miércoles 14 de abril de 2010

Lína de Fondo-Jornada 32

Nostalgia
Sporting, 0-Tenerife, 2

Siempre he procurado mantener una distancia prudencial respecto al tópico manriqueño que asevera que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque sé que la memoria suele tender trampas y gusta de dibujar aquello de lo que se conforma de una manera muy distinta de como ocurrió realmente. Pero anoche, mientras observaba, entre atónito y cabreado, cómo mi equipo hacía el ridículo de una manera descomunal y reiterada ante un rival al que deberíamos habernos merendado en el primer cuarto de hora, no pude menos que entregarme a un inútil ejercicio de evocaciones sin otro objetivo que el de aliviar la descarnada humillación que se estaba consumando a sólo unos metros bajo mis pies, en un campo de juego que más parecía una trituradora dispuesta a destrozar los ánimos de la hinchada y pulverizar la tranquilidad de la que nos habíamos aprovisionado en las semanas anteriores, que el glorioso rectángulo que surcaron en su día las botas de algunos nombres míticos que no conviene repetir aquí por aquello de no hurgar más en la herida.

Lo peor no fue que el equipo defraudara a su afición porque, al fin y al cabo, lo nuestro es estar a las duras y a las maduras y, aunque nos pese, somos conscientes de los vaivenes de la vida y sabemos bien a lo que vamos. Lo peor fue que, a base de incurrir en errores garrafales y desentenderse de su propia suerte, el equipo acabó defraudándose a sí mismo. O, mejor dicho, quienes ahora llevan la camiseta del Sporting y defienden su escudo acabaron ridiculizando una historia que habla de muchas cosas, pero nunca de darse por vencidos antes incluso de que el árbitro sople el silbato para marcar el arranque de la contienda. Asistiendo a aquel despropósito camuflado de partido, era inevitable recordar que hubo un Sporting que anteponía su propia dignidad al temor a una derrota deshonrosa; que hubo un Sporting cuyos delanteros sabían meter goles y combinar con los demás y no se dedicaban a hacer la guerra por su cuenta en un quiero y no puedo obcecado e inútil; que hubo un Sporting que supo convertir El Molinón en un campo temible y no en una suerte de Lourdes balompédico tocado por el gracioso don de rehabilitar a cuantas escuadras desahuciadas asoman por su césped; que hubo un Sporting que descendió a mitad de temporada y que hizo lo que pudo durante el resto de aquel curso infausto -que fue poco, pero fue algo- para lavar una imagen tan maltrecha que ya se daba por irrecuperable; que el Sporting, en fin, nunca tuvo que presumir de sus galones porque siempre ha tenido el coraje necesario para defenderlos y darles brillo en tiempo y forma.

El partido de ayer, con esos antecedentes, casi pareció una mala broma. Un chiste sin nada de gracia. Un desprestigio bochornoso que conviene retener en la memoria por si alguna vez alguien pretende volver a dar gato por liebre. Es verdad que en estos temas no hay nada escrito, y que nunca hay favoritos hasta que no echa a andar el reloj, y que uno no puede dar nada por seguro, y que los goles son o esquivos o caprichosos o traicioneros. También es cierto aquel otro tópico famoso que dicta que fútbol es fútbol. Y por esa parte no hay nada que objetar. Lo que ocurre es que lo de ayer fue otra cosa.

Foto: Joaquín Bilbao
El Comercio
, 14 de abril de 2010