miércoles 23 de junio de 2010

Microcosmos197: Torrente

Ahora que se conmemora el centenario de Gonzalo Torrente Ballester, he recordado la única vez que le vi, pronto hará doce años, a través de la cristalera de una cafetería salmantina. Yo no sabía que Torrente vivía en Salamanca. Uno siempre supone que los escritores (o cualquier profesional que por una u otra razón destaque dentro de su gremio, y sobre todo si éste está relacionado con las artes o el espectáculo) acaban trasladándose a Madrid -o, como mucho, a Barcelona- en cuanto la crítica y los lectores les dedican una tímida sonrisa, y no me imaginaba que un clásico vivo como él podía estar avecindado en una ciudad de provincias que, pese a las apariencias y el boato, era tan gris, melancólica e inane como cualquier otra de sus misma condición. Aquel verano me había deslumbrado la lectura de La saga/fuga de JB, y quiso la casualidad que sólo unos días antes de aquel encuentro que ni siquiera llegó a tener categoría de tal hubiese empezado el primer tomo de Los gozos y las sombras. Por eso me inquietó un poco verle de refilón, sentado en el velador del Novelty. Recuerdo que era un día de semana, que era un atardecer y que yo cruzaba la Plaza Mayor a toda prisa porque había quedado con una amiga que vivía en un piso cerca de la Torre del Aire. El Novelty era la cafetería más antigua de la ciudad, también una de las más prohibitivas para mi economía de estudiante, y cada vez que pasaba cerca me divertía mirar hacia el interior e imaginar quiénes serían aquellos presuntos notables que apuraban las copas en la barra o discutían diseminados por las mesas. Frené en seco en cuanto distinguí su figura sentada en uno de los veladores. Durante unos segundos barajé la posibilidad de entrar y decirle algo, cualquier cosa, pero me venció mi timidez. Si vive aquí, habrá más ocasiones, pensé. Un par de meses más tarde, los periódicos me despertaron con la noticia de su muerte y el desayuno adquirió ese sabor acre que tienen las oportunidades perdidas. Un compañero de clase se me acercó en un descanso. ¿Has visto lo de Torrente? No tenía ni idea de que viviese aquí. Yo tampoco, respondí.

El Comercio, 23 de junio de 2010