del Viento) es muchas cosas. Es, en primer lugar, la historia de un viaje, un relato tan sobrecogedor como emocionante de las dificultades que conlleva la inmersión en una cultura completamente ajena a la propia. El otro mundo es, también, la segunda novela de Hilario J. Rodríguez (Santiago de Compostela, 1963), siempre y cuando se entienda el término novela como admisible en un autor que, si por algo se caracteriza, es por su afición a estirar las fronteras de los géneros hasta hacerlos colisionar.

«La novela es el género de los piratas y los marinos», dice Rodríguez, «de la gente que un día se despide diciendo que inicia una travesía y no sabe cuándo regresará; a diferencia del cuento y del poema, no tiene límites precisos, y eso me gusta porque permite una mayor libertad». Dicho esto, el autor ni confirma ni desmiente el carácter autobiográfico de El otro mundo, sino que busca la tangente afirmando que «de serlo, lo sería como lo son las memorias de los grandes aventureros, donde a cada verdad le siguen tres cuentos chinos, el único deseo que tengo cuando escribo es que la realidad se transforme en literatura y que después ésta vuelva a convertirse en realidad». Y añade que «también se podría hablar sobre la inmersión de un escritor en la realidad: para una persona que vive normalmente en el territorio de su imaginación, vivir en el mundo real no es sencillo porque hasta lo más nimio puede convertirse en una amenaza cuando uno abre de pronto los ojos y se encuentra con la realidad». Y remata: «No me extraña que un escritor pueda llegar a sentirse desarraigado en cuanto sale de su mente y se interna en las calles de una ciudad cualquiera».

Ese tema, el de los escritores y su relación con el mundo, conformaba el núcleo central de su anterior obra, Mapa mudo, una «fuga literaria» que precedió por muy poco a El otro mundo y que se caracterizan por la soltura con la que combinan el quehacer ensayístico con los recursos propios de la ficción. Explica que no entiende el ensayo «como un género donde no entre la ficción, aunque lo cierto es que las revistas y los periódicos tienen bastante reparo cuando uno hace experimentos y se salta ciertas normas; la mayoría de medios no quiere que se utilice la primera persona o que se cuenten anécdotas de tipo personal, como si de ese modo se renunciase al objetivismo, cuando en realidad nadie puede ser objetivo si antes no reconoce su propia subjetividad», y cuando se le pregunta por la sencillez del estilo que emplea en la segunda novela, responde que «quería el esqueleto de la narración, no su cuerpo; no me interesaba perder el tiempo con todo aquello que los lectores ya conociesen o pudieran intuir fácilmente, tan sólo lo esencial, tanto en la forma como en el contenido». Una conclusión a la que llegó, según cuenta, «al cabo de los años, cuando dejé de lado el lápiz y me aferré a la goma, cuando empecé a avanzar borrando en vez de añadiendo o sustituyendo». Rodríguez piensa seguir usando esa táctica en la novela que tiene entre manos y ante la que se está situando en estos días «para saber qué papeles me tocará representar en ella y cuál será la voz, también los hechos». Mientras tanto, siempre se puede disfrutar de los distintos niveles de lectura que permite El otro mundo y seguir reconociéndose en esa extravagante confusión que impera cuando se dan la mano lo ficticio y lo real.

El Comercio, 23 de enero de 2010

jueves 21 de enero de 2010

Microcosmos179: Temblor

Se me cruzan las tremendas imágenes que llegan desde Haití con las extemporáneas declaraciones del obispo Munilla y acabo volviendo los ojos hacia El temblor (Trea, 2005), el largo poema en el que Juan Carlos Gea regresaba al terremoto que en el día de Todos los Santos de 1755 asoló la ciudad de Lisboa para replantear las mismas cuestiones que sobre la naturaleza del mal se hicieron los ilustrados que, en pleno Siglo de las Luces, acabaron preguntándose por el paradero de Dios, por el sentido que adquiría su figura cuando sólo podía haber cabida para el caos y la destrucción y su intercesión se antojaba una mera fantasía cuando en el horizonte se dibujaba un porvenir marcado por la incertidumbre. Siguen estremeciéndome los versos del salmo que conforma el apartado 18 (Señor no te apiadaste / Cristo no tuviste / piedad), y pienso que tal vez el horror que nos invade cada vez que la pantalla del televisor escupe, por enésima vez, esas imágenes de muertos, de heridos, de mutilados por el cruel bostezo de la tierra, se relacione de alguna manera con la asunción de esa ausencia que comenzó a intuirse entonces y adquirió carta de naturaleza muchos años después, cuando Nietzsche certificó el fallecimiento de la deidad y se hizo más patente que nunca la soledad de unas criaturas destinadas a guiarse por el mundo sin más brújula que su intuición ni otras garantías que no fuesen las que les otorgaba su raquítica experiencia.

Cuando es el propio hombre el que hace el mal, siempre nos esforzamos en dejar una puerta abierta a la redención, pero ¿qué cabe resolver cuando es el propio suelo que pisamos el que tiembla bajo nuestros pies y se abre para engullirnos? Excluida la hipótesis de un más allá y, con ella, esa esperanza en la otra vida que habría de venir después de ésta, y convencidos como estamos de que, de existir un Padre Misericordioso, jamás podría reconocerse en las palabras -por lo demás, tan crueles- del prelado vasco, lo único que uno puede hacer es recordar un magnífico relato breve de Paco Ignacio Taibo II e imaginarse a Dios como un viejo apacible y olvidadizo que, hace muchos siglos y tras afanarse durante seis días y seis noches en la trabajosa construcción del mundo, decidió interrumpir sus quehaceres al séptimo para salir a comprar tabaco, y no volvió.

