Cuando viví en Madrid, mi casa estaba muy cerca de la antigua cárcel de Porlier, un edificio que ocupa toda la manzana comprendida entre las calles Juan Bravo, Padilla, Díaz Porlier y Conde de Peñalver y que ahora (y también entonces) es, creo, una residencia de ancianos. Pasaba junto a ella todos los días (cogía el metro en la estación de Diego de León, que estaba justo al lado), y si supe pronto que aquel edificio había sido un presidio fue porque la primera vez que me lo encontré -cuando aún no conocía la zona y era un recién llegado a la búsqueda de un sitio donde quedarme- me fijé, por pura casualidad, con una placa que recordaba que en aquel lugar se había escrito el que para mí es uno de los poemas más conmovedores del siglo pasado, las Nanas de la cebolla de Miguel Hernández.El verano pasado hice una visita fugaz a Madrid y volví a pasar por allí. No había vuelto al barrio desde que abandonara definitivamente la ciudad, en la primavera de 2003, y quise aprovechar una mañana ociosa para recorrer el que durante unos cuantos meses había sido mi barrio. No existía ya la librería en la que compré mi primer Quijote, pero allí seguían la cafetería donde desayunaba algunos días, el kiosco en el que compraba los periódicos y la pensión-residencia donde me había alojado. También continuaba allí la vieja cárcel, en realidad un colegio que se habitó como prisión en los tiempos de la II República y que después conoció diversos usos. La recordé esta mañana, mientras tomaba un café en un bar y escuchaba en el televisor no sé qué historia sobre el centenario del poeta de Orihuela y empecé a hacer inventario de los variados y repetitivos lugares comunes que se han venido sucediendo desde el 1 de enero de este año en torno a su biografía y a su obra. A Miguel Hernández -que no es uno de mis poetas preferidos- se le ha encasillado en ese rol de poeta del pueblo que él mismo asumió durante la Guerra Civil, y, como suele ocurrir con todos los escritores que en determinado momento de su vida se marcan de una u otra manera, esa coletilla ha acabado consiguiendo que sus versos sean ignorados por quienes ven en ellos un alegato contra sus propias creencias y manoseados por los que los utilizan como una herramienta para justificar sus propios fervores. Como otros muchos escritores grandes, o simplemente destacados, Miguel Hernández es hoy más citado que leído, y mucho me temo que la celebración del centenario no va a modificar sustancialmente esa circunstancia. Para casi todos es el poeta de las trincheras, el intelectual que en determinado momento agarró el fusil y se puso a pegar tiros, el azotador furibundo e incorrupto de los desmanes franquistas. Y es verdad que lo fue, o que quiso serlo, y también que eso le supuso ingresar en la contradicción en la que también estuvieron inmersos quienes se oponían a las doctrinas del bando nacional ensalzando los turbios tejemanejes soviéticos. Pero también es verdad que Miguel Hernández no fue sólo eso, y que para mí será siempre el autor de unos versos bellísimos y emocionantes que escribió para su hijo recién nacido -al que creo que no volvió a ver más- desde aquella celda en la cárcel de Porlier y en los que late toda la tristeza del mundo.
1 comentarios:
Emocionante recuerdo. Y sí, la cárcel de Porlier tiene una historia que no debemos olvidar. Un tío mío pasó allí varios años. Y muchos madrileños tienen recuerdos poco agradables de ese lugar.
Y estoy de acuerdo contigo, pero suele ocurrir con casi todos los poetas, son más citados que conocidos. Hoy la poesía sigue siendo el género pobre, el menos conocido, a pesar del prestigio que puede generar.
Salud y República
Publicar un comentario en la entrada