
Mi abuelo Juan, que era un gran aficionado al fútbol, me habló una vez del gazapo de Arconada en la final de la Eurocopa de 1984, y también del penalti que había fallado Eloy Olaya en aquellos cuartos de final de México de 1986. Todavía recuerdo aquella tarde. Treinta años después del testarazo de Marcelino ante la URSS, y cuarenta y cuatro después de que Zarra les diese lo suyo a los ingleses en el Mundial de Brasil, los dos acabábamos de ver por televisión cómo un infame árbitro húngaro obviaba un codazo de Tasotti a Luis Enrique en el área; cómo Julio Salinas fallaba en última instancia un gol cantado; cómo, una vez más, volvíamos a abandonar una Copa del Mundo con esa mezcla de frustración, impotencia y mala leche a la que, según me dijo, el destino parecía habernos suscrito.
Mi abuelo ya no vivió para ver el Mundial de 2002 y se ahorró asistir a aquel esperpento que volvió a cancelarnos los sueños en un partido lamentable por lo tendencioso de su arbitraje. Como tantos otros aficionados, se despidió de este mundo con la alegría de haber conocido a unos cuantos futbolistas españoles que podían encuadrarse en la categoría de mitos, pero con la tristeza resignada que le daba el no haber visto a la selección alcanzar ninguna cota realmente importante en la competición por excelencia. Me acordé de mi abuelo Juan hace unos días, en cuanto se consumó nuestra abrumadora victoria contra los alemanes, y pensé que la trascendencia del día de hoy no se basa sólo en la posibilidad de ganar un Mundial, sino en el resarcimiento que el triunfo traería consigo, en la maravillosa oportunidad que se abriría para darle un corte de mangas al pasado, hacer borrón y cuenta nueva y saldar las deudas con quienes nos precedieron, y con los fantasmas que les acecharon.
Cuando el balón empiece a rodar esta tarde sobre el césped de Soweto, serán muchas las generaciones, entre los vivos y los ausentes, que acompañen con su respiración cada pase, cada centro, cada tiro a puerta. Y pase lo que pase, siempre habrá que agradecerles a estos veintitrés chavales esta inesperada ocasión para soñar. Porque gracias a ellos estamos a punto de librarnos para siempre de la frustración, de la impotencia, de la mala leche. Porque gracias a ellos todos nos vemos algo más altos, algo más fuertes, muchísimo más guapos. Porque, ganen o pierdan, ya nos han enseñado -y mi abuelo Juan estaría de acuerdo- que, en contra del adagio manriqueño, nunca hay que tenerle miedo a nada, porque cualquier tiempo pasado fue peor.
El Comercio, 11 de julio de 2010
El Comercio, 11 de julio de 2010
2 comentarios:
Una sobre la Selección de la Republicana Española de Fútbol
http://larepublica.es/firmas/blogs/index.php/dametira/2010/07/06/una-sobre-la-seleccion-de-la-republicana
Felicidades!!!!!!!!!
Felicidades!!!!!!!!!
Por ser campeones....
Besos
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