Con lo mínimoSporting, 1-Atlético, 1
Entre las idiosincrasias del Sporting y del Atlético hay más similitudes que diferencias. Los dos visten de rojiblanco, los dos están avecindados a orillas de un río, los dos saben lo que es penar en las alcantarillas de Segunda y los dos han forjado sus respectivas historias educándose en la derrota. Los madrileños, por tener siempre acechando sobre sus cabezas la sombra del Imperio Merengue. Los gijoneses, porque aunque en Asturias nunca han tenido que competir con rivales a su altura, vieron cómo se les venían abajo los sueños cada vez que el azar o la fortuna les hacía encaramarse a podios desacostumbrados en un curriculum tan honrado como modesto. Siempre me ha caído bien, en consecuencia, el Atlético de Madrid, tanto por esa complicidad en los statu quo como por su condición de contrapeso de los florentinatos dentro de su mismo contexto, y sabía que no serían tan desconsiderados como para hacernos la puñeta, máxime cuando ellos tienen que jugarse dos copas en quince días y a estas alturas de la película no tenían ninguna necesidad de engrasar los motores de su maquinaria. Lo cierto es que, con la perspectiva que da este falso final, puede decirse que el guión se cumplió a rajatabla: el Sporting se ganó la permanencia, la salvación se cifró en cuarenta puntos y nunca dejamos de estar seguros de que teníamos en el ajo a equipos bastante peores que el nuestro.
Ocurre que uno tenía la ilusión -por otra parte, vana- de concluir sus labores de cronista en El Molinón con un texto tan trepidante como efusivo, con una salva de fuegos artificiales que glosara un triunfo agónico, pero épico, y se detuviera en alguna que otra gesta de nuestros jóvenes atletas locales. La realidad, sin embargo, suele echar por tierra las mejores expectativas, y si algo definió la exitosa despedida rojiblanca fue una grisura que, me temo, no deja de ser metáfora y resumen de lo que el equipo ha sabido dar de sí a lo largo de este año. A veces pienso que hemos asistido a la Liga igual que esos niños que rompen su regalo de Reyes el mismo 6 de enero, a las pocas horas de estrenarlo, y tienen que pasar los meses siguientes haciendo lo posible por remendarlo o trajinando con los pedazos fingiendo que no ha pasado nada y que todo estaba tal cual se lo encontraron al abrir el paquete. Igual que párvulos sometidos al inevitable trámite del desencanto, la emoción que nos embargaba en las primeras jornadas al asistir en directo a las paradas de Juan Pablo, los despejes de Gregory, los pases de Rivera o las internadas de Diego Castro fue mitigándose hasta convertirse en esa desolación agria y contumaz que nos fue asaltando en la segunda vuelta, cuando aquel Sporting brillante parecía un equipo descascarillado y sobrevivíamos a base de remiendos, tiras de celo y alguna que otra venda que solía llegar cuando la herida ya estaba demasiado abierta.
Y es ese sobrevivir a trancas y barrancas, esa andadura irregular por el borde del precipicio, sin llegar a asomarnos demasiado, la que hace que me sepa a poco esta consumación del objetivo. Uno no esperaba ya grandes hazañas, pero sí fantaseaba con la posibilidad de celebrar una victoria, sobre todo ante un rival que, hay que decirlo, vino aquí sin otra intención que la de pasearse. Y claro que prefiero este final a las taquicardias que nos vimos obligados a pasar en campañas anteriores, pero tampoco tengo demasiadas ganas de celebrar nada después de comprobar que aquel equipo que parecía tener la clave para aunar esa alegría que siempre le exigimos al Sporting con un juego audaz, valiente y efectivo ha terminado certificando su permanencia con lo mínimo.
Foto: Joaquín Pañeda
El Comercio, 9 de mayo de 2010
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada