jueves 10 de junio de 2010

Microcosmos195: Paletismo

Si quieres ganar dinero, haz lo mismo que hacen tus colegas y publica sólo libros extranjeros. La frase, completamente verídica, se la dijo hace no mucho un librero de Barcelona a un editor que conozco bien y resume de una manera tan fidedigna como escalofriante hasta qué punto ha llegado el estado de la cuestión literaria en una España que avanza a trompicones por los primeros años del siglo XXI, ahora que los superventas llegan del norte de Europa y las editoriales más importantes han hecho de la traducción su fortín y de los nombres consagrados el puntal desde el que consolidar unos beneficios que siempre les parecerán exiguos en esa carrera desquiciante que no persigue otra meta que la de consagrar el libro como un mero producto de mercado y no como la herramienta capaz de consolidar una literatura que refleje el aquí y el ahora y busque proyectarse sobre los tiempos venideros. Nadie ha sido capaz de explicarme aún ese extraño fenómeno por el que un lector de Toledo está dispuesto a prestar más atención a un autor novel de Gotenburgo que a un neófito de Guadalajara, pero puede que aún subsista algo de ese secular paletismo que nos lleva a todos a llenarnos la boca cuando citamos a Goethe, a Faulkner, a Proust, a la vez que nos conduce a mencionar con los labios entrecerrados los nombres de Machado, Unamuno o el Arcipreste de Hita, cuando tan importantes, si no más, son unos como otros a la hora de explicarnos mejor de lo que acaso podamos hacer nunca nosotros mismos. O quizás se deba sólo a que es más cómodo fiarse de los éxitos extranjeros y abandonar la exploración de los senderos más próximos, y a que todo el mundo ha acordado que lo más conveniente es prestarse a ese juego. Se habla de campañas de fomento de la lectura, de ferias del libro y de contubernios varios en pro de tal o cual fin más o menos loable, pero hace tiempo que la crítica literaria se ocupa de la literatura española sólo de un modo tangencial o secundario, restringido en el mayor de los casos a los planes de mercado de las grandes casas de edición, y no es raro que los lectores más inquietos se vean obligados a rastrear por internet en busca de nombres que aporten un poco de aire fresco a una atmósfera que, gracias a todos nosotros, ha ido viciándose poco a poco. Lo matizaba bien el editor al que me refería al inicio de este artículo: Si mi preocupación principal fuese la de vender, habría cerrado el chiringuito hace ya tiempo. Posiblemente lo dijese de verdad. Lo único cierto es que es muy triste.

El Comercio, 9 de junio de 2010

1 comentarios:

Jorge Ampuero dijo...

Lo cierto es que cada vez se lee menos y cada vez importa más el marketing en la industria editorial que así como van las cosas terminaran por consagrarse los mediocres.

Saludos.