Se ahorcó el otro día, unos pocos meses antes de que se cumpla el vigésimo aniversario de aquel suceso, el último responsable que quedaba de los dos que consumaron la masacre de Puerto Hurraco, y, como era de prever, medios, tertulianos y particulares se han apresurado a unir en un solo sintagma el topónimo España y el adjetivo profunda para incurrir, una vez más, en los topicazos de siempre a costa de la perpetuación de una leyenda que siempre tuvo más de deseo que de realidad. No hace falta ser un lince en la técnica de las asociaciones, ni estar demasiado puesto en asuntos de sociología, para abrir el periódico y comprobar que, con todas las variantes que se quieran, Puerto Hurraco ocurre todos los días en los ámbitos más insospechados, y que no hay que prender mucha mecha para acabar dando cancha al perfecto hijo de puta que todos llevamos dentro. Supongo que, al ver otra vez las fotografías de aquel aldeano presuntamente pacífico que una mala tarde decidió cambiar su apacible rol por el de un psichokiller ávido de venganza, todos tenemos la balsámica tentación de tranquilizarnos a nosotros mismos por la vía de la autoafirmación, repitiéndonos una y otra vez que Puerto Hurraco nos queda muy lejos en el fondo y en la forma y que nada tiene que ver nuestro estilo de vida urbanita, estructurado y a la última con el de esos pobres hombres a los que tanta inanidad acabó trocando en bestias.
Y sin embargo, no tiene uno más que asomarse a la ventana para darse de bruces con los plenos de las Cortes, con los insultos en las manifestaciones de cualquier signo que se quiera, con ese revanchismo que queda inmortalizado cada día en los titulares, para que no le resulte muy difícil responder a la pregunta de qué seríamos capaces de hacer si nos pusieran en las manos una escopeta cargada y tuviésemos ante nuestros pies un camino en línea recta flanqueado a ambos lados por aquellos en quienes creemos ver a nuestros más contumaces adversarios. Lo he escuchado más de una vez en esos programas de vísceras con los que nuestras televisiones tienen a bien alegrarnos la sobremesa: el vecino del quinto siempre saluda cuando uno se lo cruza en el rellano.
El Comercio, 29 de abril de 2010
El Comercio, 29 de abril de 2010
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