jueves 21 de enero de 2010

Microcosmos179: Temblor

Se me cruzan las tremendas imágenes que llegan desde Haití con las extemporáneas declaraciones del obispo Munilla y acabo volviendo los ojos hacia El temblor (Trea, 2005), el largo poema en el que Juan Carlos Gea regresaba al terremoto que en el día de Todos los Santos de 1755 asoló la ciudad de Lisboa para replantear las mismas cuestiones que sobre la naturaleza del mal se hicieron los ilustrados que, en pleno Siglo de las Luces, acabaron preguntándose por el paradero de Dios, por el sentido que adquiría su figura cuando sólo podía haber cabida para el caos y la destrucción y su intercesión se antojaba una mera fantasía cuando en el horizonte se dibujaba un porvenir marcado por la incertidumbre. Siguen estremeciéndome los versos del salmo que conforma el apartado 18 (Señor no te apiadaste / Cristo no tuviste / piedad), y pienso que tal vez el horror que nos invade cada vez que la pantalla del televisor escupe, por enésima vez, esas imágenes de muertos, de heridos, de mutilados por el cruel bostezo de la tierra, se relacione de alguna manera con la asunción de esa ausencia que comenzó a intuirse entonces y adquirió carta de naturaleza muchos años después, cuando Nietzsche certificó el fallecimiento de la deidad y se hizo más patente que nunca la soledad de unas criaturas destinadas a guiarse por el mundo sin más brújula que su intuición ni otras garantías que no fuesen las que les otorgaba su raquítica experiencia.

Cuando es el propio hombre el que hace el mal, siempre nos esforzamos en dejar una puerta abierta a la redención, pero ¿qué cabe resolver cuando es el propio suelo que pisamos el que tiembla bajo nuestros pies y se abre para engullirnos? Excluida la hipótesis de un más allá y, con ella, esa esperanza en la otra vida que habría de venir después de ésta, y convencidos como estamos de que, de existir un Padre Misericordioso, jamás podría reconocerse en las palabras -por lo demás, tan crueles- del prelado vasco, lo único que uno puede hacer es recordar un magnífico relato breve de Paco Ignacio Taibo II e imaginarse a Dios como un viejo apacible y olvidadizo que, hace muchos siglos y tras afanarse durante seis días y seis noches en la trabajosa construcción del mundo, decidió interrumpir sus quehaceres al séptimo para salir a comprar tabaco, y no volvió.

El Comercio, 21 de enero de 2010

1 comentarios:

NV BALLESTEROS dijo...

Miguel hola, las imagenes que vemos todos los días sobre la tragedia de Haití, son desgarradoras. No podemos olvidar que cada pueblo lleva heridas, como en el caso de México con el terremoto de 1986.
¿Dónde está Dios? lo vimos aquí, cuando cada mexicano, quito con sus manos las piedras, para rescatar a los sobrevivientes, unidos, entrelazados, solidarios....
Cada uno de nosotros somos los dedos de Dios... Por que buscar a fuera si esta en cada uno de nosotros.

Besos