jueves 11 de febrero de 2010

Sobre el legado de Ángel González

Había mandado el artículo correspondiente a principios de semana, pero ayer me llamaron para pedirme que escribiese algo relativo al affaire de la Fundación Ángel González para complementar una información relativa a la dimisión de tres de sus patronos (Luis García Montero, Manuel Lombardero y Antonio Masip) y a las desavenencias que parece que tenían con la presidenta de la misma (y viuda del poeta), Susana Rivera. Éste es:


A la altura

Charlo con Luis García Montero cada vez que nos vemos, que suele ser de verano en verano, y creo que siempre ha habido entre los dos una simpatía mutua; no conozco a Antonio Masip más que por las cosas que él escribe y yo leo muy de vez en cuando; nada sé de Manuel Lombardero aparte de las referencias lejanas que he ido teniendo con el paso de los años, y, si no me equivoco, jamás he cruzado una palabra con Susana Rivera, con quien sí he coincidido en algunas ocasiones. En realidad con quien más trato llegué a tener fue con el protagonista principal y ausente de esta historia, el propio Ángel González, que, para colmo, nunca mostró, en las cinco o seis veces que pude hablar a solas con él, el más mínimo interés por lo que podría depararle la posteridad.

Quiero decir con esto que el conocimiento que tengo sobre el espinoso tema de la Fundación y sus recientes dimisiones se limita a lo que he leído estos días en la prensa, lo que, me temo, me da una perspectiva incompleta del asunto. Sin embargo, escribo esto después de leer la entrevista con la viuda que se publicaba ayer en estas mismas páginas y no puedo evitar estar de acuerdo en dos aspectos básicos: primero, que una Fundación que lleva el nombre de Ángel González debe tener como epicentro la obra y el legado del poeta; segundo, que las cosas tienen que hacerse con honestidad y rigor porque esto es una cosa seria. Tan seria como que estamos hablando de uno de los mejores escritores que pasaron por la España del siglo XX y cuyos versos han influido, y no poco, en autores de varias generaciones posteriores a la suya, y no estaría bien que lo que escribió y dijo acabe muriendo en el olvido por unas desavenencias puntuales entre cuatro personas a las que él quiso y apreció en vida. A los presidentes novatos que desembarcan en La Moncloa se les exige desde el principio sentido de Estado. En este caso, cabría exigir (y es bastante) que los vivos sepan estar a la altura del muerto.

El Comercio, 11 de febrero de 2010