viernes 21 de mayo de 2010

Microcosmos192: Los que importan

A lo largo de su vida, uno ha procurado siempre mantenerse fiel a unas pocas cosas, seguramente porque la ausencia de una fe que profesar y de unas siglas políticas con las que identificarse hacen que se encuentre, en ciertos aspectos, bastante más desasistido en el día a día que muchos de sus semejantes, y una de esas normas básicas que se ha autoimpuesto y que siempre se propone cumplir a rajatabla es la de no decepcionarse a sí mismo, aunque esto es secundario, porque lo que realmente trata de evitar a toda costa es decepcionar a las pocas personas a las que quiere y que le quieren o, por lo menos, a ese grupo de gente que de alguna manera puebla el reducido círculo de sus inmediaciones.

Lo que ocurre es que hay veces en las que uno no sólo no es infalible, sino que además es capaz de comportarse de una manera abiertamente idiota, y su estulticia o su descuido -y esta última palabra debe interpretarse aquí como eufemismo- acaban no sólo por contravenir ese principio rígido e inmutable, sino también por echar al traste alguna que otra cosa que le importa de verdad y de la que ni por asomo le gustaría prescindir. Son esas ocasiones que resultan terriblemente frustrantes, en las que ni siquiera cabe preguntar qué se ha hecho mal, porque se sabe de sobra, y que sólo sirven para que uno se arrepienta de su poca cabeza, o de su mucha bocaza, y sólo pueda asistir en primera plana a las nefastas consecuencias de una acción tan inoportuna como chabacana.

Defraudarse a uno mismo, al fin y al cabo, no es tan grave porque uno conoce de sobra sus propias limitaciones y, a la larga, acaba por acostumbrarse a ellas o dominarlas. El problema viene cuando los que se decepcionan con uno son aquellos que están a su lado de manera más o menos constante y que, a su manera, contribuyen a que el mundo gire y parezca tener algún sentido, porque entonces se corre el riesgo de que decidan irse y le dejen a uno más solo, más frío y más indefenso que cuando ellos andaban pululando por los alrededores para aparecer de vez en cuando con una sonrisa amable, una mirada tierna o alguna frase cómplice. Uno, en esos casos, sólo puede sentirse como un gilipollas. Y lo peor es que no encuentra la manera de evitar esa irritante, vil, tremenda sensación de fracaso.

El Comercio, 20 de mayo de 2010

2 comentarios:

Anónimo dijo...

http://dimensionfantastica.blogspot.com/2010/05/el-vivo-retrato-mario-menendez-vivid.html#comment-form

José Luis Piquero dijo...

A veces no hay peores jueces (ni verdugos) que nosotros mismos para con nosotros mismos. Clemencia.
Un abrazo.