El Comercio, 21 de enero de 2010

lunes 18 de enero de 2010

Línea de Fondo-Jornada 18

Tener y no tener
Atlético, 3-Sporting, 2

Cuando un equipo gana jugando bien, el resultado final no es más que la consecuencia lógica de una serie de circunstancias que se van encadenando hasta concluir en un punto y final irrefutable. Cuando un equipo gana jugando mal, son el azar y la oportunidad los que intervienen para convertir en gloria aquello que desde el principio estaba abocado a no abdicar de su condición de fracaso. Por eso las victorias injustas saben mejor. Por eso las derrotas inmerecidas dejan en el paladar el regusto amargo de la resignación y el desconcierto. Por eso los hinchas del Atleti estarán hoy dándose palmadas y congratulándose de lo bien que les fue en el último encuentro disputado a orillas del Manzanares. Por eso los seguidores del Sporting nos levantaremos con la inevitable sensación de que alguien -no sabemos quién, ni dónde- nos hurtó el domingo algo que nos pertenecía.

El penúltimo partido de la primera vuelta deja tras de sí tres conclusiones (casi) irrefutables. La primera, que sin entrar en ningún tipo de valoración y ateniéndonos sin más a lo que se vio sobre el terreno de juego, el resultado más justo hubiera sido un empate, dado que, si el segundo gol llegó a ejecutarse, fue gracias a un espléndido cabezazo de Forlán que éste propinó después de que el balón superara la línea de fondo. Claro que el árbitro era Teixeira Vitienes y no hay que ser muy listo para intuir que cada vez que ese señor agarra el silbato y se planta sobre el mismo césped que pisamos nosotros la cosa no va a terminar precisamente a nuestro favor.

La segunda, que aunque se ponderan mucho (y con razón) las hazañas en el centro del campo del gran Rivera, no es menos cierto que su encomiable labor casi siempre acaba escondiendo los méritos de la que, en mi opinión, es la otra gran estrella del clan rojiblanco. Pese a los tres goles, Juan Pablo estuvo soberbio: salió cuando tenía que salir, se marcó algunas de esas estiradas que nos hacen recordar al Ablanedo más felino y, si las instituciones que rigen el fútbol fuese tan ecuánimes como lo es el propio deporte en sí y, si las cosas siguen como están, merecería ser nombrado mejor portero de esta campaña si se piensa que recibir pocos goles en equipos como el Madrid o el Barça es relativamente fácil, pero convertirse en un as bajo los tres palos cuando uno se juega las lentejas en un equipo como éste requiere unas dosis de temple, nervio y destreza que le convierten, a él también, en una pieza insustituible dentro del esquema que marca la idiosincrasia de nuestra alineación.

La tercera, y la más importante, es que en algo nos estamos equivocando. La semana se nos fue intentando fichar a no sé quién -porque alguien en la directiva o en el equipo técnico olvidó que el fútbol profesional es cosa de gente adulta y no de niñatos- para paliar la ausencia de un Míchel que podía tener un sinfín de virtudes, pero que, tal y como se ha demostrado en estas dos últimas jornadas, no era en absoluto indispensable. El Sporting, sin él, jugó en el estadio Vicente Calderón uno de sus mejores partidos en esta temporada. Fue, realmente, el equipo ambicioso, valiente, alegre y descarado que todos deseamos ver y, si no finalmente ganó y no se llevó los tres puntos a casa, fue porque careció de lo que sí tuvieron nuestros adversarios: unos delanteros capaces y potentes que demostraron sus ganas y contrastaron su acierto. El Atleti jugó fatal, pero supo exprimir a fondo las posibilidades de sus atacantes. El conjunto de Preciado fue un equipo inmenso, pero no tuvo arriba a ese jugador (o jugadores) presto a darles un final digno a las jugadas maestras que se hilvanaban desde las líneas anteriores. Tener y no tener. Ésa es la clave. Ojalá no se acabe convirtiendo en nuestra perdición.

El Comercio, 18 de enero de 2010

domingo 17 de enero de 2010

Nacho Vegas: fin de gira

[En enero de 2009, Nacho Vegas empezó en el Teatro Jovellanos de Gijón la gira de presentación de su último elepé, El manifiesto desastre (Limbo Starr, 2008). Este fin de semana -el viernes 15 y el sábado 16-, volvió a la ciudad para clausurarla en la Sala Acapulco. Después de aquel concierto inaugural, escribí una crítica para El Comercio, que con ocasión de estas dos sesiones me pidió otro artículo que ha aparecido en la edición de hoy. Éste es.]

