Le pidieron que escribiese un cuento sobre algún olvidado. Preguntó a qué clase de olvidado se referían. A eso mismo, le respondieron, a cualquier figura que haya pasado inadvertida para los grandes libros de Historia, cualquier nombre que se haya perdido en la vorágine de los registros y que no haya merecido más recuerdo que el de sus familiares más inmediatos ni otras glosas que las de la esquela con que se anunció su entierro y algunas pocas menciones en periódicos o álbumes conmemorativos tras su muerte. Asintió y no dijo nada, pero pensó para sí que aquél era un encargo imposible, porque ¿cómo iba a poder él sacar a nadie de un olvido que habría venido impuesto por unas circunstancias ajenas, caprichosas y seguramente irreconducibles? ¿Cómo iba a poder él, en suma, encontrar a alguien que resultara, paradójicamente, inencontrable porque ya no quedaría en ningún lugar memoria de su paso por la tierra? A lo largo de las semanas siguientes consultó enciclopedias, revisó libros antiguos, visitó bibliotecas perdidas en rincones inhóspitos de su ciudad y de otras ciudades. Conoció así las historias de escritores sin suerte que no tuvieron más gloria que la que les procuraban sus familiares y amigos cada vez que reunían los ahorros suficientes para costearse la edición de una nueva obra; supo de viajeros frustrados que partieron con la ilusión de descubrir un nuevo continente y regresaron sin otro botín que el sabor acre del fracaso; repasó las historias de hombres notables y queridos en su época cuyas gestas tardaron en desvanecerse menos tiempo del que había empleado su cuerpo para convertirse en polvo; puso nombre y apellidos a héroes anónimos que habían pasado inadvertidos hasta para sus propios convecinos; incluso fantaseó con las historias de los cadáveres sin nombre que se apilaban en la fosa común del cementerio municipal. No fue, pues, una labor infructuosa, pero llegó un momento en el que todo aquel rastreo le resultó inútil. Pensó que aquellos seres condenados al ostracismo de la Historia, aquellas existencias a la deriva no tenían, al fin y al cabo, demasiados motivos para quejarse. Aunque fuese a malas, todos habían dejado una huella, por mínima que resultase, en el devenir confuso de los tiempos. No supo por qué, de pronto, empezó a pensar en ella. En lo que ella había significado para él, y también en lo que él había significado para ella. Y entonces, tan deprimido como resuelto, empezó a escribir su propia autobiografía.
El Comercio, 2 de junio de 2010
El Comercio, 2 de junio de 2010
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