jueves 25 de febrero de 2010

Microcosmos182: Lastres

Uno de mis lugares más queridos limita al sur con una bolera abandonada reconvertida en merendero, al este con una playa arrinconada por un roquedal en cuyos recovecos se conserva la memoria de otro tiempo, al oeste con una ermita minúscula desde la que pueden divisarse las laderas por las que corren los asturcones y al norte con un horizonte tan limpio y perfecto que parece un espejismo. Tiene callejuelas empinadas que no conducen a ningún sitio, rincones apartados que resultan muy propicios para la soledad o los besos, senderos enigmáticos que uno nunca se atreve a tomar por ignorar si sabrá volver alguna vez del sitio al que conducen y un viejo puerto pesquero que dormita en una languidez de la que sólo le despierta de cuando en cuando el graznido de las gaviotas que sobrevuelan sus espigones sin mucha prisa, contagiadas de la calma que anida en unas barcas que rumian en silencio los rigores de una decadencia anunciada. Se respira por allí el olor de las tardes de infancia, los aromas que desprenden esas horas en las que sólo los asuntos banales tienen importancia, la alegría que da el saberse al margen de los sinsabores del mundo, ajeno a las preocupaciones de los hombres, y en su luz anida un misterio que sólo se desentraña a las horas del crepúsculo, cuando el sol se va ocultando entre la mar y el cielo y los tejados, los acantilados y los adoquines se tiñen de un balsámico color rojizo que despide el canto de los pájaros y preludia el encendido de las luciérnagas. Es uno de esos lugares de los que vale la pena irse sólo para darse el gusto de volver al cabo del tiempo y comprobar que todo sigue donde lo habíamos dejado; que los niños juegan en las plazas donde lo hicieron siempre, que los pescaderos frecuentan los bares de toda la vida, que las olas rompen con la misma fuerza en el dique que marca la frontera donde empiezan los dominios del Cantábrico. Que la niñez, en fin, no es del todo irrecuperable mientras siga existiendo la posibilidad de postergar todo lo demás, aunque sólo sea por unas horas, y deshacer los propios pasos para regresar a ese rincón en el que el mundo se llama Lastres.

El Comercio, 25 de febrero de 2010

1 comentarios:

José Luis Piquero dijo...

Yo tenía la costumbre de ir en verano al menos un par de veces pero me temo que su consagración mediática vía serie de televisión lo harán impracticable en temporada alta. Pero sigue siendo maravilloso.
Un abrazo.