Sesión de esgrimaEspanyol, 0-Sporting, 0
Anduve el fin de semana haciéndole de cicerone a un amigo que vino de Madrid y, en una de las charlas que mantuvimos durante su estancia, salió a relucir el asunto futbolístico -él tiene asiento reservado en el Calderón- y los dos comentamos lo descafeinada que se hace la Liga cuando las expectativas están a punto de cumplirse y los equipos (hablábamos en general, pero pensábamos en el suyo y en el mío) entran en un estado de relajación que les lleva a afrontar los partidos como una simple sesión de esgrima en la que importa más lucir virtudes propias y evidenciar las ajenas que llevarse por delante a un contrario que tampoco tiene mayor interés ni posibilidad de causar un daño irreparable.
Nos referíamos a esas jornadas que deparan enfrentamientos entre iguales, cuando esos iguales no se juegan casi nada, y a las contiendas de guante blanco que se desarrollan en esos casos. Encuentros de ida y vuelta sin demasiada convicción que al final acaban decidiéndose en virtud de alguna jugada aislada o del puro y duro azar, cuando no concluyen en un amistoso empate que deja las cosas como estaban, sin más damnificados que unos espectadores que, por otra parte, tampoco pueden quejarse de nada.
Algo así fue lo que ocurrió en Cornellá-El Prat. Que sobre el césped se cruzaron dos alineaciones con pocas necesidades y una tarde entera por delante, que se dedicaron a jugar al fútbol simplemente porque lo exigía el guión y porque había que justificar de alguna manera el precio de la entrada que previamente se le había cobrado al respetable. Aunque lo parezca, esto no es ninguna crítica. En el fondo, como bien escribió Bolaño, preferimos la esgrima a la guerra abierta porque, humanos como somos, nos horroriza la posibilidad de asistir a un final ignominioso, por muchas papeletas ganadoras que llevemos en el bolsillo, y por muy fuerte que uno pise por la vida antes o después siempre termina llevando su incertidumbre a cuestas. Me atrevo a decir que el sueño de cualquier sportinguista -al menos de cualquiera que haya seguido al equipo con mayor o menor asiduidad a lo largo de su historia reciente- no es otro que el de llegar a estas alturas del campeonato con un mínimo de tranquilidad, y que hoy por hoy esa tranquilidad parece garantizada gracias a los puntos del casillero y a la solvencia de una plantilla que, aun dando algún susto, ha demostrado sus méritos para revalidarse en Primera. Pero ocurre que, acostumbrados como estamos a vivir con el nervio instalado en la boca del estómago, nos falta algo siempre que nos vemos ante un partido en el que sabemos que, pase lo que pase, no pasará nada, sobre todo porque el Sporting es un equipo al que siempre le ha venido bien el riesgo, la duda, la tensión. Es sólo entonces cuando los jugadores dan lo mejor de sí por una razón tan sencilla como evidente: la causa los necesita. Cuando esa causa desaparece y la sustituye un horizonte difuso de estadísticas y planificaciones, todo lo que queda es celebrar el punto que hemos podido sacar de un partido más bien tedioso y esperar que el del próximo domingo tenga algo más de mordiente. Aunque tengamos que seguir hablando de esgrima.
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