Nacho Vegas, gran final

El cantautor asturiano abrocha su gira con dos exitosos conciertos en Gijón

Arropado por Luis Rodríguez, Manu Molina, Abraham Boba y Xel Pereda, el autor de 'Va a empezar a llover' cautivó a sus incondicionales

Que Nacho Vegas va camino de convertirse en clásico lo avalan dos hechos inapelables. Primero, hace tiempo que el público se arranca a corear sus canciones -cuyas letras no son nada banales ni complacientes, y cuyo trasfondo suele invitar más al recogimiento que al alborozo- con tanta alegría como soltura. Segundo, que es imposible que los repertorios de sus directos satisfagan a todos y cada uno de sus fieles, pero, aún así, si de algo está convencida la parroquia a la salida del concierto es de que todas las canciones que se interpretaron sobre el escenario pueden inscribirse en la categoría de temazos.

La gran asignatura pendiente de Vegas -la de construir un directo sólido, sin fisuras, contundente- ha quedado aprobada con nota en esta gira. El año pasado, en el Jovellanos, ya pudimos disfrutar del impecable trabajo que llevan a cabo Luis Rodríguez, Manu Molina, Abraham Boba y Xel Pereda como escuderos de Nacho. Estos días, en la Acapulco, con un espectáculo que mantenía la columna vertebral de aquél, pero que incluía las variaciones necesarias para ajustarse a las particularidades del aforo y de la sala, confirmaron que su unión no es fruto de la conveniencia y que las bisagras que unen sus respectivos quehaceres están perfectamente engrasadas para mayor gozo de un respetable al que se agasajó con un setlist que recorrió lo más significativo del cancionero vegasiano y en el que también hubo lugar para las sorpresas.

El protagonista de la noche estrenó dos piezas inéditas (la rotunda La gran broma final, que abrió la velada, y la delicada Marquesita, inspirada en Los Oscos, que inauguró el primer bis), repasó lo más granado de su último elepé (Detener el tiempo, Crujidos, Dry Martini, S. A., Morir o matar), ofreció partituras que ya pueden considerarse míticas (Gang-bang, Que te vaya bien, miss Carrusel, Días extraños, Nuevos planes, idénticas estrategias, Perdimos el control, El hombre que casi conoció a Michi Panero) y desempolvó dos temas redondos y bastante esquinados en su discografía (la faulkneriana Maldición y la bellísima Va a empezar a llover) para hilvanar la que fue la despedida de su gira más triunfal, que deja a sus fieles con un buen sabor de boca y la convicción de que aún cabe esperar mucho de este tipo de voz rota, tan dotado para la escritura de canciones inexplicables como poco propenso a los soliloquios sobre las tablas. Al menos, nosotros queremos más.

Foto: Luis Sevilla
El Comercio, 17 de enero de 2009

Addenda para fans: Los interesados en conocer las piezas inéditas que interpretó en Gijón, pueden escuchar sus versiones acústicas siguiendo estos enlaces de Youtube:

La gran broma final
Marquesita

jueves 14 de enero de 2010

Microcosmos178: El desconsol

El de la Citadella es un parque tan bucólico, sereno y apacible que nadie podría imaginar, mientras pasea por sus vericuetos, la tragedia que se agazapa tras su historia. Sólo si uno va bien informado, o si cuenta con la compañía apropiada, acabará averiguando que en ese mismo lugar se alzó en su día todo un barrio, el de La Ribera, que fue destruido por orden de Felipe V cuando el monarca empezó a hostigar a los catalanes, y especialmente a Barcelona, por el apoyo que éstos habían prestado a los Habsburgo en la Guerra de Sucesión. En el solar que habían ocupado las viviendas arrasadas, el Borbón construyó una fortaleza y dispuso que desde ella se vigilara noche y día a los barceloneses para someter así a una represión tan prolongada como dramática a la urbe que tan reacia se había mostrado a aceptar su llegada al trono. Unos cuantos años después, coincidiendo con el esplendor de la burguesía catalana y los prolegómenos de la Exposición Universal de 1888, aquella ciudadela también acabó convirtiéndose en recuerdo, aunque su sempiterna y amenazadora presencia acabó teniendo eco en el nombre con el que los barceloneses bautizaron a los jardines que acabaron dibujándose sobre lo que una vez habían sido sus muros.

En un rincón del parque, en el centro de un estanque ovalado que se abre ante la fachada del Parlament y ocupa el espacio en el que se abría el patio de armas del extinto edificio militar, se erige una escultura que salió de las manos de Josep Llimona entre 1903 y 1907 y que muestra a una mujer desnuda que parece emerger del mármol y llora desconsolada mientras se abraza a lo que bien podría ser un pedestal vacío. La belleza que desprende el conjunto sólo puede compararse a la extraña melancolía que empieza a invadir al visitante cuando se la encuentra, solitaria y sencilla, flotando en la mansedumbre de unas aguas inertes, contagiada de la languidez de un entorno dominado por un silencio que sólo interrumpe de vez en cuando un fino viento de verano que agita la hojarasca de los árboles. La estampa es tan sobrecogedora que ni siquiera es posible entrar en interpretaciones. La dulzura de sus líneas, la suavidad de sus perfiles, lo delicado de su composición, sólo permiten apreciarla sin ambages, disfrutar de su turbadora presencia en ese recodo imprevisto y dejar que se fije en la memoria para buscar más adelante sus posibles significados y ahondar en las raíces de la alegoría que encierra ese llanto que no oímos, pero que posiblemente tampoco vayamos a poder olvidar nunca.

