No sé si ustedes tuvieron que sufrir (yo sí) a alguno de esos macarras que, en el colegio, aprovechaban la mínima ocasión para darte lo tuyo, por más que no tuvieras nada que ver con los cargos que arbitrariamente te imputaban, mientras se vanagloriaban de sus virtudes matonescas y chulopiscineras. Eran sujetos que luego, en cuanto alguien se armaba de valor y les daba su propia medicina en venganza de alguna afrenta o por puro resarcimiento, no tenían empacho en acudir llorando a la maestra para que viese lo buenos que eran y lo malos que, por oposición, éramos todos los demás.
Hace mucho que perdí de vista a los matones de mi clase y ni sé ni quiero saber qué habrá sido de sus vidas, pero me acordé de ellos al ver la actitud que el malencarado entrenador del Real Madrid tuvo con su colega del Sporting y pensar, por primera vez, que esa actitud suya tan convenientemente refrendada por los medios adictos a su grotesca forma de moverse por el mundo -es decir, la de acusar al otro y lamentarse cuando éste se defiende- es una actitud cada vez más extendida en estos tiempos en los que, muchas veces, la ofensa sale gratis y es el ofendido, cuando responde, el que acaba dando explicaciones por haberse negado a asumir un agravio inmerecido. Ocurre cuando quien lanza la piedra se sabe respaldado por otros que son más poderosos que él y su oponente -y que, por tanto, podrán silenciar o mitigar los contraataques que puedan llegar: en realidad, si algo caracteriza a los matones es su cobardía-, y no digamos en la política, un campo donde ya nos hemos acostumbrado a asistir a ataques gratuitos y acusaciones deshonestas e interesadas que no reciben respuesta porque quienes habrían de darla prefieren el silencio o el ostracismo antes que entrar en batallas tan eternas como frustrantes -también aquí hay medios adictos e intereses ocultos, o no tanto- y esperan a que el olvido haga su trabajo asumiendo que una hipotética rebelión sólo serviría para convertir a sus verdugos en víctimas y, en consecuencia, proporcionarles una nueva arma -en realidad, la única que buscan- con la que disparar desde su miseria moral a todo el que se les ponga a tiro. Nada le gusta más al acusador que verse convertido en acusado: así ya tiene la coartada perfecta para seguir yendo de matón por la vida.
El Comercio, 24 de noviembre de 2010
1 comentarios:
Una historia tan vieja como el mundo. No conozco a esos entrenadores pero la de tipos como los que describes me ha tocado sufrir, supongo que como todos. Incluso en la literatura. Qué lacra. Qué pequeñez.
Un abrazo.
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