miércoles 26 de mayo de 2010

Microcosmos193: Partenón

De todos los vestigios con los que la Humanidad ha ido dejando memoria de su paso por el mundo, el Partenón de Atenas siempre me ha conmovido de una manera especial por su condición de testigo impertérrito, pero cansado, de la Historia, por ser uno de los pocos frutos más o menos intactos que han llegado hasta nosotros de unos tiempos esenciales por ser aquellos en los que se fundó el mundo en el que hoy vivimos. Asentado en el epicentro de la Acrópolis, el Partenón era el vigía discreto y silencioso de todos nosotros. El faro al que mirar cada vez que nos desorientábamos. El oráculo que siempre estaría ahí para recordarnos aquello de lo que podemos ser capaces, para constatar que la excelencia puede dejar de ser un ideal y tomar cuerpo, y hacerse palpable.

Sin embargo, es otro Partenón el que he visto en las últimas semanas, en esas fotografías que van camino de erigirse en el icono definitivo de una crisis económica tras la que acaso se agazape algo mucho más brutal y siniestro. El Partenón que ahora contempla el mundo que se abre a sus pies a contraluz del crepúsculo ateniense es un Partenón vencido, humillado, herido ante el acoso de unos bárbaros que no vinieron esta vez a asaltar nuestras fronteras porque ya estaban dentro de ellas, porque somos nosotros mismos, y resignado a su condición de ruina, de recuerdo efímero de una época que se va extinguiendo, de decorado de cartón piedra para una sociedad que ha encontrado su razón de ser en los becerros de oro y su religión más fiable en la frivolidad y la horterada. El Partenón que ahora nos mira no sé si con piedad o con tristeza o con vergüenza constata que no cabe esperar mucho más de la civilización, porque ésta ya ha comenzado a desvanecerse para dar paso a la barbarie, y lo único que sabe a ciencia cierta es que esto se acaba, y que ante el miedo o la incapacidad para plantear algo que no sean resurrecciones artificiales de un cuerpo muerto aunque insepulto, lo único que le queda es resignarse y asumir con la mayor entereza posible un desmoronamiento que, aunque se camufle, resulta innegable de tan evidente. Que, a estas alturas, ya no le queda otro remedio que acomodarse en una agónica melancolía, apretar los dientes y aceptar dignamente la ruina.

El Comercio, 26 de mayo de 2010