El Comercio, 14 de enero de 2010

lunes 11 de enero de 2010

'Los últimos días de Michi Panero': Otro Lunes

El último reto de Miguel Barrero

Los últimos días de Michi Panero, tercera novela de Miguel Barrero (Oviedo, 1980) y con la que gana el premio Juan Pablo Forner en su edición de 2008, es la crónica de un desmoronamiento personal y familiar, también de una época y de unas ilusiones.

Conviven en esta novela dos historias que, de algún modo, se entretejen, se alimentan la una de la otra. La de Michi Panero y, por extensión, la de la familia Panero, y la de Ricardo Estrada, el narrador. La primera va tejiendo de un modo casi fantasmal, a veces inexplicado e inexplicable el corpus que suponen los avatares de Ricardo, que parece vagar por la historia, por su vida, imantado, influído por los Panero. E igualmente la segunda va tejiendo el desencanto y la caída de la familia Panero, contando, si es posible, lo sucedido, reviviendo una época, reviviendo unos sueños, un momento (o varios momentos) concreto en base a vivencias de carne y hueso, a las experiencias (a veces apuntadas, a veces dejadas de lado) del narrador. Son dos hilos muy sutiles que navegan por la novela tirando el uno del otro y el otro lo del uno.

Ése es el gran riesgo (y de ahí parte todo lo bueno y malo que se pueda decir de la novela) que asume Miguel Barrero y el reto al que se enfrenta y que ya, de por sí, merece el aplauso. Es notable la dificultad en la empresa de combinar un buen pulso narrativo con las complicaciones propias de recrear un momento no vivido por el autor, mediando la ausencia (elegida) de un poso documental…

No deja de ser cierto que a veces las líneas, los dibujos que tales hilos van formando puedan resultar algo confusos, que los saltos, los azares que hacen que Ricardo (y con él la historia) siga los pasos de Michi queden poco claros, sí, pero los fantasmas se deslizan por entre las páginas con buenas maneras, las maneras de un buen escritor, que crea magníficamente una atmósfera de perdedores, de oprimidos, de desencantos, de brumas y de fríos astorganos, de movidas ya olvidadas. Palabras cuidadas al detalle, reflejo exacto de unos ecos a los que la memoria no llega. El narrador se va destruyendo a medida que avanza la vida (y nada, en el fondo, cambia), avanzan las páginas, y, con él, la familia Panero. ¿O es al revés?

Texto: Javier Vázquez Losada
Fuente: Otro Lunes

Línea de Fondo-Jornada 17

Lejos de Birmingham
Sporting, 1-Getafe, 0

Muchos de quienes desprecian el fútbol lo hacen porque no han pisado en su vida un estadio y, ajenos a los vaivenes emocionales que rodean a este deporte, sólo han visto de vez en cuando algún que otro partido por la tele (nunca completo) y desconocen lo que es pasar frío o calor en las gradas mientras, a sus pies, veintidós tipos vestidos de corto se juegan al todo o nada tanto su dignidad como la de quienes los jalean en una escenificación que tiene mucho de tragedia al modo clásico y cuyo mayor atractivo reside en que al final, pase lo que pase, nunca pasa nada, porque cualquier desgracia -la pérdida de un título, el alejamiento de los puestos que otorgan la clasificación para competiciones de más alcurnia, incluso un descenso- siempre es susceptible de ser relativizada. Sin embargo, y pese a ese carácter inofensivo, son los sujetos pacientes de esa ceremonia los que acaban confiriendo a los equipos su más irrefutable statu quo, el sempiterno carné de identidad que los distinguirá para bien o para mal entre sus semejantes. Si nos atenemos a la tradición platónica, podríamos decir que los equipos tienen cuerpo y alma, y que esta última -compuesta por aquellos que semana sí y semana también siguen en el campo o por la televisión las fortunas y desdichas de las escuadras en las que han depositado su honor- es la que a la postre acabará diferenciando siempre al Sporting del Oviedo, al Barça del Madrid o al Sevilla del Betis, por más que las alineaciones cambien de una temporada a otra y los sistemas de juego varíen en función de quién se siente en el banquillo. El cuerpo es la cárcel del alma, venía a decir el griego, y aunque uno y otra sean realidades heterogéneas y discernibles, siempre acaban confluyendo en el mismo lugar y en la misma circunstancia.

Ocurre que, aunque el Getafe fuese un rival de bastante alcurnia y el partido tuviese su trascendencia, yo acudí a El Molinón mucho más interesado por la respuesta que daría el alma a esa mutación del cuerpo acontecida en medio de la Liga y no en el tedioso paréntesis veraniego, que es cuando suelen ocurrir estas cosas, que por los mecanismos que pondría en marcha el cuerpo para sobreponerse a esa alteración que era sólo en cierta medida inesperada. No es que no me importase el resultado; sencillamente, tenía la intuición de que el buen o el mal juego del Sporting no dependía en absoluto de Míchel y sí tenía bastante que ver con la presencia o no en el césped de Rivera. Nunca he negado que me costaba un triunfo encontrarle la gracia al lenense. Si durante toda la temporada del post-ascenso me pareció un jugador prescindible (o, por lo menos, de un nivel bastante similar al del resto del equipo), desde que la Liga arrancó a finales del pasado mes de agosto sólo comencé a atisbar sus bondades después de la goleada al Mallorca y, sobre todo, en el encuentro de hace dos domingos frente al Málaga. Sin embargo, en esta última ocasión me podía la duda de si la mejoría en el juego rojiblanco se había debido a la entrada del ahora futbolista del Birmingham (a quien, por otra parte, deseo la mejor de las suertes en su recién comenzada aventura) y a los méritos que éste podía atesorar por sí mismo o si, por el contrario, la impresión había tenido más que ver con la ausencia del ex bético y la presencia en el centro del campo de la pareja formada por Diego Camacho y Matabuena, inédita en esta temporada y no poco sorprendente si se tiene en cuenta que se trataba de dos jugadores que hasta entonces habían estado más bien relegados a la suplencia. Una semana después, la incógnita quedó resuelta como era de esperar: los acontecimientos demostraron que, en lo que a la línea media respecta, el artista no es otro que Rivera, y que tendremos que ir acostumbrándonos a sufrir un poco más de lo normal cada vez que las lesiones o las tarjetas le impidan comparecer a orillas del Piles.

