
Hay dos palabras -milana bonita- que me acompañarán siempre por lo mucho que me estremecieron cuando las leí en el capítulo final de 'Los santos inocentes', en esa tremenda escena en la que Azarías ahorca al señorito para el que trabaja después de que éste asesinase a su mascota de una manera tan repugnante como, en el fondo, humana. Hay un árbol, el ciprés, a cuya sombra nunca he podido olvidar las páginas de una novela tan triste como extrañamente hermosa con la que entretuve una semana del verano de mis diecisiete años. Hay unos caminos, los de Castilla, que no puedo recorrer sin llevar en la memoria a El Mochuelo, el tío Ratero, Nini y otros muchos personajes de mentira que protagonizaron unas cuantas historias de verdad. Son tres motivos que explican por qué esta mañana, cuando me comunicaron por teléfono que se había muerto Miguel Delibes, la ciudad empezó a parecerse a una decoración recortada sobre un miserable fondo gris.
Hay uno más: Delibes siempre vivió en mi casa. Mi madre tenía casi todas sus novelas alineadas en uno de los estantes más accesibles de la biblioteca familiar, y me habló de El camino, Las ratas o Cinco horas con Mario mucho antes de que a mí me diera por leerlas. Por eso, durante mi infancia y adolescencia lo tuve tan presente, de una manera constante y silenciosa -acaso la misma que él tuvo de pasar por el mundo, tan humilde pese al éxito, tan callado pese a su mucha sabiduría-, que cuando me independicé no tardé en hacerme con una edición de sus obras completas para sumergirme de cuando en cuando, sin prisas ni preocupaciones, en la que ha sido una de las prosas más brillantes de la España del siglo XX. Aunque la adscripción genérica de sus libros no haya envejecido precisamente bien en estas últimas décadas, leer a Delibes hoy sigue siendo una fiesta para quien tenga un mínimo sentido de la estética, para quien aún sepa gozar del espectáculo de la palabra bien dicha, para quien busque un lugar donde refugiarse del barullo de los tiempos y entregarse al placer de unas historias tan fascinantes como trágicas, tan bellas como dramáticas, tan nítidas como sugerentes.
Hay un último motivo: no fue nunca ni de derechas ni de izquierdas, o no quiso evidenciarlo. No perteneció a nadie más que a sí mismo, a su familia y a sus lectores. Los mismos que hoy nos hemos quedado un poco aturdidos con su pérdida, sin saber muy bien qué hacer ahora que se ha ido para siempre nuestro idolatrado Delibes.
El Comercio, 14 de marzo de 2010
El Comercio, 14 de marzo de 2010
Nota al pie: Aunque se haya publicado hoy mismo, el artículo me lo pidieron el viernes., unas horas después de la muerte del escritor De ahí la referencia temporal del primer párrafo.
4 comentarios:
Un artículo precioso y muy emotivo.
Un abrazo.
Felicitaciones Miguel, un exelente artículo.
Besos
Miguel disculpa el error de dedo...
Besos
Enhorabuena por el artículo.
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