Lo normalReal Madrid, 3-Sporting, 1
Pues claro que sí. A ver qué iba a ser esto. Lo normal, en este caso, era perder. ¿O alguien esperaba en serio que regresáramos del Bernabéu con algo más que cero puntos? El fútbol tiene su lógica, y la lógica dice que cuando toca enfrentarse al mejor equipo del mundo, a la escuadra más galáctica entre las galácticas, a la quintaesencia del balompié patrio, no cabe esperar más que un severo correctivo, una derrota humillante y dolorosa, un escarnio que contribuya a poner a cada cual en su sitio. Y el que nos corresponde a nosotros, pobres mortales, no es otro que el de un vulgar equipo de provincias, sin ningún título en sus vitrinas y más preocupado por hacer pie en las profundas aguas de Primera que por encaramarse a los puestos altos de una clasificación adulterada por el dinero y los favoritismos.
Poco importa, pues, que saliésemos al campo sabiendo a lo que íbamos y que fuésemos capaces de tratar de tú a tú a quienes acaparan, con todo merecimiento, primeras páginas de la prensa deportiva día sí y día también. No era nuestro cometido. ¿O acaso pensábamos que estaba en nuestra mano cambiar el irrefutable orden de las cosas? ¿Qué hacía Juan Pablo respondiendo con paradones a los tiros a puerta de Cristiano, Higuaín y compañía? ¿Cómo osó Barral adelantarse en el marcador con un golazo que posiblemente Casillas vaya a recordar toda su vida? ¿Qué hacía el Sporting, en resumen, jugando bien y limpio? El problema fue ése, que no supimos atenernos al guión y, por eso, Paradas Romero (para quien reclamo desde ya un sempiterno puesto honorífico en el Panteón de Trencillas Ilustres, si lo hubiere, y alguna otra condecoración por estar siempre dispuesto a recordarnos quiénes son los débiles y quiénes los poderosos) tuvo que hacer como que no veía la clamorosa mano (aunque más bien fueron manos) de Van der Vaart para que el Madrid pudiera equilibrar una balanza que nunca debió torcerse y su público despidiera al holandés con una estruendosa ovación, como cualquier gran afición que se precie. Por eso tampoco quiso ver un penalti a Diego Castro, ni se rompió mucho la cabeza cada vez que tocaba dilucidar si una falta era a favor o en contra de los chicos de Florentino. Por eso, los comentaristas repetían sin cesar que éste era un partido propicio para que cayesen «tres o más goles», la mayoría (por supuesto) en el arco rojiblanco. Por eso se nos quedó esa cara de idiotas cuando vimos que, en efecto, el poder del Bernabéu existe y en cuestión de segundos aparecieron sobre el césped el espíritu de Juanito, la casta de las grandes noches europeas y don Santiago a caballo. Porque ellos son los que sirven. Y nosotros, pura escoria. ¿O acaso estamos a la altura de equipazos como el Alcorcón o el Olympique? De eso, nada. A ver qué nos creíamos.
El Comercio, 21 de marzo de 2010
El Comercio, 21 de marzo de 2010
5 comentarios:
Salía con mi chica de los cine Renoir-CC, después de ver la oscarizada y recia En tierra hostil (por cierto, recomendable), cuando al enfilar el Paseo de la Habana nos cruzamos con grupos numerosos de aficionados molinenses (!?) que, como transmites bien en tu crónica, daban por normal el resultado del cercano Bernabéu e iban echando pestes del trencilla. Por un momento me asaltó la idea de si no iría a cruzarme con el esforzado cronista ;-)... bien embutido en su zamarra rojiblanca (también es la mía, de un poco más hacia el este: nos aburrimos mutuamente la jornada anterior, aunque a mi parecer se nos escaparon dos puntos); y durante un buen trecho, incluso después de torcer por Segre y continuar por Cinca en dirección a la Plaza de Cataluña y el Parque de Berlín, ya en los aledaños de la Posada, fui escrutando cuidadosamente los rostros. Sin suerte, claro.
Las explicaciones que le he oído dar a Manzano del partido y de ciertas secuelas son para enmarcarlas en la historia particular de la sensatez: «Ya hemos perdido, ¿qué más quieren?». Eso sí, siempre nos quedará Messi. No soy muy futbolero (sí absolutamente antiFlorentino), pero también me gusta hacer excepciones. Como ahora. Saludos.
Pues no estaba, no. Los partidos que jugamos allende Pajares los veo desde el bar. Y mira que tengo ganas de pasarme por Madrid...
Un abrazo.
No vengas, por favor
Tranquilo, anónimo. Madrid es muy grande. Y créeme: no tengo ninguna gana de encontrarte.
¡ HALA MADRID !
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