Así que, resuelto el conflicto del cuerpo, no quedaba más que atender a las reacciones del alma, y, si bien es verdad que a lo largo de la semana los foros de Internet habían amenazado con pañoladas y demás signos de protesta contra la directiva, lo cierto es que -salvo una sonora pitada a la bandera europea que ambas escuadras desplegaron sobre el césped antes de posar para la foto y un recibimiento acaso más iracundo que el que se les había dado a los rivales de jornadas anteriores- no parece que ésta se resintiera en exceso por la marcha de Míchel a tierras británicas, sobre todo cuando el Sporting tuvo a bien lucir una de sus mejores caras y perfeccionar -con un punto de sofisticación que emanaba de una defensa reconcentrada en su tarea y, sobra decirlo, de un mediocampo eficaz y casi siempre atento a las conexiones de los contrarios- la imagen que diera siete días atrás ante el conjunto malagueño. Y aunque se terminara pidiendo la hora y el respetable pasara los últimos quince minutos sintiendo cómo en los estómagos anidaba algo parecido al vértigo, el Getafe no le complicó demasiado la vida a un equipo que, cuando estuvo a punto de haber males mayores, siempre contó con Lora y Juan Pablo como expertos apagafuegos. Aunque los madrileños demostraron que tienen un buen equipo y que saben jugar a esto y administrar sus fuerzas, el Sporting también acabó demostrando su capacidad para crecerse ante los retos difíciles, por más que luego se arrugue no pocas veces ante contrincantes de su talla. Por eso no empieza mal el año: consuela cerciorarse de que, pese al temporal de frío y nieve y virus que nos ha estado acechando en estos días, también el sol puede brillar, en una tarde de domingo, aquí, tan lejos de Birmingham.

Foto: Joaquín Bilbao
El Comercio, 11 de enero de 2010

domingo 10 de enero de 2010

A propósito de Lorca

Enhorabuena a los responsables. Entre todos han conseguido convertir el drama que fue el asesinato de Federico García Lorca en una comedia digna del mejor cultivador de la astracanada. Resulta que no había nadie enterrado en el lugar en el que supuestamente tendrían que haber aparecido los restos del poeta. Ahora resulta que durante décadas se le estuvieron rindiendo honores en el lugar equivocado. Ahora resulta que, por esa fruslería, habrá que reescribir para siempre la Historia de la Literatura.

Vivimos en la era de la imagen. También en la de la banalidad. Durante semanas, los fotógrafos apostados en torno al Barranco de Víznar esperaban regresar a las redacciones de sus periódicos con la imagen que mostrara al mundo el aspecto de los restos mortales del pobre Federico. Durante meses se especuló con las consecuencias -e inconsecuencias- de ponerse a escarbar en la tierra bajo la que supuestamente reposaban sus huesos. La familia -su familia- se negaba a andar removiendo la mierda, pero eso les importó poco a quienes veían en el hallazgo del cadáver (o de lo que quedara de él) un mínimo resquicio para su gloria personal. Respeto muchísimo a Ian Gibson (su estudio de la figura y la obra lorquianas y de otros aspectos de la Generación del 27 es encomiable; que le hubieran engañado o no respecto al escenario de la inhumación es lo de menos), pero no anduvo muy acertado al andar por ahí exigiendo que se buscara contra viento y marea la fosa de la infamia. Respeto muchísimo todas las opiniones al respecto -porque el de la Guerra Civil, más de setenta años después de su término, sigue siendo un tema espinoso y de cuya memoria nos costará librarnos a las generaciones que, para nuestra desgracia, hemos nacido y crecido a su sombra-, pero me cansa (y me cabrea, y me jode) escuchar cómo se repite esa falacia de que Lorca nos pertenece a todos cuando no es así, o que su exhumación constituiría la reconciliación definitiva entre las dos Españas, porque, en ese aspecto, el cadáver de Lorca no es distinto del de todos los que yacen apiñados por las cunetas de las carreteras o los caminos provinciales. Me fascina atender a los argumentos de quienes sostienen que la familia no tiene nada que decir en este tema, porque es a sus descendientes, y sólo a ellos, a quien corresponde decidir qué hacer o qué no hacer con lo que quede de su antepasado, y me horroriza atender a los políticos de turno, que se pasan la pelota mientras ponen esa sonrisa de bueno, la hemos cagado, ¿y qué? y amenazan con erigir en un lugar que hasta ahora era un remanso de paz y de silencio y de recogimiento una escultura vanguardista (pónganse en lo peor) con la que dar un definitivo homenaje no sólo a Lorca, sino a todos los que les dieron un billete al otro barrio en el transcurso de la contienda.

