Como en el fondo siempre he sido un cobarde, tiendo a empatizar bastante con aquellos que terminan evidenciando su falta de coraje sin importarles demasiado el cómo ni el cuándo ni el ante quién. He leído hace unos días esa historia del novillero mexicano que abandonó a toda mecha la Monumental del DF en cuanto vio que la corrida podía acabar con su cuerpo inerte sepultado a unos cuantos metros bajo tierra, y me pregunté (sigo preguntándomelo todavía) si aquellos que, según la crónica, despidieron al torero frustrado entre insultos, zarandeos y amenazas habrían tenido el valor suficiente para saltar al ruedo y ponerse a lidiar al mismo toro que acababa de echar al traste una carrera que ni siquiera había llegado a iniciarse todavía.
No sé ustedes, pero tengo la impresión de que desde hace un tiempo se ve con malos ojos que uno asuma en público sus propias limitaciones o reconozca los errores que haya podido cometer. Es como si, al demostrarse de pronto débil o vulnerable o no infalible, el simple hecho de decir algo como lo he hecho mal o perdonen, no puedo con esto conlleve automáticamente el descrédito ante quienes tenemos alrededor. Seguir adelante, por el contrario, se ve como una hazaña indudable, por más que no queden ya fuerzas más que para dejar las cosas a medias o se carezca de los conocimientos o las habilidades necesarias para llevar a buen término la empresa. Lo vemos de continuo en los partidos políticos, en las grandes multinacionales, en ese oscuro y estrambótico mundo de las finanzas que tan estrangulados nos tiene por estas fechas: negar las evidencias, arremangarse la camisa y seguir con el envite ha llegado a convertirse en el principal, si no el único, signo de grandeza que uno puede enarbolar para que el prójimo le respete Si ese pobre novillero hubiera continuado la faena, si hubiese terminado desangrándose en la plaza, es probable que en México su muerte acabara constituyendo el nacimiento de un nuevo mito. Como decidió dar marcha atrás (no, miren, yo no puedo, no es esto lo mío), no faltó quien le tachara de traidor o irresponsable o qué sé yo cuántas cosas más. Su destino dependió de una decisión que probablemente duró una milésima de segundo y que se debatía entre dos extremos tan opuestos como son la muerte y la vida. Y qué quieren que les diga: uno a veces termina pensando que, con los tiempos que corren, puede que lo valiente sea reconocer que se es un cobarde. Que no se puede más. Que hasta aquí se ha llegado.
El Comercio, 30 de junio de 2010
El Comercio, 30 de junio de 2010
3 comentarios:
Totalmente de acuerdo. El mundo seguramente hubiera sido mejor sin tantos valientes a destiempo, y tan desatinados. Mejor un ser humano real, con sus limitaciones.
Un abrazo.
"negar las evidencias, arremangarse la camisa y seguir con el envite ha llegado a convertirse en el principal, si no el único, signo de grandeza que uno puede enarbolar para que el prójimo le respete"
Exactamente eso es lo que es de cobardes. No lo es el hecho de asumir que no se puede con algo o que se le tiene miedo.
Creo que al torero le van a cascar una demanda por incumplimiento de contrato...
Dicho esto, es tan sencillo como el que el miedo es libre. Pero no quita eso que siempre admire el valor como algo una de las virtudes fundamentales.
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