miércoles 14 de abril de 2010

Microcosmos187: Un gran tipo

Nunca se hizo notar mucho ni vio su nombre encaramado a los titulares de los periódicos, por más que durante buena parte del año tratase con gente acostumbrada a aparecer inmortalizada en la tinta fresca de las rotativas y conociera bien los usos y costumbres de casi todos ellos. Como siempre estaba ahí, ninguno de los que le conocimos llegamos a pensar que habría un día en el que tendríamos que empezar a echarlo en falta, ni que nos veríamos abocados a la obscenidad de referirnos a él en pasado. Por eso me apetece decir aquí que Julián Muñiz Urteaga fue un gran tipo. Una persona que se vestía por los pies, que siempre jugaba limpio, que tenía el bendito don de ahuyentar a los imbéciles sin que se notara lo mucho que le fastidiaban, que no necesitaba echar más que uno o dos vistazos para saber de quién podía fiarse y de quién no. Me gustaba encontrarme de cuando en cuando con su corpachón de tabernero y su cigarro en la mano, con aquella voz de trueno con la que tan pronto le colmaba a uno de halagos como lanzaba indirectas jocosas e inofensivas, y disfrutaba mucho cada vez que nuestras obligaciones coincidían y podíamos pasar unos minutos rumiando maledicencias o bromeando con casi cualquier cosa. En estos últimos tiempos, y poco a poco, su presencia se había hecho tan habitual que casi formaba ya parte -de manera discreta, nada estridente, como era él- del paisaje de mis días. Hablamos por última vez en Navidad, a propósito de una lotería que no nos tocó a ninguno, y nos deseamos mejor suerte para el año siguiente. Tardé unas semanas en saber que andaba tocado, que las cosas se le habían torcido sin aviso previo, que le tocaba iniciar una cuesta arriba ardua y fatigosa. Tú puedes con todo, le dije una de las últimas veces que pude decirle algo; él agradeció los ánimos y no supe más hasta que, el otro día, una llamada me contó que había emprendido ya ese viaje que todos intentamos posponer hasta que no quede otro remedio. Pensé entonces que iba a ser raro no volver a cruzármelo, que me costará acostumbrarme a prescindir de sus comentarios en el Facebook, que extrañaré sus llamadas cuando empiece julio y nadie acuda a contarme la última maldad festivalera, que quienes tuvimos el gusto de tratarle tendremos que seguir aquí para explicarle algún día a su hija lo tremendamente genial que fue su padre. Recordé también que una vez, hace mucho, me pidió que le sacara en uno de estos artículos. Sé que no le molestará que lo haga ahora. Al fin y al cabo, él sabía que siempre suelo llegar tarde.

El Comercio, 14 de abril de 2010