Lorca era un tipo inteligente. Y sensible. Y tenía sentido del humor. He picoteado estos días en alguno de los libros que tengo por casa, y me he encontrado en una de las páginas de Poeta en Nueva York -sin duda su mejor obra, al menos para quien esto firma- unos versos en los que él mismo parecía reírse del destino que acabarían corriendo sus restos. Ése es otro de los méritos que hay que adjudicarles a quienes han estado paseando impunemente su cadáver a lo largo de estos años. El conseguir que unas palabras tan desgarradas, tan sentidas, tan doloridas, acaben resultando hasta graciosas:

Cuando se hundieron las formas puras
bajo el cri cri de las margaritas,
comprendí que me habían asesinado.
Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias,
abrieron los toneles y los armarios,
destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro.

Ya no me encontraron.

¿No me encontraron?

No. No me encontraron.

No, no le encontraron. Pero, por mucho que digan, eso no importa nada. El cadáver de Lorca no es más que eso, un cadáver, y es muy injusto que se hable más de sus huesos que de sus poemas cuando es su familia la única que debe preocuparse, o no, de aquellos. Lorca no nos pertenece a todos, pero su obra sí. E importa muy poco dónde esté enterrado finalmente, o si sus restos acaban apareciendo o no, porque, al fin y al cabo, sus versos han hecho que él no haya dejado de estar aquí nunca. Y son los que harán que siga estando.

sábado 9 de enero de 2010

Microcosmos177: Cunqueiriana

Lo escribió Cunqueiro en uno de los artículos incluidos en El pasajero en Galicia (Tusquets, 1989): Mondoñedo es la melancolía y el silencio. Nosotros, como buenos y entusiastas lectores de don Álvaro, emprendemos viaje a la geografía galaica con la sagrada intención de detenernos en ese callado nido de nostalgias antes de adentrarnos en tierras más profundas para cumplir con cierto propósito que no cabe detallar en estas líneas. A día de hoy, Mondoñedo sigue siendo, más que ninguna otra cosa, un lugar propicio para el recogimiento. Nadie ni nada interrumpe, a estas horas del mediodía que en otras ciudades son sinónimo de bullicio y frenesí, la sosegada paz de una plaza en la que apenas asoma la vida en las dos o tres tabernas que permanecen abiertas y donde quienes se cruzan con nuestros pasos permanecen contemplándonos un rato, como si nuestra presencia allí quebrantara un determinado estado de las cosas, cierto orden establecido que rara vez se resquebraja porque sí. No podemos seguir el rastro de la Venecia mindoniense -ese barrio al que el padrastro de Merlín dotó de una aura mágica en unas páginas memorables-, pero acabamos dándonos de bruces con el mismísimo autor de Las mocedades de Ulises, que reposa envuelto en piedra en un recodo casi oculto por coches y malezas, una apartada esquina desde la que contempla, con aire ausente, la imponente mole de una catedral construida a trompicones que parece arrodillarse, en una extraordinaria paradoja urbanística, ante las casas de galerías acristaladas que la ven crecer a sus pies. Nos quedamos mirándolo mientras, a nuestro alrededor, la ciudad parece resistirse a abandonar su benéfico letargo. Es un escritor de aquí, nos aclara un vecino que pasa junto a nosotros y se sorprende al percibir nuestro ensimismamiento. Le dedicamos una sonrisa y nos subimos otra vez al coche para continuar con nuestra ruta. Unas horas después, una mujer con la que compartiremos mesa y mantel nos contará que la tristeza que emana Mondoñedo se la ganaron a pulso quienes impidieron que la ciudad prosperara por temor a que su mejoría terminara implicando la pérdida de sus privilegios, y cuando hacemos el camino de vuelta y pasamos de nuevo junto a la ensimismada urbe cunqueiriana, todos tenemos el convencimiento de que más tarde o más temprano acabaremos dejándonos caer otra vez por estos lares tan melancólicos, tan silenciosos, tan reparadores.

El Comercio, 9 de enero de 2010

martes 5 de enero de 2010

Noche de Reyes

Pues eso. Que tengan suerte y Sus Majestades les sean generosas...

lunes 4 de enero de 2010

Qué Leer, enero de 2010

Mi editor, Sergio Gaspar, me había avisado hace unos días: "en el número de enero de Qué Leer hacen mención a tu blog y a tu obra". Como en Barcelona la revista se distribuye antes que en Asturias, intenté en vano hacerme con ella hasta esta misma mañana. Aunque Los últimos días de Michi Panero salió hace unos meses, supuse que la revista andaría haciendo un reportaje sobre autores jóvenes, o sobre las novedades de esta última década en la narrativa española, o algo similar. Lo que no me esperaba era que apareciese lo que me encontré hoy al abrirla, y la verdad es que, tras el estupor inicial -no negarán que encontrarse en una revista seria con la fotografía que reproduzco a continuación es, cuando menos, sorprendente-, la cosa me pareció tremendamente simpática. Primero, por la aclaración relativa a la denominación de origen. Segundo, porque no está nada mal empezar el año haciendo profesión de fe, en público y ante España entera. Y, qué carajo, mentiría si dijese que no me hizo ilusión verme posando de esta guisa para el mundo.


Pasión por Gijón

Reflexión literaria y crónica futbolística (las que sobre el Sporting publica en El Comercio) se dan la mano en la bitácora de Miguel Barrero (miguelbarrero.blogspot.com), autor más gijonés que ovetense (diga lo que diga su DNI) de Los últimos días de Michi Panero (DVD Ediciones).

Fuente: Qué Leer, nº 150 (enero de 2010)

Línea de Fondo-Jornada 16

Rocambole en El Molinón
Sporting, 2-Málaga, 2

Rocambole, el protagonista del folletín ideado en el siglo XIX por Victor-Alexis Ponson du Terrail, era un aventurero que comenzó a dirigir sus pasos por el lado más oscuro de la ley y que, tras su estancia en la cárcel de Toulon, experimentó algo parecido a un proceso de redención que le llevó a enderezar el rumbo y encauzar sus portentosas habilidades por los siempre gratificantes terrenos del bien. Un personaje bipolar, pues, que a lo largo de su existencia -que llegó a ocupar unos cuarenta tomos- vivió tal cantidad de aventuras (algunas del todo inverosímiles, cuando no directamente estrafalarias) que su nombre acabó engendrando un adjetivo que hoy todo el mundo usa aun sin tener muy clara su procedencia. Un personaje cuya sombra planeó durante todo el partido por el estadio de El Molinón sin que nadie se percatara de ello, pese a lo evidentes que resultaban las señales que desvelaban su presencia entre nosotros.

Primero, porque la evolución del Sporting a lo largo del encuentro vino a establecer un tránsito desde sus peores defectos hasta sus virtudes más encomiables. Aunque el Málaga no hizo muchos méritos para llevarse los tres puntos, su presencia en Gijón sirvió para constatar, una vez más, la enorme diferencia entre jugar con un delantero definido y hacerlo sin él. Frente a las siempre temibles apariciones de Forestieri, el Sporting sólo podía oponer las internadas de Diego Castro, los centros al área (algunos absolutamente desmadrados) y el aprovechamiento de ciertos barullos más o menos organizados en torno a la portería rival. A estas alturas de la Liga, y con diecisiete tantos anotados, se sigue echando de menos un delantero vivo, eléctrico, sagaz, de esos que ponen en pie al respetable cada vez que se hacen con la pelota y arrancan con ella hasta el área contraria. Ni Bilic -cuyo regreso muchos esperamos impacientes- ni Barral -que dejó en las retinas una chilena magnífica que se hubiera convertido en el gol de la jornada de haber llegado a estamparse contra la red- parecen dar ese perfil. El uno, porque es más dado a resolver con alguna genialidad momentánea que a llegar por velocidad o estrategia a la meta rival. El otro, porque sigue sin aprender que muchas veces es más importante deshacerse del balón a tiempo, y bien, que hacer lo imposible por conducirlo hasta el fondo de las mallas. En ese sentido, el partido fue también muy parecido a un viaje en el tiempo: del equipo valiente, voluntarioso e inane que en la primera parte recordó demasiado al Sporting de la temporada del post-ascenso, a otro que en el segundo tiempo (no sé si por el subidón de moral que supuso el gol de Gregory en el descuento previo al descanso o por la entrada de Míchel y Carmelo) volvió a parecerse más a la escuadra fiable y segura de sí misma que tanto hemos echado de menos en estas últimas jornadas.

Segundo, porque los cuatro goles del partido llegaron de una manera tan esperpéntica que cuesta creer que no anduviera tras ellos la mano invisible de algún astuto espíritu partidario del azar y la sorpresa. Si el Málaga se adelantó gracias al tremebundo fallo de una defensa que no fue capaz de despejar como mandaban los cánones una volea que ella misma había neutralizado (y que, todo sea dicho, fue el digno fruto de una de las jugadas más bellas del encuentro), no es menos cierto que el empate llegó por el absurdo empecinamiento de los del bando visitante en despejar un saque de falta que estaba predestinado a irse fuera. Y si los malacitanos volvieron a ponerse por delante gracias a un error garrafal de un Juan Pablo que quizás confió más de la cuenta en los zagueros rojiblancos, hay que decir que la cosa quedó bastante compensada cuando, no mucho después, Munúa respondió a un trallazo de Canella con una de esas meteduras de pata que los porteros acaban reteniendo en su memoria para siempre.

Tercero, porque a esas alturas de la película el partido ya había entrado en pleno desquicie, con constantes idas y venidas sin demasiado orden ni concierto y con un Sporting que se entregaba fieramente a la causa mientras su rival desistía y jugaba movido por la intención de mantener lo que había conseguido y no con el propósito de llegar a algo más. Fieles a un guión impropio de un enfrentamiento entre dos equipos que no se deben favores ni tienen cuentas pendientes, los andaluces tiraron de marrullería cuando ni siquiera era necesaria y los gijoneses, acaso espoleados por el estruendoso despertar de una afición que abandonó con la segunda igualada el letargo en el que llevaba sumida ya varios domingos e ilusionados con el resquebrajamiento de una defensa que hasta entonces había constituido un escollo, hicieron gala de ese ímpetu alocado y agresivo que casi no veíamos desde la remontada ante el Mallorca y que hizo que alguno recordara esa boutade que, casi sin querer, se ha convertido en regla desde que Preciado se sienta en el banquillo y que dice que, cada vez que un partido se desmadra, es el Sporting el que lleva todas las de ganar.

Ni está mal formulada ni, tal y como han estado yendo las cosas, parece que sea un desatino, pero, como todas las reglas, ésta también tuvo su excepción cuando el colegiado marcó el fin de la contienda con las tablas encaramadas al marcador merced a las sucesivas pifias de ambos onces. Unos minutos antes de que el balón empezara a rodar, cuando los jugadores aún calentaban sobre el terreno de juego, le pregunté a Enzo Ferrero cómo veía él el partido. Difícil y básico, me contestó. Al final, también fue rocambolesco.

El Comercio, 4 de enero de 2009

domingo 3 de enero de 2010

Albert Camus

Se cumplen hoy 50 años de la muerte de Albert Camus (Mondovi, 1913-Villeblevin, 1960), y al enterarme de la onomástica por el periódico he recordado cuánto me conmocionó la lectura, hace ya bastante tiempo, de El extranjero.

sábado 2 de enero de 2010

Recuerdos de un Nadal

En la noche del próximo miércoles, 6 de enero, se fallará el Premio Nadal. Desde que se instituyera por primera vez en 1944, el galardón promovido por la editorial Destino ha reconocido novelas que me han gustado mucho (Nada, de Carmen Laforet; El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio; Entre visillos, de Carmen Martín Gaite; Un hombre que se parecía a Orestes, de Álvaro Cunqueiro; Las hermanas coloradas, de Francisco García Pavón; Lectura insólita de El Capital, de Raúl Guerra Garrido; Llámame Brooklyn, de Eduardo Lago), otras que me han gustado menos (Nosotros, los Rivero, de Dolores Medio; Las ninfas, de Francisco Umbral; La soledad era esto, de Juan José Millás) y unas cuantas que no me han gustado nada (me abstengo de dar títulos). En general, y con notorias excepciones, creo que en las últimas dos décadas el premio ha venido dando demasiados bandazos, no siempre para bien.

Hace una semana, estuve en casa de Carmen Gómez Ojea (Gijón, 1945) -que ganó el Nadal de 1982 con la novela Cantiga de agüero, realmente interesante- entrevistándola para el diario El Comercio (si quieren leer el artículo, hagan clic aquí), y unas horas antes un buen amigo y colega me había contado una anécdota que ocurrió cuando se conoció el fallo del jurado que había reconocido los méritos de la autora asturiana y el corresponsal de TVE en Gijón fue a su casa (la misma en la que yo la entrevisté) para hacerle unas preguntas. El interrogante y la respuesta que protagonizan la anécdota en cuestión no llegaron a emitirse nunca, pero, según se cuenta, están custodiadas a buen recaudo en una especie de archivo de tomas falsas que tienen en la delegación asturiana de la televisión pública. Es una buena muestra de lo difícil que nos resulta a los escritores enfrentarnos a según qué clase de preguntas. También de lo mal que lo pasamos los periodistas cuando nos vemos entre la espada y la pared y tenemos que salir del paso como buenamente podemos. Por si alguien duda, quiero aclarar que conozco al entrevistador en cuestión y que es un buen amigo, una bellísima persona y un gran profesional. Y déjenme reconocer que me reí mucho cuando me contaron esta historieta al imaginármelo sudando la gota gorda tras la respuesta de Gómez Ojea. Lo transcribiré en forma dialogada, para no perderme en circunloquios:

PERIODISTA: ...¿Y qué le parece que le hayan dado el Nadal a una mujer?
CARMEN GÓMEZ OJEA: ¡Me parece muy bien! Lo raro sería que se lo hubieran dado a una mona.

A veces, las preguntas simples acaban propiciando respuestas geniales...

Foto: Joaquín Pañeda

viernes 1 de enero de 2010

Una felicitación

Desde hace unos días, amigos y conocidos han estado llenando mi teléfono móvil de felicitaciones de año nuevo. Unas eran sencillitas (feliz 2010 y poco más); otras, más particulares; algunas, más íntimas; otras, más despegadas; unas, más o menos chistosas; otras, abiertamente eufóricas. Lo normal, supongo.

Pero anoche, mientras tomaba un algo antes de la cena, me llegó desde la Biblioteca Pública de Mieres una bastante especial. Ésta:

Vivir satisfecho de uno mismo ha de ser muy aburrido, por eso no hay mejor cosa que meterse en aventuras. (Juan Benet)

Y yo, que empecé a leer a Benet con 16 ó 17 años, que ya no recordaba esa frase y que siempre me he preguntado con bastante frecuencia de dónde me vendrá esa afición que tengo a meterme en follones, acabo (re)descubriendo, una vez más, que todo está en los libros.

Así que, parafraseando a mi remitente y haciendo extensivo a la colectividad del lectores de esta bitácora lo que él me decía sólo a mí, retomo la frase de Benet para desearnos (a ustedes y a mí) que el 2010 nos traiga muchas. Y que nos sean propicias.

Xacobeo

Tras mi experiencia de 1993, estoy en condiciones de asegurar que visitar Santiago de Compostela en Año Santo es algo muy parecido a adentrarse en el infierno.

Pero cómo voy a envidiar a los que, en estos doce meses que tenemos por delante, atraviesen el umbral de la fachada del Obradoiro para encontrarse por primera vez con el Pórtico de la Gloria.